Apreciaciones psicosociales acerca de la violencia en la adolescencia
Psychosocial appreciations about violence in adolescence
Darío Gerardo Leguízamo Peñate1
Leticia Eugenia Ramírez Hernandez2
Maribel Montero Maestre3
María Trinidad Daza Porto4
José Alonso Andrade Salazar5
Para citar este artículo
Leguízamo, D.G., Ramírez, L.E., Montero, M., Daza, M.T., Andrade, J.A. (2020). Apreciaciones psicosociales acerca de la violencia en la adolescencia. Tempus Psicológico 3(1), 103-131. doi: 10.30554/tempuspsi.3.1.3114.2020
Recibido el 18/05/2019 - aprobado el 3/10/2019
Artículo de revisión - ISSN - 2619-6336
Resumen
Este es un artículo de reflexión que tiene por objeto examinar los aspectos psicosociales asociados a la violencia en la adolescencia. Se realizó una revisión bibliográfica en varias fuentes de documentación, que abordaran aspectos biológicos/neurobiológicos, psicosociales y familiares, mismos que individualmente o en conjunto, interinfluyen en las decisiones y prácticas sociales de los adolescentes, y que, en muchos casos, determinan formas violentas de relación, respuesta y ajuste a los diferentes entornos que habitan. Se concluye que los adolescentes constituyen un grupo etario que presenta una elevada vulnerabilidad respecto a la violencia, misma que se instala en la infancia y adolescencia de múltiples maneras, y que puede perdurar hasta etapas posteriores del desarrollo.
Palabras clave: adolescencia, agresión, psicosocial, violencia, vulnerabilidad.
Abstract
This is a reflection article that aims to examine the psychosocial aspects associated with violence in adolescence. A literature review was carried out in several documentation sources, addressing biological/neurobiological, psychosocial and family aspects are addressed, which individually or together, interinfluence the social decisions and practices of adolescents, and that, in many cases, they determine violent forms of relationship, response and adjustment to the different environments they inhabit. It is concluded that adolescents constitute an age group that has a high vulnerability to violence, which occurs in childhood and adolescence in many ways, and that can last until later stages of development.
Keywords: adolescence, aggression, psychosocial, violence, vulnerability.
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1 Psicólogo Social Comunitario. Esp. Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo. Docente investigador Universidad Popular del Cesar. Orcid: 0000-0002-2620-2992 - Correo: darioleguizamo@unicesar.edu.co
2 Psicóloga. Docente investigador Universidad Popular del Cesar. Orcid: 0000-0002-8133-519X Correo: leugeniaramirezh@gmail.com
3 Psicóloga. Docente investigador Universidad Popular del Cesar. Orcid: 0000-0003-4029-2389. e-mail: marimonterovpar@gmail.com
4 Psicóloga. Docente investigador Universidad Popular del Cesar. Orcid: 0000-0001-7695-7130. Correo: dazaporto@gmail.com
5 Psicólogo. Ph.D. Pensamiento Complejo. Docente investigador Universidad de San Buenaventura Medellín. Orcid: 0000-0002-5482-9776. Correo: jose.andrade@usbmed.edu.co
Introducción
El interés por la violencia, su ejercicio, los medios y estrategias para controlarla se encuentra en todas las civilizaciones (Lawrence, 1970; Michaud, 1973; Wade, 1971), y aunque en la actualidad la percepción acerca de lo violento sea elevada, en realidad la humanidad no vivencia un estado de violencia tan desastroso-anulativo como hace siglos, cuando, por efecto de la violencia de la guerra, eran anuladas comunidades humanas a gran escala (Pinker, 2012). Pese a ello, en todos los tiempos la violencia se configura como un evento devastador que afecta la calidad y expectativa de vida de personas, grupos y comunidades, y que, además, deja secuelas dolorosas a menudo irreversibles en todas las generaciones (Joxe, 1981), mismas que logran instalarse en la vida de las personas y en sus familias, al tiempo que se adhirieren a las dinámicas situacionales de los colectivos, motivo por el cual lo violento puede presentar una condición lineal, dada su persistencia, resimbolización y permanencia en el co-existir de las víctimas y la población en general (Andrade, 2018a, 2018b). De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, 2017) América Latina y el Caribe (donde vive el 10 % de los adolescentes del planeta) desde el 2007 es la única región donde se ha verificado una ampliación (aunque relativamente moderada) de las tasas de homicidio en adolescentes de 10 a 19 años, de modo que en América Latina concurren cinco países con tasas ascendentes de homicidio entre adolescentes, ergo, las cifras respecto a la violencia contra los adolescentes preocupan:
En todo el mundo, cerca de 130 millones de estudiantes, entre las edades de 13 y 15 años (poco más de 1 de cada 3), experimentan casos de acoso escolar. (…) 3 de cada 10 adolescentes de 39 países de Europa y Norteamérica (17 millones) admiten que acosan a otros en la escuela (…) 732 millones de niños en edad escolar entre 6 y 17 años (1 de cada 2) viven en países donde el castigo corporal en la escuela no está completamente prohibido. Cada 7 minutos, en algún lugar del mundo, un adolescente es asesinado en un acto violento. Sólo en 2015, la violencia costó las vidas de alrededor de 82.000 adolescentes en todo el mundo. Las personas de 15 a 19 años son particularmente vulnerables, ya que tienen tres veces más posibilidades de morir violentamente que las personas adolescentes de 10 a 14 años (…) En todo el mundo, alrededor de 15 millones de mujeres adolescentes de 15 a 19 años han sido víctimas de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas (Unicef, 2017, pp. 3-6).
Conviene señalar que, históricamente, la violencia no está excluida de los procesos de socialización intercultural, por lo que civilización y barbarie se encuentran íntimamente relacionadas al avance y actualización de los saberes y praxis en las comunidades (Baudillard & Morin, 2004; Morin, 2009). De este modo, en todas las culturas y civilizaciones los sujetos desarrollan, mantienen e instrumentalizan -en ciertos momentos de su devenir histórico- las relaciones a través de acciones violentas. Así, incluso en su vida cotidiana, los conflictos que transitan a la violencia pueden ser tan nocivos que la anulación se mantiene y reproduce en el colectivo social, como uno de los modos de entrar en contacto con el otro (Galtung, 1998, 2003). Como consecuencia, la habitualidad a menudo normaliza su ejercicio, lo que genera trayectorias destructivas que alteran la convivencia en comunidad y, en especial, produce influencias para las nuevas generaciones, quienes ven en dichos patrones comportamentales modos ajustados y socialmente válidos de entrar en relación con otros (Davern, Staiger & Luk, 2005; Van Beijsterveldt, Bartels, Hudziak & Boomsma, 2003). En este tenor, el adolescente escenifica en sus interacciones las dinámicas sociales que dan sentido a la interacción política, de modo que la agresión entre pares, la violencia, el pandillaje, la brutalización y el acoso escolar, constituyen escenificaciones violentas de un conflicto social permanente, del cual los adolescentes quedan expuestos e imbricados en su lógica destructiva (Andrade & Gonzáles, 2012; Casullo, 1998; Murueta & Orozco, 2015).
En Colombia, la violencia entre adolescentes presenta diferencias por género notables; así, mientras los adolescentes varones emplean más violencia física, las adolescentes mujeres se enfocan en acciones de violencia verbal, psicológica y relacional (García, Ballester, Gil, Castro, & Díaz, 2014; Herranz, 2013; Lomas, 2007; Molina, 2019), al tiempo que en ambos géneros el uso de las redes sociales y la anulación psicológica de la víctima se constituyen en un comportamiento agresivo habitual (Andrade & Rodriguez, 2017; Chaux, 2016; Rincón & Ávila, 2014). Asimismo, se debe tomar en cuenta que en Colombia de los 8.3 millones de personas registradas como víctimas del conflicto armado, el 31% corresponden a niños, niñas y adolescentes (Unicef, 2017a), quienes son víctimas directas a través del reclutamiento, acoso, abuso y de otras formas de violentización. De suyo, situaciones como la pobreza, inseguridad política y social, la guerra estado-insurgencia, al tiempo que la desestructuración sociofamiliar, la persecución por actores armados, el reclutamiento y el destierro, los asentamientos en lugares de suma peligrosidad y la explotación laboral, promueven la emergencia de múltiples condiciones de vulnerabilidad psicosocial y ambiental, que pueden ser tan crónicas que la gran mayoría de niños, niñas y adolescentes, enfrentan diariamente situaciones peligrosas y violentas para las que no están preparados, por lo que, en la mayoría de los casos, suelen interiorizar estas acciones como pautas de comportamiento normalizadas en su repertorio conductual (Banda & Frías, 2006; Basile, Carrasco & Martorell, 2015; Unicef, 2017)
Las regiones más pobres de Colombia, donde vive la mayoría de las comunidades indígenas y afrodescendientes, sufren de violencia perpetrada por otros grupos armados no estatales, derivada de actividades económicas ilegales, incluyendo la explotación y el tráfico sexual de niños, niñas y adolescentes (…) en 2016 se registraron 757 homicidios contra personas menores de 18 años. De este total, 542 casos se concentraron en hombres entre los 15 y 17 años de edad (Unicef, 2017a, pp. 3–6).
En este sentido, las conductas violentas en los adolescentes pueden ser consideradas a modo de subproducto de las conductas violentas del entorno que habitan, por lo que dada la multiplicidad de elementos que le dan forma a la anulación del otro, en el escenario adolescente, la violencia asume una connotación de habitualidad, mediador, vía para resolver conflictos y naturalización; de allí que presente múltiples características y contextos de origen, transición, desarrollo y emergencia. Dichos contextos proceden de la interconexión de condiciones vitales, ambientes de crianza y desarrollo, experiencias de interacción, entre otros elementos que, individual o conjuntamente, influyen en la ejecución intencionada de la violencia (Litke, 1992; Muñoz, 2000). En gran medida, las acciones violentas en las que se involucran los adolescentes son: violencia contra los padres y cuidadores; violencia familiar; conflictos entre pares vinculados a dificultades conductuales; signos y síntomas de ansiedad y depresión; iniciación y antecedentes de conductas delictivas, comercio y consumo de drogas ilícitas; bajo control de impulsos y conflicto con la norma; además de, creencias erróneas relacionadas con el hecho de justificar la violencia y la grandiosidad (Calvete, Orue & Sampedro, 2011). Conviene señalar que existen elementos que explican la violencia de la que son objeto los adolescentes, al tiempo factores de elevada vulnerabilidad que los tornan proclives al acto violento; dichos elementos serán detallados a continuación.
Aspectos biológicos y neuropsicológicos de la violencia
La violencia es un fenómeno que presenta múltiples facetas explicativas, y en todas ellas el eje conductor es su capacidad de desestructurar y anular la interacción vincular del individuo con su ecosistema (Arendt, 1983; Kaldor, 2001; Michaud, 1973). Uno de los tópicos que aporta saberes sobre su origen es la biología, escenario desde el cual es posible afirmar que las alteraciones neuropsicológicas tienden a afectar la percepción y cognición de los actos violentos, el autocontrol, además de la calidad de vida y la efectividad de la relación social de las personas en contextos violentos (Kevles, 1997; Pérez, 2004; Quebradas, 2011). Muchos de ellos presentan inhibiciones respecto al adecuado nivel de afrontamiento psicosocial ante los estímulos, especialmente de aquellos considerados por el sujeto como amenazantes. Gil Verona et al., (2002) consideran que las expresiones violentas se relacionan con la inhibición de la síntesis de serotonina, llevando a la sobreactivación de emociones de enfado y las conductas agresivas. Por otra parte, Blair (2010) argumenta que los sujetos violentos presentan alteraciones cerebrales en la activación de la amígdala, tálamo, hipotálamo y el procesamiento emocional, por lo que pueden experimentar una reducción de la culpa, insensibilidad, bloqueo de emociones, inadaptabilidad social, comportamiento antisocial y afecto plano; asimismo, en los sujetos violentos existe una reducción en el tamaño de la amígdala y la corteza orbitofrontal, ambas relacionadas con la conducta de adaptación en los ambientes inmediatos (Sterzer, Stadler, Poustka & Kleinschmidt, 2007; Van Goozen, Fairchild, Snoek & Harold, 2007).
Igualmente, demostraciones de tipo experimental indican que variaciones en la sensibilidad de varios receptores celulares, lo que también se denomina fenómenos de Down Regulation y de Up Regulation, perturban la armonía funcional y neuroquímica de “algunas regiones corticales y subcorticales, lo cual podría asociarse con el desarrollo y mantenimiento de la agresión animal” (Liévano, 2013, p. 69). Por otra parte, se observa una reducción en la actividad del lóbulo frontal, que perturba el procesamiento adecuado de la información y la toma de decisiones. De la misma forma, la alteración en los ganglios basales llevaría a la incapacidad y/o dificultad de las personas para planificar sus conductas, direccionándolos hacia conductas impulsivas y de agresión (Van Goozen et al., 2007). En esta línea de hallazgos, Alcázar, Verdejo y Bouso (2008), a través de técnicas de neuroimagen, evidenciaron que la conducta violenta se relaciona con la reducción de la sustancia gris en la corteza prefrontal y ventromedial, lo que provoca problemas en la claridad de la conciencia, también dificultades de autocontrol y déficit en la integración de la información emocional, cognitiva y conductual. Potencialmente es común la alteración del hipocampo, lo cual se deriva en la emergencia de conductas violentas, todo ello como resultado de tres factores: la disregulación en el control de impulsos, el mal/inapropiado manejo de las emociones y los problemas de razonamiento moral (Damasio, 2006; Semendeferi, Damasio, Frank & Van Hoensen, 1997).
Alcázar, Verdejo y Bouso (2010) encontraron que la alteración cerebral, relacionada con las conductas violentas, probablemente se debe a la hipofunción del lóbulo prefrontal y a la hiperactividad de estructuras subcorticales esencialmente del sistema límbico, aspectos a los que se añaden la merma en la actividad de la serotonina vinculada a la agresión y a impulsividad, misma que puede verse afectada en adolescentes infractores y en personas expuestas a fuertes situaciones traumáticas (Dajas, 2010; Inglés et al., 2010; Snell, 2007). Es importante anotar que, en los adolescentes de conductas violentas, la hipoactividad de la serotonina dificulta la llegada de impulsos serotoninérgicos a estructuras como el hipotálamo, hipocampo y amígdala, lo que tiene como resultado un descontrol importante en la capacidad de expresión emocional, en la actividad motora, y en los niveles de control de la agresión e impulsividad (Dajas, 2010; Liévano, 2013). Del mismo modo, Hurtado y Serna (2012) señalan que la alteración del sistema dopaminérgico y del glutamato impulsan a los sujetos a posiciones de elevada defensa emocional, frente a estímulos considerados dañinos, amenazantes y aversivos, lo cual los torna más vulnerables a efectuar respuestas condicionadas por el miedo.
Ahora bien, a nivel neuroanatómico no se debe pasar por alto el papel de las neuronas espejo en los adolescentes y jóvenes, mismas que poseen un registro elevado de actividad dentro del cerebro en el momento que el individuo ejecuta una acción, y del mismo modo cuando el sujeto visualiza a otro realizar una actividad semejante, aspecto que conllevaría la replicabilidad de conductas como la agresión y la violencia (Olson, 2008). Las neuronas espejo, al hacer parte de un conjunto de redes neuronales, facilitan la percepción-ejecución-intención, lo cual genera una activación especifica en regiones de la corteza motora. Conviene resaltar que, en todo este proceso, el sistema integra en sus circuitos neuronales la percepción de las intenciones, lo cual permite, según Rizzolatti, Fogassi y Gallese (2001), a las neuronas espejo comprender cómo piensan otros individuos mediante el sentir directo y no a través de razonamiento lógico-conceptual. Lo anterior altera la empatía y con ello la interacción social-adaptativa; de allí que, el adolescente con dificultades de empatía emocional presente una amígdala pequeña y asociada a dificultades del desarrollo intelectual, y una disminución del número de las neuronas espejo (Galvis, 2014; Larbán, 2012). En el adolescente, dada la escasa autorregulación, ansiedad e impulsividad, actúan de forma conjunta e inhiben la comprensión ajustada de las intenciones de otros, lo cual puede propiciar conductas agresivas, descontroladas y violentas (Moya, Herrero & Bernal, 2010).
Aspectos psicosociales asociados a la violencia
Regularmente se entiende lo psicosocial desde un sentido práctico que lo asocia a procesos de intervención más que a marcos disciplinares y académicos de conceptualización y sentido. Sin embargo, “más allá de una acción sobre malestares y síntomas subjetivos, más allá de la terapia, la acción psicosocial se comprende como una mirada, una perspectiva y, al mismo tiempo, una forma de enfocar la realidad” (Villa, 2012, p. 362). De allí que comprender los aspectos psicosociales relacionados con la violencia en la adolescencia implique integrar de forma reticular los diversos elementos que le dan forma y sentido, a fin de aproximarse a una mirada sin sesgos o estrechez de miras, lo cual invita a considerarla como un emergente de los procesos per se, al tiempo que a modo de indicador de un sistema de relaciones donde la violencia al parecer se ha legitimado e inscrito como mediador de las necesidades y demandas sociales. Tal como se ha expresado, la violencia ha formado parte de las sociedades y la cultura desde tiempos remotos (Héritier, 1996; Michaud, 1973; Perry, 1970); y, justificada o no, desde escenarios sociopolíticos, en todos los casos es causa de destrucción y desajuste psicosocial (Gert, 1969; Leiden & Schmitt, 1968).
Etiológicamente hablando, las acciones agresivas han permitido procesos de hominización al tiempo que han favorecido la construcción de límites sociales, sistemas estratificados y también, a través del juego, complejos sistemas de simbolización y recreación de comportamientos políticos (Knight, Power & Watts, 1995). Sin embargo, la violencia, intencionada, teledirigida y proporcionalmente ejecutada como medida de control social más que procesos evolutivos, ha sumido a la especie humana en un estado de intolerancia que suele ser trasmitido a las nuevas generaciones (Baudillard & Morin, 2004; Morin & Delgado, 2014), aumentando los índices de violencia social, al tiempo que legitima el abuso y la anulación como vías propicias de solución a los conflictos (Derrida, 1998). Los adolescentes suelen ser muy susceptibles a este tipo de lógicas, y mientras pueden protestar por la violación de los derechos y sumarse a causas sociopolíticas concretas, también pueden verse arrastrados por la manipulación mediática, la apatía política y el desconcierto globalizado frente al futuro político de los pueblos. Ambas propensiones son visibles en la actividad de los adolescentes frente a los procesos políticos, dado que existe una construcción sociocultural de la feminidad y de la masculinidad que opera en el sistema volitivo a modo de dispositivo (Lomas, 2007).
Para muchas personas, grupos y comunidades expuestas a dosis elevadas de violencia mediática, social o política, la violencia se legitima y convierte en una de las formas privilegiadas para demostrar la fuerza, control y poder, al tiempo que como herramienta viable para suprimir estados tensionales elevados. Dichos estados son, a menudo, el emergente de relaciones de alteridad, contigüidad o similitud entabladas con otros, y que constituyen parte de los desafíos de la socialización, al tiempo que entrenan a los actores sociales en formas ajustadas de confrontar nuevos conflictos emergentes (Zuleta, 2005). Los adolescentes de esta época son asiduos consumidores de información mediática en el marco de una sociedad teledirigida; y, tal como lo afirma Sartori (1988), han pasado del vínculo escritural al vínculo electrónico, motivo por el cual suelen leer la realidad a través de imágenes, que en su gran mayoría representan un reduccionismo y distorsión de realidades que requieren una mayor profundización y búsqueda de sentido. En los adolescentes de conductas infractoras, por ejemplo, la capacidad de dominio va de la mano con la idea de concrectación y esta, a su vez, con la necesidad de control, esquema operativo que suele provenir de fuentes de identificación en el hogar, la escuela y la comunidad; de allí que la violencia intrafamiliar y otras formas de agresión entre pares escenifiquen el estado actual del entorno en que se hallan inmersos.
Videojuegos y violencia
En la actualidad, los videojuegos forman parte de los escenarios de interacción virtual entre pares, especialmente adolescentes; de allí que permitan la construcción de relaciones virtuales enfocadas a fortalecer escenarios lúdicos, mediados por dispositivos tecnológicos como consola de juegos, computador, tablet, celular u otros (Dorantes, 2017). Conviene mencionar que, en realidad, los videojuegos no constituyen el problema central de la violencia asociada al juego virtual, sino la falta de regulación de contenidos explícitos por parte de las compañías que ofertan los videojuegos, y el acomodamiento, desinterés y descuido de los adultos, cuando los hijos interactúan a través de estos dispositivos (Dorantes, 2017; Gómez, 2018), lo cual puede ser causa de procesos de interiorización de la frustración y la violencia, a modo de pautas efectivas de interacción en la vida real (Brajnovic, 2001). Estas reacciones pueden volverse externas y en algunos casos algunos adolescentes pueden recrear la violencia del video en la realidad, causando graves daños a la vida de otros. Es así como “en los últimos 25 años se registraron 59 tiroteos en las escuelas de 14 países que, según los informes, causaron por lo menos un fallecimiento. Casi 3 de cada 4 de estos incidentes ocurrieron en los Estados Unidos” (Unicef, 2017b, p. 3). Dichos episodios de violencia pueden estar motivados por la adicción a los videojuegos y la escenificación de la violencia, por parte de adolescentes altamente influenciados por la necesidad de hacer realidad los contenidos violentos en espacios educativos (Periódico El Espectador, 2018).
Un aspecto asociado a dichos componentes tiene que ver con el consumo de contenidos violentos a través de los medios masivos de comunicación o mass media, mismos que suelen saturar al televidente con noticias crudas, a menudo sin filtro, y construidas para causar un impacto estipulado previamente, de modo que esta información manipulada logre producir ciertos efectos en los modos de pensar y percibir la realidad (Chomsky, 2007). En dichos espacios la violencia produce saturaciones del Yo, dada la cronicidad e intensidad de las imágenes, penetrando simbólicamente la intimidad de los televidentes, al tiempo que transforman sus nociones sobre lo violento. Los videojuegos son utilizados también por adultos y los relacionan a modos de procrastinar y disminuir el estrés de situaciones específicas, y en algunos casos pueden ser implementados como una herramienta prosocial (Sandoval, 2017). Muchos adolescentes llegan a reproducir lo que viven en los juegos de video en otros escenarios de relación, llegando en casos extremos a convertirse en el personaje que más admiran y siguen en el videojuego. Cabe anotar que lo anterior ha desembocado en algunos casos en actos de violencia (Etxeberria, 2011), transgresión de las normas (Arias, 2013), consumo de sustancias psicoactivas (López & Da Costa, 2006), asesinatos múltiples y suicidios (Cañón et al., 2018), entre otros elementos. Todos estos factores guardan relación proporcional con la calidad de ambientes sociales y la estabilidad/robustez de los entornos familiares.
Nueve de cada diez niños en el mundo juegan con consolas o videojuegos en línea. Estos son parte omnipresente de la vida de casi todos los menores de edad contemporáneos. Lo dice Daphne Bavelier, investigadora francesa en Ciencias Cognitivas de la Universidad de Ginebra. En una encuesta divulgada en 2013 por la agencia de medios Mindshare, se encontró que los colombianos se entretienen con videojuegos un promedio de 30,5 veces al mes, lo que ubica al país entre las 20 naciones, de 42 incluidas, que más uso le dan a este modo de entretenimiento, aún por encima de Estados Unidos, donde la incidencia es de 27,8 veces al mes. El 21,7 por ciento de los colombianos en el sondeo dijo que jamás recurre a este pasatiempo (Periódico El Colombiano, 2018, pp. 1–4)
Este tipo de violencia se adhiere de modo radical a las estructuras de la cognición, el lenguaje y las prácticas sociales, llegando a configurar formas estereotípicas de respuesta (Gergen, 2006), que para el caso de adolescentes influenciados por videojuegos violentos pueden ser notablemente destructivas. De suyo, la inter-influencia de los videojuegos violentos en el aprendizaje y la expresión de la violencia aprehendida y exteriorizada revelan que la relación directa con medios virtuales de contenido destructivo puede tornar proclives a los adolescentes a actitudes desafiantes y agresivas en el hogar y la escuela (Etxeberria, 2011); así como también, a la violencia social, conductas disruptivas y llevarlos a validar la transgresión como medio de entrar en contacto con el mundo social (Periódico El Espectador, 2018). La realidad violenta a nivel social y/o intrafamiliar, apuntalada por la lógica de competencia y anulación inscrita a los juegos de video –especialmente aquellos de contenido violento-, fomenta en los niños, niñas y adolescentes la emergencia de actitudes disruptivas y de baja tolerancia a la frustración (Gómez, 2018) que son, en gran medida, parte de las acciones con las que contrarrestan el ocio, la falta de límites y el escaso acompañamiento del adulto; al tiempo que, son muestra de la fragmentación de valores y las nuevas formas de autoaislamiento en una sociedad cada vez más virtualizada (Tirado & Domènech, 2006).
En muchos videojuegos violentos aparecen conductas en las que se daña, tortura, mutila, viola o se matan a personas y animales, además del uso de diversas armas como: pistolas, dagas, sierras, cuchillos, bombas, lanzallamas, bates, entre otras. En algunos casos, los personajes también consumen drogas roban pelean y asesinan, lo cual puede generar modelos a seguir que promuevan el ejercicio de dichas acciones en la vida real (Brajnovic, 2001; Diez, Terrón & Rojo, 2002; Etxeberria, 2011). En este sentido, Anderson (2010) considera que los videojuegos violentos tienen efectos sobre los individuos que se pueden categorizar de la siguiente manera: conductas agresivas (utilización de armas, golpes, insultos, etc.); agresividad cognitiva (aprendizaje de hostilidad hacia determinados grupos y personas); agresividad emocional (ansiedad, enojo, sentimientos de venganza); excitación fisiológica (activación del sistema nervioso simpático); empatía (grado en el que se identifica o se compadece de las víctimas); desensibilización (reducción de las respuestas emocionales ante las acciones violentas). De acuerdo con lo expuesto, los videojuegos violentos actúan como un factor potenciador de conductas violentas y actitudes agresivas, al tiempo que reducen los comportamientos de empatía, sensibilidad y conductas prosociales. Cabe precisar que el inicio de algunos de los comportamientos violentos en niños y adolescentes, implicados en juegos virtuales, está frecuentemente asociado a la frustración derivada de perder en el juego o de no poder jugar, porque los padres han instaurado reglas para controlar el juego, así como también a la identificación con agresores y situaciones anheladas porque le otorgan un estatus que no se tiene en la visa real, entre otros elementos. En gran medida los videojuegos constituyen un escape ante experiencias de tensión intrafamiliar, frustración escolar y soledad (Diez et al., 2002; Gómez, 2018), ligadas a crianzas negligentes y/o indulgentes y la necesidad de aceptación, pertenencia y participación de muchos grupos vinculantes (Andrade, 2017).
Familia y violencia intrafamiliar
La violencia intrafamiliar es un fenómeno que afecta la estabilidad de personas y grupos; cuando se presenta suele ser destructiva de las interacciones y vínculos cohesionantes, al tiempo que devastadora para la dignidad de los agredidos. Es preciso advertir que muchos adolescentes con conductas agresivas provienen de hogares disfuncionales, y aunque esto no constituya una condición sine qua non, cando en las familias existe violencia intrafamiliar, los adolescentes se exponen a conflictos constantes, ofensas, insultos, agresiones, amenazas y daños a nivel emocional, mismos que suelen desembocar en alteraciones de conducta y la personalidad, al tiempo que en deprivación afectiva, humillaciones, ridiculizaciones, rechazo, etc. (Satir, 1991, 2002). Dichos comportamientos aumentan la vulnerabilidad de los miembros –en especial de los adolescentes- y menoscaban la robustez de las relaciones afectivas y de apoyo entre los miembros, llevando a que algunos de estos –especialmente los hijos- reproduzcan la violencia en otros contextos (García, 2004). Al respecto conviene decir que:
(…) cuando en la familia se intenta solucionar los problemas con agresividad, y la agresividad con agresividad, los niños fácilmente relacionan la fuerza con la consecución de un objetivo y ven que la fuerza funciona de una forma muy efectiva para convencer y controlar a otros (Castrillón & Vieco, 2002, p. 4).
Por otra parte, Ibabe, Jaureguizar y Díaz (2007) indican que la violencia experimentada por los adolescentes, dentro del contexto familiar, constituye un factor determinante en el desarrollo de conductas violentas en la escuela y la comunidad, dado que, al ser testigos de malos tratos entre los miembros de la familia, se produce la interiorización de creencias y valores negativos respecto a afrontar los conflictos, por lo que el uso de la violencia es comprendida a modo de recurso estratégico efectivo para obtener lo que se quiere. Como consecuencia, la relación del individuo con su familia suele ser disfuncional, los vínculos poco sólidos, y los comportamientos violentos, frecuentes y estereotípicos. Dichos comportamientos pueden tener diversas manifestaciones e incluso ser enfocados en acciones que atenten contra la propia vida (Andrade & Gonzáles, 2017; Arias, 2013; Carmona, 2017).
La violencia intrafamiliar posee una direccionalidad a razón del maltrato físico y psicológico entre los miembros de la familia y reconfigura su sistema de interrelaciones hasta el punto de cerrarse sobre sí misma para evitar la infiltración misma que se da con base en el aprendizaje e interiorización de modelos de interacción violentos (Minuchin, 2003). Muchos niños y adolescentes, más que los actos, se adhieren a la estructura de sentido brindada por el acto violento, reduciendo el fenómeno a un resultado el cual produce estatus, respeto, humillaciones y temor; para otros, el conflicto reproducido puede constituirse en la única vía para afrontar las problemáticas de la vida diaria, aspecto que, aunque suele ser mayor en hombres, suele presentarse también en mujeres (Banda & Frías, 2006; García et al., 2014; Morgan, 1987; Muñoz, 2000).
Gerald Patterson (1975), acerca de la agresión en los niños y adolescentes, señala que la familia es el entorno principal de aprendizaje de la conducta agresiva, pues el ambiente tiene una fuerte influencia en el niño y adolescente, de modo que, si los padres exteriorizan su agresividad personal frente a los adolescentes, es probable que se forje una tensión en espiral que aumente la agresividad y conlleve la violencia. No obstante, si los padres son comprensivos, el adolescente logra forjar un comportamiento sosegado o claro del que va extinguiendo las conductas anulativas hacía sí y hacia otros (Castrillón & Vieco, 2002).
Es preciso advertir que los adolescentes que integran familias disfuncionales suelen ser víctima de agresiones, a menudo perpetrada por sus padres, hermanos u otros familiares, al tiempo que se ven envueltos en conflictos frecuentes, ofensas, descalificaciones, amenazas, daños a nivel emocional, alteraciones de conducta, privación afectiva, humillaciones, ridiculización, rechazo, etc. (Arias, 2013; García, 2004; Herranz, 2013). En gran medida la violencia experimentada por el adolescente, dentro del contexto familiar, constituye un factor esencial en el desarrollo de conductas violentas futuras, dado que, ser testigo de malos tratos entre los miembros de la familia, o de estos con otras familias o la comunidad, favorece la interiorización de creencias y valores negativos frente a las relaciones con otros y el uso de la violencia para obtener lo que se quiere (González et al., 2018; Morales & Castillo, 2011). Por dichas razones, la relación del adolescente infractor con su familia es disfuncional, con vínculos afectivos limitados y comportamientos violentos.
Aspectos sociales asociados a la violencia adolescente
La personalidad se puede interpretar como una construcción dinámica y relativamente estable de tendencias, características y dimensiones del ser, derivadas de la interacción entre personas y grupos, en pro de la búsqueda de lazos vinculantes, acciones de supervivencia y reproducción (Kobasa, 1979; Walborn & Walborn, 2014a, 2014b), además de la perpetuación del legado y la construcción conjunta de la relación individuo, sociedad y especie (Morin, 1999). En los adolescentes la personalidad se encuentra en proceso de formación y consolidación, y ello implica inestabilidades necesarias o desajustes propios de la edad, de carácter inevitable tales como, inconformidad, pereza, conflictividad permanente, exigencias, caprichos, manipulación, entre otros, (Aberastury & Knobel, 2004) que, sumadas a la interpretación y vivencia de las múltiples experiencias vitales, facilitan la interiorización y cognición de las actitudes de otros, además de perfilar rasgos de personalidad que pueden resultar conflictivos de acuerdo con las exigencias del entorno habitado. Dicho proceso moldea paulatinamente en los adolescentes una expresión particular de la experiencia personal, familiar y social (Basile et al., 2015). Para ellos una situación de peligro puede incluir una respuesta violenta en defensa, pero también, una situación de desafío y presión de pares puede llevarlos a considerar romper las reglas; de allí que la presión social y la formación del carácter influyan en el paso al acto en las conductas de agresión entre adolescentes (Casullo, 1998; Van Beijsterveldt et al., 2003).
En el adolescente con problemas de límites, de conducta y/o con antecedentes criminales, la violencia se relativiza de acuerdo con el contexto, y en algunos casos suele justificarse en función de ideas erróneas de control y poder, y a construcciones imaginaras inapropiadas acerca de la justicia (Lomas, 2007; López & Da Costa, 2006). Por ello, dadas las condiciones de inestabilidad y fluctuación emocional, propias de la adolescencia, la mayoría suele pasar de la impulsividad agresiva a la planificación teleológica para hacer daño a otros, aspecto que en muchas ocasiones puede verse apuntalado por el consumo de sustancias psicoactivas y un elevado conflicto intrafamiliar con las figuras de autoridad (Davern et al., 2005; Kumpfer et al., 1998). Asimismo, para Del Barrio, Martin, Almeida y Barrios (2003) la violencia está determinada como una conducta agresiva de elevados niveles de impacto, caracterizada por intenciones destructivas que se ejecutan en otro de forma directa y planificada con el fin de aminorar su voluntad, cosificar su existencia o enunciar públicamente, situaciones de poder y conflicto en contextos académicos, comunitarios, familiares y de interacción externa entre pares. Por esta razón, la acción violenta del adolescente pretende modificar un estado de pasividad o aversión –propio o en la víctima-, instalar el acoso como ejercicio del poder, solventar una necesidad de figuración social a través del comportamiento agresivo, al tiempo que la anulación real y sistemática de la legitimidad social del otro (Cano-Echeverri, 2018; Castrillón & Vieco, 2002; Chaux, 2016).
Al respecto, Dann Olweus (2006), en sus estudios sobre violencia escolar o Bullying, indica que la violencia es la resultante de una relación de poder entre estudiantes, en la que una de las partes se encuentra en relativa desigualdad frente a la otra, lo que propicia la idea de vencedor y vencido, mismo en quien a menudo recae todo el peso del acoso o Bullying. El acoso escolar bien puede ser producto de la intensificación de las conductas de agresión entre pares, fruto del roce crítico y la búsqueda de acuerdos a menudo infructuosos (Chaux, 2016), ora puede derivarse de la representación de la necesidad de poder por sobre otros, instalada desde el hogar y apuntada por otros espacios de socialización (Andrade, Bonilla, & Valencia, 2011; Cano-Echeverri, 2018); o, también, referenciar el ambiente disregular de violencia que permea las relaciones del individuo y el grupo, o escenificar la compensación de fuertes sentimientos de desigualdad en el agresor, mismos que trata de ajustar agresivamente desplegando de forma violenta su frustración interna en otros (Andrade & Rodríguez, 2017). Ergo si la violencia es una conducta agresiva extrema teleológicamente determinada para dañar la integridad de otros, es dable considerar que no toda conducta agresiva puede ser catalogada de violenta, puesto que la violencia es directiva y planificada, por lo que la intención y motivación son su base comportamental, mientras que la agresión es una respuesta instintiva que no está planificada y que puede o no causar daño a los demás (Navarro, 2009).
Acerca de la percepción de la violencia
Para Steven Pinker (2011, 2012) la violencia social es uno de los fenómenos más complejos de la humanidad y, si el oxímoron lo permite, es el evento que más ha disminuido en la última mitad del siglo XX, por lo que quizá la humanidad viva el momento más pacífico de su historia. Para el autor, a pesar de que la violencia ha rebajado, el hecho de no precisar esta disminución como válida hace que las personas tiendan a reproducirla en los escenarios en los que interactúan de manera frecuente, espacios de los que los adolescentes quedan integrados a través de complejos procesos de socialización. Lo anterior quiere decir que la forma como se comprende la violencia, la barbarie, las treguas y la transición entre dichos estados, resulta crucial para la comprensión conjunta de la violencia y sus modos de prevención, contención y evitación (Baudillard & Morin, 2004; Morin, 1999; Morin & Kern, 1993). Los adolescentes suelen ser más sensibles que los adultos a las causas y consecuencias de la violencia, dado que se identifican con mayor facilidad con las víctimas, a menudo sin mediar en la historia de los actos que preceden dichas manifestaciones violentas, por lo que pueden ser fuertemente influenciados por liderazgos negativos o que busquen manipularlos a favor de una ideología en concreto (Aberastury & Knobel, 2004; Etxeberria, 2011; Herranz, 2013).
Al respecto Pinker (2012) considera que, si la percepción y la creencia sobre el aumento de la violencia se ha incrementado, ello “sugiere que el mundo nos ha contaminado, tal vez irremediablemente. La creencia de que ha disminuido sugiere que (…) los artificios de la civilización nos han movido en una noble dirección, en la que podemos esperar para continuar” (p. 12). En este sentido, si en verdad la violencia ha disminuido, al parecer son las facultades cognitivas las que inducen la incredulidad y escepticismo, predisponiendo a las personas hacia la desconfianza en el otro, y limitando los actos violentos a números –cantidad de afectados o daños materiales-, fallas morales, expresiones globales de inconformidad ante la opresión, o sucesiones históricas de hechos, aspectos que incrementan su impacto a través de medios de comunicación que sensacionalizan los contenidos informativos. Desde esta perspectiva, la violencia es un ejercicio del poder ajustado a los parámetros político-sociales con los cuales se entre en contacto legal-normativo con otros; es decir, una violencia que sirve a intereses prácticos de gobierno y dominación social. Según esta postura, la violencia actual no es tan elevada como parece, por lo que su disminución se debe tanto a los líderes morales y sus movimientos reformistas, como a la lucha social contra la maldad y el deseo de construcción, mantenimiento y reproducción del capital social y la cultura.
La erradicación de gran parte de la letalidad generalizada de la violencia global está asociada a cambios en la tecnología, la gobernanza, el comercio y el conocimiento, además de la forma como la mente humana hace frente a una sociedad globalizada y cambiante. Ergo la violencia obedece a la actividad psíquica, determinada como un complejo sistema de facultades cognitivas y emocionales, por lo que para entender la disminución de la violencia es necesario recurrir a la identificación de los cambios en los entornos cultural y material, sin descuidar los aportes de las neurociencias en dicho proceso comprensivo (Delgado, 2018). En los adolescentes, el género se presenta como otro factor de elevada influencia, puesto que los hombres exteriorizan un mayor número de conductas violentas, como consecuencia de la práctica de los videojuegos violentos, la exposición a situaciones peligrosas de su entorno, la influencia de los mass media, y las acciones violentas con pares; mientras que en las mujeres el incremento de conductas violentas es muy leve, dada su tendencia a usarlos como una manera de descargar la rabia y disminuir su conducta agresiva en la sociedad (Baquero, Bernat & Galbany, 2005; García et al., 2014; Herranz, 2013).
A modo de corolario
Una mirada psicosocial de la violencia revela que emerge como resultado reticular de complejos procesos históricos y socioculturales, en los cuales personas, grupos, instituciones y sociedades, han tratado de resolver sus conflictos por la vía de hecho, tales como conflictos, confrontaciones, anulaciones y guerras, cuando no a través de mediaciones, postergaciones y acuerdos bilaterales. Ergo, los comportamientos violentos no se reducen a un ámbito estadístico o nominal, dado que la violencia es más que un número, y se instaura en la memoria colectiva a modo de estigma social, logrando reproducirse en el imaginario social, en las pautas de crianza y logra modificar gran parte de los componentes simbólicos que fundamentan la existencia en sociedad.
En este sentido, la violencia no es la única vía de resolución de los conflictos, pues existen diversos modos de entender la interacción social en relación con las diferencias individuales y estructurales; así, desde un componente psicosocial, la violencia estructural ejemplifica cierto plus de dominación adscrita a la dinámica de los Estados y sus estructuras políticas, por lo que la violencia es estructural, cuando obedece a los designios de organizaciones de poder, donde prima el beneficio de colectivos que históricamente han ejercido presión sobre los diversos territorios de interacción social.
Ignacio Martín-Baró (1984) señala que este elemento es importante porque permite comprender la forma en que la “violencia de Estado” influye en las habilidades volitivas de los individuos y en sus procesos de socialización, actividad de busca homogenizar, reducir o dividir el fenómeno violento en partes claramente explicables, con el fin de eliminar la dispersión de factores que resultan, ante los analistas, ambivalentes, caóticos y paradojales. Para el autor, el rol de psicólogo es crucial en la búsqueda de acuerdos y en la mejoría de la calidad de vida de las víctimas. Al respecto opina que
no se trata de abandonar la Psicología; se trata de poner el saber psicológico al servicio de la construcción de una sociedad donde el bienestar de los menos no se asiente sobre el malestar de los más; donde la realización de los unos no requiera la negación de los otros; donde el interés de los pocos no exija la deshumanización de todos. (Martín-Baró, 1998, p. 11).
Lo anterior incluye a todos los grupos etarios, de los cuales los adolescentes constituyen una población de elevado riesgo de sufrir y perpetrar conductas violentas, dadas las múltiples influencias que el medio otorga para el desarrollo de actitudes destructivas. Ello conlleva a pensar que la violencia se aprende, legitima y apuntala en la interacción interinstitucional, espacio del que los adolescentes tienen una mirada crítica y a menudo conflictiva. Las explicaciones de la violencia en adolecentes pueden tener múltiples ribetes; sin embargo, es preciso hacerla coincidir en argumentos explicativos que transiten hacia la comprensión dialógica, es decir, hacia el diálogo de saberes, y no centrarse insularmente en un modo explicativo.
En general, los adolescentes constituyen una población de elevado riesgo de verse afectada por actos violentos; adicionalmente, suelen percibir con mayor facilidad los efectos y causas de la violencia estructural y las injusticias o imposiciones de los sistemas familiares, dado que son muy sensibles a la crítica, el seguimiento de patrones y órdenes, generan actitudes desafiantes con facilidad, y suelen conflictuar todo intento de linealización al mundo adulto, por lo que una actitud crítica, y a menudo aversiva hacia el límite, los lleva a reconsiderar los límites con que operan en lo social.
En los adolescentes es posible considerar que la violencia contestataria, es decir, aquella que está en contra de todo régimen, emerge como un intento de des-estructurar un ordenamiento político y sociofamiliar, sentido lejano de sus intereses, y se instaura en el colectivo como uno de los elementos con los cuales se da respuesta a la presión social. A nivel de género la tendencia es que la violencia en la adolescencia sigue una trayectoria de equiparamiento, lo que quiere decir que en algún momento ambos géneros estarán en posiciones análogas respecto a la violencia recibida y ejecutada.
Una de las vías de escape son los videojuegos y la internet, mismos que operan también como dispositivos de control del ocio y la actividad exteriorizada. Ergo, en este campo, se precisa de la reducción de la violencia explícita en los videojuegos más comercializados, al tiempo que un mejor estado de convivencia en el hogar, dado que, debido a las dificultades de interacción padres-hijos-otros, a las barreras emocionales que se imponen a la comunicación en el hogar, y a la propensión de considerar el mundo virtual como un auxiliar educativo idóneo y necesario, existen en las familias ínsulas afectivas y comportamentales que coartan los escenarios de encuentro e intercambio afectivo a nivel intrafamiliar.
Este tipo de aislamiento puede inducir a los adolescentes a la adquisición de conductas agresivas ya sea por identificación con agresores, con la víctima, o por estar desocupados producto de la negligencia, el desinterés, la indulgencia y el abandono familiar. Por ello, es de suma importancia la formación en actividades lúdicas y la prevención de adicciones a los juegos de video, por parte de padres e instituciones educativas, tomando en cuenta que no se trata de la eliminación de este tipo de procesos interactivos, sino de aprender un uso recreativo adecuado y controlado.
Es importante anotar que, al referir la relación entre entorno familiar y agresividad, la familia se constituye en el espacio principal de todo aprendizaje de la conducta agresiva y violenta, ya que genera un ambiente de elevada presión donde los adolescentes interiorizan formas, a menudo incorrectas, de confrontar la adversidad; entre ellas, modos violentos de respuesta ante las diferentes presiones de la convivencia y la socialización. Por ello, cuando los padres expresan su frustración desesperadamente ante los hijos, a través de conductas violentas, esto logra forjar un sistema de reacciones rizomáticas que acrecientan los niveles de agresividad y violencia entre los miembros de la familia, haciendo que el espacio familiar se convierta a menudo en una especie de campo de combate donde todos quieren tener la razón.
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