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La Pulsión de destrucción en la etiología de una neurosis y en su abordaje

psicoanalítico

The Destruction Drive in the etiology of a neurosis and in its psychoanalytic approach


Daniela Amaya Parra Jaime Alberto Carmona Parra



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Resumen

El presente artículo es un estudio de caso que se apoya en la novela auto- biográfica “Las palabras para decirlo” de Marie Cardinal, en la que la autora narra la historia de su trastorno y su proceso psicoanalítico. El concepto central de este estudio de caso es la pulsión de destrucción propuesta por Sigmund Freud como una exterioriza- ción de la pulsión de muerte, que pue- de volverse contra la propia persona. El objetivo fue encontrar la relación de la pulsión de destrucción con la neu- rosis de la paciente, sus inhibiciones, síntomas y padecimientos, para lo cual fue necesario abordar también concep- tos como pulsión de agresión, com- pulsión a la repetición, polaridad activo pasivo. En la introducción se define qué es la pulsión y pulsión de muerte y cómo llega Freud a entender- la como parte de las dos fuerzas que ri- gen la vida psíquica. En los resultados se hace un análisis sobre su presencia en la historia de la paciente, sus sínto- mas neuróticos y sus padecimientos y, en general, sobre el papel de la pulsión de agresión en su vida. Finalmente se concluye que la pulsión de destrucción es necesaria para la vida e interacción social del ser humano.


Palabras claves: pulsión de des- trucción, pulsión de muerte, pulsión de agresión, neurosis.

This article is a case study based on the autobiographical novel “The Words to Say It” by Marie Cardinal, in which the author tells the story of her disorder and her psychoanalytic pro- cess. The central concept of this case study is the destruction drive proposed by Sigmund Freud as an externaliza- tion of the death drive, which can turn against the person himself. The ob- jective was to find the relationship of the destruction drive with the patient’s neurosis, her inhibitions, symptoms, and ailments, for which it was neces- sary also to address concepts such as aggressive drive, repetition compul- sion, active, passive polarity. The introduction defines what the death drive and the death drive are and how Freud understands it as part of the two forces that govern psychic life. In the results, an analysis is made of its pre- sence in the patient’s history, her neu- rotic symptoms, ailments, in general, the role of the aggressive drive in her life. Finally, in conclusion, the drive for destruction is necessary for human life and social interaction.


Abstract

Keywords: destruction drive, death drive, aggression drive, neurosis.


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La Pulsión de destrucción en la etiología de una neurosis y en su

abordaje psicoanalítico



Artículo de revisiòn de tema Recibido: 18/10/2021 – Aprobado: 22/11/2021

ISSN - 2619-6336


Para citar este artículo

Amaya, D. y Carmona, J. A. (2022). La pulsión de destrucción en la etiología de una neurosis y en su abordaje psicoanalítico. Tempus psicológico, 5(1), 65- 76. https://doi.org/10.30554/tempuspsi.5.1.4461.2022


Daniela Amaya Parra1


Jaime Alberto Carmona Parra 2


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  1. Estudiante V Semestre de Psicología, Universidad de Manizales. Correo: damaya68034@umanizales.edu.co. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7203-9084

  2. Docente, Universidad de Manizales. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-5263-2374


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Introducción


Freud introduce el término de pulsión de muerte en el texto “Más allá del principio del placer” (1920) “Si nos es lícito admitir como experiencia sin excepciones que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo” (Freud, Más álla del principio de placer Psicología de las masas y Análisis del yo y otras obras, 1920-1922). En su primer modelo pulsional Freud habla de pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación; en su segundo modelo pulsional, distingue entre dos orientaciones de la libido, una que se dirige a los objetos, que denomina libido objetal y otra que se dirige al mismo yo que es la libido narcisista (Freud, 1976). En 1920 el autor introduce los términos de eros (pulsión de vida) y pulsión de des- trucción que algunos de sus discípulos denominaron thanatos.


Freud estableció una oposición fundamental entre las pulsiones de vida (eros), concebidas como una tendencia hacia la cohesión y la unidad, y las pulsiones de muerte, que operan en la dirección opuesta, deshaciendo conexiones y destruyendo las cosas. No obstante, las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte no se encuentran nunca en estado puro, sino siempre mezcladas, fusionadas en diferentes proporciones. Por cierto, Freud sostuvo que, de no ser por esta fusión con el erotismo, la pulsión de muerte eludiría nuestra percepción, puesto que en sí misma es muda (Evans, 1996, p. 159)


Existen en el ser humano fuerzas que lo rigen, que no obedecen al estado de conciencia, una

fuerza constante


La pulsión nos aparece como un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante (reprasentat) psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal. (Freud, 1914-1916)


La pulsión de destrucción tiene como finalidad retornar lo vivo al estado de lo inanimado, gene- rando exigencias al aparato psíquico. Sus aspiraciones pueden conllevar peligros para la autocon- servación o entrar en contraposición con la conciencia moral y en virtud de ello pueden ser vividas como peligrosas, pero el yo no puede huir de ellas como haría en el caso de un peligro externo. El cumplir con las exigencias de la pulsión de destrucción supone muchas veces un enfrentamien- to del yo con el mundo exterior, por lo que el yo crea una serie de mecanismos de defensa con el propósito de mantenerse alejado de ellas. El yo tiene como tarea gobernar las pulsiones y ser conciliador entre el ello, el superyó y el mundo exterior, lo que algunas veces supone trasladar las pulsiones destructivas del mundo exterior al mundo interior.

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Según Freud, todo ser vivo muere a causa de sus conflictos internos (Freud, 1976), el agota- miento o la fijación desventajosa de la libido deja el campo abierto para que la pulsión de muerte cumpla su finalidad y retorne lo vivo al estado anterior. “Las pulsiones de muerte se dirigen pri- meramente hacia el interior y tienden a la autodestrucción; secundariamente se dirigirían hacia el exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva” (Laplanche, 1967, p.336) La pulsión de destrucción se puede expresar bajo la forma de patologías, dolores y ma- lestares, lo que nos sugiere que sus manifestaciones pueden encontrarse en síntomas corporales y anímicos.Freud dijo en 1919: “lo que ha permanecido incomprendido retorna; como alma en pena, no descansa hasta encontrar solución y liberación” (Laplanche, 1967, p. 69) desencadenado una serie de efectos, síntomas y malestares en el cuerpo.


El objetivo de este artículo es revisar el papel de la pulsión de destrucción en la historia, la en- fermedad y la curación de una neurosis, que se relata en la novela “Las palabras para decirlo” de Marie Cardinal (1975).


Método


El método es un estudio de caso basado en la novela autobiográfica Las palabras para decirlo de Marie Cardinal. la historia de una mujer que sufre de trastornos psíquicos y sus múltiples síntomas subjetivos y orgánicos derivados de su patología. El análisis del caso se orienta a indagar el papel de la pulsión de destrucción en la vida, síntomas y expresiones de la vida, la historia de la paciente y en el proceso terapéutico.

Para ello se hizo inicialmente una indagación teórica en algunos textos de Freud, diccionarios de psicoanálisis y artículos tomados de diversas bases de datos, con el propósito de situar con clari- dad el problema a abordar en el caso clínico. Una vez elaborado este constructo teórico que quedó consignado en la introducción de este artículo, se procedió a realizar una lectura minuciosa de la autobiografía novelada. En el proceso de la lectura se seleccionaron y transcribieron todos los apar- tados relacionados con la pulsión de destrucción. Una vez hecha esta compilación, se procedió a hacer una observación de dichos pasajes y a seleccionar los más relevantes para hacer una reflexión clínica sobre los mismos y extractar algunas conclusiones.


Resultados


Marie Cardinal: una breve historia


Marie cardinal es una mujer que inicia su proceso analítico a los 30 años. En ese momento la paciente que sufría de hemorragias, temblores, palpitaciones, y un miedo constante de volverse loca por culpa de lo que ella denominaba la “cosa”. Estos síntomas tienen origen en los primeros años de su vida, el divorcio de sus padres, el desprecio de su madre y las vivencias de su infancia la llevan a sufrir una neurosis que le impide el despliegue de sus posibilidades vitales, el desarrollo de unos vínculos satisfactorios y el disfrute de placeres que otros en su misma condición vivían como algo cotidiano. La enfermedad se convirtió en la gran protagonista de su vida, ya no más su carrera, su esposo, sus hijas, su vida social, nada, solo la enfermedad podía ocupar su mente y alma.

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Durante la mayor parte de su vida Marie se sintió atrapada, esclava de los deseos de su madre, una madre exigente, sofocante. Marie quería ser aceptada por su madre, lo que la convirtió en una presa de su amor por ella.


No dejaba nunca de esperar que un día encontraría lo que le procuraría felicidad y la haría más feliz y más bella, lo que borraría el malentendido existente entre nosotras dos, aquella imposibilidad en la que me encontraba, sin saber por qué de complacerla de una manera total. (Cardinal, 1975, p. 99)


Una mujer olvidada, destruida, inmersa en el sufrimiento, en la sangre. Después de haber pa- sado por muchos exámenes, de haber acudido a muchos especialistas, ginecólogos, psiquiatras y neurólogos, ninguno pudo encontrar el origen de su sangrado. Estando internada en un hospital lo- gra fugarse para ir a con un psicoanalista y en ese análisis que duró siete años, logra adentrarse en los rincones más escondidos de su ser, hacerle frente a su dolor, su angustia; finalmente descubrir su verdadera identidad y con eso ser libre.


Síntomas del cuerpo, síntomas de la psique


“Doctor, hace mucho tiempo que estoy enferma. Me he escapado de una clínica para venir a verle. Ya no puedo vivir”. (Cardinal, 1975, p. 13) El amor que nunca confesamos, el odio que nun- ca aceptamos, el deseo imposible, las palabras que nunca decimos ¿A dónde se van? Existe acaso un lugar de las palabras nunca dichas, un cementerio para las cosas que nunca nos atrevemos a decir. Freud nos dice que todo lo incomprendido retorna, hasta encontrar una liberación. ¿Enton- ces donde quedan dichas palabras? La respuesta es: en el cuerpo, estas palabras buscan escapar a través del cuerpo, expresándose a través de síntomas conversivos que representan las pulsiones reprimidas.


Yo sangro, ella sangra, ¿por qué? Porque hay algo que no funciona bien, algo orgánico, algo fisiológico, algo muy grave, algo muy complicado, fibromatoso, anormal. Los análisis nada revelaban, pero eso no significaba nada. Una persona no sangra de esta manera sin que exista una razón (Cardinal, 1975, p. 44)


Se presentan en el cuerpo síntomas físicos que ningún examen ni especialista logra explicar y que imposibilitan a la persona realizar cualquier actividad. “No era consciente de que al entre- garme a la sangre me disfrazaba, enmascaraba a la cosa. En ciertos momentos, la sangre maldita invadía por completo mi existencia y me dejaba exhausta, aún más frágil frente a la cosa”. (Car- dinal, 1975, p. 41) Para Marie “la cosa” (término con el que nombraba la angustia, la locura, el inconsciente, su furia incontrolable) era la causante de sus palpitaciones que parecían romper su caja toráxica, la compresión de sus pulmones que no le permitía respirar, sus temblores, el sudor, la visión borrosa, las hemorragias, la alucinación de un ojo vivo que la miraba, la vigilaba pero que solo existía para ella. “La cosa radicaba en el interior de mi espíritu, no se encontraba en lugar alguno de mi cuerpo ni existía en el exterior. Estaba sola con ella. Toda mi vida no era más que una historia entre ella y yo”. (1975, p. 45)


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La enfermedad como verdugo


En un callejón la madre le confiesa un crimen que quería llevar a cabo y que no pudo lograr pese a sus múltiples esfuerzos. “Allí en la calle, con algunas frases, destrozó mis ojos, taladró mis tím- panos, arrancó de cuajo mi cuero cabelludo, cortó mis manos, torturó mi vientre, mutiló mi sexo” (Cardinal, 1975, p. 149) Con estas palabras la paciente relata su vivencia ante la confesión de su madre, quien le relató que cuando estuvo en embarazo de ella intentó abortarla, deshacerse de ella, lo cual generó rechazo, desprecio, vergüenza, asco hacia su propia persona, no se sentía merece- dora del amor, valía tan poco que su madre no quería tenerla, solo merecía ser rechazada. Es así como la enfermedad se pone al servicio del sufrimiento. El rechazo y el deseo de abortarla de su madre es interiorizado y vuelto contra la propia paciente, por ella misma, también deriva en culpa inconsciente y la consecuente necesidad de castigo por no cumplir el deseo de su madre y por afirmarse en sus deseos sexuales infantiles, su onanismo, las exploraciones tempranas del cuerpo, su afirmación desafiante en el deseo de vivir, “En aquella atención solícita, aquella complicidad, aquella intimidad que me ofrecía aquella noche comprendí que al nacer me había dado la muerte, que era la muerte lo que deseaba que le ofreciera” (Cardinal, 1975, p. 54) Es aquí donde la pulsión de muerte se vuelve contra la propia persona y no solo se presenta en sus síntomas físicos, es la enfermedad también una forma de autoexcluirse socialmente y esto representa otra forma de morir.


La cosa había ahuyentado a mis hijas, las calles llenas de animación, las iluminaciones de los almacenes, el mar al medio día con sus olas pequeñas de días felices, los zarzales de lilas, reír, el placer de bailar, el calor de los amigos, la exaltación secreta del estudio, las largas horas de lectura, la música, el brazo de un hombre tierno rodeándome, la mousse de chocolate, la dicha de nadar en el agua fría (1975, p. 27)


Es la enfermedad el verdugo que ejecuta el castigo, que esclaviza, quien tiene la correa y, como un perro con su amo, obedece ante la orden de no sanar. “Descubrí que me prefería anormal y enferma antes que normal y con buena salud. Al mismo tiempo descubría que yo misma contaba con mi enfermedad y que era parte responsable de ella” (1975, p. 117) Freud constató que la re- sistencia de los pacientes frente a la cura tiene varias fuentes, una de ellas se origina en el yo y se esfuerza en mantener las pulsiones que están en la base del trastorno, reprimidas en lo inconscien- te; otra fuente de las resistencias deriva de la necesidad de castigo que encuentra en la enfermedad un medio para ocasionar miseria y sufrimiento a la persona y una más es la puesta de los síntomas al servicio de la vuelta de la pulsión de muerte contra la propia persona. En la historia de la enfer- medad de la paciente, la recurrencia del sangrado, su repetición con persistencia indoblegable era una metáfora de que el cuerpo insistía en gritar algo que las palabras no podían decir.


Me gustaba hacer de ella el centro y la causa de mi enfermedad. ¿Cómo en efecto, no asustarme por estas pérdidas constantes? ¿Qué mujer no enloquecería viendo escurrirse su propia sustancia? ¿Cómo dejar de sentirse agotada por la vigilancia sin descanso de este manantial íntimo, molesto, estridente, vergonzoso? ¿Cómo no explicarse que esta sangre era lo que me impedía vivir con los otros? ¡Había manchado tantos sillones, tantas sillas, tantos sofás, tantos divanes, tantas alfombras, tantas camas! Ya no podía salir a la calle. (1975, p. 14)


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La enfermedad se pone entonces a disposición de la necesidad de castigo y logra expresarse en los síntomas físicos y la exclusión frente al mundo.


La pulsión de agresión emerge por primera vez como rabieta contra el padre


A los dos años en medio del campo, Marie es grabada por su padre mientras hace pipí, esto la hace sentir avergonzada y emerge en ella una fuerza destructora que la hace descubrir su propia violencia.


Me dirijo hacia mi padre y le sacudo con todas mis fuerzas. Le pego tan fuerte como puedo. Quiero lastimarle. ¡Quiero matarle! La tata intenta arrancarme de las piernas de mi padre a quien araño, muerdo, pego y quien sigue humillándome con su largo ojo redondo. Taptaptaptap… Odio aquel ojo, aquel tubo. Hay en mí una cólera, una rabia terrible. (Car- dinal, 1975, p.166)


La niñera y su padre le dicen loca, mala, perversa, mal educada, está muy mal, está castigada. Estos gritos, estas palabras, la llevan a comprender que lo que hizo no es correcto y siente ver- güenza.

Es en los primeros años de un niño, en el proceso de adquisición del lenguaje donde se producen los primeros estallidos de ira y de la angustia. Es allí donde estas primeras huellas van a producir los síntomas. Para Marie, el ver a su padre grabándola mientras hace pipí es el momento donde ella recuerda con nitidez un primer estallido de la ira y con ella de la angustia, como un miedo ante su propia furia destructiva. “Para Freud, las pulsiones de muerte, en tanto que dirigidas hacia el exterior. El fin de la pulsión agresiva es la destrucción del objeto”. (Laplanche, 1967, p. 336) Ese momento vergonzoso desata en ella una furia salvaje e incontrolable hacia su padre.

A los tres años Marie se siente indefensa ante su hermano cinco años mayor, éste la molesta, la pellizca, la amenaza con arrancarle los cabellos y entregarla al hombre del saco. Una pelea con su hermano es suficiente para que emerja de ella por segunda vez, después del episodio con su padre, la violencia, pero esta vez el castigo fue lo suficientemente duro para que la violencia permanecie- ra en silencio y encadenada durante más de 30 años.


De pronto, mi hermano se enfada quiere quitarme de las manos una pala de ping-pong que es suya, pero con la que juego por el momento. No quiero devolvérsela. Entonces agarra mi mono por la cola y, haciendo un molinillo con el brazo, lo precipita directamente al fuego. Casi al mismo tiempo llega de la chimenea un olor a lana quemada. ¡mi mono quemado!

Un verdadero impulso furioso me sacude como si fuera un árbol, un seísmo se apodera de mí, una rabia asesina me invade. Me veo impotente ante la talla y la fuerza de mi hermano. (Cardinal, 1975, p. 220)


Gracias al talento literario y al proceso analítico de la paciente, tenemos ante nosotros este pasa- je en el que podemos ver la fuerza incontenible de la pulsión de destrucción en una pequeña niña. Es apenas comprensible que ella misma se horrorizara de esa fuerza que emergía dentro de ella y que ese horror, reforzado con las reprimendas de sus mayores y cuidadores la moviera a extrañarse de esas reacciones airadas que en su medio social estaban vedadas para las niñas.

Al ver esta escena la madre le propina varias bofetadas, logrando que Marie se excite más y empie- ce a llorar y a patear a su madre y a la niñera, que deciden meterla a la ducha para calmarla. Intenta


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defenderse gritando y pateando con más fuerza, pero es inútil frente a la fuerza de su madre, la niñera y su hermano.


El chorro de agua fría me da en plena cara, me corta la respiración. Mi madre me sujeta la cabeza. La tata me sujeta hacia adelante, mientras sujeta mis brazos hacia atrás, a mi espalda; mi hermano lo contempla todo, a un lado de la bañera. Considero esta situación

como algo inadmisible. Hay que pararla comprendo que los tres son muy fuertes para mí y que solo me queda una cosa por hacer para que cese el agua que me entra en la boca, en la nariz, en el cuello, y es estar quieta y calmarme (Cardinal, 1975, p. 221)


Es en ese momento donde la violencia reprimida y encadenada empieza una lucha constante por expresarse, pero al no poder defenderse frente al mundo exterior se convierte durante años en el alimento de la cosa.


Para acabar con la cólera que se esparce por todos los poros de mi piel, por mis cabellos por mis dedos, por todo mi ser, llevo a cabo un esfuerzo enorme. De mi interior sube un poder colosal que contrae mi rabia: la voluntad; y otro poder acude a auxiliarme: el disimu- lo. Se han movilizado todas mis fuerzas para agarrar mi violencia, encerrarla, enterrarla lo más lejos posible. Para conseguirlo debo concentrarme hasta tal punto que es algo que me hace sufrir. Me duele todo, la garganta particularmente, que es por donde nada debe salir. (Cardinal, 1975, p. 221)


La madre le propicia el castigo necesario para hacer de su violencia algo vergonzoso, algo que no puede ni debe salir. Ahora debe ocultarla para siempre; y oculta para siempre, solo puede ante la injusticia responder con silencio o llanto.

Marie lograba reprimir su violencia ante los otros, pero la necesidad pulsional estaba allí; con- virtiendo un juego infantil en el recurso para satisfacer su pulsión de destrucción.


A partir de entonces llevaba a cabo mis operaciones con lápices de colores a guisa de ins- trumentos quirúrgicos. Desnudaba a mis hijas (sus muñecas) diciéndoles palabras tranqui- lizadoras, mientras sabía que les haría daño. Para operar era necesario que me encontrara sola, absolutamente sola. Empezaba a trazar una línea en el cuerpo de mis hijas, grandes costurones coloreados que salían del cuello, pasaban por entre las piernas y acaban en la espalda, encima de las nalgas. Hacía mucho con diferentes colores. Imaginaba que los cuerpos estaban abiertos, desgarrados, palpitantes, sacrificados. Seguidamente, con el lápiz negro me encarnizaba en un punto, garrapateaba dando vueltas muy rápido y apoyándome con mucha fuerza. Me decía que había fracasado en mi operación y que ahora era preciso matar a mis hijas. Esto me excitaba mucho, sudaba. (Cardinal, 1975, p. 121)


En su adolescencia, en algunas ocasiones, la violencia logra reaparecer; pero, al tenerla repri- mida durante tanto tiempo, no logra reconocerla como violencia y es confundida por Marie con un ataque de nervios que debía ocultar a los otros para no sentir vergüenza.


Entonces me encerraba en un lugar y, sola, vergonzosamente, me desgarraba los vestidos o rompía un objeto. En una sola ocasión mi madre me había sorprendido lanzando contra la


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pared un jarrón de plata. Se rio y luego me dijo: cuando te cases le daré el jarrón a tu futuro marido, para que vea el magnífico carácter de su mujer (Cardinal, 1975, p. 223)


En lo que tiene que ver con las expresiones de la pulsión de destrucción, en el transcurso del análisis, podemos decir que algunas de las más importantes están asociadas a la transferencia. La primera de ellas se puede observar claramente en los primeros momentos del proceso, cuando el psicoanalista decide no interesarse por su sangrado y le pide que le hable de otra cosa:


Doctor, me siento exangüe. – Son problemas psicosomáticos, no me interesan. Hábleme de otra cosa. Allí estaba en el diván que yo no deseaba utilizar. Quería seguir de pie y luchar. Las palabras que aquel hombre acababa de pronunciar me habían abofeteado en plena cara, jamás había encajado algo tan violento. (Cardinal, 1975, p. 41)


En diferentes momentos la pulsión destructiva se asocia con la transferencia y se hace notoria en el proceso analítico, bajo la forma de una profunda molestia ante lo que Marie consideraba arbitrariedades de ese “hombre minúsculo”. El analista le había advertido que no debería seguir tomando medicamento, le había quitado lo único que alejaba la cosa; muchas veces durante la sesión la interrumpía a mitad del discurso logrando trastornarla y dejándola al borde de una crisis de locura; esto lo convertía en un ser despreciable.


Me encontraba de nuevo en el callejón, sola, ahogada de angustia, presa de la cosa. Pen- saba que el médico era un malvado, que me empujaba al suicidio, al homicidio. Me arras- traba a lo largo de la pared habitada por una pasión demente: Matarme, matarlo, matar a alguien. Lanzarme bajo las ruedas de un coche ¡que mi materia salga a chorro por el asfal- to! Volver a su casa y partirle el cráneo en dos, ¡que su asqueroso cerebro gotee sobre su bello disfraz minúsculo y grotesco! (Cardinal, 1975, p. 109)


Gracias a la elocuencia y la capacidad literaria de la autora, podemos notar la fuerza destructiva de las fantasías que se dirigían hacia ella misma y hacia su analista, en momentos que el trabajo analítico no mostraba resultados halagüeños. En ese momento ya había parado el síntoma conver- sivo del sangrado y permitía que esas representaciones destructivas tuvieran lugar en su fantasía, porque sabía que poco a poco había logrado el gobierno de sus pulsiones agresivas y ya podía decidir qué hacer con ellas sin necesidad de ignorarlas.


Los castigos que había recibido frente a la expresión de su agresividad la habían convertido en una mujer sumisa frente a los otros. “El yo-sujeto es pasivo hacia los estímulos exteriores, y activo por sus pulsiones propias” (Freud S. 1914-1916) Freud propone la polaridad activo/pasivo en la que el sujeto es pasivo frente a los estímulos exteriores y estos, al no ser exteriorizados, vuelven hacia la propia persona y se manifiestan, como en el caso de Marie, en un ataque de lágrimas frente un agente de tránsito que pone una multa.


Hacía muy poco, al guardia, frente a mi coche, le hubiera partido la cara de buena gana y, cuando comprendí que en cualquier caso iba a multarme, mi garganta se contrajo y luego se endureció en una bola dolorosa. Empezaron a brotar las lágrimas para que el dolor me resultara soportable, había aplastado mi rabia cuando, en realidad, no sabía, ni siquiera que formaba parte de mi persona. (Cardinal, 1975, p. 222)


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Marie inhibe la manifestación de su pulsión agresiva hacia el mundo exterior logrando seguir en el papel de mujer sumisa, que no grita, no araña, no muerde, mujer que obedece órdenes y calla, mujer que no mata a otros, pero se mata a sí misma. Al no ser exteriorizada la pulsión de agresión se vuelve contra ella misma bajo la forma de una fuerza que la lastima y la estrangula.


Conclusiones


Pulsión de destrucción no me abandones


La pulsión de muerte puede tener expresiones negativas como la enfermedad, el conflicto pato- lógico, la destructividad, las agresiones hostiles que dañan a las personas y los vínculos; pero tam- bién tiene expresiones acordes con la vida y su afirmación como la agresividad que usamos para defendernos, para luchar por los derechos y la dignidad y para afirmarnos en el mundo, sin que ello implique buscar generar daño a los otros. Necesitamos la agresividad que es una aplicación de la pulsión de destrucción al servicio de la afirmación de la vida. Reprimir la pulsión de destrucción como único recurso para evitar conflictos con los otros se vuelve insano para la persona, produ- ciendo en ella un efecto patógeno.

Las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte nunca se presentan en un sentido puro, a lo largo de la vida se da una mezcla y desmezcla pulsional, conectándose entre sí y muchas veces ayudando una pulsión a satisfacer las necesidades de la otra. La agresividad al servicio de la auto- conservación y de la afirmación de la vida es una expresión de la pulsión de destrucción con una mezcla apropiada de la pulsión de vida, para generar cambios radicales en la propia vida y acabar con el tedio sin sentido de una vida manejada por otros, la agresividad bien entendida y ejercida en los momentos y dosis apropiadas, no deja que seamos pisoteados, nos permite defendernos frente al jefe tirano, el padre abusador, nos ayuda a imponer límites, en muchos al destruir una relación sentimental, laboral o familiar nos está salvando.


Ahora la violencia me llegaba como un regalo esplendido y peligroso, un arma terrible, in- crustada de oro y nácar, que debería manipular con la mayor precaución. Me impacientaba por ponerla a prueba. Sabía que sólo quería servirme de ella para construir, no para des- truir. Con la conciencia de mi violencia llegó, al mismo tiempo, la conciencia de mi vitali- dad, de mi alegría y de mi generosidad. Casi estaba construida. (Cardinal, 1975, p. 224)


Marie se reencontró con su violencia, entendiendo que era parte de ella; en aquel diván enten- dió que su violencia tenía efecto cuando era preciso y que debía conducirla y dominarla correc- tamente. Esto permitió la expresión hacia el mundo exterior de su pulsión agresiva, sintiendo alivio de que la pulsión destructiva ya no esté más vuelta contra sí misma, ahorrándole grandes dosis de sufrimiento, malestar y displacer; a la vez que libera unas cantidades generosas de ener- gía que puede aplicar en la realización de sus proyectos, su trabajo, su esposo y sus hijas; ahora es libre y puede disfrutar de la vida.


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Referencias


Freud, S. (1920-1922). Más álla del principio de placer Psicología de las masas y análisis del yo y otras obras. Amarrortu editores.


Laplanche, J. (1967). Vocabulario de psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.


Evans, D. (1996). Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano. Buenos Aires: Paidós. Freud, S. (1914-1916). Obras completas Sigmund Freud Tomo XIV. Amarrortu editores.

Cardinal, M. (1975). Las palabras para decirlo.


Freud, S. (1976). Introducción del Narcisismo. Buenos Aires: Amorrortu.


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