Creencias Sociales sobre el conflicto armado y la paz negociada como barreras psicosociales para la paz y la reconciliación en ciudadanos de Bogotá
Social beliefs about armed conflict and negotiated peace as psychosocial barriers to peace and reconciliation in citizens of Bogotá
Juan David Villa Gómez2, Marcela Rodríguez Díaz3, María Alejandra González4, Juanita Roa5, Juana Haber6, Laura Gaitán Lee7, María Camila Agudelo8, Susana Hoyos9
Para citar este artículo
Villa, J.D., Rodríguez, M., González, M.A., Roa, J., Haber, J., Gaitán, L., Agudelo, M.C., Hoyos, S. (2020). Creencias Sociales sobre el conflicto armado y la paz negociada como barreras psicosociales para la paz y la reconciliación en ciudadanos de Bogotá. Tempus Psicológico, 3(1), 15-43. doi: 10.30554/tempuspsi.3.1.3614.2020
Recibido el 20/02/2019 – aprobado el 14/05/2019
Artículo de investigación - ISSN - 2619-6336
Resumen
El presente artículo tiene como objetivo comprender la configuración de creencias sociales sobre el conflicto armado y la paz negociada, que se han constituido como barreras psicosociales para la construcción de paz y reconciliación en personas de estrato socioeconómico medio-alto de la ciudad de Bogotá. Se realizaron doce entrevistas semiestructuradas a seis participantes que tienen una postura a favor de los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC y seis en contra. Éstas fueron analizadas a través de un enfoque hermenéutico, por medio de un procedimiento categorial de matrices intra e intertextuales, a partir de tres categorías: (1) conflicto armado y sus actores, (2) paz, negociación y plebiscito y (3) medios de configuración. A partir de allí se encuentra que las creencias en quienes están en desacuerdo con la negociación configuran marcos sociales que dan soporte a formas violentas de dirimir el conflicto, aún en contra de su deseo de paz; mientras quienes están ‘de acuerdo’ configuran marcos de comprensión que abren puertas para construir una paz concreta, incompleta e imperfecta.
Palabras clave: Barreras psicosociales, construcción de paz, conflicto armado, creencias sociales, psicología política.
Abstract
The objective of this article is to understand the configuration of social beliefs about the armed conflict and negotiated peace, which have been constituted as psychosocial barriers for the construction of peace and reconciliation in people of medium-high socio-economic stratum of the city of Bogotá. Twelve semi-structured interviews were conducted with six participants that have a stance in favor of peace agreements between the Colombian government and the FARC and six are against it. These were analyzed through a hermeneutic approach, by means of a categorical procedure of intra and intertextual matrices, from three categories: (1) armed conflict and its actors, (2) peace, negotiation and plebiscite and (3) means of configuration. From there it is found that the beliefs of those who disagree with the negotiation shape social frameworks that give social support to violent ways of settling the conflict, even against their desire for peace; while those who ‘agree’ shape frames of understanding that open doors to build a concrete, incomplete and imperfect peace.
Keywords: Psychosocial barriers, peacebuilding, armed conflict, peace, political psychology, social beliefs.
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1 La investigación hace parte del macro-proyecto “Barreras psicosociales para la construcción de la paz y la reconciliación en Colombia”, ejecutado por la Universidad Pontificia Bolivariana–Medellín, la Universidad de San Buenaventura-Medellín, la Universidad San Buenaventura Cali y Armenia; la Universidad Pontificia Bolivariana, Bucaramanga; la Universidad Surcolombiana y la Pontificia Universidad Javeriana.
2 Psicólogo. Doctor en Migraciones Internacionales y Cooperación al Desarrollo. Docente de la Universidad Pontificia Bolivariana. Orcid: 0000-0002-9715-5281 Correo: juan.villag@upb.edu.co
3 Psicóloga. Magíster en Psicología Clínica. Docente de la Pontificia Universidad Javeriana. Correo: marlibremar@yahoo.es
4 a 7 Pontificia Universidad Javeriana.
8 y 9 Universidad Pontificia Bolivariana.
Introducción
Colombia ha vivido un conflicto armado por más de 50 años, que ha generado daños devastadores en víctimas, familiares, comunidades, organizaciones, instituciones públicas y el conjunto de la sociedad, produciendo ruptura del tejido social y de la confianza básica para la convivencia. Según el registro único de víctimas se han visto afectadas 8.801.000 personas: de las cuales 7.108.181 fueron desplazadas, (Red Nacional de Información, enero 29 de 2019), más de 260.000 asesinadas y más de 80.000 desaparecidas (CMH, 2017). Lo anterior ha permitido ubicar este conflicto como uno de los más sangrientos y complejos en la historia latinoamericana, desde lo militar, jurídico y mediático.
Más allá de estas cifras prevalecen historias de sufrimiento y rupturas que parecen irremediables, hay personas reales que lo han padecido de múltiples formas: daños estructurales, violaciones de derechos humanos, inequidad en la distribución de riqueza y concentración de medios productivos y poder político. Con base en esto, concebimos necesario desde la psicología realizar un acercamiento que pudiera facilitar la comprensión de dinámicas psicosociales, que han contribuido de alguna forma a la continuación de esta guerra prolongada. Bajo el marco de la psicología política nos acercamos a una perspectiva que comprende y estudia a fondo los conflictos políticos y armados, para proponer mecanismos y estrategias situadas que logren verdaderas transformaciones sociales (Galtung, 2003). Para este autor el cese al fuego y la firma de acuerdos de paz, si no se trabaja a fondo en sus dimensiones estructurales y culturales, pueden ser el comienzo de una nueva violencia; situación ejemplificada con otros contextos en el mundo, como El Salvador, Liberia o Sierra Leona, entre otros.
Específicamente frente a este tema, Bar-Tal & Halperin (2014) afirman que las poblaciones que han estado inmersas en conflictos de larga duración, en hechos de violencia indiscriminada y graves violaciones a los derechos humanos, están expuestas a efectos que toman un lugar preponderante en su cotidianidad y terminan por generar mecanismos de adaptación y naturalización del conflicto: mecanismos cognitivos, conductuales y afectivos que dan lugar a culturas belicistas, resistentes al cambio; con dinámicas rígidas, posiciones sesgadas y reduccionistas, que traen consigo legitimación de la violencia y la vía armada como único camino para su resolución, llevando a que se convierta en ‘conflicto intratable’ (Bar-Tal, 2007, 2010, 2013), como pareciera está sucediendo con el conflicto armado colombiano.
Por consiguiente, si se pretende la construcción de una paz real y duradera ha de apuntarse a estos mecanismos psicosociales que configuran esta cultura del conflicto (Bar-Tal, 2010, 2013), obstáculo que parece invisible a los operadores políticos en los marcos de transición; pues estos imaginarios colectivos inmóviles, cristalizados, cuya existencia da lugar a apologías de violencia y eliminación del adversario, se hacen invisibles a miradas estructurales que pasan por alto los aspectos subjetivos de los fenómenos sociopolíticos. Así pues, como lo teorizó Martín-Baró (2003), hay una importante relación entre violencia y discurso, pues las acciones humanas siempre tienen una justificación ideológica, en referencia al conjunto de ideales compartidos con los que hombres y mujeres construyen su proyecto de vida (Blanco & De la Corte, 2003) y configuran la dimensión simbólica del conflicto, pues logran permear grupos concretos de la sociedad, para defender valores que justifican la guerra y el uso de la violencia, condensándose en lo que Martín-Baró (1989, 2003) denomina ‘guerra psicológica’: mentira institucionalizada, campañas de propaganda y desinformación, militarización de la vida cotidiana, polarización, deshumanización del contrario, entre otras, hacen parte de una estrategia que busca ‘ganar la mente y los corazones’ de la población civil, con el objetivo, no sólo de legitimar la guerra, sino también lograr apoyo al propio bando.
De esta forma, el conflicto impregna la sociedad y se hace más destructivo, puesto que operan estos elementos psicosociales que obstaculizan su transformación. Fernández (2006) afirma que todo conflicto se apoya bajo la premisa “mi causa tiene un valor absoluto”, normalizando conductas violentas, reforzadas por las propias creencias. Así, se va gestando polarización social (Blanco & De la Corte, 2003) que divide la dinámica en dos grupos diferenciados y opuestos que quieren imponer sus ideas o pactar en posición de superioridad, ubicando al otro como ‘enemigo absoluto’, estereotipo que encarna todas las funciones negativas, con características hostiles, validando acciones violentas para eliminarlo sin objeciones jurídicas ni morales; de tal manera que todo lo que se haga para conseguir este objetivo es válido: “el fin justifica los medios” (Arias y Barreto, 2009; Barreto, Borja, Serrano y López-López, 2009; López-López, Sabucedo, Barreto, Borja y Serrano, 2014; Angarita Cañas, et al., 2015).
Así, se van desarrollando barreras psicosociales que llevan a que el conflicto sea de muy difícil tratamiento (Halperin & Bar-Tal 2011). Bar-Tal (2010, 2013) sugiere unos criterios para caracterizar de forma detallada estos conflictos: persistencia en el tiempo, objetivos opuestos e irreconciliables, respondiendo a una naturaleza de “suma cero”; es decir: cada parte involucrada considera que la pérdida del otro es beneficio propio, por eso hay interés en su continuación. Se originan, alrededor de metas contradictorias, desacuerdos en torno a recursos económicos, naturales, autodeterminación, valores básicos, entre otros, pero muy especialmente alrededor de valores existenciales y fijación de creencias ideológicas, estructuras a nivel motivacional y emocional que impiden el desarrollo de alternativas concretas que conduzcan a la paz, al configurarse un sistema de estructura rígida que funciona como barrera sociopsicológica, con dinámicas establecidas, respaldadas por los miembros de la comunidad, cristalizando una ideología que no permiten dar paso a una solución del conflicto, sino que propician su perdurabilidad y permanencia (Bar-Tal, Halperin & Oren, 2010; Halperin & Bar-Tal, 2011; Bar-Tal & Halperin, 2014; Bar-Tal, 2010, 2013, 2017). Martín-Baró (1989, 2003) afirmará que son los presupuestos y los porsupuestos que mantienen un orden social y que son incorporados en la subjetividad individual y colectiva como marco de significado, guía para actuar y comportarse en el mundo; determinando el papel que los sujetos desempeñarán en la sociedad (Butler, 2017).
Conjuntamente, Oren & Bar-Tal (2006), Bar-Tal (2010, 2013, 2017), Bar-Tal & Halperin (2014) acuñan el concepto ‘Ethos’ para estas configuraciones sociales compartidas, que proporcionan un rumbo colectivo respecto al pasado y al futuro, con enfoques temáticos que se transforman de acuerdo a la estructura social y cultural de cada lugar. En primer lugar, creencias sobre la justicia de los propios objetivos, que son válidos, supremos e indispensables, mientras los del adversario siempre serán injustos o inválidos. Así, se construye la creencia que deslegitima al adversario, sugiriendo su deshumanización, inscribiéndolo en la categoría de enemigo, atribuyéndole todas las penas y sufrimientos que dejan las acciones bélicas. Dicha creencia se encuentra reforzada por la imagen positiva del propio grupo, que construye imaginarios, valores y habilidades para afirmar un “derecho moral” de agredir al otro, creyendo que se tienen razones y méritos para hacerlo. Puesto que, al exogrupo deslegitimado y deshumanizado, se le considera responsable de toda violencia y daños sufridos, construyendo así, la creencia sobre la propia victimización, que enfatiza en hechos padecidos y ‘emblemáticos’ que demuestran la maldad del adversario. De esta forma se muestran como necesarias las acciones que lo golpean, satisfaciendo una necesidad de supervivencia, protección y seguridad (Bar-Tal 1998, 2010, 2017; Bar-Tal, Halperin & Oren, 2010; Oren & Bar-Tal, 2006).
Seguido esto, todas esas acciones se refuerzan con mensajes y propaganda que configuran creencias de patriotismo y unidad, ligadas a afectos agradables hacia el país o al colectivo de pertenencia, fortaleciendo la cohesión grupal y respaldando instituciones de fuerza para atacar al ‘enemigo’ (Bar-Tal 2010, 2013; Bar-Tal, Halperin & Oren, 2010; Oren & Bar-Tal, 2006). Finalmente, existe una creencia social sobre el deseo de paz, que caracteriza a los miembros del grupo como fieles en su búsqueda; sin embargo, es validada cuando el propio grupo la enuncia, pero si viene del adversario es sospechosa y puede connotar un engaño. Estas ideas están suspendidas en principios utópicos e idealistas, que buscan dotar de “esperanza y optimismo” a los pertenecientes al grupo (Bar-Tal 1998, 2010; Oren & Bar-Tal, 2006); aunque esta paz deseada, no es compatible con procesos de negociación y pacto con el adversario.
Metodología
Esta investigación se llevó a cabo mediante metodología cualitativa con enfoque fenomenológico-hermenéutico, que valida emociones, significados y otros aspectos subjetivos de los participantes. Así pues, su propósito es comprender la configuración subjetiva y el contexto en el que ésta se construye (Denzin & Lincoln, 2012). Además, describe y comprende significados de la realidad social y las experiencias vividas, partiendo de quienes han participado en ella, desde sus relatos.
Para ello, se realizaron doce (12) entrevistas semiestructuradas en profundidad, a residentes de la ciudad de Bogotá desde hace mínimo diez años, de estrato socioeconómico medio-alto, adultos, profesionales y estudiantes universitarios, seis hombres y seis mujeres. Se tuvo como criterio de inclusión se ‘ciudadanos del común’ que hubiesen participado en el plebiscito del 2 de octubre del 2016 con una postura definida frente a los acuerdos de paz (seis ‘de acuerdo’ que votaron ‘sí’ y seis ‘en desacuerdo’, que votaron ‘no’), cuya condición fuese no pertenecer a ningún partido político, movimiento social, ONG, institución estatal o fuese un académico que hubiese estudiado el conflicto armado. Así pues, el muestreo fue propositivo, tipológico e intencional (Hernández, Fernández & Sampieri, 2014).
Se realizó la transcripción completa de las entrevistas, para posteriormente organizar la información obtenida desde categorías teóricas preestablecidas, que proporcionaron el marco de interpretación: (1) conflicto armado y actores (Fuerzas Militares, FARC, Paramilitares, Estado); (2) proceso de negociación, acuerdo de paz y plebiscito; (3) mecanismos de configuración. Esto fue consignado en una matriz intratextual de coherencia por cada participante, para luego desarrollar una matriz intertextual. En seguida, se procedió a la codificación axial de primero y segundo nivel comparando y agrupando las categorías por temas, para delimitar puntos de encuentro y divergencia, base para descripciones y análisis más precisos. Finalizamos con la teorización, donde se visibiliza el análisis: interpretando, hipotetizando, conceptualizando y configurando unidades de sentido.
Resultados
Creencias sobre el conflicto y sus actores
En general, los participantes reconocen que el conflicto es una realidad lejana, espacial y temporalmente, no ha tocado sus vidas, debido a que viven en Bogotá y afirman no haberlo vivido directamente, tienen información porque la han visto en televisión, en noticieros y redes sociales:
Sé que no me ha tocado, no he sufrido nada directamente, he participado de manera vicaria: exposición a noticias, testimonios, pero nada directo. Es una realidad que reconozco lejana, porque a mí no me tocó la guerra y no me tocó el conflicto (S6-A).
En particular, los participantes ‘en desacuerdo’ piensan que el conflicto comenzó en los años 80 y lo relacionan con el narcotráfico, a quien atribuyen vínculos con guerrillas y paramilitares. De allí que no lo reconozcan como confrontación armada, sino como terrorismo de un grupo de bandidos y asesinos, que deben ser judicializados y encerrados en la cárcel; en síntesis, delincuentes comunes, sin ninguna filosofía ni ideales, que tienen un negocio para enriquecerse:
Este conflicto, estos asesinatos -porque no es guerra-, es más un negocio de narcotráfico. Intereses de determinadas personas, que lo manejan, explotando miserablemente a la gente de los pueblos” (S4-D).
Sin embargo, algunos participantes ‘de acuerdo’ contrastan esta imagen porque parecen tener una comprensión más amplia e integral: admiten que existe conflicto armado, entienden que no comenzó con el narcotráfico, sino que está conectado con la historia del país; identifican que ha evolucionado y se ha transformado a través de las décadas, cambiando motivos, naturaleza y organización. Según sus relatos, el inicio del conflicto fue hace más de 60 años, desde la violencia bipartidista e, incluso, desde la guerra de los mil días; algunas guerrillas se han disuelto, los paramilitares y el narcotráfico aparecieron posteriormente. Ha generado grandes costos humanos y materiales, provocando un dolor muy grande en las víctimas y en la sociedad; identifican que las mujeres han sufrido más, pues han quedado viudas, han perdido sus hijos y su cuerpo ha sido instrumentalizado. Cuestionan que los victimarios han sido más visibilizados que las víctimas, aunque en medios de comunicación la figuración de las FARC se ha centrado, con mayor frecuencia, en sus acciones violentas:
Ha estado desde toda la historia de Colombia, Como que uno tiende a pensar que el conflicto armado es desde los 50, 60 cuando nacieron las FARC, pero Colombia no ha estado en paz desde hace ciento y pico de años, hemos estado en constante guerra: guerras civiles, la Guerra de los Mil Días, la época de la violencia… (S10-A).
Ahora bien, los participantes, en general, reconocen varias causas del conflicto: desigualdad económica y social, inequidad en repartición de tierras y riquezas, mediocre educación y pobreza extrema. Ahora bien, aquellos ‘de acuerdo’ hacen mayor énfasis en la dimensión estructural:
Desigualdad social, injusticia, la brecha, cada vez más grande, entre personas adineradas y personas que no tienen ni lo básico. Yo creo que la injusticia social es la causa (S7-A). Causas estructurales, abandono del estado de áreas rurales, la gente no tiene acceso a educación, ni a muchas cosas y su última salida es irse a la guerra (S5-A).
Quienes están ‘en desacuerdo’ enfatizan la ausencia de seguridad en zonas rurales, lo que favorece la formación de grupos delincuenciales; también atribuyen al atraso en desarrollo, el que algunas personas opten por la ‘delincuencia’; hablan de polarización: históricamente entre liberales y conservadores y, actualmente, entre derecha e izquierda. Incluso, algunos creen que en la base del conflicto estaría una naturaleza violenta de los colombianos, como si fuera una entidad sobrenatural o un destino, como un desastre del cual no se puede escapar:
Creo que somos una raza violenta por naturaleza. Porque tú ves la desigualdad y hay una cantidad de países desiguales, peor que nosotros, y tú no ves ese fenómeno: un país super pobre, se están muriendo de hambre, pero no ves eso. El mismo Venezuela, hoy en día cómo está, la gente se está yendo, pero no los ves matándose. Nosotros hemos desarrollado un salvajismo en el comportamiento. Hemos estado en guerra civil todo el tiempo. Entonces, yo sí creo que tenemos un problemita de violencia (S9-D).
En torno a las FARC los puntos de vista son disímiles. Quienes están ‘de acuerdo’ reconocen su ‘otredad’ como contraparte del Estado, ya que surgieron en una lucha justa por la tierra y la equidad, reconociendo que su ideología y su acción fue una respuesta a la vulneración histórica de derechos de buena parte de la población. Sin embargo, marcan un ‘antes’ y un ‘después’, pues, las acciones contra la población y su financiación por el narcotráfico desvirtuaron su ideología. Por tanto, no les reconocen como víctimas, ni como voz legítima que defiende al pueblo; de tal manera que, aun admitiendo su historia política, también identifican una contradicción, debido a sus crímenes:
Eran un grupo de campesinos organizados, que estaban luchando por tener acceso a la tierra. Se organizaron en una ‘república independiente’ creo... Marquetalia. El ejército llegó y los bombardeó y, a partir de ahí, se fueron al monte, a la selva y comenzaron a crecer, después comenzaron a financiarse con narcotráfico; y esas primeras causas políticas y sociales se fueron perdiendo (S6-A).
Sin embargo, incluyen también al Estado como responsable del conflicto, de que no se haya llegado a una paz total; porque no ha dado las garantías suficientes para implementar y consolidar los procesos de paz que se han desarrollado:
Muchas veces sucedió que les daban un armisticio, ellos deponían las armas, venían a la ciudad y al tiempo los mataban...eso no fue solamente con la UP, sino con otros. Repetición de lo que pasó con los comuneros, que llegaron a Zipaquirá y los hicieron jurar con las manos sobre la biblia y luego los mataron. La misma historia, nada diferente (S8-A).
Por su parte, aunque los participantes en ‘desacuerdo’ reconocen la lucha y la ideología en las guerrillas, la mayoría no les legitima y les califica como ‘enemigo absoluto’ (Angarita Cañas, et. al., 2015). Puesto que, profesar una ideología de izquierda (comunista) es suficiente para que sean combatidos, para justificar que no sean aceptados como parte de esta sociedad, peor si se añaden sus crímenes y actos delictivos. Consideran que las Farc son quienes más daño han hecho, “peores” que otras guerrillas (ELN) y que otros actores (Paramilitares). Así, son configurados como exogrupo, causa de buena parte de los males que vive el país: delincuentes y seres violentos por naturaleza, con quienes no se debería negociar:
Hicimos algo que, me parece, no debimos haber hecho: pactar con un grupo de delincuentes (...) Nunca he sido de izquierda, ni me he metido mucho en eso. Pero, los hechos son: que eran tipos violentos por naturaleza: iban a los pueblos y arrasaban: con policía, torres de energía, población, acababan con todo, destruían todo (S9-D).
Respecto a la percepción que tienen los participantes acerca de cómo se han financiado las FARC a lo largo de su historia, ambos grupos de participantes convergen. Por ejemplo, aseguran que se han financiado principalmente del narcotráfico, lo cual marca una clara percepción negativa, de manera especial en los participantes en ‘desacuerdo’. No obstante, los participantes que están ‘de acuerdo’ reconocen que las FARC, a diferencia de los paramilitares, sí tienen agenda política, aceptando algunos de sus objetivos, aunque no su accionar.
Creencias sobre las Fuerzas Militares, el Estado y los paramilitares
Las Fuerzas Militares son percibidas por los sujetos ‘en desacuerdo’ cómo fundamento del poder del Estado. Para estos participantes, esta institución le permitió al país volver a respirar, proporcionó seguridad y, en coherencia con sus representaciones, consideran que no son un actor propio del conflicto armado, puesto que todas sus acciones corresponden con funciones de protección a la sociedad. De allí que sean considerados ‘héroes’, pues sacrifican su vida por el país, por ‘nosotros’, son los buenos, son objeto de admiración, amor y reconocimiento: “Bueno, mi concepto de los militares es que son lo mejor (…) ahí sí, como dicen, los héroes” (S3-D). Por esta razón terminan legitimando algunos de sus actos delictivos:
Hay gente que me ha dicho que el ejército ha matado más gente que las FARC y no sé (…) ha defendido la soberanía de Colombia; eso es lo que ha hecho. Y si se ha extralimitado, es porque estaban cumpliendo su labor (S2-D).
En algunos casos admiten o bien, que se han presentado abusos de poder, o bien, reafirman la ‘teoría de las manzanas podridas’, atribuyendo estos hechos a algunos individuos que se distancian de los ideales de la institución, pero siendo sus ideales y fines algo bueno y positivo, los crímenes cometidos no pueden soslayar ni los objetivos ni las obligaciones constitucionales que tienen:
Lo que me desconcierta, en algunos sectores, por qué sé que no son todos los militares, es que hayan abusado de su poder, intimidando y haciendo cosas... (S11-D). Sé que muchos militares son buenos y otros han matado gente; no es que justifique matar gente, solo que han matado gente que ha hecho cosas malas (…), de pronto han hechos cosas que no deberían, pero es que el ejército es algo bueno… tiene la obligación de defender el territorio y pues, tapan algunas cosas malas que han hecho (S1-D).
Por el contrario, los participantes ‘de acuerdo’ sí consideran a esta institución un actor formal, y no justifican los delitos cometidos en el conflicto bajo ninguna circunstancia, señalando que sus acciones no son legítimas cuando transgreden el papel de defensa de la soberanía, creen que estas acciones ilegales se deben al tipo de formación que reciben, pues se orienta a deshumanizar al adversario:
La asociación con grupos paramilitares ha implicado que también hayan cometido crímenes contra la población civil, entonces, ha sido múltiple su participación en este conflicto (S6-A). Lo que más me ha dolido, es que quienes debían hacer justicia y seguir la ley, la quebraron. Llámese ejército, policía, DAS... Porque las FARC, los narcotraficantes son criminales, de eso no queda duda. Pero en quienes se confía que pongan orden y ley, y la violan, eso es durísimo (S8-A).
Es muy particular que algunos participantes diferencien a las Fuerzas Armadas, del Estado, y que a este último lo identifiquen con el ejercicio de una política corrupta. En efecto, para la mayoría de los participantes, los políticos, el gobierno de turno, actúan en beneficio propio. Ahora bien, existe una distinción, puesto que, para los participantes ‘de acuerdo’ el Estado es un actor bélico más, injusto y dañino para el país; lo que les genera desconfianza. Y señalan, que se ha instaurado una ideología que ha causado mucho daño, porque promueve la guerra, justificándola con la seguridad:
Yo diría que ese tipo es un actor más. O sea, uno habla de FARC, uno habla de paramilitarismo y uno habla de Uribe. Porque su seguridad democrática, todo lo que causó, el costo tan grande que su gobierno tuvo para el país, para la democracia (S10-A).
Por su lado, los participantes ‘en desacuerdo’ no consideran al Estado como un actor del conflicto armado, sino como una afectado más. Por ello, legitiman el paramilitarismo, porque consideran aceptable y necesario su proceder, al combatir y eliminar a las guerrillas, que atentaban contra bienes que se habían obtenido honestamente, mientras el Estado era débil. Por ende, consideran que sus propósitos son legítimos, basados en una ideología de seguridad y defensa: “un grupo de defensa que era necesario (...) lo que hicieron fue bueno, pero no bien hecho” (S4-D). Algunos llegan a verlos como salvadores y protectores ante la amenaza que implicaban las acciones guerrilleras:
El origen fue un descuido del Estado. Porque la guerrilla estaba infestando todo el país, todas las regiones. Entonces, los que tenían fincas o tenían algo, viendo que nadie los defendía, dijeron: ‘Pues, nos toca defendernos, porque nadie va a venir aquí a defendernos’ (S9-D). El gobierno no hacía nada, no había presencia de fuerza pública, no había defensa del Estado. Entonces, la gente se armó para defenderse, nos teníamos que defender. Es algo humano (S4-D).
Existe un matiz en algunos de estos participantes: cuando los paramilitares atentan contra la población civil y se asocian con el narcotráfico, contrario a su ‘misión’ inicial, sí son calificados como grupo armado ilegal, que hace cosas macabras, comete crímenes crueles, sanguinarios y atroces. Incluso, alcanzan a reconocer que son tan responsables como las FARC. Sin embargo, cuando van a valorar estos daños, los determinan a partir de una simetría con la guerrilla. Es decir, son rasero y punto de comparación, los calificativos negativos para este grupo armado (delincuentes, narcotraficantes), aumentan en la medida en que se comparan con las FARC, como si éstas fueran responsables también del accionar paramilitar. Así, se mitiga la responsabilidad del grupo, porque se considera que era un grupo ‘bueno’, legitimado y aceptado, que se transformó y degradó, ‘como la guerrilla’. Sin embargo, no se evidencia un discurso sobre la necesidad de combatirlos y eliminarlos. Con lo cual, pareciera que se aceptaran como un mal menor:
Los paramilitares surgieron porque no había presencia del Estado en muchas regiones de Colombia y, por decirlo así, eran como los porteros de un edificio, pero cuidando una finca. Pero después descubrieron que podían financiarse con narcotráfico; se volvió más macabro (S2-D). Cogieron poder porque eran ilegales y se volvieron igual que la guerrilla, igual de peligrosos. Jamás he pensado que hicieron bien, pero creo que surgieron porque nadie controlaba la guerrilla. Fueron un desastre... además, eran sanguinarios a morir (S9-D).
Para los participantes ‘de acuerdo’ los paramilitares surgen como reacción de algunos terratenientes, ganaderos y clases dirigentes para buscar seguridad y responder a hostilidades y robos de la guerrilla. Estas élites sociales consideraban débil al Estado, porque no daba protección a sus bienes e intereses y, por tanto, debían complementarlo para obtener seguridad, aunque actuaban con su complicidad,
Llegaron como una especie de salvadores e incluso vinculados con familias muy adineradas que había en esas zonas, haciendo promesas de que iban a alejar a los guerrilleros y que iban a salvar y que iban a proteger; y esto se escaló (S5-A).
Así, desde su perspectiva, este grupo es ilegítimo: es una estrategia de poder, que asocian con el narcotráfico, sin reconocerles un marco ideológico, más allá de buscar eliminar al enemigo como fin en sí mismo. En este sentido, consideran que son el grupo armado que más daño le ha hecho al país,
Más sanguinarios, más masacres, más muertes por parte de los paramilitares, han tenido una historia llena de sangre, de masacres, de injusticia, de violaciones. Hay cifras que muestran que las víctimas de los paramilitares han sido mayores a las de la FARC. Es una historia bastante sangrienta, influenciada por el narcotráfico (S10-A).
Creencias sobre la paz y la negociación política del conflicto armado
Al analizar los relatos, se encontró que los participantes de ambas posturas conciben la paz como aceptación y respeto de las diferencias, convivencia con el otro, diálogo entre opiniones distintas: “aceptando las diferencias, llegando a un objetivo común y pudiendo convivir entre todos, así no estemos de acuerdo. Eso creo que es la paz” (S2-D). Así, todos seríamos responsables de construir paz. Pareciera que hablan de paz como ideal, como utopía difícil de alcanzar: armonía, bienestar, convivencia y reconciliación; valores como respeto, tolerancia y aceptación de las diferencias: “Para mí, la paz es vivir en armonía; a pesar de que haya conflictos, se pueden resolver de manera que los involucrados se sientan tranquilos, que se escuchó y se hizo algo” (S11-D).
No sorprende que la mayoría de estos relatos provenga de aquellos que están ‘en desacuerdo’, quienes plantean que no será posible construir la paz hasta que cada uno no ‘asuma su parte’: “Todos, obviamente: a nivel macro, el Estado con los grupos insurgentes, las élites políticas, los grupos políticos, es fundamental. Pero, en general, todos con todos” (S9-D). De allí que el salto cognitivo sea considerar que este ideal es imposible de alcanzar, al menos de manera “absoluta”. No tienen claridad sobre cómo sería esta construcción de paz, pues aparece como algo lejano y utópico, sin evidenciar como sería la apropiación responsable de ese proceso “yo lo veo muy difícil. Y, no sólo por los grupos guerrilleros, sino por lo que se vive en cualquier ciudad de Colombia: la intolerancia, no tolerar lo que otras personas piensan” (S3-D).
Además, identifican al Estado, en un sentido estructural, como el principal protagonista. De tal manera que esta visión termina siendo enemiga de los procesos de construcción de paz concreta, incompleta o ‘imperfecta’ como los que se generan en una negociación política del conflicto; puesto que ese deseo de paz, al estar inmerso en una guerra que ha definido ‘enemigos absolutos’, permeada por la ambigüedad, la confusión, la polarización y la contradicción, se disocia con las tareas concretas para su consecución. Incluso porque consideran que muchas acciones de las guerrillas son “imperdonables” y que los colombianos “somos una raza violenta” (SD-9), por tanto, la paz no es más que una utopía irrealizable:
Lo extremistas que somos, yo creo que somos un país violento. Y la gente en la calle se mata... (S9-D). Creo que la violencia está en cada uno de nosotros, que somos un pueblo con raíces violentas desde sus orígenes; no sé, siempre hemos estado en conflicto. Es nuestra forma, la hemos aceptado. (S2-D).
Los participantes ‘de acuerdo’, aunque también tienen una visión utópica e ideal sobre la paz, admiten que está más allá de la firma del acuerdo y que sería posible si cada quien se enfoca en su construcción. Piensan que la falta de educación en valores, la desinformación por parte de medios de comunicación y la corrupción política, además del narcotráfico, son asuntos para transformarse de manera estructural. Por ello, ante la negociación política del conflicto armado, plantean un matiz importante, al reconocerla como un proceso de dos (Gobierno/FARC) o tres partes (Gobierno/FARC/víctimas) que deben acordar y ceder; pues al ser una negociación, “uno no puede ganárselas todas, uno tiene que ceder algunas cosas para ganar otras” (S8-A); plasmando una visión más cercana al concepto de paz imperfecta, reconociendo que, si bien el acuerdo entre Estado y FARC no es perfecto, sí significa un paso, una oportunidad para construir algo diferente:
No es perfecto porque no todos pueden ganar. Si pudieran ganar sólo los terratenientes y quedarse con sus tierras y legalizarlas; y si pudiera ganar sólo la guerrilla y subir al poder; y las víctimas, si pudieran resucitar a sus muertos… Pero ninguno lo va a lograr. Entonces ahí está, el acuerdo no es perfecto, pero es un acuerdo (S8-A).
Ante esto, recalcan algunos aspectos que traerían claras mejorías en la vida del país: mayor tranquilidad para las nuevas generaciones, mejor calidad de vida en ciertas regiones, dignidad a nivel internacional, mejorías en la economía:
Ganamos en lo económico cuando dejamos de hacer la guerra, en vez de estar gastando plata para matarnos, estamos construyendo una mejor sociedad, por ejemplo, invirtiendo en educación, mejorando la productividad. La guerra es muy costosa... no solamente en vidas sino en lo económico (S10-A).
Uno de los puntos más relevantes, para quienes estaban ‘de acuerdo’ fue la participación y el reconocimiento de las víctimas, incluyendo el perdón, la verdad y la memoria. Uno de sus principales argumentos era que éstas “nunca habían sido reconocidas” (S5-A). Este aspecto denotó comprensión del proceso: consciencia del tiempo que tarda una negociación, conocimiento de los seis puntos, participación de la comunidad internacional. Por todo ello, afirman que la implementación debe ser algo que ambas partes deben cumplir, no sólo las FARC. Incluso, uno de los participantes considera que el equipo de negociación del gobierno fue muy resiliente,
Aguantaron mucho, sobre todo mucha crítica mala de quienes se oponían a ese cambio. Hay que ver que hay gente que le conviene la guerra, porque es otro negocio, gente que no le conviene que haya paz, porque pierde sus privilegios (S8-A).
Por el contrario, los participantes ‘en desacuerdo’, teniendo como fondo esta visión utópica que fundamenta un deseo de una paz no concreto (Bar-Tal, 2013) creen que no se debió negociar con los integrantes de las FARC, sostenidos en la deslegitimación del adversario y sus objetivos, naturalizando la maldad de sus acciones e intenciones; así pues, los consideran como inherentemente violentos, que no pueden cambiar. Por ello se opusieron a la negociación y al acuerdo alcanzado en La Habana y el firmado en el teatro Colón en Bogotá. Para ellos: más que una negociación entre dos partes tendría que haber sido un ejercicio de sometimiento; pues consideran que el Estado había ganado la guerra y que Juan Manuel Santos cedió demasiado. Por esto, desde sus creencias, era la guerrilla quien tenía que ceder, ya que ellos serían los únicos responsables del conflicto y sus daños:
Era mejor haberlos llamado y decirles: ‘Como no los queremos fumigar, venga, hagamos un acuerdo para que ustedes terminen eso’. No es que los dos terminemos, como se dijo: ‘vamos a hacer un acuerdo, porque es que ambos’. ¡No, ambos no! Ellos eran los que tenían que haber cedido, para no meterlos a la cárcel. Así, yo hubiera dicho que sí. Yo arranqué pensando que con un acuerdo así, ¡No! (S9-D).
Desde este punto de vista, la guerrilla sólo buscaba un beneficio propio, privilegiando sus intereses para obtener beneficios políticos y reconocimiento de la sociedad. Al deslegitimar al adversario, afirman que no se puede negociar con ‘delincuentes’ ni con ‘terroristas’, que, por el contrario, éstos tienen que ser vencidos militarmente, ‘fumigándolos’, despojándoles de su humanidad:
Yo creo que, en una negociación entre dos partes, siempre se busca un gana/gana. Pero yo no creo que en este caso aplique, porque es un grupo terrorista. Yo los hubiera sometido hasta que no me hubieran podido pedir tantas cosas para negociar (S2-D).
Justifican esta posición afirmando que ellos sí desean la paz, que al principio estaban de acuerdo con la negociación, pero que era claro que ‘paz sí, pero no así’ (S1-D), dicho que se popularizó entre quienes se opusieron al acuerdo. Para ellos, durante los años de negociación, las FARC continuaron cometiendo crímenes como secuestro y narcotráfico, por lo que empezaron a oponerse, considerando una falla seguir negociando en estas condiciones. Por ende, lo consideran ilegítimo: “chévere que se iba a acabar la guerra… pero no así” (S1-D). Sin embargo, al plantear su inconformidad, no parecen dejar más caminos que la violencia para terminar el conflicto; porque, más que acuerdo debería hacer sometimiento de las FARC: “Claramente, lo que decimos: uno siempre quiere la paz. Pero, ver que una persona que lleva cincuenta años, matando, robando y esté, en estos momentos, a punto de lanzarse a la presidencia. A mí se me hace muy ilógico (S3-D).
Algunos incluso, reconocen que no han leído y no conocen los puntos del acuerdo, o afirman conocerlos de forma parcial. Así, aunque aprobaban la reparación a las víctimas, desconfían del gobierno para ejecutar la reparación; consideran que las FARC son quienes deben reparar con sus recursos, pues son los reales responsables y “tienen toda la plata encaletada” (S4-D). En relación con la restitución de tierras, reconocen que algo “necesitan los campesinos”, pero dudan de su capacidad para administrarla o hacer “que sea productiva” (S2-D). Finalmente, afirman que no están de acuerdo con la JEP ni con la participación política de los exintegrantes de las FARC,
Esa paz muestra la corrupción de Santos y la JEP fue creada así (…) me parece un completo circo (S1-D). La JEP… creo que sí era clave tener un mecanismo diferente para juzgarlos. Pero lo montaron con una cantidad de defensores de ellos. Si tú miras la lista de quiénes están en la JEP, son sus defensores, ya se sabía qué iban a hacer (S9-D).
Para estos participantes la legitimidad recae en el Estado, como garante del orden social y de la ley, lo que lo hace superior moral y políticamente. De allí que concluyan que el acuerdo firmado es demasiado generoso con las FARC; incluso, algunos creen ha tenido influencia de países de “izquierda” como Venezuela, Cuba y Ecuador. Ante eso, en sus discursos lo deslegitiman porque lo consideran de izquierda:
P: Había muchos términos de izquierda. La izquierda ahí metida… era: ‘Ellos y ellas; nosotros y nosotras’. Así como hablan en Venezuela, en todas las frases encontrabas: ‘los doctores y las doctoras, los jueces y las juezas’.
E: ¿Y por qué dices que eso se relaciona con la izquierda?
P: Así hablan ellos, porque dicen que eso es inclusión. Entonces, si dicen ‘ellos’, están sacando a las mujeres. Yo digo que esa influencia estaba ahí, clarísima. Eso lo tuvo que haber redactado gente de súper izquierda, porque si no, no daba para esa redacción (S9-D).
Así logran extender la concepción de “enemigo”, a la izquierda, tal como Martín-Baró (1989), indica en torno a las lógicas de polarización: se crea una frontera entre “ellos” y “nosotros” para poder preservar la propia identidad del endogrupo, el de la ‘gente de bien’ y en el otro, todos aquéllos que atentan contra el orden social establecido, donde caben quienes utilizan el lenguaje inclusivo de género, los países de “izquierda” y todos aquéllos que apoyaron la paz. Además de lo anterior, consideran que el proceso de negociación estaba relacionado con los intereses personales del expresidente Juan Manuel Santos, que quería ser reconocido como líder de paz. Creen, incluso en contravía a como se han venido desarrollando los hechos, que debajo de esta ambición, el expresidente Juan Manuel Santos le entregó el país a las FARC; por ello, acusan de corrupto a su gobierno, puesto que premia a quienes más daño han hecho:
Yo tampoco estoy justificando que vayan y maten cuatrocientas personas en un día. Pero es difícil ver que una persona coge tanta importancia, tanta relevancia ante la sociedad, después de todo eso. (S3-D). Hicimos algo que no debimos haber hecho: pactar con un grupo de delincuentes (…) ya los habían aplacado muchísimo. Son siete mil guerrilleros, contra cuarenta y ocho millones… y terminamos cediéndoles para que no nos siguieran extorsionando, robando y matando. Entonces, pienso que empezó mal diciendo que era un conflicto político. Eso no era un conflicto político (S9-D).
Por ende, al hablar sobre lo implementado, se centran en aquello que las FARC no han cumplido, presentan como prueba las disidencias de las FARC, quienes han empezado a hacer parte de otros grupos armados o siguen financiándose con cultivos ilícitos:
Han aumentado los cultivos, y al contrario se han alimentado, son bandas criminales que están al servicio de ellos. (S11-D). Yo creo que la paz no va a ser posible hasta que no se acabe con los cultivos ilícitos. Creo que es la fuente máxima de sus ingresos (S3-D).
Los acuerdos alcanzados fueron sometidos a refrendación, a través de votación ciudadana en el plebiscito del 2016. Al respecto, los participantes ‘en desacuerdo’ justifican su voto, señalando que contaban con argumentos para pensar que “esa paz” o “la paz de Santos”, no era adecuada ni justa, afirmando que esto no implicaba desear que el conflicto continúe. Incluso sienten que hubo una manipulación de la opinión pública, porque se pensaba que votar ‘No’ era lo mismo que ir en pro de la guerra. Para ellos su decisión implicó también una reflexión sobre las implicaciones de su voto, por lo cual su decisión no fue fácil,
Fue como la forma de verme a mí, como ¿será que yo en serio quiero la guerra si voto por el “No”? Ese dilema, pero entonces pensaba y unas veces decía: ‘hay que votar “Sí”, porque hay que apoyar la paz’ y después decía: ‘No, pero yo no estoy de acuerdo’, entonces más que todo fue una guerra conmigo misma (S1-D).
Igualmente, mencionan que su elección de votar ‘No’, no se debió a influencia política o mediática, sino que fue informada y a conciencia. Con el resultado del plebiscito esperaban que se hicieran ajustes importantes en los acuerdos, que incluyeran y representaran mejor sus intereses y exigencias. De allí que luego de la firma en el Teatro Colón y la nueva refrendación de los acuerdos ajustados, en el Congreso de la República, creen que se burló la voluntad popular y que se comenzaron a implementar engañando a la sociedad, “resultó que igual nos hicieron conejo, valió tres, hicieron lo que se les dio la gana” (S1-D).
Para quienes estaban de acuerdo, el triunfo del ‘No’ en esta jornada se basó en la desinformación y la influenciabilidad de estas personas, a quienes consideraban poco informadas o engañadas,
Creo que es un tema de ignorancia, la gente votó sin saber realmente sobre el conflicto, sin conocer sus causas, sus ciclos; que si estuviera más enterada votaría diferente, es un tema de conocimiento de lo que ha pasado en el país y su historia, ¿qué se puede hacer para no repetirla? En ese caso, si hay conocimiento, la gente puede tomar decisiones más informadas (S5-A).
Esto les produce indignación, al tener la convicción de que sus puntos de vista eran imparciales y objetivos; mientras que los de la ‘gente del No’, estaban sesgados por su irracionalidad. Mencionan que, para mejorar esta situación, deberían haberse informado mejor. Creen también que los resultados del plebiscito se deben a la fuerza que tienen valores asociados a la derecha en Colombia: familia, honor, patria. Además de un desempoderamiento de la ciudadanía: la gente espera un ‘salvador’ que ‘rescate’ al país y termine el conflicto, pero con mano dura: “creo que, ahorita, tendría que entrar alguien como más ejecutor, más de mano firme, para que esto ya termine de salir bien (S9-D).
Ahora bien, en general, se encontró que los participantes de ambas posturas defienden la opinión y el voto propios, mientras que cuestionan y deslegitiman los contrarios, reconociendo que el plebiscito generó división, polarización en la sociedad. Asimismo, identifican una cristalización de conflictos sociales y familiares históricos, que el tema de la negociación sacó a la luz:
El plebiscito vino a cristalizar conflictos políticos que ya funcionaban en todos los niveles: una política conservadora versus una política progresista, un ala religiosa contra otra que no requiere la religión para pensar el país, el tema de género, los bandos ya estaban muy configurados en el escenario político actual. (S6-A).
Respecto a cómo el plebiscito del año 2016 se relacionó con las elecciones presidenciales del 2018, ambos grupos de participantes coinciden que el proceso de paz sí tuvo un impacto en estas, ejerciendo influencia en el candidato que las personas escogieron a partir de su propia postura frente al Acuerdo. De hecho, para algunos las elecciones fueron el reflejo del estado mismo del país en términos de su polarización a nivel político e ideológico. Para ellos, la complejidad de las elecciones de este periodo se incrementó debido a la gran diferenciación entre ambos candidatos, quienes representaban discursos e ideologías opuestas,
El resultado del plebiscito y el proceso de paz sí influyeron en las elecciones. Es decir, primero había gente que amaba a Uribe y odiaba a la guerrilla (S8-A). Claro, eso tiene polarizado al país. Tú sabes que esos populistas como Petro, Clara... son peligrosísimos; aquí hay mucha ignorancia, no hay conciencia (S4-D).
Creencias sobre los mecanismos de configuración
Respecto de los mecanismos de configuración, los participantes ‘de acuerdo’ consideran que la opinión que el público construye sobre los actores del conflicto depende de varios factores: el tipo de información que reciben, los políticos que prefieren, las historias e ideas que circulan en los entornos cotidianos (laboral, académico, familiar). Asimismo, señalan que los espacios de discusión sobre la paz no permiten una reflexión profunda, pues estas conversaciones no suelen trascender un nivel básico:
Los espacios de discusión son estúpidos: facebook, el corredor antes de clase, el carro, el noticiero, la radio, entonces, todo se queda a un nivel trivial (S6-A).
Frente a los medios masivos de comunicación, los participantes de ambas posturas reconocen que han dado información parcializada sobre el conflicto, el proceso de negociación y el acuerdo final. Quienes están ‘de acuerdo’ evidencian que esto imposibilita que la sociedad civil asuma responsabilidades, siendo receptores pasivos y acríticos de lo que se transmite:
La sociedad civil no alcanza a percibir eso, porque está obnubilada por los medios. Entonces, te llenan con información, tal vez parcializada por alguno de los actores; y no alcanzamos a percibir la responsabilidad que tenemos (S5-A).
Asimismo, reconocen que los medios tienden a desinformar intencionalmente y manipular lo que presentan. En especial, afirman que desinformaron intencionalmente, que los noticieros polarizaron y no presentaron información contextualizada:
Que explique, pues una vez explicado, uno toma una decisión. Pero cuando va esto viciado con la imagen por detrás, con una música dramática, eso se te mete distinto, es intencionalmente desinformativo; pero de parte del receptor, irresponsablemente pasivo si no lees un poquito más. Y a veces uno dice ¿se ha leído todo el acuerdo de paz? ¡No, no! (S7-A).
En lo que respecta a las redes sociales, plantean que existen algoritmos que crean la ilusión de que todos piensan igual, mostrando únicamente personas con las mismas ideas, ocultando a quienes piensan diferente. Esto causa un efecto burbuja, al tiempo que se evita el diálogo con opiniones diversas. Mediante sus relatos, las redes sociales influyeron en el resultado del plebiscito, pues buena parte de la información falsa circuló por este medio. Por ello, no lo consideran un medio fiable para informarse, ya que cuando no es contrastada puede provocar visiones obtusas y más polarización: No es mi medio de información porque lo que no venga firmado, para mí es un anónimo, los anónimos uno no tiene por qué pararles bolas (S12-A).
Los participantes ‘en desacuerdo’ aceptan que los medios suelen ofrecer más información sobre las acciones violentas de las FARC, que de otros actores. Incluso reconocen que difunden información amarillista e incendiaria, que puede generar conflicto entre personas con opiniones distintas: “Entonces en la clínica era ese confrontamiento de tú votaste, No, tú también, pero yo voté, Sí [...] y claro, las noticias eran súper amarillistas, súper incendiarias (S1-D).
Discusión
Al analizar los discursos de los participantes, podemos concluir que algunas creencias sociales se configuran como barreras psicosociales para la construcción de paz evidenciándose que, algunas son transversales; y en su mayor parte, emergen como barrera frente al ‘otro’, cuando no se le reconoce como legítimo, como semejante. Como se indicó en la introducción (Bar-Tal, 2000), tras largos periodos de conflicto violento, las sociedades desarrollan creencias estables en el tiempo, que constituyen el ethos del conflicto, caracterizado por definir objetivos, condiciones, requerimientos e imágenes del grupo social y sus rivales. Una ideología que fomenta y perpetúa una cultura que legitima la violencia y cristaliza relaciones deshumanizantes, polarizando la sociedad, construyendo un ‘enemigo’ y afianzando en los sujetos esta cultura bélica (Borja, et al., 2009; Oren & Bar-Tal, 2006).
Los resultados se pueden relacionar con la creencia sobre ‘la justicia de los propios objetivos’, en contraste con la ‘deslegitimación del adversario’. En efecto, quienes están ‘en desacuerdo’ creen que los objetivos de las FARC, para ellos, principal responsable del conflicto, son ilegítimos e injustos, pues sólo buscan el beneficio propio; comparándolos con delincuentes comunes o narcotraficantes. Los participantes ‘de acuerdo’, por su parte, muestran una comprensión del conflicto integral y más amplia, entendiendo que las FARC, al menos cuando surgen, tienen objetivos claros: justicia social, transformaciones estructurales del orden social, y, sobre todo, reconocen también la responsabilidad de la sociedad y del Estado. Así pues, parece que circulan, según los participantes, dos tipos de discurso en torno al conflicto armado: en uno prima la comprensión del adversario en sus intenciones y límites, y en el otro su deslegitimación como ‘enemigo absoluto’ que debe ser eliminado.
Entonces, la meta de eliminar, “fumigar” (S9-D), a las FARC es un objetivo fundamental, que, de no cumplirse, amenaza la existencia de la propia sociedad (Bar-Tal, 2010; Oren & Bar-Tal, 2006). En consecuencia, se minimiza cualquier responsabilidad ética y jurídica por el daño generado a ese adversario o a quienes identifican cercanos a éste, puesto que ese daño opera como legítima defensa y es ‘necesario’ para cumplir con el objetivo de conservar los proyectos y estilos de vida, el orden social, la propia identidad y el estatus quo (Bobowik, Páez, Liub, Licatac, Kleinc & Basabe, 2014). En la coyuntura actual esto parece extenderse hacia ‘nuevos enemigos’: El ELN, por un lado, y el gobierno de Venezuela, por el otro.
Al mismo tiempo, los daños generados por el ‘enemigo’, en este caso, las FARC, son exagerados y maximizados. Esto se puede relacionar con lo que Bilali (2012) y Licata, Kelin, Saade, Azzi, & Branscombe (2012) han encontrado en otros contextos. Efectivamente, se encontró que los participantes en desacuerdo afirman que las FARC son quienes más daño han causado; mientras que minimizan la responsabilidad del Estado y de las Fuerzas Militares, puesto que representan el lado bueno y justo; son los ‘héroes’ que cuidan los intereses de la sociedad; y se considera al paramilitarismo como un mal menor, en relación con el objetivo fundamental: ‘derrotar, vencer y eliminar’ a las FARC. Esta creencia arraiga en una mirada que toca un aspecto religioso: la lucha entre el bien y el mal, entre lo sagrado y lo profano (Borja et al., 2009; Sorek, 2011).
Adicionalmente, se cree que este grupo armado amenaza la existencia de la propia sociedad (Bar-Tal, 2010, 2013; Oren & Bar-Tal, 2006). Lo que arraiga como creencia, en torno a la propia victimización, aunque nunca se haya sido víctima directa. Es decir, los participantes ‘en desacuerdo’ se identifican a sí mismos como víctima y objeto de los maltratos del exogrupo; se sienten ‘ofendidos’, tienden a tener enojo, miedo, exclusión desesperanzadora, se oponen al proceso de paz, legitiman soluciones mesiánicas y naturalizan la violencia, en una pretendida solidaridad empática que parece hablar en nombre de las víctimas y escuda en ellas su oposición a una paz concreta y real (Díaz, 2018), con lo cual se niega la propia responsabilidad.
Al parecer, y según los resultados, los medios masivos de comunicación refuerzan esa imagen de ‘enemigo’ y justifican acciones en aras de cumplir el objetivo de eliminarlo, generando o reforzando creencias sociales centradas en la seguridad nacional y personal; puesto que producen una sensación de vulnerabilidad permanente (Bar-Tal, 2010, 2013) que requiere una fuerza que ofrezca protección y seguridad. En este marco las Fuerzas Militares son legitimadas y justificadas de manera acrítica, incluso a pesar de las violaciones a los derechos humanos y crímenes cometidos. Para algunos participantes estas acciones no eran más que daños colaterales, inevitables al estar cumpliendo su labor, por lo que son exonerados de cualquier culpabilidad. Según Alzate, Durán & Sabucedo (2009), estas creencias acríticas ligadas a la seguridad tienen como consecuencia el aumento de la desconfianza, que rompe la solidaridad y el tejido social.
De la misma forma, este tipo de discurso termina por justificar y aceptar, como mal menor, el paramilitarismo. Si el objetivo es la salvaguarda de la seguridad, tener protección y, por ende, luchar contra el adversario para vencerlo y eliminarlo, se justifica su creación y su accionar, aun cuando se produce una disonancia moral en relación con los medios utilizados por este grupo en función del fin legitimado. Es por esto, que, como lo plantea García Marrugo (2016), al estudiar los titulares y las noticias en cuatro de los principales diarios del país, y comprender que se califica de diferente forma las acciones de las FARC, a las de los paramilitares, que en Colombia se odia más a las FARC, que, a los paramilitares, a pesar de la significativa diferencia en las cifras de violaciones y crímenes de los segundos en relación con los primeros.
De nuevo, este tipo de discurso tiene matices muy interesantes en los participantes ‘de acuerdo’, quienes movilizan una creencia de desconfianza ante el Estado y los paramilitares. Pues a pesar de reconocer la legitimidad de la fuerza pública, les reconocen como actor del conflicto, también generador de violencia. Y en relación con los paramilitares le identifican como el actor armado que ha hecho más daño a la población civil, incluso identificando sus vínculos con sectores importantes del poder económico y político, para quienes la guerra ha sido funcional. Asimismo, reconocen que no existen espacios de participación reales y que los mecanismos de difusión y comunicación son verticales y unidireccionales, reconociendo que se despliega una maquinaria propagandística y comunicativa que crea trampas, mensajes falsos, generalizaciones absurdas, ejerce control y manipula información. Por esto, es importante plantear que se ha afectado la capacidad crítica de asumir responsabilidad en los ciudadanos ante el conflicto, perpetuándose la polarización social.
Cuando los participantes de ambas posturas conciben la paz como aceptación, respeto de las diferencias, convivencia con el otro, diálogo entre opiniones distintas, tolerancia, asociadas a una idea de armonía y bienestar, no hay claridad sobre cómo sería y qué implicaría la construcción de esa paz, en términos prácticos y cotidianos; pues no se concreta en procesos de negociación o en transformación real del conflicto, evidenciando una cierta ingenuidad, puesto que parecen desconocer los mecanismos concretos que implica una negociación entre actores políticos y armados para finalizar una confrontación bélica. Así, cuando especialmente quienes están ‘en desacuerdo’, hablan de la paz como ideal, como una utopía difícil de lograr (Bar-Tal, 2010, 2013; Oren & Bar-Tal, 2006), se está construyendo una cierta imposibilidad para alcanzarla por medios concretos como la negociación y la mediación, que implican aceptar el conflicto, la diferencia del otro y ceder en algunos asuntos.
En efecto, estos participantes al identificarse como defensores de la paz, que la buscan y la desean, mantienen una autoimagen positiva de sí mismos, mientras al mismo tiempo deslegitiman nuevamente, al ‘enemigo’, porque sería éste quien se opone e imposibilita su consecución (Bar-Tal, 2010, 2013, 2017). Así, paradójicamente, se refuerza la bondad del endogrupo, quien utilizaría la violencia, sólo con fines pacíficos; y se maximiza la maldad del exogrupo, legitimando y justificando acciones violentas contra ese ‘enemigo’, que debe ser eliminado antes de volver a hacer daño, es decir se favorece la guerra. Ahora bien, es importante resaltar que los participantes ‘de acuerdo’ creen que es posible construir una paz “incompleta” o “imperfecta”; pues la comprenden concretamente desde la realidad social y política, que implica una negociación con ese ‘enemigo’, reconocido como actor con objetivos legítimos, con el que se puede dialogar, que puede tener participación política y ser sujeto de perdón, justicia y reconciliación.
Al hablar sobre el plebiscito se pudo constatar en los relatos una creencia de realismo ingenuo (Nasie, et al., 2014) que representa otra barrera para construir paz: los participantes tendían a ridiculizar, minimizar y en general a no reconocer como legítima la postura de la opinión contraria. Por un lado, aquellos ‘de acuerdo’ mencionan que el resultado del plebiscito era consecuencia de la desinformación y la influenciabilidad de los votantes, con quienes no se podía razonar al respecto. Mientras que, su posición se percibía como imparcial y “objetiva”, sin intereses personales ni filiaciones políticas. Por otro lado, aquellos ‘en desacuerdo’ relataban haber votado a consciencia y aseguraban tener argumentos para sustentar este voto; a su vez, mencionaban que quienes votaron por el ‘Sí’, aceptaban de manera acrítica al acuerdo solo por “ir a favor de la paz”. Al ampliarse cada vez más la brecha entre ambas posturas, se imposibilitaba el diálogo, profundizando el antagonismo y exacerbando la polarización social (Nasie, et al., 2014).
La imposibilidad de participar en espacios de diálogo, sumada a la creencia previamente mencionada, marcan una pauta en el papel que juegan las temáticas políticas y/o controversiales en las relaciones cotidianas, reconociendo que no existe la posibilidad de manifestar abierta y tranquilamente un punto de vista contrario, sin tener la sensación de estar involucrado en un conflicto personal difícil de manejar.
Conclusión
Para finalizar este recorrido, es importante afirmar que resulta evidente cómo la subjetividad política de los y las participantes emerge y se pone en juego constantemente, aun cuando son ciudadanos del común, que no manifiestan militancia política ni social; sino simplemente desde la construcción de una subjetividad política en unos marcos ideológicos construidos histórica y socialmente, que devela una serie de características de las creencias que inciden en su vida cotidiana, más específicamente en su relacionamiento con otros que piensan diferente. Resulta fundamental, entonces, situar especial atención en la manera en la que se asume esta subjetividad que niega o cierra espacios de diálogo donde confluyen la diversidad de pensamientos y posiciones.
Por lo tanto, nos parece fundamental que se construyen subjetividades políticas en Colombia, donde estemos dispuestos a entablar una conversación crítica y ética con alguien que piensa distinto a nosotros; lo cual, sitúa nuestra agencia social desde un lugar más activo y constructivo, distinto a lo que sucede cuando, por diversos factores, se niega la posibilidad de manifestar la propia opinión. Además, resulta necesario asumir una subjetividad política que se involucre en lo público, en la construcción cotidiana de esa paz tan anhelada por todos, que reconozca el valor de lo diverso, entre otros. Nos es urgente como sociedad transformar esas subjetividades que niegan y reducen al otro concebido como ‘enemigo’.
Así pues, se hace necesario superar estas creencias sociales tan arraigadas en las subjetividades, de manera que, como sociedad, como país, logremos comenzar el camino hacia la construcción de una paz justa y duradera. Esto implica una responsabilidad ética y política, no sólo por parte de la academia, sino precisamente de parte de los ciudadanos. Esta investigación plantea el reto de transformar las subjetividades atravesadas por la negación del ‘otro’ y por lógicas de guerra; y construir una subjetividad política que reconozca el valor supremo de la dignidad humana, más allá de una causa particular. “De este modo, se abre la posibilidad de construir una ‘imagen del semejante’, que invierta la ‘imagen del enemigo’, que abone el camino para el diálogo, la cooperación y por consiguiente la resolución, la reconstrucción y la reconciliación” (Galtung, 2003, citado por Barrera y Villa, 2017, p. 473); tareas necesarias para la construcción de paz.
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