Relación entre clima social familiar y tipos de funcionalidad en familias desplazadas en el Quindío

Relationship between family social climate and types of functionality in displaced families in Quindío

José Alonso Andrade Salazar1

Juan Gonzales Portillo2

Para citar este artículo

Andrade, J.A., Gonzales, J. (2019). Relación entre clima social familiar y tipos de funcionalidad en familias desplazadas en el Quindío. Tempus Psicológico, 2(2), 175-205. doi: 10.30554/tempuspsi.2.2.2904.2019

Recibido: 17.01.2019 – Aceptado: 17.04.2019

Artículo de investigación - ISSN - 2619-6336

Resumen

Esta es una investigación analítica, descriptiva, de tipo empírico y de corte transversal, que tuvo como objetivo encontrar el tipo de funcionalidad familiar y las características del clima social familiar en doscientas familias desplazadas en el departamento del Quindío, entre 2009 y 2013. Para la recolección de la información se aplicó una ficha de caracterización, el APGAR familiar y la escala de clima social familiar. Los resultados mostraron que las familias tuvieron buena función familiar en un 47,5 %, mientras que el 62,5% presentó algún tipo de disfunción asociada a dos insatisfacciones: la ayuda recibida dentro de la familia ( : 2,96) y el tiempo para compartir distinto al del trabajo y las labores ( : 3,13). El clima social fue principalmente inadecuado (62,5 %) lo cual está vinculado a tres aspectos: escasa vida social y poca recreación ( : 4,45), bajo nivel intelectual-cultural ( : 4,45) y falta de autonomía de los miembros ( : 4,84). La disfunción familiar es análoga a los problemas en el clima social familiar.

Palabras clave: Clima social familiar, disfunción familiar, estabilidad familiar, familias desplazadas, funcionalidad familiar, conflicto armado.

Abstract

This is an analytical, descriptive, empirical and cross-sectional investigation, which aims to find the type of family functionality and characteristics of the family social climate in two hundred displaced families in the department of Quindío, between 2009 and 2013. For the collection of the information, a characterization card, the family APGAR and the family social climate scale were applied. Families had a good family function in 47.5%, while 62.5% have some type of dysfunction associated with two dissatisfactions: the help received within the family (: 2.96) and the time to share different to the work and labors (: 3,13). The social climate was mainly inadequate (62.5%), which is linked to three aspects: scarce social life and little recreation (: 4.45), low intellectual-cultural level (: 4.45) and lack of autonomy of the members (: 4.84). Family dysfunction is analogous to problems in the family social climate.

Keywords: social family, family dysfunction, family stability, displaced families, family functionality, armed conflict.

___________

1 Psicólogo. Doctor en Pensamiento Complejo. Docente Fundación Universitaria del Área Andina. Docente Universidad San Buenaventura-Armenia. Orcid: 0000-0001-7916-7409 - Correo: 911psicologia@gmail.com

2 Psicólogo. Magíster en Educación. Docente Fundación Universitaria del Área Andina. Docente Universidad San Buenaventura-Armenia. Orcid: 0000-0003-0648-3173 - Correo: juan.gonzales@usbmed.edu.co

Introducción

El desplazamiento forzado es una de las más graves consecuencias del conflicto armado colombiano, el cual lleva más de cinco décadas afectando la integridad, la calidad de vida, la dignidad y los derechos de personas, colectivos y comunidades, especialmente de aquellas que residen en los lugares próximos a escenarios de confrontación bélica (Andrade, Agudelo, Ramírez y Romero, 2011; Andrade, 2011; Codhes, 2013; Campo, Oviedo y Erazo, 2014). En Colombia, para el año 2013, la guerra incrementó el número de víctimas de desplazamiento forzado, especialmente de mujeres, niños y niñas, quienes dada su innegable vulnerabilidad se constituyen en blanco frecuente de las fuerzas en disputa (Patiño, 2014; Oidhaco , 2013; CNMH, 2014 ; Andrade, 2015). Según datos del Consejo Noruego para Refugiados (CNR) en su Informe Global de Desplazamiento Forzado de 2014, en Colombia persiste la más grave y prolongada crisis humanitaria de América en razón del conflicto armado y las consecuencias bélicas sobre población civil, que frecuentemente debe movilizarse y abandonar sus territorios a causa de la violencia, motivo por el cual ocupa el segundo lugar en el número de desplazados internos después de Sudán. El Observatorio de Desplazamiento Interno (IDMC) del Consejo Noruego, señaló que, a finales de 2014, hubo al menos siete millones de desplazados internos en América del Sur, América Central y México, con un aumento del 12% en 2013. Colombia representó el grueso del total regional, con 6 044 200 desplazados internos a finales de año, es decir el 12% de su población total (CNR y IDMC, 2015).

La entidad informó que los actores armados del conflicto han desplazado más de 5,7 millones de personas, es decir que uno de cada diez ciudadanos colombianos es víctima de este flagelo, aspecto que tiene una gran incidencia sobre las familias victimizadas (CNR y IDMC, 2015). El Quindío es un departamento más receptor que expulsor; según el informe del Ministerio de la Protección Social y la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (Uariv, 2013); entre 1985 y 2012 recibió 36 455 personas . En el año 2013, 871 municipios colombianos fueron expulsores, y entre estos el Quindío ocupó el puesto 27 entre los 33 departamentos. En todos los casos, los hogares se desplazaron por amenaza de muerte y/o maltrato psicológico (84 %), situación frecuente en el 95,5 % de los municipios afectados por la violencia. Otros factores relevantes fueron maltratos físicos (0,15 %), violencia sexual a mujeres (0,07 %) y violencia sexual de menores por un actor armado (0,02 %). En el departamento del Quindío, el actor armado con mayor incidencia es el constituido por las bandas criminales (Bacrim), seguido por los grupos guerrilleros, los paramilitares y la fuerza pública. En dicho marco de acciones, Armenia, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), se cuenta como la ciudad que, durante cuatro años consecutivos, registró las más altas tasas de desempleo (López, 2015), por lo que la decisión de asentarse en el departamento esperando una estabilidad económica y social permanente puede resultar decepcionante y compleja para muchas familias desplazadas.

En las familias vulneradas por el conflicto armado, la capacidad de adaptación a nuevos territorios depende, en gran medida, de su habilidad para satisfacer las necesidades de supervivencia (Rincón, Cantillo, Orduz y Mora, 2007), aspecto que se dificulta en razón de la confluencia reticular de varios factores: estigmatización social (Segura, 2010), debilidad en su red de apoyo externa (Moreno, Monsalve, Tabima y Escobar, 2009), dinámicas intrafamiliares conflictivas (Cifuentes, Massiris y Ruiz, 1998; Errázuriz, Huayllasco y Pedersen, 2007) y una precaria asistencia en salud mental, física y comunitaria (Campo, Oviedo y Herazo, 2014; Andrade y Sicachá, 2012; Moreno, et al., 2009). Otros factores vinculados son la inseguridad en los territorios de asentamiento y las pocas garantías para el retorno a sus tierras (Sayago, 2011; Ibáñez, 2008; 2009; Codhes; 2009), además de la desconfianza generada por la inestabilidad del sistema político (Guerrero y Guerrero, 2009; Bohada, 2010; Mendoza, 2012) y un notable detrimento de los sentidos de pertenencia, arraigo y trascendencia, entre otros aspectos (Ibáñez y Moya, 2006; Andrade, Parra y Torres, 2011). Cabe señalar que en las familias vulnerables, la afectación del clima social familiar y de la funcionalidad resultan directamente proporcionales al clima social imperante en el entorno comunitario; así, cuando el entorno es tenso y presenta numerosos factores de riesgo psicosocial, la probabilidad de que se reactiven conflictos pasados, o que emerjan nuevos, es elevada (Herrera, 1997; Cifuentes, Massiris y Ruiz, 1998; Andrade y Valencia, 2011).

En las familias vulnerables, la disfunción familiar se asocia a la violencia intrafamiliar como riesgo elevado, lo cual evidencia también problemas para generar una adecuada función de sostén, cooperación y apoyo interinstitucional por parte del Estado (Ibáñez y Moya, 2006; Ibáñez, 2009). Las familias víctimas de desplazamiento forzado, aun después de asentarse, siguen presentado problemas de vulneración de sus derechos asociada a conflictos con las comunidades receptoras, estigmatización social y dificultades para ajustarse a los nuevos espacios de socialización (Navarrete, Mogollón y García, 2003; Ibáñez, 2009; Campo, Oviedo y Herazo, 2014), que afectan su grado de funcionalidad, aspecto que eleva los riesgos, roces, choques y la crisis entre los miembros de la familia, además de generar problemas en el manejo de los procesos y los recursos para afrontar los conflictos. Como consecuencia, en la mayoría de familias vulnerables su crecimiento y desarrollo se estanca, por lo que tienden hacia la ruptura de sus vínculos, lo cual es manifiesto en aspectos como la desunión familiar, el individualismo y/o –en casos extremos– la ruptura o separación del núcleo familiar (Navarro, 2004; Larocca, 1987).

Correlativamente, la funcionalidad familiar se muestra como la capacidad de los miembros para adaptarse, participar, crecer, brindar afecto y manejar recursos disponibles con el fin de generar sostén, protección y apoyo (Minuchin, 1977; 2001). De estos factores proviene el clima social familiar, el cual es la expresión emocional, afectiva y cognitiva del estado de las relaciones de la familia; es decir, de sus interacciones, constreñimientos, resistencias y de las formas como cada miembro y la familia como grupo percibe su rol y desarrolla las capacidades que tienen para transformar sus interacciones (Moos y Trickett, 1993). El clima social familiar es la condición emergente de las interrelaciones entre los miembros de la familia con otros sujetos, grupos e instituciones, por lo que de estos procesos de encuentro y comunicación surgen percepciones, ideas, imaginarios o representaciones acerca de sí mismos, como también de las dinámicas e interacciones que se tienen con otros. Para Moos y Trickett, el clima social familiar se forma a partir de características socio-ambientales de la familia, las cuales se relacionan con tres elementos: (a) la interacción entre los miembros y con otros externos, (b) aspectos relacionados con el desarrollo familiar y (c) la estructura básica de la familia.

Es importante mencionar que este clima también depende del estado o condición de la funcionalidad familiar que, de acuerdo con Martínez-Pampliega, Iraurgi, Galíndez y Sanz (2006), se asocia a la estructura de la familia, la sensación de bienestar entre los miembros y con la comunidad, las diversas formas de intercambio emocional, afectivo y cognitivo, y al estilo que tiene el grupo para resolver los conflictos emergentes y manejar sus emociones, expectativas y proyectos. Ergo, tanto la VIF (violencia intrafamiliar), como la disfunción familiar y un clima social-familiar tenso, se suman a la larga trama de eventos catastróficos para las familias desplazadas que, en conjunto, afectan su calidad y expectativa de vida (Andrade y Sicachá, 2012; Ibáñez y Moya, 2006; Ibáñez, 2009). En esta investigación se aborda la relación entre el clima social familiar y la funcionalidad familiar, bajo la hipótesis de que ambos elementos se ven afectados proporcionalmente, aun después del asentamiento de las familias desplazadas por la violencia, así como también en razón del supuesto de que la disfuncionalidad familiar y un clima social familiar inadecuado, son el resultado de la “extensión del conflicto”, a partir de nuevas formas de representación de la violencia, manifiestas en el hogar y en las interacciones que las familias establecen con otros (comunidad, familia extensa, instituciones, personas externas, entre otras).

Método

Diseño

Esta es una investigación de tipo empírico-analítico con un diseño descriptivo-correlacional-transversal. Según Hernández Sampieri, Fernández Collado y Baptista Lucio (2005), en el estudio descriptivo-correlacional se registran, describen, tipifican y se correlacionan diversas variables que sirven para explicar, a través de indicadores de correlación –en este caso el de Pearson–, la interinfluencia entre ellas, al tiempo que enuncian la forma en que el fenómeno se presenta en una muestra dada de sujetos (Sautu, Boniolo, Dalle y Elbert, 2005).

Población

La población intervenida estuvo constituida por doscientas personas víctimas de desplazamiento forzado, por efecto del conflicto armado colombiano, que se asentaron en el departamento del Quindío, en el periodo comprendido entre los años 2009 y 2013. Los criterios de inclusión fueron: (a) llegar al Quindío entre 2009 y 2013, (b) haber sido desplazado por efecto de la violencia sociopolítica, (c) ser adulto, (d) jefe de hogar, y (e) asistir-estar registrado en la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (Uariv) del departamento del Quindío, ubicada en la ciudad de Armenia.

Instrumentos

Se aplicó una ficha de caracterización sociodemográfica diseñada en el estudio, además de la Escala de Clima Social Familiar (FES1) de Moos, Moos y Trickett (1984) que evalúa: (a) relaciones interpersonales entre los miembros de la familia, (b) aspectos de desarrollo relevantes y (c) la estructura básica de la interacción familiar. La escala está compuesta por tres dimensiones: cohesión, expresividad y conflicto, además de ocho subescalas: autonomía, actuación, desarrollo intelectual-cultural, social-recreativo y moralidad-religiosidad, y la escala de estabilidad que está subdividida en organización y control. Mencionar las opciones de respuesta.

También se administró la escala APGAR familiar, instrumento diseñado por Gabriel Smilkstein, de la Universidad de Washington en 1978 (citado por Alegre y Suárez, 2006), para los equipos de atención primaria en salud, que analiza la función familiar de acuerdo con los siguientes puntajes y criterios: Buena función familiar (BFF: 18-20), disfunción familiar leve (DFL: 14–17), disfunción familiar moderada (10-13) y disfunción familiar severa (DFS: 9 o menos).

Procedimiento

La investigación se dividió en seis fases: (a) diseño de la propuesta de investigación y aprobación de condiciones bioéticas; (b) revisión teórica y del estado del arte; (c) contacto con instituciones para acceder a población vulnerable, una vez el aprobado el acceso se procedió a la firma del consentimiento informado y la aplicación de instrumentos, de forma individual; (d) tabulación, sistematización y análisis de datos, se realizó a través del software estadístico para las ciencias sociales SPSS 18.0; (e) redacción del informe de investigación; (f) devolución y socialización de resultados: en esta fase se entregaron los hallazgos de la investigación a las instituciones y la comunidad a través de un encuentro institucional en la Universidad de San Buenaventura Medellín extensión Armenia.

Resultados

Los datos sociodemográficos indican que en la población la escolaridad se divide de la siguiente manera (Tabla 1): ninguna, 13 %; primaria, 50,5 %; bachillerato, 30,5 %; técnico, 3 %; tecnológico, 1,5 %, y universidad, 1,5 %. El 40,2 % es adulto joven, el 36,5 % adulto intermedio y el 21,5 % adulto mayor. El 63,5 % son mujeres y el 36,5 % hombres. El estado civil prevalente es la unión libre (34,5 %), seguido por soltero (28 %), viudo (12,5 %), casado (12 %), separado (12 %) y divorciado (2 %). El 87 % es mestizo, el 6,5 % indígena, el 5,5 % afrodescendiente y el 1 % raizal; no se presentó población gitana o rom entre la muestra. En los jefes de hogar prevalece el siguiente perfil: escolaridad primaria, adulto joven, género femenino, estado civil unión libre y etnia mestiza.

Tabla 1.

Características sociodemográficas

Escolaridad

Género

Estado civil

f

%

f

%

f

%

Ninguna

26

13

Femenino

127

63,5

Soltero

56

28

Primaria

101

50,5

Masculino

73

36,5

Casado

24

12

Bachillerato

61

30,5

Procedencia rural/urbana

Unión libre

69

34,5

Técnico

6

3

Rural

145

72,5

Separado

22

11

Tecnológico

3

1,5

Urbano

55

27,5

Viudo

25

12,5

Universidad

3

1,5

Total

200

100

Divorciado

4

2

Total

200

100

Etapa vital

Etnia

Religión

Indígena

13

6,5

Católico

113

56,5

Adulto joven

84

42

Afrodescendiente

11

5,5

Cristiano

48

24

Adulto intermedio

73

36,5

Raizal

2

1

Evangélico

18

9

Adulto mayor

43

21,5

Mestizo

174

87

Otro

21

10,5

Total

200

100

Total

200

100

Total

200

100

La procedencia se distribuye en un 72,5 % rural y en un 27,5 % urbana; el 87 % se ha desplazado entre 1 y 3 veces, el 10,5 % entre 4 y 6 veces, y el 2,5 % entre 7 y 11 veces. El tipo de desplazamiento fue masivo en un 18 % e individual en 82 %; el intradesplazamiento fue del 12 % y el interdesplazamiento del 88 % (Tabla 2). La mayoría de la población proviene del Valle del Cauca, de áreas rurales, con desplazamientos entre una y tres veces, de tipo individual –hasta nueve familias– e interdesplazamientos (de región en región) frecuentes.

Tabla 2.

Sitio de procedencia, número y tipo de desplazamiento

N° de desplazamientos

Tipo de desplazamiento

F

%

f

%

1

129

64,5

Masivo

36

18

2

40

20

Individual

164

82

3

5

2,5

Total

200

100

4

9

4,5

Intra/Interdesplazamiento

5

10

5

Intra

24

12

6-11 veces

7

3,5

Inter

176

88

Total

200

100

Total

200

100

Los departamentos de procedencia de las familias fueron (Tabla 3): Valle del cauca (22 %), Cauca (8,5 %), Chocó (8,5 %), Tolima (8 %), Caquetá (6,5 %), Antioquia (6,5 %), Quindío (6,5 %), Risaralda (5 %), Nariño (4,5 %), Meta (4,5 %), Putumayo (3 %), Huila (3 %), Caldas (3,5 %), Córdoba (1,5 %), Sucre (1,5 %). Para Santander, Vichada y Arauca, se tuvo un 1 %; y un 0,5 % para Bolívar, Boyacá, Guainía, Guaviare, Magdalena, Norte de Santander.

Tabla 3.

Departamento de procedencia de las personas desplazadas

Los principales motivos para desplazarse fueron (Tabla 4): amenaza de muerte y/o maltrato psicológico (47 %), muerte de un familiar (30 %), desaparición de un familiar (5 %), enfrentamientos armados o combates, amenaza de reclutamiento forzado, robo de bienes por un actor armado (3 % cada ítem), maltratos físicos, atentado terrorista, negación o restricción al acceso a bienes de supervivencia (1,5 % respectivamente), alteraciones del orden público, amenaza de reclutamiento forzado a menores, violencia sexual por actor armado (1 % cada ítem), minas antipersona, secuestro de algún familiar y fumigaciones (0,5 % respectivamente).

Tabla 3.

Departamento de procedencia de las personas desplazadas

f

%

f

%

f

%

Antioquia

13

6,5

Córdoba

3

1,5

Putumayo

6

3

Arauca

1

0,5

Cundinamarca

2

1

Quindío

13

6,5

Bolívar

1

0,5

Guainía

1

0,5

Risaralda

10

5

Boyacá

1

0,5

Guaviare

1

0,5

Santander

2

1

Caldas

7

3,5

Huila

6

3

Sucre

3

1,5

Caquetá

13

6,5

Magdalena

1

0,5

Tolima

16

8

Cauca

17

8,5

Meta

9

4,5

Valle del Cauca

44

22

Cesar

1

0,5

Nariño

9

4,5

Vichada

2

1

Chocó

17

8,5

Norte de Santander

1

0,5

Totales

200

1

Los principales motivos para desplazarse fueron (Tabla 4): amenaza de muerte y/o maltrato psicológico (47 %), muerte de un familiar (30 %), desaparición de un familiar (5 %), enfrentamientos armados o combates, amenaza de reclutamiento forzado, robo de bienes por un actor armado (3 % cada ítem), maltratos físicos, atentado terrorista, negación o restricción al acceso a bienes de supervivencia (1,5 % respectivamente), alteraciones del orden público, amenaza de reclutamiento forzado a menores, violencia sexual por actor armado (1 % cada ítem), minas antipersona, secuestro de algún familiar y fumigaciones (0,5 % respectivamente).

Tabla 4.

Motivos para desplazarse

Motivo manifiesto

No.

% válido

Amenaza de muerte y/o maltrato psicológico

94

47,0

Muerte de un familiar

60

30,0

Alteraciones de orden público

2

1,0

Enfrentamientos armados o combates

6

3,0

Amenaza de reclutamiento forzado

6

3,0

Amenaza de reclutamiento forzado a menores

2

1,0

Desaparición de un familiar

10

5,0

Robo de bienes por actor armado

6

3,0

Maltratos físicos

3

1,5

Atentado terrorista (toma, bomba, otros)

3

1,5

Violencia sexual a mujeres por actor armado

2

1,0

Negar o restringir acceso a bienes de supervivencia

3

1,5

Minas antipersona

1

,5

Secuestro de algún familiar

1

,5

Fumigaciones

1

,5

Total

200

100,0

El 47,5 % de la población presenta buena función familiar (BFF), el 27,5 % disfunción familiar, el 13 % disfunción familiar moderada, y el 12 % disfunción familiar severa (Tabla 5). Las características de la funcionalidad arrojaron los siguientes resultados (Tabla 7): satisfacción por la ayuda del otro : 2,96; satisfacción con la participación que la familia brinda y permite : 3,24; apoyo a nuevos proyectos : 3,17; receptividad en la expresión de afectos y emociones : 3,16, y satisfacción al compartir juntos tiempo, espacio y dinero : 3,13. En cuanto al clima social familiar (Tabla 6) se encontró que el 62,5 % presentó un clima social familiar inadecuado mientras en el 37,5 % un clima adecuado.

Tabla 5.

Estado de la función familiar

Porcentaje

Buena función familiar BFF

47,5

Disfunción familiar leve DFL

27,5

Disfunción familiar moderada DFM

13

Disfunción familiar severa DFS

12

Total

100

Tabla 6.

Estado del clima social familiar

Estado del clima social familiar

Porcentaje

Clima social familiar inadecuado

62,5

Clima social familiar adecuado

37,5

Total

100

Tabla 7.

Componentes de la funcionalidad/disfuncionalidad familiar

Áreas de la funcionalidad familiar

Media

Tipo de factor

1. Satisfacción por la ayuda del otro

2,96

Factor de riesgo

2. “Me satisface la participación que mi familia me brinda y permite”.

3,24

Factor protector

3. Apoyo para nuevos proyectos

3,17

Factor protector

4. Receptividad en la expresión de afectos y emociones

3,16

Factor protector

5. Satisfacción al compartir juntos tiempo, espacio y dinero.

3,13

Factor de riesgo

La funcionalidad familiar se distribuyó de la siguiente manera, de acuerdo con datos sociodemográficos: los adultos intermedios BFF 38,9 %, DFL 30,9 %, DFM 30,8 %, DFG 45,8 %; los adultos jóvenes BFF 37,9 %, DFL 54,5 %, DFM 38,5 %, DFG: 33,3 %; los adultos mayores BFF 23,2 %, DFL 14,5 %, DFM 30,8 %, DFG: 20,8 %.

La BFF es mayor en la unión libre (44,2 %) al igual que la DFM (38,2 %); en los solteros la DFS es del 33,3 % y la DFL del 43,6 %; en los separados la DFS es del 33,3 %. En mujeres, la disfunción familiar es del 41,1 % y en hombres del 68,9 %. En mujeres jefe de hogar con algún grado de disfunción familiar prevalece la DFS con un 75,0 % y la DFM con un 73,1 %, mientras que en hombres es mayor la DFL (38,2 %) con respecto a la DFM (26,9 %). Las familias consideran que existen escasas redes de apoyo en la comunidad en un 55 %, su participación en democracia local es del 54,5 %, y señalan ser acogidos por la comunidad receptora en un 68,5 %.

En la relación entre función familiar y motivos para desplazarse (Tabla 8) se encontró que el 45,8 % con DFS lo hizo por amenaza de muerte y/o maltrato psicológico, el 29,2 % por la muerte de un familiar, el 12,5 % por la desaparición de un familiar, el 4,2 % por reclutamiento forzado, el 12 % por robo de bienes por actor armado y el 4,2 % por el secuestro de algún familiar. El 72,5 % de personas procedentes del sector rural tienen un 79,2 % de DFS, en comparación con el 27,5 % de población urbana con DFS del 20,8 %; la DFM rural es del 76,9 % y la urbana del 23,1 %. El 64,5 % de personas desplazadas una vez presenta una DFS del 54,2 %, a diferencia de aquellos que fueron desplazados dos veces con una DFS del 25,0 %). El 82 % de víctimas cuyo desplazamiento fue individual presenta una DFS del 91,7 %, a diferencia del 18 % de desplazados masivamente con una DFS del 8,3 %.

Tabla 8.

Cruce de datos de caracterización y tipos de función familiar

Características de la funcionalidad familiar

BFF

DFL

DFM

DFS

Función familiar

47,5 %

27,5 %

13 %

12 %

Adultos jóvenes

37,9 %

54,5 %

38,5 %

33,3 %

Adulto intermedio

38,9 %

30,9 %

30,8 %

45,8 %

Adulto mayor

23,2 %

14,5 %

30,8 %

20,8 %

100 %

100 %

100 %

100 %

Estado civil

Unión libre BFF

Solteros DFL

Unión libre DFM

Soltero DFS

Separado DFS

44,2 %

43,6 %

38,2 %

33,3 %

33,3 %

Género

Mujer BFF

Hombre DFL

Mujer DFM

Hombre DFM

Mujer DFS

68,9 %

38,2 %

73,1 %

26,9 %

75 %

Los valores de la media refieren que la actividad/participación permitida es de : 6,61; la cohesión familiar, : 6,44; los conflictos emergentes, : 6,17; la organización-familiar, : 6,07; la moralidad-espiritualidad : 5,99, y la capacidad de expresión afectiva : 5,95; al tiempo que aquellos factores que deben ser fortalecidos y se constituyen en factores de riesgo son: control interno ( : 4,84), el nivel social-recreativo ( : 4,84), el nivel Intelectual-cultural ( : 4,45) y la autonomía percibida ( : 4,45) por cada uno de los miembros.

Tabla 9.

Factores protectores y de riesgo del clima social familiar

Tipo de característica del clima social/familiar

Media

Tipo de factor

Actividad/participación permitida

6,61

Factor protector

Cohesión familiar

6,44

Factor protector

Conflictos emergentes

6,17

Factor protector

Organización-familia

6,07

Factor protector

Moralidad-espiritualidad

5,99

Factor protector

Expresión afectiva

5,95

Factor protector

Control interno

5,17

Factor de riesgo

Social-recreación

4,84

Factor de riesgo

Nivel intelectual-cultural

4,45

Factor de riesgo

Autonomía de los miembros

4,45

Factor de riesgo

El clima social familiar presenta tres grandes dimensiones (Tabla 10) las cuales tuvieron el siguiente valor de media: estabilidad, : 40,5; relaciones intrafamiliares : 18,56, y desarrollo : 15,51, lo cual revela que la estabilidad percibida es elevada.

Tabla 10.

Dimensiones del clima social familiar

Dimensiones

Media

Estabilidad

40,54

Relaciones intrafamiliares

18,56

Desarrollo

15,51

Se encontraron correlaciones directamente proporcionales a través del coeficiente de Pearson (todas de intensidad baja) en las variables de cohesión familiar, organización familiar, expresión afectiva, conflictos emergentes y autonomía (Tabla 11). En este sentido, la cohesión familiar es directamente proporcional a la expresión afectiva (p= ,308; s= ,000), conflictos emergentes (p= ,273; s= ,000), actuación (p= ,179; s= ,011), moralidad y espiritualidad (p= ,145; s= ,041), organización familiar (p= ,392; s= ,000) y control social (p= ,248; s= ,000). La expresión afectiva es directamente proporcional a conflictos emergentes (p= ,261; s= ,000), actuación (p= ,216; s= ,002), moralidad y espiritualidad (p= ,220; s= ,002) y organización familiar (p= ,241; s= ,001). Los conflictos emergentes son directamente proporcionales al nivel de actuación (p= ,220; s= ,005) y al nivel de organización familiar (p= ,288; s= ,000). La autonomía es directamente proporcional al área Intelectual cultural (p= ,139; s= ,050) y al control social (p= ,178; s= ,012). La organización familiar es directamente proporcional al control social (p= ,316; s= ,000), la actuación (p= ,258; s= ,000), conflictos emergentes (p= ,288; s= ,000), expresión afectiva (p= ,241; s= ,001) y cohesión familiar (p= ,392; s= ,000). Las relaciones intrafamiliares son directamente proporcionales al desarrollo (p= ,205; s= ,004) y la estabilidad (p= ,456; s= ,000) en la familia.

Tabla 11.

Correlaciones directamente proporcionales entre características clima social familiar

Cohesión familiar

Organización familiar

Expresión afectiva

Conflictos emergentes

Expresión afectiva

Cohesión familiar

Conflictos emergentes

Actuación

p= ,308; s= ,000

p= ,392; s= ,000

p= ,261; s= ,000

p= ,179 s= ,011

Conflictos emergentes

Expresión afectiva

Moralidad y espiritualidad

Organización familiar

p= ,273; s= ,000

p= ,241; s= ,001

p= ,220; s= ,002

p= ,288; s= ,000

Moralidad y espiritualidad

Conflictos emergentes

Actuación

p= ,145; s= ,041

p= ,288; s= ,000

p= ,216; s= ,002

Autonomía

Actuación

Actuación

Organización familiar

Control social

p= ,179 s= ,011

p= ,258; s= ,000

p= ,241; s= ,001

p= ,178; s= ,012

Control social

Control social

Intelectual cultural

p= ,248; s= ,000

p= ,316; s= ,000

p= ,139; s= ,050

Organización familiar

p= ,392; s= ,000

Discusión

La dinámica de las familias víctimas de desplazamiento forzado está signada por elementos de tensión dentro de los hogares, que se constituyen en el correlato de los actos de barbarie de los cuales huyen. Como consecuencia, se afectan gravemente los procesos de familiarización con el entorno, así como los estilos de crianza y la habilidad para trabajar psicológicamente habalndo el estrés, lo que dificulta y eleva la disfuncionalidad y complejiza el proceso de ajuste a los nuevos escenarios de encuentro social (Mendoza, 2012; Andrade, 2010; 2013). Según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR, 2009), esta situación es análoga a la experimentada por familias víctimas del conflicto en otros países, como Siria, el Congo o Sudán. En la disfuncionalidad familiar, aquellas áreas que más se afectan son la capacidad para disfrutar y recrearse, y la satisfacción con la ayuda que el otro le brinda, lo que puede indicar un alto nivel de individualismo, descalificación o de comunicación amorfa (Laing, 1974; Nagy y Framo, 1988). El impacto del conflicto armado en víctimas de la violencia genera una profunda inestabilidad emocional, fraccionamiento del tejido social (Segura, 2010), desesperanza y tendencia a buscar la reubicación del nucleó familiar con el fin de huir de los enfrentamientos armados y proteger su integridad física, cultural y moral (Guerrero y Guerrero, 2009).

De acuerdo con Segura (2010) el impacto del conflicto armado compromete la gran mayoría de áreas de funcionamiento familiar y eleva el riesgo psicosocial a nivel personal, familiar y comunitario, produciendo cambios permanentes en la percepción política y social del conflicto (Atehortúa, Sánchez y Jiménez, 2009; Andrade y Sicachá, 2012). En la población investigada, la disfuncionalidad familiar se incrementa cuando los motivos para desplazarse son psicológicos y están vinculados a amenazas, vejaciones, silenciamientos e intimidaciones, como también al asesinato de una persona importante para la familia; asimismo, afecta en mayor medida al adulto intermedio, quien puede experimentar un nivel más alto de frustración, asociado a las dificultades para satisfacer las necesidades materiales, afectivas y sociales (Rodríguez, De La Torre, y Miranda, 2002). En gran medida, la funcionalidad familiar se constituye en un indicador de salud relevante no solo en familias bajo condiciones de vulnerabilidad (Herrera, 1997) sino también en aquellas cuyos miembros pueden presentar un riesgo futuro para su estabilidad (Larocca, 1987); sin embargo, cuando la disfuncionalidad se vincula en su origen a eventos gravemente estresantes, es posible afirmar que estos se extienden hacia nuevas interacciones determinando la forma en que los miembros de la familia interpretan su existencia y las interacciones que de ella se derivan (Andrade y Buitriago, 2011; Ordoñez, 2013; Bello, 2003; Bello, et al., 2006).

Dicho esto, la intervención psicosocial, con fines de reparación a las víctimas y familias afectadas, debe ser extendida hacia la integralidad, motivando procesos y mecanismos de participación de las víctimas en la restitución de sus derechos (Estrada, Ripoll y Rodríguez, 2010). Las poblaciones victimizadas buscan nuevas formas de organizarse como respuesta a su capacidad de resiliencia, así como también a la habilidad de aprovechar los recursos disponibles en su entorno para generar un ajuste psicosocial en función de su nueva condición social (Hernández, 2009); lo anterior no es garantía de que el acople temporal defina la funcionalidad y empoderamiento futuro de la familia, ya que, tal como se encontró en esta investigación, en las familias persisten conflictos y limitaciones en su desarrollo que surgen del interior –de sus interacciones– y se vinculan externamente en lo comunitario a través de resistencias de integración a la comunidad receptora, desconfianza en el entorno, y una vida social escasa, entre otros aspectos. Estos elementos fueron encontrados igualmente por otros investigadores, quienes refieren que la desconfianza en el sistema comunitario es en gran medida un referente de la inestabilidad intrafamiliar, al tiempo que resulta determinante en los procesos adaptativos de dichas poblaciones (Cifuentes, Massiris y Ruiz, 1998; Mendoza, Soler, Sainz, 2006; Segura, 2010; Mendoza, 2012; Andrade y Sicachá, 2012).

La investigación halló que factores como el hecho de ser amenazado de muerte y la presión psicológica asociada son motivos frecuentes de desplazamiento. La investigación halló que factores como el hecho de ser amenazado de muerte y la presión psicológica asociada son motivos frecuentes de desplazamiento, son aspectos que coinciden con lo enunciado por la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (Uariv, 2013) como principal motivo para abandonar las tierras y sus hogares. Fue visible, además, que en aquellas familias en las que se dio esta situación, la disfuncionalidad fue elevada, lo cual evidencia que las secuelas psicológicas persisten indefinidamente de formas diversas (Cuchumbé, y Vargas, 2008; Rodríguez, De La Torre, y Miranda, 2002). El conflicto armado afecta la integridad de los sujetos generando una huella de dolor permanente que deteriora todas las áreas de desarrollo de personas, familias y comunidades (Andrade, Parra y Torres, 2011; Guerrero y Guerrero, 2009; Díaz y Leiva 2009), al tiempo que desencadena numerosos eventos negativos que recaen directamente en la persona y en su familia, a nivel físico, psicológico, conductual y comportamental (Rodríguez, et al, 2002), afectando directamente su salud y bienestar, puesto que individualmente o en conjunto reproducen situaciones impactantes a partir de diversas experiencias traumáticas, las cuales se conforman de muertes, maltrato físico y/o psicológico y disturbios públicos, entre otros.

En este sentido, Daniel Pécaut (2001) considera que el problema de la guerra es en realidad el problema de la tierra, lo que conlleva a que todas las situaciones de riesgo vital se gesten en torno al dominio y a la apropiación de territorios de las comunidades, siendo el desplazamiento una vertiente de la confrontación que se lleva a cabo en el país por territorios desde los años cincuenta (Revista Semana, 2015). La población investigada presenta indicadores de afectación a la salud mental individual y comunitaria, lo que resulta análogo a lo encontrado en investigaciones realizadas en el Quindío (Andrade, Parra, Torres 2011; Andrade y Sicachá, 2012). Dicha situación dificulta el ajuste de las familias a nuevas realidades sociales y, a menudo, de ello se derivan autoaislamientos, tensión en el hogar, incremento de síntomas físicos, temor al señalamiento y a la discriminación debido al impacto emocional que la familia desplazada crea en la comunidad receptora (Guerrero y Guerrero, 2009; Andrade, Agudelo, Ramírez y Romero, 2010). En la población investigada, los indicadores de salud mental individual fueron: habilidades de comunicación y de socialización, buen control afectivo, asistencia al psicólogo –baja–, acceso a redes comunitarias (escaso pero presente), y discriminación percibida.

Se encontró que las familias que asistieron al psicólogo presentaron mejores indicadores de funcionalidad familiar, dado que la ayuda psicológica disminuye la emergencia de nuevos riesgos psicosociales y evita la agudización de los trastornos mentales ya presentes (Peltzer, 1999; OMS, 2000; Médicos sin fronteras, 2006). En general, las familias desplazadas se adaptan e incorporan de manera cautelosa a los nuevos espacios de socialización, y ello depende del estado de su salud mental y de la forma en que interpretan las circunstancias adversas actuales y pasadas (Andrade y Sicachá, 2012). Para Rappaport (1977) existen tres factores importantes en la constitución de la salud mental comunitaria: la cultura, la diversidad humana y el derecho de las personas a acceder a los recursos de la sociedad, logrando elegir sus objetivos y su estilo de vida, lo cual en personas desplazadas se realiza gradualmente y en función de la relación establecida con otros sujetos, grupos y con la comunidad (Herrera, 1997; Rincón et al, 2007; Mendoza, et al, 2006). El estudio encontró que el clima social familiar, definido como el efecto de las interacciones dentro de la familia, y de esta con su medio (Moos y Trickett, 1993), no solo es directamente proporcional a la funcionalidad familiar percibida, sino que depende de factores específicos que pueden ser descritos a través del esquema de interrelación entre las características de dicho clima (Moos, 1974).

En la población desplazada se pueden encontrar dos perfiles: (a) uno con propensión a la cohesión intrafamiliar y, (b) otro cuya tendencia es la organización familiar (Figura 1). En el primero de ellos, elementos como la expresión afectiva, los conflictos emergentes, la actuación permitida (rol), el desarrollo moral, la autonomía y la organización familiar, generan una adecuada cohesión entre sus miembros; mientras en el segundo modelo o tendencia, se encuentran definidos: la expresión afectiva, los conflictos emergentes, la cohesión familiar, la actuación permitida (rol), y la autonomía, siendo todos determinantes para configurar un adecuado modelo de organización familiar, mermando importancia a la moralidad-espiritualidad y al desarrollo intelectual-cultural, mismo que también resulta excluido de la primera configuración. Ambos estados (a y b) consolidan en los miembros de la familia representaciones e ideas acerca de la vida familiar y social, al tiempo que definen factores característicos de las interacciones con personas, grupos e instituciones externas.

Figura 1. Interacciones intrafamiliares - clima social familiar

Descripción: C:\Users\Jose Alonso Andrade\Desktop\relaciones intrafaniliares desplazados.jpg

El clima social-familiar encontrado se compone de dos nodos interrelacionados e interdependientes: (a) la cohesión intrafamiliar y, (b) la organización familiar (Figura 2); en ambos los factores coincidentes y permanentes son la expresión afectiva, los conflictos emergentes, la actuación, la autonomía y el control social, mismos que configuran un perfil de funcionamiento familiar y social prototípico.

Figura 2. Clima social familiar familias desplazadas

El hecho de que en el modelo de interacción familiar (Figura 2), exista una relación de interdependencia entre: (a) cohesión intrafamiliar, y (b) organización familiar, muestra que ambos elementos, en su condición de complementariedad recursiva, son importantes para la estabilidad y la adaptación de las familias victimizadas. Sin embargo, a nivel estadístico, es preciso mencionar que si bien existen correlaciones entre dichos elementos (a y b), estas no son contundentes ya que su expresión es de carácter leve, aspecto que a su vez evidencia la fragilidad de dichas uniones e interrelaciones. Para las familias puede resultar conveniente, dependiendo de las exigencias del contexto, implementar medidas de cohesión familiar, como estrategia prototípica de lucha ante la desintegración derivada del conflicto y sus excesos, para después transitar hacia un modelo centrado en la organización familiar que le permita ajustarse a los territorios de reasentamiento y sus múltiples exigencias. Otra posibilidad es concentrarse en alguno de los modelos excluyendo factores, motivo por el cual la familia tiende a ser cohesiva, pero con problemas de organización, u organizada con debilidades de cohesión.

En las familias investigadas se encontró que la adaptación y la generación de recursos son las áreas más afectadas una vez que se han asentado, datos que resultan similares a los encontrados en investigaciones realizadas en la región (Andrade, Agudelo, Ramírez y Romero, 2010; Andrade y Buitriago, 2011) y de otros estudios a nivel nacional (Ibáñez y Moya, 2006; Segura, 2010; Rincón, Cantillo, Orduz y Mora, 2007; Cifuentes, Massiris y Ruiz, 1998), en los cuales el hallazgo principal fue las falencias/debilidades en: empoderamiento y de confrontación positiva de conflictos, la capacidad de cohesión e integración social, la participación ciudadana, el ajuste comunitario y el acople a los nuevos escenarios de relación (adaptación), así como también, el hecho de que las secuelas del conflicto armado persisten y deterioran la estabilidad de las familias en muchas áreas importantes de desarrollo (Cuchumbé y Vargas, 2008; Rodríguez, De La Torre, y Miranda, 2002). En este sentido, es preciso mencionar que en estas familias el clima social familiar es coadyuvante de la forma en que interactúan los miembros de la familia, de modo que su funcionalidad se organiza de acuerdo con la relación entre medio interno y externo (Moos, Moos, y Trickett, 1984; Sloninsky, 1962), siendo el clima resultante un efecto no solo de las acciones que se suscitan (conflicto y tensión), sino también de la forma en que dichas acciones se interiorizan e interpretan (Moos, 1979; Wachs, 2009).

En gran medida, las familias afectadas por el conflicto armado presentan puntajes bajos en áreas de desarrollo de la funcionalidad familiar y del clima social familiar que pueden ser consideradas a modo de factores de riesgo y, correlativamente, como factores de protección aquellos que presentaron resultados significativos. Se encontraron ítems análogos entre factores protectores/riesgo entre funcionalidad familiar y clima social familiar (Figura 3). Ejemplo de ello fueron los factores de riesgo como: (a) escasez de recursos connotado por escaso nivel intelectual-cultural y escaso nivel de autonomía, y (b) dificultades de adaptación, representado en el clima social familiar por la escasa expresión afectiva y una vida limitada en el aspecto social-recreativo. En cuanto a factores protectores, en ambos casos, se encontró que la participación y la actividad permitida está presente, al igual que la ganancia/crecimiento de la funcionalidad es análoga a cohesión, organización intrafamiliar y la moralidad-espiritualidad. Cabe anotar que la expresión afectiva se constituye en la funcionalidad familiar en un factor protector, mientras en el clima social familiar es un factor de riesgo, lo cual es dable en estas familias, porque los miembros suelen sentirse más cómodos y seguros en compañía de su núcleo familiar, factor mismo que en escasas ocasiones se extiende hacia personas cercanas en la comunidad que habitan (Rincón, Cantillo, Orduz, y Mora, 2007; Andrade y Sicachá, 2012).

Figura 3. Factores de riesgo y de protección: funcionalidad y clima social familiar

La funcionalidad y el clima social familiar son interdependientes e interrelacionados y, en conjunto con indicadores psicosociales tales como salud mental individual y comunitaria, motivos para desplazarse, y características sociofamiliares, determinan las posibilidades adaptativas de las familias media década después. Este trabajo encontró que en ambos elementos existe funcionalidad, pero que la disfunción es prevalente a causa de la no superación de las secuelas derivadas del conflicto armado que persisten bajo la forma de conflictos, problemas y resistencias adaptativas al entorno que limitan el ajuste y el empoderamiento de las familias vulneradas.

La investigación aporta a la comprensión de las dimensiones psicosociales que el conflicto presenta, además de abrir el debate sobre los programas de atención y reparación a las familias desplazadas, dado que éste, debe contener una dimensión socio-familiar y antropo-ética robusta, que integre elementos socioculturales e históricos en el marco dela multiculturalidad y las implicaciones, percepciones y creencias de la comunidad en torno al conflicto y lo violento.

En este tenor, es importante realizar evaluaciones de la funcionalidad familiar y del clima social familiar en población desplazada víctima del conflicto armado, porque ello ayudará a identificar el grado de disfuncionalidad presente e instalado como secuela permanente de la guerra, lo cual puede ayudarle a las instituciones que les brindan apoyo, a implementar estrategias específicas y en contexto, de atención, intervención y reparación acordes a sus necesidades.

Conclusiones y Recomendaciones

La investigación encontró que al menos seis de cada diez familias tienen un clima social familiar inadecuado; y solo cuatro de cada diez tienen una buena funcionalidad familiar. Asimismo, una de cada diez tiene disfunción familiar severa, seis de cada diez tienen al menos un grado de disfuncionalidad; de ellas siete de cada diez provienen de áreas rurales desplazándose entre una y tres veces hasta asentarse definitivamente. Aunque en esta investigación no se incluyó el ítem de adaptación como una variable por medir, es posible inferir que en los últimos cinco años las familias siguen presentando problemas para ajustarse a los entornos de asentamiento, los cuales se asocian a problemas de funcionalidad familiar y a notables dificultades en la interacción que establecen con la comunidad receptora, dado el estado de desconfianza, estigmatización y señalamiento derivado de su condición de desplazados.

En gran medida, la forma en que la violencia del conflicto armado permea los hogares es evidencia de la extensión simbólica de la violencia en la vida de estas familias, intensión destructiva que afecta especialmente a comunidades históricamente vulneradas en sus derechos; en este sentido, las víctimas son mayormente mestizas, afrodescendientes e indígenas procedentes del Valle del Cauca, Cauca, Chocó y Tolima. La unión libre prevalece sobre personas solteras y viudas, al igual que la educación primaria. Igualmente se encontró que las familias suelen movilizarse poco a otras regiones del departamento cuando se asientan en un lugar, por lo que una de cada diez familias se intradesplaza. En las familias predomina el desplazamiento individual sobre el masivo, es decir, hasta nueve núcleos familiares: ocho de cada diez familias.

Se encontró que los factores que más afectan el clima social-familiar tornándolo tenso y/o disfuncional son: la escasa autonomía que se brinda a los miembros, un bajo nivel cultural-intelectual (estudios), la escasa actividad recreativa y las limitaciones para socializar con nuevos entornos, a lo que se suman problemas para controlar internamente los conflictos y dificultades en la toma de decisiones por parte de los miembros del hogar. La dimensión en el clima social-familiar más afectada fue la del desarrollo, puesto que el conflicto armado debilita las interacciones comunitarias tales como, redes de apoyo, desarrollo cultural, amistad, confianza en la comunidad, además de factores intrafamiliares como una buena función familiar, comunicación afectiva, apoyo a los miembros, actividades de recreación y de protección, así como también altera la posibilidad de autosostenerse generando recursos de supervivencia propios y rompiendo la dependencia de las ayudas del Estado.

Las habilidades positivas implementadas que mejoran el clima social y la funcionalidad en las familias son: permitir a los miembros desarrollar proyectos en beneficio de la familia (pero bajo el consentimiento y regulación de esta), la tendencia a la cohesión, la organización intrafamiliar (definir roles y tareas), la moralidad-espiritualidad y la expresión afectiva. Tanto el clima social-familiar como la funcionalidad familiar dependen de estos factores, al tiempo que su mejora puede orientar acciones de intervención integral encaminadas a fortalecerlas en asociación a estrategias de contención-prevención de factores de riesgo ya presentes como por ejemplo: baja capacitación académica, escasa capacidad de emprendimiento, baja motivación hacia el empoderamiento respecto a las instituciones del Estado y escasa movilidad en redes de apoyo comunitario, lo que demuestra resistencias notables a integrarse totalmente en la comunidad receptora.

Los motivos de desplazamiento más comunes fueron la amenaza y/o el maltrato psicológico y la muerte de un familiar, y se descubrió que, cuando estos elementos están presentes, la disfuncionalidad se incrementa en las familias, razón por la cual la intervención inter y transdisciplinaria en salud resulta necesaria para resignificar la huella de dolor que el conflicto armado deja en ellas y en sus miembros. Asimismo, el estudio encontró que el trauma o la huella disminuye cuando han asistido al menos una vez al psicólogo, aspecto que valida la necesidad de generar intervenciones continuas, con base en una cultura de la salud mental en términos de utilidad, necesidad y eficiencia, que sea de fácil acceso a la población y con adecuados niveles de efectividad.

Se encontraron indicadores de salud mental individual elevados-positivos tales como buena comunicación interna, habilidades de socialización –pero en entornos conocidos–, control emocional y afectivo circunstancial –relativo a las circunstancias–, toma de decisiones e ideas positivas respecto al futuro, y moralidad sólida. Respecto a la salud mental comunitaria, en las familias prevalece –en grado moderado y bajo–, la disposición a participar en redes de apoyo y en acciones políticas y, en grado moderado, la percepción de vivir en un ambiente físico acogedor, acogimiento comunitario e identidad cultural. Estos elementos orientan de forma directa los futuros proyectos con víctimas y pueden direccionar de mejor forma intervenciones integrales en salud familiar y social.

Las limitaciones fueron las dificultades de acceso a la población en tanto espacios de encuentro y comprensión de los cuestionarios, por lo que fue preciso que su aplicación fuese hetero-aplicada, asimismo hubo resistencias a responder algunas preguntas que versan sobre la cohesión familiar y la aceptación comunitaria, motivo por el cual se recomienda la elaboración de cuestionarios ajustados a las comunidades vulnerables, además de contar con un espacio de intervención colectiva en que se puedan abordar los sentimientos emergentes derivados de la aplicación de los instrumentos.

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