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Tempus Psicológico, 8(2) - ISSN: 2619-6336
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La violencia que casi acaba con la vida del precandidato a la presidencia Miguel
Uribe Turbay, no surgió en el país hace tres años, ni es algo que deba sorprender-
nos; todo lo contrario, desde hace 200 años que se fundó nuestro joven país, las
violencias estructurales concentran el poder y las riquezas en manos de unos pocos
y han mantenido nuestro país en una guerra permanente en la que mueren todos
los días, especialmente, sus jóvenes y sus niños. Estas violencias estructurales
han sido el origen de las violencias directas como las que acabaron con la vida de
varios candidatos a la presidencia a fines del siglo pasado y casi acaban con la
vida de otro precandidato a la presidencia el pasado sábado en la capital del país.
El modus operandi del atentado del sábado anterior, el atentado sicarial usando
jóvenes y niños de barrios de miseria, fue el mismo con que la extrema derecha
colombiana, aliada con el narcotráfico, cometió a fines del siglo XX un genocidio
que eliminó un partido político surgido de un proceso de paz, y es el mismo modus
operandi que ha sido empleado para matar a los líderes sociales después del más
reciente proceso de paz.
Se equivocan quienes pretenden que la violencia en Colombia se resuelva bajando
el tono de la voz, silenciando la denuncia de ciertos hechos con sus responsables,
o dejando de llamar a las cosas por su nombre. Una correcta comprensión de la
democracia implica entender que en su diseño mismo está el esquema gobierno-
oposición, y que los llamados pesos y contrapesos son mecanismos para tramitar
los conflictos, no para disimularlos o negarlos. Las democracias vivas y vigorosas
se caracterizan por tener partidos políticos fuertes, opuestos entre sí, que debaten
con vehemencia en sus parlamentos y por medio de los medios masivos de comu-
nicación, y que se alternan el poder del Estado según lo determinan periódicamente
sus electores. La Política, como nos lo enseña Martha Nussbaum, es la tierra de
las emociones y la indignación es una de ellas.
La violencia inaceptable, que todos debemos rechazar, es la delincuencial, la
eliminación física del contrario para silenciarlo. La política, en el mejor sentido, es
el uso de la palabra y los mecanismos democráticos para exhibir las diferencias en
la gestión de lo público. El paso decisivo de la violencia a la política es el abandono
de la tentación de eliminar físicamente al contrario, no el silenciamiento de las ideas
ni la decoración del discurso. Los que amenazan la democracia en Colombia son
quienes pretenden que el Estado se mantenga al servicio de la inequidad y el favo-
recimiento de los privilegiados y sus violencias estructurales, que en Colombia han
sido los mismos que durante nuestros 200 años de vida republicana han eliminado
físicamente a sus adversarios políticos.
Manizales, Junio 9 de 2025.