Self, autorreferencia y su incidencia en el estilo del terapeuta sistémico
Self, self-reference and its impact on the style of the systemic therapist
Leidy Johana Montoya Arenas1
Paula Andrea Oquendo Durando2
Daniela Tórrez Muñoz3
Resumen
El presente artículo pretende realizar un análisis entre la relación del self del terapeuta y la autorreferencia en la Terapia Familiar Sistémica. Para esto, se realizó una revisión documental de 54 artículos científicos y textos, tanto de medios electrónicos como físicos, dando lugar a tres categorías de análisis: self del terapeuta, autorreferencia y Terapia Familiar Sistémica. Se concluye que los conceptos: self y autorreferencia tienen como primera instancia co-construir o transformar constantemente el sí mismo, dando apertura a las observaciones que emergen en terapia a través de la conversación, lo cual evoca un proceso reflexivo del sí mismo para dar paso a la utilización de la Autorreferencia como estilo terapéutico.
Palabras clave: Terapia familiar sistémica, autorreferencia, sí mismo, self del terapeuta.
Abstract
The current article intends to perform an analysis between the relationship of therapist self and the self-reference in systemic family therapy. To do this we conducted a documentary revision of 50 articles scientific and texts, both electronic and physical media, giving rise to three categories of analysis: self of the therapist, self-referral and Systemic Family Therapy. It is concluded that these concepts: self and self-reference have as a first instance co-construct or constantly transform the self, opening the observations that emerge in therapy through conversation, which evokes a reflexive process of the self to make way for the use of self-reference as a therapeutic style
Keywords: Sistemic family therapic, self-reference, oneself, self of the therapist.
Para citar este artículo:
Montoya, L.J. Oquendo, P.A. y Tórrez, D. (2019). Self, autorreferencia y su incidencia en el estilo del terapeuta sistémico. Tempus Psicológico, 3(2), 107-135. doi: 10.30554/tempuspsi.3.2.3387.2020
Recibido el 09/06/2019 - Aprobado el 21/01/2020
Artículo de revisión - ISSN - 2619-6336
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1 Trabajadora social. Especialista en Terapia familiar. Coordinadora del programa Tejiendo Vida. Corporación Tierra nueva. Orcid: 0000-0003-4337-4347 - Correo: leidy.montoyare@amigo.edu.co
2 Psicóloga. Especialista en Terapia familiar. Universidad Católica Luis Amigó. Orcid: 0000-0002-0009-3185
3 Psicóloga Especialista en Terapia familiar. Universidad Católica Luis Amigó. Orcid: 0000-0001-5542-3682
Introducción
Este artículo busca establecer, a partir de los hallazgos realizados en el rastreo documental, la relación entre las nociones del self del terapeuta y autorreferencia en terapia familiar sistémica, identificando características y relaciones de las nociones existentes en estos conceptos. Con el fin de que los terapeutas desarrollen estrategias para responder eficazmente al sistema consultante, quienes siempre están exigiendo y develando situaciones que invitan, a que más que unos principios éticos, los terapeutas tengan una formación y capacitación, buscando una co-construcción diaria que nos lleva a ahondar sobre diferentes posturas que aportan a la construcción del quehacer profesional. Cabe resaltar que acerca de la noción de autorreferencia, según la información rastreada, no se cuenta con suficiente literatura.
Como parte de los hallazgos se podría plantear que en el desarrollo de este artículo se identificaron documentos que se ocupan del self del terapeuta. Aunque fue difícil encontrar investigaciones sobre la noción de autorreferencia es importante resaltar que se encuentran conceptos planteados por diferentes investigadores los cuales son autopoiesis, cibernética de segundo y tercer orden, constructivismo y ley de Ashby, que se relacionan con el mismo, dando apertura a una comprensión de este tema.
En la búsqueda de establecer relaciones respecto a las nociones de self y autorreferencia se citan autores que apoyarán este trabajo investigativo con relación a la terapia familiar sistémica. Rizo (2011) describe el self como la capacidad de considerarse y analizarse uno mismo como objeto; teniendo la particularidad de ser tanto sujeto como objeto, y presupone un proceso de interacción social a través de la comunicación.
Molero (2010) propone la noción de autorreferencia como experiencias co-construidas a partir de la interacción situándose a su vez como herramientas de análisis e intervención al sistema terapéutico y explica que lo que siente el terapeuta remite no solamente a su historia personal, sino a su historia familiar y social.
Elkaim (1998) se interesó por el proceso de cómo el observador emerge y sigue en el proceso de observar; cuando el habla de observador se refiere a la observación del acto de observar, por ende, este acto es un proceso reflexivo.
Este artículo ofrece herramientas para que cada terapeuta tenga la capacidad de manejar un concepto de manera clara y coherente. Que al momento de llevarlo a la práctica el terapeuta haya construido y cuidado de su self, siendo objetivo y ético cuando utilice la autorreferencia, conscientes de que la principal herramienta que tenemos como terapeutas somos nosotros mismos. Por tal motivo, se hace necesario que en ese proceso de co-construcción cada uno se reinvente y se enfrente con la vida y su propio interior para ver el fondo del sistema consultante y así poder ponernos como espejos de los mismos.
Es fundamental para las investigadoras escribir sobre el tema propuesto, porque permite que argumenten la postura al escoger este estilo como herramienta de intervención en la terapia familiar sistémica. Disponerse al encuentro humano emocional e intelectual que va tener el arte de conversar y reflexionar. Además, remiten la noción de autorreferencia, la cual implica una postura epistemológica referida al proceso recursivo de observar, observarse y hacer parte del sistema. De este modo se da cuenta de la consciencia de sí mismo, del otro y del nosotros que emerge en los encuentros humanos y permite que esta sea una herramienta para llegar a reflexiones de la terapia familiar sistémica y un estilo de la persona del terapeuta logrando explicar la magia que sucede en la sesión de terapia, al transformar cada situación.
Método
El artículo se realizó con un enfoque cualitativo desde el método hermenéutico siguiendo a Galeano (2002) donde explica que la hermenéutica tiene “como propósito descubrir los significados de las cosas, interpretar las palabras, los escritos, los textos, los gustos, así como cualquier otro acto” (p. 49). Siendo esta hermenéutica las reglas rígidas para la interpretación de estos documentos, es a través de lo que se escribe que le damos significado a algo.
En cuanto a la modalidad, se trabajó el estado del arte, con el cual identificamos qué se dijo. Siendo un estado del arte como lo define Galeano (2002) “una investigación documental a partir de la cual se recupera y trasciende reflexivamente el conocimiento acumulado sobre determinado objeto de estudio” (p. 16). Una investigación que habló sobre el acumulado teórico existente sobre un tema.
La estrategia que se utilizó fue la investigación documental, de ahí que Galeano (2004) la explica como:
...aquella que hace de sus fuentes (de información numérica y no numérica) su materia prima básica. La revisión de archivos y el análisis de contenido se convierten en técnicas fundamentales de su trabajo (...) De la información se adquiere a partir de los documentos, se elabora un dato para confrontar y triangular con información obtenida mediante técnicas diferentes, con el objetivo de posibilitar su validación (p. 115)
Los instrumentos utilizados para la recolección de la información fueron: sistematización en un cuadro diseñado en Microsoft Excel, el cual contiene un apartado para la información bibliográfica de cada texto, otro apartado con las palabras claves y un último apartado con la tesis central de los autores. Además se realizaron fichas de análisis de contenido permitiendo la clasificación de los textos: título del texto; tema; tesis principales y secundarias. Esta organización de los datos permitió la clasificación de la información según las categorías propuestas.
Finalmente, la recolección de la información se realizó mediante búsquedas en bibliotecas digitales como Scielo, Dialnet, Ebsco, Scopus, Redalyc y la biblioteca de la universidad Luis Amigó.
Resultados
Para la creación de este artículo, se analizó una amplia bibliografía con fundamentos científicos y teóricos que permitió sustentar de manera argumentativa cada concepto. Los conceptos de self, autorreferencia y terapia familiar se abordaron desde diferentes autores, lo que permite que el lector tenga una amplia referencia al momento de argumentar su conocimiento sobre los términos mencionados, abriendo la posibilidad de darle una aplicabilidad en su ejercicio profesional e individual.
Se consultaron 50 textos, entre los que se encontraron: tesis de grado, libros y artículos de revistas, siendo de gran importancia para la construcción de cada categoría nombrada en el presente artículo. Por tanto para el self se citan 22 textos, de autorreferencia 21, y para terapia familiar, 7 textos.
Para la presentación de este rastreo bibliográfico se construyó la siguiente matriz.
Dimensión revisada en los artículos: Self del terapeuta
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Autor y nombre del artículo |
Palabras claves |
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Agudelo M.E.(2005) El self, de entrenamiento de los terapeutas familiares sistémicos, En: Terapia familiar sistémica, experiencias, saberes y conocimientos |
self del terapeuta, familia de origen. |
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Conrado, Z., y Garcés, L (2013) El cuidado de sí y de los otros en Foucault, principio orientador para la construcción De una bioética del cuidado. Discusiones |
Cuidado de sí, Cuidado de sí en relación con el cuidado del otro |
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Santos, M. (2013). Educación y construcción del self en la filosofía Helenística según Michel Foucault. |
Educación, construcción del self, hermenéutica del sujeto |
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Seoane, J. (2005) Hacia una biografía del self. |
La conciencia de sí mismo, self |
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Chazenbalk, L., Mammi, K., Perera, M. y Arcuschin, O. (2003). La Incidencia del self del terapeuta en el proceso terapéutico. |
Estilo del terapeuta, sistema de creencias. |
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Hernández, B., y Toro, I. (2017). Foucault y el cuidado de sí mismo: una posibilidad para la gestión humana. |
Cuidado de sí, búsqueda de la verdad |
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Rizo, M (2011). El interaccionismo simbólico y la Escuela de Palo Alto. Hacia un nuevo concepto de comunicación. |
self, yo en el espejo. |
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González, M., Fernández, A., y Fernández, E. (2007) Identidad, relación y construcción del self en el encuentro psicoterapéutico. |
self, identidad, relación. |
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Martínez, J. (2010). El self narrativo en busca de la fundamento de la filosofía contemporánea. |
self, narrativismo, |
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Sáinz, J. (2014). La identidad ético–narrativa como fundamento del “self”. |
El self, maduración, reciprocidad |
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Crittenden, P. (2000). Moldear la arcilla. El proceso de construcción del self y su relación con la psicoterapia. |
Estudiantes en formación, familia de origen, self personal, self profesional. |
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Canevero, A., Abeliuk, Y., Condeza, M., Escala, M., García, G. Y Montes, J. (2017). El nacimiento del terapeuta sistémico. El trabajo directo con las familias de origen de los terapeutas en formación. |
Terapeuta, formación, supervisión. |
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Cruz, J. (2009). Enfoque estratégico y formación de terapeutas. |
Terapeuta, autorrevelación. |
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Szmulewcz, T. (2013). La persona del terapeuta: eje fundamental de todo proceso terapéutico. |
Self, identidad |
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Páramo, P. (2008). La construcción psicosocial de la identidad y del self. |
Autoconcepto, terapia de segundo orden, verse a sí mismo. |
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López, E. (1994). La implicación personal en la formación. |
Sí mismo, self, lenguaje |
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Anderson, H. (1997). Conversación, lenguaje y posibilidades: un enfoque posmoderno de la terapia. |
Sistema, comprensión del sí mismo. |
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Andolfi, M. y Angelo, C., (1988). Hacia la construcción del sistema terapéutico. |
Reflexión del sí mismo, terapia familiar. |
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Hoffman, L. (1991). Una postura reflexiva para la terapia familiar. |
Formación de terapeutas, pragmática del ser, estilo terapéutico. |
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Páez, M. L., Arcila, A., Cabiedes, J. S., Cardona, C., Correa, D., Guevara, V. (2018). Formación de terapeutas sistémicos: desde el saber teórico y práctico hacia la autorreferencia y la construcción del estilo terapéutico |
La utilización del sí mismo, la responsabilidad del terapeuta. |
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Whitaker, C., Bumberry W., (1990). La persona del terapeuta: integridad personal y estructura del rol profesional. En Danzando con la Familia. |
Entrenamiento, terapia familiar, comunicación. |
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Archbold, G., Arias, V. M, Fernández, E. E., Flórez, A., González, E. E., González, A. M... Bedoya, L. M. (2018). La experiencia de formación en intervención terapéutica: reflexiones suscitadas durante el entrenamiento de la Especialización en Terapia Familiar de la Universidad Católica Luis Amigó |
Entrenamiento, terapia familiar, comunicación. |
Dimensión revisada en los artículos: Autorreferencia
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Autor y nombre del artículo |
Palabras clave |
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Garzon, D. (2008). Autorreferencia y estilo terapéutico: su intersección en la formación de terapeutas sistémicos. |
Autorreferencia, configuración del terapeuta. |
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Ceberio, M, Moreno, J, Des Camps. (2000). Formación y estilo del terapeuta. |
Epistemología del terapeuta, tarea de los formadores |
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Elkaim, M. (1998). Autorreferencia y emergencia del observador. En: La terapia familiar en transformación. |
Autorreferencia, emergencia del observador. |
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Molero. (2010). El terapeuta sistémico. |
Estilo terapéutico, emocionalidades, resonancia |
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Gibert, J. y Correa, B. (2001). La teoría de la autopoiesis y su aplicación en las ciencias sociales. |
Teoría sistemas, autopoiesis |
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Rodríguez, M. (2018). Cibernética. Mental − Aplicaciones − Sistémica – Cibernética. |
Cibernética, autorregulación, homeostasis, entropía |
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Limione, A., Fernandez, J., Morales, L. (2012). Qué aporta el pensamiento sistemo-cibernético a la gestión de organizaciones. |
Espacio social, sociopoiesis, conciencia misma |
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Redondo Vera, A. (1996). Aportaciones de la Psicología Individual a la Terapia Familiar Sistémica |
Terapia Familiar, Constructivismo. |
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Izuzquiza, I (2006) Constructivismo, cibernética y teoría de la observación. |
Formación, terapeuta, autorreferenciales, heterorreferencial |
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Alvear, M., Jerez, Chenevard, C. (2012). Formación de terapeutas en un programa de especialización en Terapia Familiar Sistémica. |
Terapia Familiar, Autorreferencia |
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Arango, A., Moreno, M. (2009). Más allá de la relación terapéutica: un recorrido histórico y teórico. |
Sí mismo, revelación terapéutica, autorrevelación |
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Baringoltz, S. (2005). La importancia del estilo personal del terapeuta y el vínculo como herramientas terapéuticas. |
Alianza, autorreferencia, estilo del terapeuta |
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Rober, P. (2005). La conversación interna del terapeuta en la práctica de terapia familiar: Algunas ideas acerca del sí mismo del terapeuta, el impasse terapéutico y el proceso de reflexión. |
Autorreferencia, narrativa, conversación interna. |
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Sánchez, L. M. (2014). Auto y heterorreferencia: intervención, supervisión. |
Heterorreferencia, cambio, intervención, supervisión. |
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Morales, Rodríguez, F. (2012). Ciencia, conocimiento y sistemas autorreferenciales: la propuesta epistemológica de Niklas Luhmann. |
Cibernética de 1 orden, 2 orden, observación de 2 orden. |
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Manfrida, G. (1999). Delante y detrás del espejo: Niveles de observación en la terapia familiar. |
Cambio subjetivo, lenguaje, sí mismo. |
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Arístegui, R., Gaete, J., Muñoz, G., Salazar, J., Krause, M., Vilches, O., Tomicic, A & Ramírez, I. (2009). Diálogos y autorreferencia: procesos de cambio en psicoterapia desde la perspectiva de los actos de habla. |
Psicoterapia, conversación, actos de habla. |
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Valladares, González, M. (2010). La autorreferencia en el proceso de enseñanza-aprendizaje artístico; una mirada desde la identidad cultural. |
Autorreferencia, proceso de enseñanza-aprendizaje |
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López, Baños, F., Manrique, R & Otero, S. (1990). Los sistemas observantes: conceptos, estrategias y entrenamiento en terapia familiar sistémica |
Sistemas observantes. Terapia de familia. Entrenamiento. |
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Rodríguez, D., Niño Rojas, J. (2006). Marco comprensivo para el estudio de los procesos de formación de terapeutas. |
Modelo sistémico, formación, terapeutas, proceso educativo. |
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Elkaïm, M. (1996). De la autorreferencia a los ensamblajes. |
Autorreferencia, construcción, ensamblaje, resonancia |
Dimensión revisada en los artículos: Terapia Familiar Sistémica
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Autor y nombre del artículo |
Palabras clave |
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Feixas, G.,y Muñoz, D., Compañ, V., y Montesano, A. (2012). El modelo sistémico en la Intervención familiar. |
Teoría general de los sistemas, familia |
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Arango Arango, M. Z., Rodríguez, A. M., Benavides, M. S. y Ubaque, S. L. (2016). Los axiomas de la comunicación humana en Paul Watzlawick, Janet Beavin, Don Jackson y su relación con la Terapia. |
Axiomas de la comunicación, terapia familiar sistémica. |
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Schlippe,A., y Schweitzer, J (2003). Manual de terapia y asesoría sistémicas. |
Terapia sistémica, historia |
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Ochoa, I. (1995). Enfoques en terapia familiar sistémica. |
Terapia familiar, dinámica familiar, |
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Fernández, J. (2006). En busca de resultados una introducción a las terapias sistémicas. |
Posguerra, terapia de familia |
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Pereira, R. (1994). Revisión histórica de la terapia familiar. |
Terapia familiar, escuelas. |
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Hoffman, L. (1992). Tras el espejo. En: Fundamentos de la terapia familiar: Un marco conceptual para el cambio de sistemas |
Modelo bicameral, pensamiento circular y lineal |
Comentarios
El análisis que se plantea a continuación se desprende del rastreo documental que se efectuó para este estudio de las tres categorías. Se encontraron autores con reconocimiento en el campo de la terapia familiar y estos autores serán los que propiciarán la interpretación que, a continuación, le presentamos al lector.
Terapia Familiar Sistémica
La terapia familiar sistémica emerge del enfoque sistémico siendo la aplicación de la teoría general de sistemas. De ahí la importancia de retomar a Bertalanffy (citado por Fernández, 2006) quien en el año 1925 propone la Teoría General de los Sistemas. Él la describe como una teoría lógico-matemática que toma como postulado esencial el hecho de que el todo es más que la suma de sus partes. En efecto, se puede inferir que esta teoría es un modelo general que puede ser utilizado en distintas disciplinas científicas para analizar diversos fenómenos sociales y culturales, determinando los posibles cambios que se generan en el sistema en este caso el familiar. Esto nos permite como terapeutas adentrarnos a analizar las dinámicas y estructuras familiares de nuestros consultantes.
De ahí que Hoffman (1992) expresa lo siguiente sobre la Terapia Familiar:
La terapia familiar, aunque no sea una ciencia del comportamiento, se encuentra en la extraña posición de ser uno de los pocos campos de la investigación y la práctica del comportamiento que ha influido por este cambio epistemológico. Por consiguiente, no solo es una nueva técnica terapéutica; se basa en nuevas suposiciones acerca del comportamiento humano, que tiene implicaciones de gran envergadura. (p. 15.)
En este sentido, se concibe la familia como un sistema que influye en el comportamiento de cada individuo. Llegando a la conclusión que el comportamiento del sujeto no sólo habrá de aparecer sin causa alguna sino que se asocia desde las interacciones sociales que se dan en el núcleo familiar. Esto nos lleva a comprender que la familia es el sistema y el sujeto es un subsistema de esta configuración familiar.
Pereira (1994) sostiene que la terapia familiar surge como una respuesta que apuntaba a analizar al hombre y su contexto familiar, centrando el interés en torno a la forma en cómo se entablan los vínculos familiares y se da lugar a los diversos procesos intrapsíquicos y subjetivos. De esto podemos deducir que la terapia familiar sistémica trabaja en pro de un sistema mancomunado en el que tanto los consultantes como el terapeuta se constituyen en observadores de un mismo fenómeno, transformándolo para el beneficio de un núcleo familiar, pretendiendo el establecimiento de vínculos socioafectivos y patrones de comunicación asertivos.
No obstante, Arango, Rodríguez, Benavides y Ubaque (2015) sustentan que la terapia familiar está desarrollada bajo dos puntos de vista, provenientes de la psiquiatría psicoanalítica y las nuevas teorías en desarrollo para aquella época eran la antropología, la sociología y las teorías de la comunicación.
En efecto, desde la perspectiva psicoanalítica se pensó en introducir a las familias en los diversos procesos de atención e intervención que se llevaban a cabo con pacientes con esquizofrenia. Por el lado de la antropología, sociología y las teorías de la comunicación, con el antropólogo Bateson y su equipo de Palo Alto, hicieron una observación entre los esquizofrénicos y sus familias, identificando que el comportamiento de estos es diferente al interactuar con el sistema familiar. Se enfatizó en fortalecer los procesos de comunicación y el tejido familiar de los pacientes esquizofrénicos.
Por otro lado, Schlippe y Schweitzer (2003) afirman que en terapia familiar no puede hablarse de un fundador a partir del cual se construye toda la teoría. Más bien proponen varios modelos teóricos, pioneros y fundadores de las distintas escuelas de terapia familiar “se trata de un complejísimo entramado de personas, lugares e instituciones” (p. 24). De lo planteado por este autor se observa que la terapia familiar sistémica no está constituida con base en las aportaciones teóricas de un solo autor, sino que está basada en las aportaciones teóricas y epistemológicas de un conjunto de personalidades destacadas que aportaron a su creación y puesta en práctica.
Por consiguiente, se puede indicar que el modelo sistémico nace al mismo tiempo que la terapia familiar y que en la actualidad no es preciso diferenciar la identidad de cada uno debido a que el modelo sistémico es aplicable a otros ámbitos, no solo el familiar.
Del mismo modo, para este enfoque sistémico y la terapia familiar, la familia se constituye en el elemento central para el proceso terapéutico. De ahí que Ochoa (1995) se refiera a la terapia familiar y sus diversas vertientes, entre ella la sistémica, estableciendo como postulado básico que ni las personas ni sus problemas existen en el vacío, sino que ambos están íntimamente ligados a sistemas recíprocos más amplios de los cuales el principal es la familia. Con respeto a lo anterior analizamos que la terapia familiar sistémica es clara al mencionar que el proceso de observación en las dinámicas familiares que lleva a cabo el terapeuta se debe hacer desde las relaciones que tiene cada familia y de este modo explicar cómo esas relaciones influyen en el comportamiento de todos.
Para finalizar, la terapia familiar sistémica se ha constituido en los últimos años en un elemento esencial para la intervención. Su intención no radica solo en intervenir al consultante sino al sistema que lo constituye, siendo conscientes de que pocas cosas suceden sin la interacción de la familia (Feixas, Muñoz, Compañ y Montesano, 2012). De lo anterior se puede inferir que como terapeutas debemos tener presente el papel importante de la familia en el tratamiento de diversas conductas y comportamientos, sin olvidar que nuestro interés es la familia como una totalidad sistémica.
Self, cuidado de sí y construcción del sí mismo
Los terapeutas de familia participamos de un proceso de formación y entrenamiento que implica involucrar nuestro self. Tal formación nos permite ampliar nuestra autonomía porque ponemos nuestra capacidad de decidir en tensión constantemente. En otras palabras, según sea nuestra reflexión derivada del propio self será nuestra participación en el sistema terapéutico. La propia vida del terapeuta necesita ser analizada para crear un propio estilo de acompañamiento a las familias que se sostenga también en el cuidado de nuestra vida íntima. Según Agudelo (2005) y Rizo (2011) el self es una capacidad que construye el terapeuta de familia para concebirse y reflexionarse. Es decir, el self del terapeuta de familia se transforma en objeto de deliberación. De esto podemos deducir que el self lo construimos en la interacción con los demás, en la comunicación que establecemos con ellos y en la manera como elaboramos sentidos acerca de tales relaciones y principalmente con el vínculo que creamos con nosotros mismos.
El self pasa por un proceso de ser consciente en cada terapeuta. El terapeuta es un ser humano que tiene una personalidad, supuestos filosóficos, prejuicios, creencias y mandatos de su familia de origen. Corroborando esto Seoane (2005) afirma que el self “se refiere, por tanto, a mi sensibilidad, mi moralidad, mis habilidades y cosas semejantes” (p. 48). De esto podemos argumentar que debemos co-construir nuestro self a través de nuestra historia familiar e historia social y de la auto-observación y auto-reflexibilidad, siendo el self del terapeuta ese camino que se construye al andar. De ahí que Agudelo (2005) afirma: la reflexión como mecanismo mediante el cual se desarrolla el self. Reflexión entendida como “capacidad de ponerse en el lugar de otro para auto-observarse, salir fuera de sí para convertirse en objeto de reflexión y después volver sobre sí mismo como sujetos de la reflexión” (p. 83). De lo planteado se puede inferir que el self es una entidad individual y social que está siempre en constante construcción a través de interacción y de su propia reflexión.
En esta misma línea, los terapeutas de familia a la hora de realizar una intervención profesional una de sus herramientas principales es él mismo, como lo expone Bumberry y Whitaker (1990) “mi capacidad de ser real, de estar vivo durante la sesión de responder de una manera personal es la esencia de lo que tengo para ofrecer” (p. 43). Se infiere de estos autores que el vernos a nosotros mismos es tener presente que somos parte del sistema observado; esta observación está ligada a la vida del terapeuta, a su manera de ver, valorar el mundo y construir una identidad donde es esta la esencia que tenemos para ofrecer. Siendo una construcción que hacemos desde examinar en nuestro sistema familiar, los valores, prejuicios, vínculos significativos, miedos y secretos, son estos quienes ayudan a la configuración de nuestro self como herramienta que se lleva a la terapia.
Cabe añadir que Páramo (2008) define la identidad como “las características que posee un individuo, mediante las cuales es conocido. Buena parte de la identidad personal la formamos a partir de las interacciones sociales que comienzan con la familia, en la escuela y con la gente que se conoce a lo largo de la vida.” (p. 541) Se puede concluir de lo planteado por este autor que la identidad se relaciona profundamente con el self, ya que influye en la manera como actuamos en el mundo, además para comprender mi propia identidad se necesita estar inmerso en un mundo con otros. De ahí que González, Fernández, y Fernández (2007) ratifican lo anterior al exponer la importancia del papel y del vínculo del otro en la construcción de identidad, ya que no hay un self sin el otro. El self está siempre en aprendizaje individual y social
Por ende, la identidad que va construyendo cada persona y terapeuta es una construcción de nuestro self. Paul Ricoeur (citado por Sáinz, 2014) explica cómo se “promueve y busca dicha identidad en un yo reflexivo, como categoría de verdad acerca del sujeto, pero como una verdad suya y de nadie más, esta propuesta filosófica prima la conciencia como el ámbito de toda vivencia” (p. 29). Se puede deducir que construir dicha identidad es una vivencia de desidentificación, de vivenciarme, mirarme y pensarme como un otro donde esto nos exige un acto fundamental reflexivo frente a uno mismo.
Es importante añadir que el self es abordado también desde la narrativa que se construye con la vida de cada persona. Aportando a esto Martínez (2010) afirma que “se necesita un self para hacer experiencia de la vida de uno como una historia. Para empezar una autonarración el narrador debe poder diferenciar entre self y no- self debe poder atribuirse acciones y experiencias, y debe poder referirse a sí mismo por medio del pronombre de la primera persona.” (p. 607). Concluyendo así que, antes de hacer cualquier intervención, el terapeuta en su conversación interna, tiene que reflexionar acerca de sí, de su identidad y cómo puede utilizar esos elementos de sí mismo para promover una conversación sanadora, ya que antes de constituirnos narrativamente tenemos que hablar con nosotros mismos y con otros.
Todas estas observaciones se relacionan en cómo el self puede ser entendido también como el cuidado y construcción que se hace de sí mismo. Teniendo como base los postulados de Conrado y Garcés (2013) donde estos abordan a Foucault para quien el sí mismo se relaciona con el cuidado de sí. Donde entendemos este como “un conjunto de prácticas mediante las cuales un individuo establece cierta relación consigo mismo y en esta relación el individuo se constituye en sujeto de sus propias acciones. (…) El sujeto ético es aquel que pretende hacerse a sí mismo. Aquel que busca forjarse un sentido cautivador a su existencia”. (p.188). Se puede inferir que el cuidado del sí es una co-construcción permanente de toda la vida para así asegurar el ejercicio de la libertad. Por ende, se busca que el sujeto se configure y este en un constante obrar reflexivo en el mundo.
Es decir, debe existir un afán de conocerse a sí mismo, debemos cuidar nuestro yo, considerándonos además como objetos de reflexión, teniendo la capacidad de ser tanto objeto como sujeto. Según Hernández y Toro (2017) y Santos (2013) este cuidado de sí está vinculado a la búsqueda de la verdad, una verdad que es preceptiva, una verdad sobre sí mismo. Así el cuidado de sí significa que el sujeto debe estar dispuesto toda su vida y aceptar la vida como prueba, esto lo conlleva a obtener su propio dominio, su autogobierno.
Para comprender mejor Conrado y Garcés, (2013) sostienen que Foucault destaca que el cuidado de sí contiene tres aspectos primordiales. Inicialmente es la actitud con respecto a sí mismo, con respecto a los otros y con respecto al mundo. En segundo lugar, es una manera determinada de atención de mirada. Cuidar de sí mismo implica volver la mirada y llevarla de nuestro exterior al interior. En tercer lugar, la noción de cuidado de sí designa una serie de acciones, acciones que uno ejerce sobre sí mismo, acciones por las cuales uno se hace cargo de sí mismo, se purifica, se transforma y se transfigura.
De lo planteado por estos autores podemos deducir que para relacionarse con los otros es necesario tener en cuenta el desarrollo del cuidado de sí. Es imposible concebir que exista un efecto en el otro si antes no he pasado por la reflexión y he trabajado conmigo mismo. La tarea por tanto consiste en descubrir lo que somos, nuestra historia. Debemos co-construirnos a través de nuestra historia familiar e historia social y de la auto-observación y auto-reflexibilidad. Así tendremos una construcción de un self que podrá ser llevado a la relación terapéutica con el otro. De ahí que se logre comprender la importancia de construir nuestro self a través de la experiencia de vida social, familiar e individual reconociéndome como observador en el acto de observar mi propia experiencia de no mirar e intervenir a las personas desde mis prejuicios, comprender que cada ser humano tiene una historia contexto.
Luego de incluir la reflexión desde Foucault es importante reflexionar sobre la incidencia que tiene el self del terapeuta en el proceso terapéutico. De esta manera para Cruz (2008) la esencia de la formación terapéutica sistémica consiste en integrar conocimientos teóricos, instrumentos técnicos y el desarrollo de la creatividad personal a través de la observación de sí mismo. La observación de sí mismo es fundamental ya que se involucra el saber, el hacer y el querer desde su integralidad como persona y como profesional.
Afirmando lo planteado anteriormente, Páez, Arcila, Cabiedes, Cardona, Correa, Guevara (2018) dentro de la formación de terapeutas es pertinente realizar una articulacion entre:
formación teórica, relacionada con la fundamentación epistemológica y conceptual; formación pragmática, que se encuentra vinculada con la experiencia práctica, escenario donde se articula el saber con el hacer; lo anterior se correlaciona con el tercer componente que se enmarca en la formación del ser del terapeuta, quien, a partir de las experiencias personales, familiares y laborales puede posicionarse frente al cambio, y con esto generar una formación consolidada que trasciende a su estilo de vida (p. 18)
De lo anterior se puede deducir que en la formación de los terapeutas sistémicos se da especial énfasis al trabajo del saber, el hacer y el ser del terapeuta y estos tres niveles se reflejan directamente en el proceso personal, dado que se integra la teoría a los procesos vitales y familiares y se expone la experiencia de vida desde la autorreferencia lo que va forjando un estilo en cada terapeuta sistémico.
El concepto de estilo del terapeuta es definido por Chazenbalk, Mammi, Perera, Arcuschin (2003) como “los patrones habituales únicos de cada persona que se relacionan con la visión que tiene de sí mismo y del mundo, sus creencias, experiencias de vida, momento evolutivo que atraviesa, posición socioeconómica, y estilo afectivo” (p. 107). Este mismo autor cita a Beutler quien a través de sus investigaciones demuestra que la persona del terapeuta es más influyente que su orientación teórica y/o el uso de técnicas específicas terapéuticas. Podemos inferir que toma protagonismo en el proceso terapéutico es el estilo personal de cada terapeuta, pues la relación terapéutica no está solo determinada por la historia del consultante, sino que pone énfasis en la historia del terapeuta.
Conviene subrayar que la formación terapéutica implica siempre un proceso de aprendizaje transformación y participación de la persona del terapeuta donde esté se conecta desde su propia reflexión y experiencia. López (1994) cita a Von Foerster “verse a sí mismo como un modo de trascender las limitaciones del propio mirar” (p. 4). De ahí la importancia del terapeuta de verse y reflexionar sobre sí mismo ya que se relaciona con distintas personas, además y lo más importante que consigo mismo.
En la formación terapéutica se identifica el sí mismo como una de las mayores fortalezas que adquieren los terapeutas. Se reconoce la construcción e identificación de un estilo terapéutico como un aspecto característico de cada individuo.
Articulando lo anterior con lo que nombra Canevaro, Abeliuk, Condenza, Escala, García y Montes (2017) ellos realizan la relación y analizan la palabra, self del terapeuta, afirmando que este se compone de uno profesional y uno personal estando estrechamente relacionados, definiéndose a continuación:
En el self profesional convergen dos redes en constante relación. Por un lado, la red profesional, donde intervienen los contactos con colegas, la pertenencia a escuelas terapéuticas y asociaciones científicas. Por otro, la red relacional de los pacientes, donde se encuentra la confirmación de la capacidad profesional y bienestar económico, entre otros.
En el self personal se encuentra la influencia de la familia de origen y de la familia actual. Ambas tienen su peso relativo, pero con el paso del tiempo la segunda comenzaría a tener más relevancia, sin desconocer que la familia de origen deja su huella en la personalidad del terapeuta y su influencia tanto en la vida privada como en la vida profesional. (p. 130).
El primero supone un reto técnico y teórico. El segundo, un desafío existencial. La relación entre lo personal y lo profesional de los terapeutas constituye uno de los elementos esenciales de la terapia tanto nuestros conocimientos y habilidades.
Sin embargo Szmulewic (2013) cita a Rober (2005) explicando sobre el sí mismo experiencial del terapeuta y otro que refleja el sí mismo profesional del terapeuta.
Lo aclara de la siguiente manera
El sí mismo experiencial lo remite a los recuerdos, a las imágenes y a las fantasías que surgen en lo que observa, y el sí mismo profesional lo remite a las hipótesis que prepara para intervenir en la terapia. Ambos se entrelazan de manera que puedan tener algún sentido para el subsistema consultante, creando así un espacio reflexivo (p. 62).
Se puede inferir, que tanto la experiencia como la argumentación teórica es importante al momento de la construcción del sí mismo, debido a que esto nos dará herramientas con bases sólidas para intervenir. Es aquí, cuando resaltamos la importancia de un buen trabajo de sí mismo que permita un estilo autorreferente que arroje resultados circulares eficientes en todo el sistema consultante.
Precisamente el autor Crittenden (2000) afirma lo anterior con la frase que utiliza “la experiencia modifica profundamente el self, cambiando para siempre cómo uno se ve a sí mismo, cómo reacciona con los demás, y la gama de habilidades interpersonales que desarrolla” (p. 68). Además, porque cada experiencia nos va a posicionar en una situación que va suponer una representación de lo que somos y lo que estamos construyendo el sí mismo. El terapeuta no solo habla con palabras ya que el impacto que estas tengan sobre el consultante están mediadas por los sentimientos que están siendo transportados al mismo tiempo que las palabras. Deduciendo que el sí mismo refiere a un proceso de experiencia del terapeuta y refleja al terapeuta como un ser humano y un participante en la conversación.
De todos modos, el sí mismo o el self es un concepto controversial. Según las investigaciones revisadas para este artículo, autores postmodernos y construccionistas sociales, son muy críticos de la conceptualización moderna que plantea un sí mismo como una esencia de la persona estable y autónoma. Autores como Anderson (1997) y Hoffman (1991) proponen analizarlo desde la visión de la narrativa del sí mismo como un devenir autobiografíco. Así mismo Anderson (1997) sostiene que “el sí mismo es una expresión siempre-cambiante de nuestras narraciones, un ser y transformarse a través del lenguaje y la narración en nuestro constante intento de dotar de sentido a nuestro mundo y a nosotros mismos” (p. 216). Siendo así, el sí mismo se refiere a la experiencia que tiene la persona del terapeuta respecto del proceso de sus sentimientos, intuiciones, temores, imágenes, ideas.
A lo anterior Andolfi y Angelo (1988) afirman el uso del sí mismo en este sentido significa entonces que “el terapeuta utilice sus propias respuestas personales en forma de imágenes, ánimos y símbolos en el inicio y desarrollo del proceso terapéutico” (p. 244). De lo anterior se puede argumentar que el uso de sí mismo se refiere al proceso de experiencia y reflexión que hace el terapeuta para utilizar estos elementos en un proceso terapéutico.
Finalmente, en el quehacer del terapeuta sistémico es fundamental la reflexibilidad y la observación de sí mismo, como toma de conciencia del terapeuta. Aquí se están tejiendo historias que involucran las vivencias y experiencias familiares y sociales de los observados (consultantes y terapeuta). Construir el self el verse y reconocerse a sí mismo desde la reflexión genera un impacto puesto que abarca procesos y experiencias emocionales. Además de formar parte de la construcción de la identidad del profesional esto nos ayuda a reflexionar sobre nuestras experiencias.
Lo anterior confirma lo que según Archbold, Arias, Fernández, Flórez, González, González, Lopera, Marín, Monsalve, Ospina, Pulgarín, Ruiz, Toro, Álvarez y Bedoya (2018) mencionan sobre la importancia del sí mismo
el conocimiento de sí, en un proceso de formación en el cual es el propio terapeuta una herramienta constante de transformación, un protagonista más, que por medio de la comprensión de sí, pone en juego herramientas, conceptos, elementos que resultan útiles en determinados momentos. Reconocer las propias limitaciones, temores, y posibilidades es una forma valiosa de estimular las capacidades y asumir los retos que cada sesión terapéutica conlleva (p.77).
Comprendiendo de los autores que la co-construcción y comprensión que se realiza del self es una vivencia que permite una transformación desde lo personal y esta es llevada a lo profesional, de ahí la importancia del terapeuta de reflexionar, trabajar y cuidar de sí.
Autorreferencia
La autorreferencia brinda la capacidad al terapeuta de apropiarse de elementos que le facilitarán reconocerse, escuchar y escucharse, lo que le permitirá en el momento de terapia despojarse de prejuicios, creencias y barreras al momento de la sesión terapéutica (Sánchez, 2014).
Otro estudio que aporta al entendimiento de la autorreferencia nos dice que ésta es un proceso de enseñanza y aprendizaje que favorece a la circularidad sistémica, según Valladeras (2010) lo que da como resultado que el terapeuta haga una narración de sí mismo, a través del discurso que emerge del sistema consultante potencializando la transformación de este.
Por otro lado, Alvear, Jerez, Chenevard (2012) se refieren a la autorreferencia como un espacio de construcción compartida con el Otro, lo que permite una transformación e impacto en el proceso. En esa medida, los autores citan a Ceberio quien coincide con el argumento de Valleras (2010) en la sustentación del concepto de autorreferencia como proceso de aprendizaje, basándose en que cada paso tiene una influencia sobre el otro. Marcando así, la postura de que los sistemas no pueden dejar de referirse a sí mismo.
Entre tanto Mórelo (2010) citando a Chouhy, mencionan que “cuanto mejor se conozca un terapeuta a sí mismo estará en mejores condiciones de utilizar sus propios recursos en terapia” (p. 7). Ellos entregan aportes que se suman a las definiciones de otros autores para la consolidación de la autorreferencia como cuidado de sí y la importancia que toma que el terapeuta cree conciencia de su historia, para dar un adecuado manejo de su sí mismo en cada terapia. Esto también es nombrado por Minuchin (1993) como “la utilización del sí mismo del terapeuta” (p. 159).
Elkaim (1998) citando a Heinz Von Foerster cuando dice “puedo verme a través de los ojos de los demás” (p. 5) y plantea “el acto de observar como un proceso reflexivo” (p.6) es precisamente desde esta perspectiva que el terapeuta podrá iniciar autorreferencia en un proceso terapéutico si ha trabajado su historia buscando alcanzar eficacia en los resultados.
Por ello, para lograr una adecuada autorreferencia es posible que el terapeuta implementa como estrategia la alianza, siendo cuidadoso al momento de ponerla en práctica. Es aquí cuando Arango y Moreno (2009) cita a Bordin y argumentan lo siguiente “una buena alianza terapéutica es indispensable para la consecución de los objetivos propuestos” (p. 136). Se puede inferir que el terapeuta a través de la asertividad en las preguntas circulares logra una alianza positiva que traerá cambios al sistema consultante.
Así mismo, Baringoltz (2005) citando a Bordin y Lubosky se refieren a la alianza como colaboración del sistema para alcanzar resultados. Por ello, se podría decir que, aunque esta postura pueda ser eficaz para algunos procesos se hace necesario resaltar lo siguiente: el terapeuta debe hacer un excelente trabajo de su sí mismo, para saber la pertinencia de este dentro de su estilo Autorreferente. No podríamos poner esta alianza como estrategia, si como terapeutas nos dejamos permear de manera negativa por la narración del consultante. Toda asertividad dependerá del autoconocimiento terapéutico y la recurrente evaluación que le hacemos a nuestro sí mismo para poder desarrollar un proceso con resultados eficientes siendo neutrales en esa alianza positiva.
Pensamos que el concepto de autorreferencia planteado por Elkaim (1998) pone el lenguaje como aquel que produce cambios a nivel corporal y neuronal. Sostiene una vez más la importancia del conocimiento de sí mismo al momento de realizar una intervención. De acuerdo con esto, el autor nombra lo siguiente “la conciencia cambia nuestras vidas cómo cambia nuestro cuerpo gracias a la implicación fisiológica de nuestra utilización del lenguaje” (p. 179). Este conocimiento nos ayuda en la construcción de nuestro estilo, sustentar y defender la posición de escoger esta técnica siendo neutrales y pertinentes en el momento de dar un aporte autorreferente en la sesión y así hacer una transformación consciente.
Por otro lado, Peter (2005) citando a Gadamer, Anderson y Goolishian, quienes describen “la conversación terapéutica como circularidad de significados, de la cual ambos, terapeuta y cliente forman parte” (p. 3). Esto quiere decir que todo relato que emerge a través del proceso crea un engranaje que permite que el terapeuta co-construya a través del lenguaje una circularidad que posibilita la intervención desde la autorreferencia. Donde esté respeta y reconoce al otro y a su vez nace la creación de espacios de reflexión ante los consultantes para dar paso a aquello que no han nombrado.
Hay que mencionar que Ceberio, Moreno, Des Champs (2000) exponen la autorreferencia como “realidad que al surgir de nosotros mismos se rotula como autorreferente, se co-construye en la interacción” (p. 1). Lo que da paso a la circularidad y transformación entre sistema consultante y terapeuta. A su vez, permite la relación de este con los siguientes conceptos: cibernética, autopoiesis, cambio, constructivismo, Ley de Ashby, entre otros. Estos se citarán en los siguientes apartados.
Rodríguez (2018) y Morales (2012) ambos se refieren a Heinz von Foerster, donde plantean el giro que da el paradigma a través de la cibernética de cibernética que radica en la influencia de lo observado introduciendo la autorreferencia desde la constitución de un sistema con base a la observación. Todo esto parece confirmar un gran avance en la circularidad del proceso terapéutico, aquí el terapeuta se incorpora con el sistema consultante.
Según Rodríguez (2018) y Garzón (2008) se refieren a la co-evolución como importancia del reconocimiento del sí mismo y cómo se involucra el terapeuta y sistema consultante. De los autores se deduce que el terapeuta sistémico está en un constante aprendizaje permitiendo una transformación y conocimiento de sí mismo que aportará al estilo de la utilización de autorreferencia como una herramienta que dará gran aporte en esa co-evolución de todo el sistema.
Limone, Fernández y Morales (2012) a través de la Ley de Ashby, explican los diferentes estados y relación que asume un sistema, mostrando la variedad como eje fundamental de alcanzar una conexión que evite una coalición con uno de los integrantes, generando así una barrera en el avance del proceso terapéutico.
López, Manrique y Otero (1990), e Izuzquiza (2006) sostienen que el constructivismo se refiere a la manera en que interpretamos y concebimos la realidad del mundo. Además tienen presente la constatación que hace el sujeto sobre sí mismo, a partir de la percepción que ha tenido este de su realidad. De lo planteado se puede inferir que al terapeuta lo atraviesa la construcción de su sí mismo, lo que es una herramienta eficaz para futuros procesos terapéuticos que permitan llevar nuestro estilo a la terapia haciendo uso de la autorreferencia.
Seguido a esta apreciación, izuzquiza, (2006) relaciona también el concepto de constructivismo con los aportes de Maturana y Varela cuando se refieren a la autopoiesis como aquel ser vivo que es capaz de crear y construir su propia estructura. Estas nociones permiten un gran aporte a la autorreferencia en la medida que el ser humano siempre se está co-construyendo y a su vez invita al terapeuta que haga un análisis que va más allá de la transformación del Otro sino también de la construcción del sí mismo de una manera reflexiva.
Elkaim (1996) en otro de sus artículos defiende la autorreferencia como ventaja terapéutica, debido a que desde inicios de la terapia se ha visto gran controversia por procesos donde se vea involucrado este con el sistema. Por tanto, relaciona la autorreferencia con la resonancia para dar apertura a un cambio efectivo sistémico, basándose en esta como aquella que permite construcciones en el sistema. Esta construcción permite que el terapeuta analice que su herramienta principal es su self, es aquí, donde cobra fuerza trabajar el self antes de usar la autorreferencia como estilo. De lo argumentado por este autor se puede decir que “entonces como terapeutas tendremos que descubrir un puente único y especial que existe, en ese momento puntual, entre los miembros de la familia y nosotros” (p. 18).
Arístegui, Gaete, Muñoz, Salazar, Krause, Vilches, O; Tomicic y Ramírez (2009) plantean el cambio como un intercambio sistemático que se da a través del lenguaje, este reorganiza el self destacando la interacción terapéutica como resultado reflexivo de todo el sistema. Con respecto a esto se infiere que tanto el terapeuta como los consultantes se comprometen a lograr una transformación desde acciones intencionales, es decir, el terapeuta desde un lenguaje autorreferencial trabajará un proceso de comunicación con otros y consigo mismo. Lo que permite la transformación en el sistema consultante.
Con base a el concepto de Autopoiesis de Gibert (2001) también refiere lo siguiente “la sociedad son sistemas sociales autopoiética y autorreferenciales” (p. 183). Por ende, el proceso de Autorreferencia se da en los sistemas sociales cuando se ofrece un sentido estructurante para ambos participantes, en esa medida emerge la circularidad en el proceso reproduciendo un enlace en la comunicación entre sistemas.
Seguido a esto, se ha encontrado durante esta investigación la importancia que tiene el sí mismo y autorreferencia en el estilo terapéutico que cada profesional va eligiendo desde su formación, es allí cuando Garzón (2008) invita al terapeuta a “mirarse así mismo en relación con los otros” (p. 161). Esto hace parte del cuidado de sí, el cual da apertura a reflexionar sobre situaciones personales que se deban trabajar y a su vez fortalecer para así poder remitirnos como profesionales al concepto de autorreferencia, realizando de esta manera un análisis del otro y del nosotros que emerge en cada proceso.
Garzón citado por Alvear et al. (2012) propone trabajar dos referentes: “autorreferencia y heteroreferencia en forma conjunta con la construcción del estilo del terapeuta, el cual al experimentarse subjetivamente requiere autorreferenciarse reflexivamente para definirse” (p. 184). Se podría decir, que esto permite al profesional hacer una reflexión más desarrollada de sí, haciendo una reflexión entre el Ser y el Hacer, siendo éticos al momento de aplicar la autorreferencia en el contexto de la terapia.
Baringoltz (2005) es oportuno trabajar el self terapéutico para desarrollar una ética profesional y manejo de límites con el cliente. Por lo tanto, se hace indispensable que antes de instaurar cualquier estilo en cada proceso se debe acudir a terapia, para así alcanzar habilidades que nos permitan el manejo de nuestro sí mismo y podamos observarnos a través de los otros creando a su vez un estilo autorreferente.
Así mismo, Goolishian (citado por Peter, 2005) dice: “la única persona a la que un terapeuta puede cambiar es a sí mismo” (p. 2). Si bien se ha dicho que se da una transformación circular en el estilo autorreferente es indispensable aclarar de acuerdo con lo que nos invita este autor que el terapeuta debe tener primero una conversación interna entre sí mismo. Esto permite una observación minuciosa de todos los estados evocados a través del lenguaje que emerge desde el sistema consultante, es aquí precisamente cuando el autor nos invita a reflexionar sobre el cambio y conciencia de sí no podríamos pretender lograr una transformación en el Otro cuando no hemos trabajado la nuestra.
De acuerdo con esto, Arístegui, Gaete, Muñoz, Salazar, Krause, Vilches, Tomicic, y Ramírez (2009) nombran lo siguiente “una de las ventajas de esta concepción dialógica del sí mismo es que el self tiene la capacidad de multiposicionarse con la posibilidad de que emerja nuevo conocimiento como resultado del intercambio dialógico” (p. 280). Lo que logra un cambio interno del terapeuta que permite un proceso de comunicación con todo el sistema, dándose un proceso simultáneo de reflexión interna que posibilite la pertinencia de la autorreferencia terapéutica.
Ahora bien, Mafrida (1999) analiza la importancia de observarnos desde el proceso de formación, argumentando la auto/observación como una herramienta que posibilita que el terapeuta se reconozca ante emociones que no son adecuadas para el proceso y así mantenga la distancia del plano emotivo, siendo eficaz en sus intervenciones.
Por tanto, se puede anotar que la identidad del terapeuta se da a través de un proceso de construcción y aprendizaje permanente, dado por un saber adquirido a medida que se tiene experiencia profesional, facilitando la concepción de una identidad clara y de su self, lo cual dará apertura a la pertinencia de la utilización de autorreferencia en cada proceso teniendo coherencia en su desempeño profesional
Consideraciones finales
En esta investigación se ha argumentado desde diferentes autores sobre la incidencia que puede tener el sí mismo en el estilo terapéutico, en el proceso de hacer terapia familiar sistémica haciendo uso de la autorreferencia. Donde se analiza como primera instancia la importancia de reflexionar y hacer una co-construcción constante del sí mismo, para dar apertura a las observaciones que emergen en terapia a través de la conversación, lo cual evoca un análisis del sí mismo y da paso a la utilización de la autorreferencia como parte de un estilo propio en cada terapeuta.
Es por ello que como investigadoras defendemos la idea que la autorreferencia permite a la hora de realizar intervenciones en el sistema consultante generar cambios, además de que ayuda al terapeuta a seguir reflexionando y analizando su sí mismo.
Morelo y Feijoo (2010) nos resaltan la importancia de tener en cuenta la reflexión y cuidado que debe hacer cada terapeuta de su sí mismo, esto es la fortaleza de un buen terapeuta, en este sentido el terapeuta es una herramienta de transformación constante que va más allá de saber técnicas, estrategias o teorías lo necesario es la “calidad del terapeuta como persona” (p. 6). Si bien se debe tener un bagaje teórico, si el terapeuta no ha trabajado su sí mismo, la calidad de su intervención se verá afectada por situaciones sin resolver que pueden emerger en consulta a través de lo nombrado por los clientes.
Cabe expresar que una de las limitaciones de esta investigación, es que se encontraron pocos artículos y documentos científicos que trataran la noción de la autorreferrencia en la terapia familiar sistémica, exigiendo ello la posibilidad de indagar sobre otros conceptos que se relacionaran con la utilización del sí mismo en el proceso terapéutico. Vale sugerir que en futuras investigaciones se continúe profundizando sobre la importancia que radica los cambios que generan la autorreferencia en las intervenciones en terapia familiar sistémica.
Por tanto, quedan por investigar más sobre las categorías lo que hace que se motive al lector para que profundice en los conceptos aquí trabajados. Lo que trae a colación cuestionamientos que se pudieron generar: ¿Cómo incide la autorreferencia en la transformación en el sistema terapéutico? ¿Aumenta el hecho de utilizar autorreferencia en un proceso terapéutico la credibilidad de los pacientes en su terapeuta? ¿Hasta qué punto un terapeuta que está atravesado por prejuicios y alteración de emociones, puede ser eficaz y coherente en el manejo de la neutralidad, utilizando la autorreferencia como principal forma de intervención?
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