La Psicología Social de Enrique Pichon Rivière:
Un lugar de convergencia del Psicoanálisis, el Interaccionismo Simbólico y el Materialismo Histórico
The Social Psychology of Enrique Pichon Rivière:
A place of convergence of Psychoanalysis, Symbolic Interactionism and Historical Materialism
Jaime Alberto Carmona Parra1
Resumen
En este artículo se exponen algunos fundamentos teóricos del Psicoanálisis, el Interaccionismo Simbólico y el Materialismo Histórico que convergen en la Psicología Social Latinoamericana de Enrique Pichon Rivière, para mostrar que la condición de posibilidad de dicha convergencia se deriva de la perspectiva epistemológica y ontológica que está en la base de las cuatro construcciones teóricas. En el apartado de la discusión se señalan algunas implicaciones éticas y políticas que también se derivan de dicha convergencia epistemológica y ontológica y se deja abierta la exploración de otras implicaciones posibles.
Palabras Clave: Psicología Social, Psicoanálisis, Interaccionismo Simbólico, Materialismo histórico, dialéctica, agenciamiento.
Abstract
This article presents an exposition of some of the theoretical foundations of Psychoanalysis, Symbolic Interactionism and Historical Materialism that converge in the Latin American Social Psychology of Enrique Pichon Rivière to show that the condition of possibility of such convergence is derived from the epistemological perspective and ontological that is at the base of the four theoretical constructions. In the section of the discussion some of the ethical and political implications that are derived from this epistemological and ontological perspective are pointed out and the exploration of other possible implications is left open.
KeyWords: Social Psychology, Psychoanalysis, Symbolic Interactionism, Historical materialism, dialectic, agency.
Para citar este artículo
Carmona, J.A. (2019). La Psicología Social de Enrique Pichon Rivière: Un lugar de convergencia del Psicoanálisis, el Interaccionismo Simbólico y el Materialismo Histórico. Revista Tempus Psicológico, 2(1), 231-257. doi: 10.30554/tempuspsi.2.1.2623.2019
Recibido: 20.05.2018 – Aceptado: 30.08.2018
Revisión de tema ISSN - 2619-6336
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1. Psiòlogo. Doctor en Psicología Social. Director de la Escuela de Psicología de la Universidad de Manizales.
0000-0001-5263-2374. Correo: jcarmona@umanizales.edu.co
Introducción
El propósito de estas líneas es proponer una reflexión sobre la Psicología Social latinoamericana de Enrique Pichon Rivière, que nace en el contexto de una epistemología convergente en el cual el Psicoanálisis dialoga con el Interaccionismo Simbólico y el Materialismo Histórico, en medio de las precariedades y desigualdades en las que se ejerce la Psicología Social en América Latina. Para este propósito, se recorrerán algunos hitos de este particular enfoque de la psicología social y se esbozarán algunos de sus conceptos principales.
Como suele ocurrir en el campo de las Ciencias Sociales, para dar cuenta del origen de un determinado enfoque, es necesario remitir a la biografía de su creador. En este caso se trata de Enrique Pichon Rivière, un pensador latinoamericano que desarrolla su propuesta teórica y metodológica en la Argentina de mediados del siglo XX.
Pichon nace en 1907 en Ginebra, Suiza, es hijo de padres franceses cultos y con fuertes convicciones socialistas, admiradores de la poesía de Rimbaud y Baudelaire. Llegan a América Latina con sus hijos en 1910 y se radican en una región rural del norte de Argentina denominada el Chaco Santafesino. El padre de Pichon se dedica a la explotación de algodón en una región con fuerte presencia indígena y su madre se convierte en maestra de escuela.
El pequeño Enrique vive su infancia en tres lenguas: el francés en el que se comunica con su familia, el guaraní en el que se comunica con los indígenas de la región con los que convive y el castellano con el que interactúa con sus compañeros de la comunidad y de la escuela. En cada una de estas lenguas, habita un universo simbólico particular: en el francés, está el mundo del arte, las ideas socialistas y el espíritu racionalista de sus padres; en la lengua guaraní, el universo mágico y mítico de las comunidades aborígenes; y en el castellano la realidad compleja, contradictoria y convulsa de la América Latina que, por aquella época, asistía al florecimiento de la literatura, el psicoanálisis y el pensamiento social. Autores como Borges, Sábato, Marie Langer y Arnaldo Rascovsky, fueron contemporáneos y algunos de ellos interlocutores de Pichon.
Siendo muy joven, Pichon funda el Partido Socialista del Municipio de Goya. En 1924, comienza sus estudios de medicina en la ciudad de Rosario. Más tarde se muda a la ciudad de Buenos Aires, donde trabaja en un sanatorio y como periodista en el diario “La Crítica” (1930-1931). En este período, se interesa por la poesía, especialmente en los poetas malditos franceses y en el poeta uruguayo Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont.
Pichon se formó primero como médico, luego como psiquiatra y después como psicoanalista. A principios de los años 40, al lado de Angel Garma y Mary Langer, fundó la Asociación Psicoanalítica Argentina y ejerció como psicoanalista durante varias décadas.
Pero es el contacto con las formas más radicales de la miseria humana y la enfermedad mental, en el Hospicio de las Mercedes durante más de una década, lo que empieza a orientar el pensamiento de Pichon hacia un primer diálogo del materialismo histórico con el psicoanálisis, en el que luego se integrará el interaccionismo simbólico.
La potencia terapéutica del rol
A continuación se hace referencia a lo que podría ser uno de los mitos fundacionales de la psicología social de Enrique Pichon Rivière y de su técnica que se denomina el “Grupo Operativo”:
El autor trabajaba como psiquiatra en el Hospicio de las Mercedes, una clínica psiquiátrica de Buenos Aires, donde tenía a su cargo un pabellón con más de 100 pacientes que padecían enfermedades mentales graves. Repentinamente, de una manera arbitraria y sin previo aviso, le retiraron a todos sus enfermeros y los pacientes quedaron abandonados.
Gracias a esa medida un poco absurda en ese momento, nació esta técnica, el grupo operativo como una técnica social, donde se hacía posible el tratamiento de los enfermos mentales por sus “colegas”… tomamos como punto de partida su visión como enfermos: primero hacía grupos con ellos y a través de esos grupos aprendían lo que era el insight, lo que era la alienación, y todo eso con algunos conceptos de enfermería…se completó en muy poco tiempo la formación de los mejores enfermeros que he visto en mi vida profesional (Pichon, en Zito-Lema, 2001, p. 72).
En ese grupo operativo creado de emergencia por Pichón están ya presentes varias aplicaciones que esta técnica tiene en la actualidad: era un grupo de aprendizaje, un espacio de apoyo al apoyo, para un equipo que realizaba tareas terapéuticas; y era también un grupo operativo terapéutico, lo cual se comprueba en los resultados mencionados por el autor. Esta narrativa del origen del grupo operativo y de la particularidad del enfoque de la Psicología Social de Pichon es significativo porque se trata de una situación extrema, pues eran los enfermos mentales quienes resultaron ser los mejores apoyos para el cuidado y la atención de otros enfermos mentales. Quizás, algunas comunidades terapéuticas para las drogodependencias han encontrado por sus propios caminos la eficacia de este principio.
Dos aportes del Psicoanálisis
Antes de continuar con el relato vamos a detenernos en algunos elementos que Pichon toma del Psicoanálisis y que son indispensables para entender su técnica del Grupo Operativo y su Psicología Social. El más importante es un principio del psicoanálisis que hoy podríamos decir que es un patrimonio de la psicología en casi todas sus escuelas y que lo podríamos formular de la siguiente manera: la palabra alivia y el silencio enferma. Y cuando decimos la palabra nos referimos a la representación o elaboración simbólica, porque no es solo la palabra, también el dibujo, la puesta en escena, la escultura y, en general, las producciones estéticas que tienen una potencia terapéutica muy importante, porque permiten la elaboración simbólica de los conflictos y el sufrimiento subjetivo. Esto lo tenían muy claro los antiguos griegos que le atribuían un valor catártico a la experiencia teatral. De allí, Freud toma la palabra “Catarsis” que es el nombre que Freud le da a su primer procedimiento terapéutico. Posteriormente, fundará el psicoanálisis y denominará a la técnica analítica “La cura por la palabra” (Freud, 1924). Ahora bien, la palabra a la que nos referimos no es la del terapeuta sino la del paciente. Una implicación clave que tiene esta fórmula de “la cura por la palabra” es que de lo que se trata es de darle la palabra al paciente, vamos a decirlo de una manera más radical: darle la palabra al síntoma, y si se nos permite la expresión, darle la palabra al pathos, es decir a lo patológico. Este cambio implica un movimiento radical con consecuencias técnicas, teóricas y epistemológicas que son decisivas. Una de ellas, que podemos mencionar de paso, consiste en un desplazamiento en el lugar del saber del terapeuta al paciente, que implica admitir que en el síntoma hay una verdad cifrada, susceptible de ser develada o interpretada si se crean las condiciones para el despliegue de la palabra del paciente.
El desplazamiento en el lugar del saber y sus implicaciones políticas
Es por ello que uno de los elementos que caracteriza la técnica de grupos operativos es que el papel protagónico lo tiene la palabra del grupo, no la del coordinador. Este cambio en el rol de los participantes y del coordinador con respecto a otras técnicas grupales tradicionales, tiene también unas implicaciones teóricas, epistemológicas y también, éticas y políticas. En lo político podríamos decir que el grupo operativo interroga y subvierte la relación de poder del agente de salud mental con respecto a las comunidades con las que trabaja; en lo ético, supone un reposicionamiento del valor y la significación de los actores que entran en relación; en lo teórico, implica un reconocimiento de que la verdad que permite la resolución de los problemas de los grupos humanos no es una fórmula que pueda provenir de un agente externo sino que está en el grupo mismo como un saber que el grupo posee, pero que está en un estado latente, un saber que no se sabe o, parafraseando a Freud, algo que el grupo sabe, pero que no sabe que sabe.
En esta forma, se articula el segundo elemento que Pichon toma del Psicoanálisis de Freud y lo aplica al campo grupal: es la diferencia entre “lo manifiesto” y “lo latente” que en la teoría del sueño corresponde a la diferencia entre el recuerdo del sueño al que tiene acceso la conciencia y los pensamientos inconscientes que están en la base del sueño. Pichon toma este modelo y lo aplica al acontecer de los grupos para diferenciar una dimensión de lo explícito y una dimensión de lo implícito.
El lado oscuro del acontecer grupal
El autor aprende a mirar los grupos −todos los grupos: las parejas, las familias, las instituciones educativas, las empresas, las comunidades, incluso las sociedades− como realidades con dos dimensiones: una manifiesta o explícita que es más o menos accesible para los integrantes del grupo y otra implícita o latente que es una realidad profunda y estructurante que escapa a los análisis que hacemos del acontecer de los grupos. Incluso, el autor apela a su conocimiento del materialismo dialéctico para hacer un paralelo con los conceptos de infraestructura y superestructura (Pichon, en Zito-Lema, p. 114). Lo latente sería análogo a la infraestructura y lo manifiesto a la superestructura. Incluso la analogía iría más allá, porque la idea marxista de la alienación como falsa conciencia, es decir, como una discordancia entre la superestructura ideológica y la infraestructura material, funcionaría de una manera más o menos similar en los fenómenos individuales y grupales en los que la enajenación tendría que ver justamente con una incongruencia entre la dimensión manifiesta del acontecer grupal con sus determinaciones latentes. No será el único aspecto en el que el autor vincula su psicología social con el materialismo histórico. Por ejemplo, en su texto titulado El Proceso Grupal sostiene que el problema no radica principalmente en “los métodos de la Salud Mental, sino sobre los métodos o estrategias de cómo cambiar la estructura socioeconómica de la cual emerge un enfermo mental” (Pichon, 2001. p. 37).
Conviene resaltar que, así como después de Freud el hombre no volvió a ser el amo de su casa, después de Pichon los grupos no son los amos de su devenir ni la suma de las conciencias de sus integrantes. Cuando dos o más seres humanos se reúnen, se instituye una realidad en la que hay una dimensión de la dinámica grupal que inexorablemente escapa a sus integrantes y que puede agenciar una dirección opuesta a los supuestos fines explícitos o manifiestos de los integrantes del grupo. Es esta dimensión la que explica por qué, con tanta frecuencia, la dinámica de los grupos humanos termina llevándolos a servir a fines contrarios a aquellos para los que fueron creados, o el porqué algunas organizaciones creadas para resolver ciertos problemas sociales terminan reproduciéndolas o exacerbándolas.
Con la referencia a estos elementos que Pichon toma del Psicoanálisis, volvamos al examen de las implicaciones de ese pequeño acontecimiento ocurrido en el Hospicio de las Mercedes, que hemos llamado el mito fndacional de la psicología social de Pichon Rivière y sus grupos operativos. Podemos decir que la situación extrema de verse ante 150 enfermos sin un solo enfermero, le pone de frente a Pichon la potencia terapéutica del rol. El joven psiquiatra, ante la urgencia que se le presenta, apela la investidura que le confiere su rol en esa situación, para cambiar el rol de algunos internos. Hasta el día anterior, el lugar de ellos era el de enfermos y a partir de este gesto instituyente de Pichon, de un momento a otro, empiezan a desempeñarse, con su acompañamiento, como enfermeros.
El primer sorprendido con los efectos de este cambio de rol es el propio autor que comprueba la notable mejoría que se produce en la salud mental de ellos y el reconocimiento de que fueron los mejores enfermeros que tuvo en su vida profesional. Pichon comprueba que cambiarle el rol a un ser humano en un contexto de interacción puede tener importantes efectos terapéuticos: “estos internos mejoraban ostensiblemente su salud mental. Tenían una nueva adaptación dinámica a la sociedad, especialmente porque se sentían útiles” (Pichon, en Zito-Lema, 1993. p. 73).
Detengámonos un momento en el análisis de esta operación simbólica. Lo primero que debemos decir es que no es algo que pueda hacer cualquier actor social. Esto solamente lo pueden hacer actores sociales que, por su investidura simbólica en su respectivo contexto, están en la posición de “definir situaciones”, es decir de crear, recrear o transformar juegos de roles, es decir, las reglas del juego que definen las atribuciones y limitaciones de los actores sociales que interactúan en dicho contexto. Pichon no tenía esta investidura en lo que se refería a la dinámica del hospicio en su conjunto (la prueba es que le retiran los enfermeros sin consultarle) pero sí la tenía en su pabellón en el que había 150 enfermos a su cargo. Imaginemos lo que significa el psiquiatra director del pabellón para los enfermos, es la autoridad máxima de cuyas decisiones dependen muchas cosas, incluso sus vidas.
Una segunda consideración sobre esta operación simbólica es que un cambio de rol como este, en un contexto de interacción como el mencionado, lleva consigo un cambio en las interacciones con los otros. Ciertamente no es lo mismo relacionarse con otro enfermo en el rol de enfermo que hacerlo en el rol de enfermero. Dicho de una manera radical: el cambio en el rol implica un cambio de su “ser ahí”, de su “subjetividad situada” en ese contexto.
Ese cambio en el ser implica un proceso de resignificación de la imagen que el sujeto tiene de sí mismo. No es lo mismo verse como enfermo que como enfermero. Esa resignificación de la autoimagen, cuando se sostiene en el tiempo, reestructura los procesos de autointeracción –el self− que constituye la subjetividad en su conjunto. En una palabra, implica una transformación subjetiva que puede ser profunda y duradera.
Otro ejemplo sencillo de una operación simbólica como estas lo podemos ver en la pedagogía. Algunas maestras sabias, cuando encuentran que un niño está en un plan de sabotear su trabajo y la tarea del grupo, le asignan el rol de velar porque los demás estudiantes no saboteen la tarea educativa. Este cambio de rol produce un cambio en el comportamiento del niño que, si se sostiene en el tiempo, puede ocasionar importantes transformaciones subjetivas. Se trata de un cambio en su “ser ahí”, de su “subjetividad situada”.
Dos aportes del Interaccionismo Simbólico
El primer concepto del interaccionismo simbólico que ayuda a comprender lo que ocurrió en el hospicio es lo que se conoce en la historia del interaccionismo simbólico como el Teorema de Thomas. Este es un aforismo breve y contundente formulado por William Thomas, uno de los padres de esta perspectiva de la Psicología Social que, en un texto publicado en 1923, titulado La Infancia en América, propone: “If men define situations as real they are real in their consequences”, que, en español, diría “Si los seres humanos definen situaciones como reales, ellas son reales en sus consecuencias” (Thomas, 1923, p. 211).
El Theorema de Thomas
Quizás el mejor ejemplo para ilustrar este Teorema sea el relato que Claude Levi Strauss presenta en el capítulo titulado “El hechicero y su magia” de su texto “Antropología Estructural” (1995, p. 195). En este texto el autor relata la historia de un parto en la Comunidad de los Indígenas Cunas que habitan en la frontera entre Colombia y Panamá. Un grupo de antropólogos franceses que se encontraba haciendo un estudio etnográfico, entre los que había médicos, presenciaron una situación en la que una mujer de la comunidad indígena estaba en el proceso de un parto de alto riesgo, porque el bebé venía en una posición podálica, es decir, en una posición inversa a la normal. Ante esta circunstancia la comunidad indígena llama al Chaman, quien realiza un ritual en el que entona un cántico que habla de una travesía, en medio del cual el bebé se va dando la vuelta hasta que se voltea totalmente y se da felizmente el nacimiento.
En este caso, la comunidad de los indígenas Cunas, definen una situación en la que establecen un rol que es el del chamán, que está investido de poderes especiales que explican la eficacia del ritual y, así como el chamán tiene el poder para ayudar a una mujer en un proceso de parto, puede también, por ejemplo, proferir un maleficio hacia un integrante de la comunidad que haya violado de manera grave la ley del clan, producto del cual este fallece al cabo de unos días.
Los antropólogos dicen que nuestras sociedades occidentales modernas no son muy diferentes a las comunidades indígenas y que nosotros, así como ellos, definimos situaciones como reales que son reales en sus consecuencias. La eficacia de los médicos, los psicólogos, los psiquiatras y los psicoanalistas debe mucho a la eficacia del ritual, o la eficacia simbólica. Levi Strauss dice que los trabajadores de la salud mental somos los chamanes de las sociedades modernas.
Lo que dice William Thomas en su Teorema es que los seres humanos no nos relacionamos con el mundo de manera directa como lo hace el resto de los mamíferos. Los seres humanos habitamos “situaciones definidas”, en otras palabras universos simbólicos. No es otra cosa lo que nos dicen Peter Berger y Thomas Luckmann cuando proponen que nuestra realidad es una construcción social definida lingüísticamente (Berger y Luckmann, 2001). Según los autores, los juegos de roles en los que definimos nuestro ser y nuestra situación en el mundo, están estructurados como juegos de lenguaje.
La teoría del Rol
La segunda herramienta que Pichon toma del Interaccionismo simbólico es el concepto de “rol” y la articulación compuesta “juego de roles” en torno a las cuales George Mead, que es considerado el padre del Interaccionismo Simbólico, construye una teoría del proceso de socialización. Mead dice que la diferencia fundamental entre los animales mamíferos y los seres humanos está en el juego. Según el autor, los animales no juegan en el mismo sentido que lo hacemos nosotros. Un tigre, por ejemplo, “juguetea” con sus cachorros, dos gatos juguetean entre sí, o incluso un perro con un gato. Lo importante es que los animales en el jugueteo no dejan de ser lo que son: tigres, perros, gatos, etc.
En los humanos, en cambio, desde la más temprana infancia, el juego tiene la condición de un juego de roles, el juego en el sentido humano es jugar a ser otro, como las niñas que juegan a no ser niñas sino a ser otra cosa: a la maestra enseña a sus alumnas, a la madre que cuida a sus hijos, o el chico que juega a que es el policía que persigue al ladrón. Mead diferencia dos fases en el desarrollo psicosocial humano, aprovechando dos palabras que tiene el idioma ingles para designar el juego. El autor dice que la primera fase del desarrollo infantil es la fase del “Play”. En esta fase, el niño empieza a jugar de una manera más o menos autónoma con algunos roles que ha ido interiorizando. Incluso, esto puede hacerlo sin ayuda de otros, alternando él mismo los roles, como jugar a que es a la vez la madre que cuida a su pequeña y la niña que es cuidada, o el tendero que vende y el cliente que compra. En esta primera fase, que va más o menos hasta los dos años, el niño todavía no ha interiorizado lo que el autor llama el Otro organizado de su comunidad (Mead, 1999, p.189) y todavía no está preparado para los juegos que tienen un reglamento como ocurre con algunos deportes.
La segunda fase del desarrollo el autor la llama la fase del “Game” o del juego organizado. La segunda fase en el proceso de estructuración de la subjetividad es fundamental para la interiorización del Otro organizado de la comunidad y posteriormente del Otro generalizado de la cultura. El juego de conjunto, el game, es una ocasión especialmente propicia para ello, pues tiene la estructura básica de la organización social, define unos papeles y una relación entre ellos; tanto en lo que se refiere a la relación de los individuos con el grupo, como en la relación entre el grupo y el conjunto simbólico en el que funciona.
George Mead advierte que el otro organizado no son los integrantes del grupo sino sus reglas y lo que define esta fase del proceso de socialización en el que los niños se vinculan y desvinculan de diversos grupos, es la pasión por jugar a ser y a dejar de ser, jugar a ser otro en las interacciones simbólicas:
Los niños dedican un gran interés a las reglas. Las improvisan en el acto, a fin de ayudarse a salvar dificultades. Parte del placer del juego reside en establecer esas reglas. Ahora bien, las reglas son la serie de reacciones que provoca una actitud esencial. Uno puede exigir una determinada reacción a otros, si adopta cierta actitud (Mead, 1999, p. 43)
Esta perspectiva del desarrollo psicosocial humano permite intentar una definición del niño, y del ser humano en general, como un homo ludens, “un ser que juega”: juegos de roles organizados como juegos de lenguaje. Pichon, luego, situará la incapacidad de jugar o de cambiar de juego como un indicador de patología en el campo grupal e individual. El autor llama “Estereotipia” a la dificultad que muestran los grupos y las personas para abandonar un determinado rol o un determinado juego de roles para pasar a otro.
Esto ocurre justamente porque la particularidad humana es que no tenemos un “ser” o, dicho de otro modo, carecemos de una respuesta única a la pregunta por el “ser”, nos hacemos cada vez a un “ser” desempeñando un rol diferente en los juegos de interacciones en los que interactuamos cotidianamente. Por ello, nuestra humanidad depende de nuestra capacidad de jugar, que no es otra que la disposición para dejar de “ser” algo en un contexto de interacción para “ser” otra cosa en otro contexto. Se trata de algo tan cotidiano como dejar de ser el padre y el esposo en el momento de salir de casa en la mañana, para ser el ciudadano que comparte la calle con los otros, luego, el profesional que interactúa con sus pares y sus pacientes en el trabajo, más tarde, el estudiante que hace un postgrado en la noche.
El concepto de rol se convierte en una categoría central de la psicología de Pichon que luego articula con otras categorías para construir conceptos compuestos como “adjudicación de roles” y “asunción de roles”, “rol implícito” y “rol explícito”… porque se trata de un concepto psicosocial por excelencia, en la medida en que todo rol tiene una dimensión social que remite a lo que se comparte con otras personas que desempeñan el mismo rol y una subjetiva que remite a lo particular, es la marca propia que cada ser humano hace en el ejercicio de su rol. Todos los sujetos que desempeñan un rol en un contexto determinado tienen mucho en común: un policía, una madre, un maestro, una prostituta, un delincuente, un sacerdote… Esta es la dimensión social del rol. Pero también podemos decir que no hay una madre igual a otra, ni un policía, ni un maestro, iguales a otros. Esta es la dimensión particular del rol en la que cada actor social le imprime su propio sello.
El objeto de la Psicología Social y su concepción del sujeto
En torno a estas dos nociones del Interaccionismo Simbólico, el “rol” y la “definición de la situación”, Pichon Rivière construye la definición del objeto de su “Psicología social”. El autor propone que la psicología social estudia “el ser humano en situación”. Lo cual podemos entender con William Thomas como una “situación definida como real” o con George Mead como el desempeño de un rol en un contexto socio-simbólico. Cuando Pichon dice que la psicología social estudia al ser humano “en situación”, está diciendo que la psicología social no se ocupa del ser humano de manera individual −de este se ocupa la psicología−, ni de los grupos o sociedades como objetos colectivos −de esto se ocupa la sociología−. Lo que el autor propone es que la Psicología Social estudia el ser humano en interacción, desempeñando un rol, por ejemplo, maestro, agente de bolsa, guerrillero, obispo, pero también, desempleado, migrante, madre cabeza de familia, adolescente embarazada. Estos son objetos propios de la psicología social. Podríamos agregar que el Grupo Operativo, como dispositivo de intervención, actúa con seres humanos en situación, es decir, en el desempeño de un rol, realizando una tarea, en procesos de interacción con otros, como subjetividades situadas. Esta es una especificidad de esta técnica, que el agente de salud mental no sustrae a los actores sociales de su contexto situacional, sino que interactúa con ellos allí mismo. Esto es válido también para los Grupos Operativos de formación de Psicólogos Sociales, en los que la vivencia y el aprendizaje de la técnica se realizan en su contexto de formación, asociados a tareas específicas de dicho proceso.
La concepción de la subjetividad que se desprende de esta particular perspectiva de la psicología social podría resumirse en un aforismo de George Mead que dice “La persona, en cuanto puede ser un objeto para sí, es una estructura social y surge en la experiencia social” (Mead, 1999, p. 181).
Dos aportes del Materialismo Histórico
Esta perspectiva de la psicología social nos propone pensar la subjetividad como una sociedad interiorizada, es decir como una dinámica de autointeracciones en el interior de cada persona en la que están presentes las estructuras sociales en las que se desarrolla y los agentes que las representan: explotadores y explotados, victimarios y víctimas, amos y siervos, lo cual implica que todo sujeto es ante todo un ser situado histórica y culturalmente y que en sus procesos de construcción con otros de su propia realidad no puede eludir su condición ética y política. Esto incluye también a los enfermos mentales. Veamos lo que nos dice Pichon al respecto:
El enfermo mental, entonces, es el símbolo y depositario del aquí y ahora de su estructura social. Curarlo es transformarlo o adjudicarle un nuevo rol, el de “agente del cambio social”. Así estamos en plena militancia, todo el mundo está comprometido a través de una ideología con revestimientos científicos (Pichon, 2001, p.10)
Se trata de una psicología social en la que la definición del sujeto y la praxis parten de una interrogación radical de la relación de la subjetividad con la política. Y cabe aquí retomar la historia del nacimiento del grupo operativo y de esta perspectiva de la psicología social. En el mismo contexto de la crisis que desencadenó el retiro de los enfermeros, Pichon descubrió la aplicación del grupo operativo con familias de pacientes psicóticos, como apoyo al trabajo terapéutico:
Al poco tiempo entonces, una semana o un poco más, dentro del Servicio se había extendido una actitud social de unos a otros, se organizaban salidas, altas (especie de prueba), la inclusión dentro del tratamiento de los grupos familiares, que completaron nuestra concepción social de la enfermedad mental, ya que a través de los grupos familiares detectábamos los factores que determinaban la enfermedad, el diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento. La profilaxis podía ser dada en otros miembros de la familia (Pichon, 2001, p. 121).
Para el paradigma de la psiquiatría de mediados de siglo XX en Argentina, Pichon era un profesional totalmente atípico que, en más de un sentido, representaba una amenaza para la institución. La decisión de llevar la práctica de la psiquiatría por fuera de los muros del hospicio, fue solamente un símbolo de lo que llegaría a ser después un movimiento con importantes alcances teóricos, prácticos y políticos.
En las visitas domiciliarias a las familias de los pacientes, que el autor realizaba con sus estudiantes, encontró que suscitar un encuentro con el grupo familiar de los enfermos en el que su rol como profesional no fuera emitir diagnósticos, diligenciar cuestionarios estructurados y emitir instrucciones, sino permitir que la palabra de los integrantes del grupo familiar se desplegara en sus interacciones cotidianas, era un espacio especialmente potente para comprender la enfermedad. Allí, Pichon descubre la potencia patológica del rol y también que la enfermedad mental puede ser un rol en sí misma.
Escuchando las familias de sus pacientes, el autor comprobaba que en este discurso colectivo se encuentran claves para entender el delirio de los psicóticos que tenía en su pabellón y que de otra manera no era posible comprender. Al cabo de varios años de escuchar a las familias de sus pacientes hace la siguiente afirmación: “El enfermo mental es el portavoz de la ansiedad y los conflictos del grupo inmediato, es decir, del grupo familiar” (Pichon, 2001, p.37). Este es un primer paso para construir una perspectiva de estudio y de intervención sobre el origen social de la enfermedad mental, que no desconoce la dimensión política y de denuncia del papel social de la praxis psiquiátrica:
El paciente, si uno lo analiza detenidamente, está denunciando, es el “alcahuete” de la subestructura de la cual él se ha hecho cargo y que trae como consecuencia el empleo de técnicas de marginalidad o segregación (internación en hospital psiquiátrico) donde en un interjuego implícito, pero por supuesto no explícito, el psiquiatra asume el rol de resistencia al cambio, es decir de la cronicidad del paciente. Él está inexorablemente comprometido en la situación y de esa manera es leal a su clase social (Pichon, 2001, p. 38).
Pichon descubre, entonces, que es lícito interrogarse por el papel que juegan las dinámicas latentes o implícitas de las familias de los enfermos mentales en el origen y el desarrollo de su enfermedad. Es decir que los profesionales de la salud mental debemos indagar cuál es el rol que define la situación de este integrante y en qué medida la enfermedad mental está vinculada con el mismo:
En la familia, el enfermo es, fundamentalmente, el portavoz de las ansiedades del grupo. Como integrante desempeña un rol específico: es el depositario de las tensiones y conflictos grupales. Se hace cargo de los aspectos patológicos de la situación, en ese proceso interaccional de adjudicación y asunción de roles, que compromete tanto al sujeto depositario como a los depositantes. (Pichon, 2001, p. 70).
En los grupos operativos con las familias de pacientes psicóticos, el autor lee estas dos dimensiones del acontecer grupal que había formulado, inspirado en la teoría de los sueños de Freud: lo manifiesto y lo latente, lo explícito y lo implícito. Y, a partir de esta lectura, descubre la potencia patológica del rol y también que la enfermedad puede ser un rol en sí misma.
Hacia una psicología social de la vida cotidiana
Estas consideraciones son el punto de partida para teorizar sobre lo que podemos llamar la psicología social de la vida cotidiana, puesto que los efectos de esta dimensión latente de la vida familiar no opera solamente en los casos extremos en los que uno de los integrantes de la familia desarrolla una enfermedad mental grave o se suicida, sino que podemos observarlo en diferentes dinámicas que producen diferentes expresiones.
Algunas de ellas son las familias en las que todos sus integrantes son virtuosos y hay uno de los integrantes de la familia que asume el rol del “vicioso” de la familia. Desde el punto de vista de esta Psicología Social, es necesario interrogar la relación de lo uno con lo otro, esto vale también para el cuadro de la familia de la madre santa y el padre demoníaco. Los síntomas en las familias también pueden manifestarse en la relación entre dos hermanos en la que uno de ellos es el exitoso y el otro el fracasado, o en la división de roles que se distribuye de acuerdo con los sexos: las hijas mujeres son laboriosas y escrupulosamente apegadas a las normas y los hombres transgresores y poco amantes del trabajo o, al contrario, los varones son sujetos afirmados en todos los campos: el trabajo, la familia, sus actividades sociales y académicas, mientras que las mujeres no logran afianzarse en ninguno de estos campos.
En el ámbito organizacional, también suelen encontrarse síntomas de esta clase, en los que una persona, un pequeño grupo o una unidad de la institución se hacen cargo del síntoma de la organización en su conjunto. Los individuos a los que el grupo les adjudica estos roles terminan marginados y son asumidos por los líderes del grupo como una amenaza interna. Con frecuencia, después de que estas personas se van del grupo o son expulsadas, otro u otros integrantes asumen su rol y se repite un ciclo con características similares. En algunas empresas puede ser un departamento entero el que tome el síntoma de la organización, lo cual se puede manifestar en una alta rotación del personal, frecuentes licencias por enfermedad de sus integrantes, alta conflictividad, etc. Siempre un enfoque psicosocial permite interrogar la relación de esa unidad con el resto de la organización.
Algunos fenómenos sociales y las explicaciones que se dan de ellos, pueden ser leídos también a la luz de esta visión según la cual las enfermedades y los síntomas que surgen en las personas o en pequeños grupos pueden ser comprendidos de una mejor manera como expresión de las tensiones y las contradicciones de sus respectivos grupos sociales.
Los grupos sociales tienden a adjudicar a los grupos minoritarios la causa de sus males. Esto proporciona un cierto alivio de la ansiedad que implica al conjunto social interrogarse por la responsabilidad de todos en las infamias y las tragedias del conjunto. Con ello, el colectivo social puede sostener la ilusión de que sus integrantes son buenos y que si la sociedad no marcha como debiera es porque hay algunos pocos que lo impiden. Según cual sea el problema, la responsabilidad de los males de la sociedad se descarga en los extranjeros, los delincuentes, los drogadictos, las prostitutas… en general en las minorías: sexuales, políticas, ideológicas, estéticas… En el campo político este tipo de discursos suelen servir para producir una fuerte cohesión en una masa dirigiendo la hostilidad de sus integrantes hacia un pequeño sector social al que se le adjudica la responsabilidad de todo lo indeseable. Cada tanto, en varios contextos sociales, aparecen grupos ilegales que realizan campañas mal llamadas de “limpieza social”, que pretenden que, con la eliminación de los actores sociales que encarnan un síntoma, este desaparece.
Esta particular perspectiva de la psicología social acuña el concepto de “chivo emisario” (Pichon, 2001, p. 71), que se puede aplicar en cualquier campo de la interacción y que sirve para pensar estas dinámicas. Este concepto apela a la metáfora del chivo que los hebreos antiguos sacrificaban en un ritual colectivo para congraciarse con su Dios y expiar las culpas de toda la comunidad.
Otra dimensión de la vida cotidiana que esta perspectiva de la psicología social ayuda a iluminar tiene que ver con los efectos patológicos de ciertos roles. Es muy frecuente que en ciertas empresas se presenten problemas en los empleados que desempeñan un determinado rol y que están asociadas al ejercicio del rol mismo. Un ejemplo es la alta incidencia de violencia intrafamiliar y suicidios en personal de organismos de seguridad del estado y la alta incidencia del fenómeno del Burnout y cierto tipo de enfermedades mentales en el personal del magisterio en un país como Colombia. Los aportes que esta perspectiva puede hacer al análisis de la prevención y la intervención de los riesgos psicosociales son cruciales.
La técnica de los Grupos Operativos
Uno de los sellos del Esquema Conceptual Referencial y Operativo −ECRO−, que es la sigla con la que Pichon denomina su Psicología Social, es la preocupación que tuvo desde su nacimiento por la operatividad, es decir por la transformación de la realidad social. Se trata de un caso especial en la historia de las Ciencias Sociales en el que un dispositivo teórico nace y se desarrolla en un proceso de interlocución con metodología de intervención.
Un rasgo que diferencia al grupo operativo de otras dinámicas grupales tiene que ver con el lugar del agente de salud mental que hace las veces de coordinador. No se trata de un psicoanálisis en grupo o de grupo. El Coordinador de un grupo operativo no se parece a un psicoanalista en lo que hace, pero si se parece en lo que no hace, −o lo que se espera que no haga−, y este puede ser un buen principio para mostrar algunas de sus características: no gobierna, no educa y no ocupa el lugar del ideal de los integrantes del grupo, en otras palabras no es un líder en el sentido tradicional de esta palabra.
El Coordinador de un grupo operativo no educa como lo hace un profesor. Por ello, en los procesos de formación de Psicólogos Sociales, cuando un profesor cambia su rol de docente a coordinador de grupo, a muchos estudiantes les resulta extraño e incómodo el nuevo contexto de interacción en el que el profesor no está en el lugar del saber, en el cual habla y responde y el estudiante en el lugar del no saber, en el cual escucha y pregunta. En todos los grupos operativos, incluidos los de formación de psicólogos sociales, el lugar del saber y el protagonismo de la palabra está del lado de los participantes y el rol del coordinador es de escucha activa. Los conocedores de la Pedagogía de Paulo Freire encontrarán una semejanza de esta metodología de intervención psicosocial con la Pedagogía Crítica.
El Coordinador de un grupo operativo no gobierna ni administra, como un amo capitalista, en función de la eficiencia y el rendimiento, no es quien define la tarea que debe realizar el grupo, tampoco la manera en que se deben organizar los integrantes para realizarla, con su distribución de funciones y tareas. Un grupo operativo tampoco trata de colocarse en el lugar del ideal de los integrantes del grupo como lo hace un líder religioso o político, que invita a la masa a que lo imite y lo siga en su “causa”.
El rol del coordinador es acompañar el grupo facilitando la comunicación entre sus integrantes y ayudándoles a leer esa dinámica permanente entre la dimensión implícita y la explícita del grupo, a observar los roles explícitos e implícitos que van apareciendo y las lógicas de las interacciones entre sus integrantes. Lo que diferencia el rol del coordinador de otras modalidades de coordinación de grupos es que no lo hace desde el lugar del maestro, del gobernante, del administrador, ni del líder. Sobre este tema hay abundante literatura entre la cual hay un texto de acceso libre en la web es “Psicología Social y Psicoanálisis: Pichon con Lacan” (Carmona, Bernal y Mejía, 2003). Aquí, nos limitaremos a mencionar lo que les ocurre a los integrantes de un grupo operativo o lo que se espera que les ocurra.
Los grupos operativos se definen como grupos centrados en una tarea, que puede tener características muy diversas: puede ser un grupo comunitario que quiere construir una obra física, gestionar ante la administración pública recursos o decisiones, o puede ser una comunidad de profesionales que quieren organizar una asociación o un equipo de una empresa con una tarea especial, o un grupo académico que se propone desarrollar un proyecto de formación, intervención o investigación. Hasta aquí, no hay diferencias con otros grupos tradicionales. La diferencia estriba en que el grupo operativo permite al grupo mantener una observación crítica de las interacciones, los roles, las lógicas de poder y los síntomas del acontecer grupal, gracias a la observación y el análisis de los vínculos entre las dos dimensiones de la tarea: la manifiesta y la latente. La posibilidad de analizar la tarea latente del acontecer grupal es el elemento diferenciador que la técnica del grupo operativo le ofrece a sus integrantes.
Si un grupo operativo se desarrolla correctamente, además de la realización de la tarea manifiesta en torno a la cual se constituye el grupo, contribuirá a que sus integrantes puedan vivenciar, analizar e intervenir las diferentes dinámicas de la tarea latente, en la cual están los amores, las seducciones, las alianzas, y también los odios, las rivalidades, las divisiones propias de todos los grupos humanos. Un elemento central en este análisis de la dimensión latente de la vida grupal tiene que ver con la micropolítica, es decir con las formas de poder no explícito que circulan en todos los grupos humanos y que en ocasiones entran en contradicción, erosionan o se imponen a la estructura de la autoridad explícita.
Sobre algunos síntomas de los grupos
Vamos a mencionar cinco síntomas de los vínculos más o menos universales que todo coordinador de grupo operativo debe saber detectar oportunamente y ayudarle al grupo en su observación, análisis e intervención, para evitar que se convierta en un obstáculo del quehacer grupal. Estos cinco síntomas podemos situarlos también en las parejas, las familias, las instituciones, las comunidades y aún en los grupos sociales.
El primero ya lo mencionamos, es “la estereotipia”, que puede encarnarse en alguno de los integrantes y puede también implicar la dinámica del grupo en su conjunto. Se manifiesta en la dificultad para flexibilizar el ejercicio de un rol, o para abandonarlo y asumir otro. La estereotipia también se manifiesta en la dificultad para alternar liderazgos o estilos de liderazgo en los grupos cuando las circunstancias lo requieren. En la pareja este síntoma es notorio en los enamorados que a lo largo de décadas cumplen con los mismos rituales, van a los mismos lugares y su relación no se mueve en ninguna dirección, incluso cuando alguien los deja de ver durante varios años y vuelve a verlos los encuentra idénticos. El problema en estos casos tiene que ver con el empobrecimiento que ocasiona la rigidez. También hay familias en las que los rituales se congelan más allá de lo que implica guardar ciertas tradiciones y en las que los integrantes de las generaciones mayores se niegan a ir cediéndole roles de responsabilidad y autoridad a las nuevas generaciones. Hay instituciones en las que la estereotipia hace parte de su identidad, sobre todo las religiosas y las militares, pero aún en estas mismas instituciones hay fiestas y eventos en los que la rigidez de los roles debe ceder para mantener unos mínimos de salud mental colectiva. Lo alarmante es encontrar en otros campos como el académico y el artístico, que son espacios donde la libertad y la flexibilidad son fundamentales, lógicas vinculares semejantes a las de los conventos y los regimientos. También hay sectores sociales y grupos humanos en los que se encuentra lo que podríamos llamar un fanatismo del rol, donde los actores sociales interpretan sus roles de una manera exacerbada: los militares son fanáticos de la milicia, las madres de la maternidad, los religiosos de su religión, los mafiosos de sus actividades ilegales. Son sociedades que presentan una dimensión caricaturesca por la rigidez y la exageración de los rasgos de los actores que desempeñan los diferentes roles.
Un segundo síntoma que menciona el autor son las “Oposiciones Dilemáticas”. Así como el anterior podría decirse que es un fenómeno universal de los grupos que, en ciertos contextos, puede tener expresiones naturalizadas socialmente, incluso funcionales, pero que cuando se exacerba y adquiere una dimensión sintomática puede llegar a ser devastador. Se presenta en los grupos humanos en los que dos subgrupos idénticos respecto a la tarea que realizan, los fines que persiguen, entran en una lógica de competencia hostil que puede derivar en un antagonismo destructivo. Los ejemplos también podemos encontrarlos en las parejas y las familias, cuando se dividen en bandos enemigos; en las empresas, también suelen encontrarse grupos que pasan de la sana competencia a la rivalidad destructiva; en las instituciones académicas, este síntoma suele acompañarse de la adhesión fanática al pensamiento de un autor en nombre del cual se combate a los seguidores de otro autor que trabaja en la misma disciplina, incluso dentro del mismo enfoque. En el campo social puede tomar diferentes formas en las fronteras invisibles y las guerras de bandas en las zonas marginadas de las ciudades, hasta los radicalismos políticos que pueden llegar a paralizar la gestión pública de un país.
Un tercer síntoma es “la clausura”. Este, en muchos casos, coexiste con la estereotipia, pero en otros casos ambos síntomas se presentan independientemente el uno del otro. Como lo indica el término, tiene que ver con el cierre de un grupo en sí mismo, que puede ser físico como ocurre con las llamadas instituciones totales: las cárceles, los hospitales mentales y los conventos. Para efectos de lo que nos interesa, son más importantes las clausuras simbólicas, es decir los vínculos y los grupos que, por así decirlo, se encierran en un universo simbólico que pretende mantenerse al margen de las influencias de otros. En la experiencia cotidiana, hay parejas y familias muy refractarias a intercambiar con otras, cuya vida social se reduce a mínimos extremos. En las empresas y las instituciones académicas, hay pequeños grupos que tienden a crear círculos cerrados, que reducen sus interacciones con los otros a lo indispensable, lo cual origina fenómenos de empobrecimiento y tensiones hostiles que pueden convertirse en un verdadero síntoma vincular.
Un cuarto síntoma al que también aludimos más arriba es la generación los “chivos emisarios”. Podríamos decir que una condición para la emergencia de este síntoma vincular es que la parte dominante del vínculo o el grupo requiere atribuir a otro o a otros lo indeseable que no soporta de sí misma. Hay parejas en las que un hombre machista, para afirmarse en su idea distorsionada de la masculinidad requiere situarse en el lugar de la certeza y el éxito, puede llegar a imponer a su pareja como condición implícita del vínculo que haga el semblante de mantenerse en el lugar de la inseguridad y el error, son cuadros muy caricaturescos de nuestro machismo latinoamericano. En el campo de lo familiar, existen diferentes términos, desde lo coloquial hasta lo académico, para denominar a los hijos que desempeñan este rol implícito: “la oveja negra”, “el pollo pelón”, “el hijo calavera”… En estos casos, no hay que perder de vista que este rol lo pude ocupar también el padre o la madre. Como ya dijimos, en el mundo organizacional y académico los chivos emisarios pueden ser un pequeño grupo que es visto por la alta dirección y la mayoría hegemónica como la mancha de la organización o la explicación de las cosas que no marchan. En el campo social, los extranjeros, las minorías étnicas, sexuales, políticas y estéticas, suelen ser grupos sociales a los que los sectores sociales dominantes y las mayorías hegemónicas les adjudican el rol implícito de chivos emisarios.
El quinto síntoma, es abordado por muchas otras perspectivas del análisis de los grupos y las organizaciones, se refiere a la “resistencia al cambio”, y podríamos decir que es la otra cara de la estereotipia. En general lo que se oculta detrás de la resistencia es la ansiedad. Un cambio importante en un vínculo o un grupo, puede ser experimentado por la otra persona o el grupo en su conjunto como una amenaza de pérdida o como un ataque.
Hacia una definición de la salud mental en el campo de los vínculos y los grupos
Para concluir estas reflexiones quisiera aportar una aproximación a lo que sería una definición de la salud mental respecto a los vínculos y los grupos, según esta particular perspectiva de la Psicología Social. Quizás, sea necesario mencionar antes un principio que se inspira en las fuentes teóricas y epistemológicas del Psicoanálisis, el Materialismo Histórico y el Interaccionismo Simbólico en los que se fundamenta. Este principio advierte que el conflicto es inherente y constitutivo de la realidad humana en todos sus ámbitos: lo individual, la pareja, la familia, la comunidad, las organizaciones, las sociedades. En lo subjetivo y en lo psicosocial, podría decirse que no hay personas, parejas y grupos plenamente armónicos en los que no haya presencia de alguna forma del pathos, es decir de lo patológico. Entonces, la diferencia entre unos vínculos y otros o entre diferentes grupos no es que en algunos esté presente el pathos y en otros no lo esté. La diferencia es cómo se las arregla cada vínculo y cada grupo con su coeficiente de patología.
Un indicador de salud mental relativo a los vínculos y los grupos es la capacidad del vínculo o del grupo para democratizar el pathos, que podemos entenderlo como el coeficiente de conflicto o de enfermedad, usando la expresión en su acepción más amplia. Se trata de una definición un poco paradójica porque se define la salud en función de la distribución de la enfermedad. Así, los vínculos o los grupos más patológicos serían aquellos que atribuyen lo indeseable a uno de sus integrantes o a una minoría en el conjunto y los más saludables serían quienes se las arreglan para que lo patológico se distribuya y circule, para que todos los integrantes del grupo se hagan cargo de una u otra manera de esta dimensión del acontecer grupal. Así, una pareja o una familia saludable, desde el punto de vista vincular, es aquella en la que no se dividen entre cuerdos y locos; madres santas y padres satanizados, ni hijos modelos de virtud y otros perdidos en el vicio; en otras palabras, en los que las madres no son tan santas ni tan virtuosas, los exitosos no aciertan en todo; un grupo en el que todos se afirman de diferentes maneras, pero también tienen sus fragilidades, sus zonas grises y sus costados vulnerables.
En las organizaciones y las sociedades, el indicativo más claro de lo que podríamos reconocer como una dinámica vincular o colectiva patológica es la tendencia a la estigmatización, exclusión y ejercicio de las formas de violencia física y simbólica contra las minorías y los vínculos colectivos saludables estarían del lado de la capacidad que tiene una organización o un grupo para respetar, valorar e integrar lo diverso, como una oportunidad de enriquecimiento del grupo. Acaso no sea gratuito que la regla de oro de los grupos operativos sea “a una mayor heterogeneidad de los integrantes y mayor homogeneidad de la tarea, mayor productividad grupal (…) el concepto de productividad grupal apunta a la capacidad de innovación, creatividad y aprendizaje de la que es capaz un grupo” (Adamson, 2104. p.83).
A manera de discusión
La posibilidad del diálogo del Psicoanálisis, el Interaccionismo Simbólico y el Materialismo Histórico en la Psicología Social de Enrique Pichón se debe a que estos tres constructos teóricos comparten una perspectiva epistemológica común que deriva del Materialismo Dialéctico, según la cual, el conflicto no es un accidente o una contingencia del devenir social o individual, sino un elemento consustancial e instituyente de las diferentes esferas de la condición humana y aún de la naturaleza.
De esta perspectiva epistemológica común, deriva una coincidencia ontológica fundamental en lo que se refiere a la condición humana. Efectivamente, para la Psicología Social de Pichon, como para el Psicoanálisis, el Interaccionismo Simbólico y el Materialismo Histórico, la condición humana no se entiende como un producto determinado por factores biológicos, sociológicos, económicos o culturales. Es decir, las cuatro perspectivas toman una posición radicalmente crítica frente a los abordajes deterministas que muestran el devenir social e individual del ser humano a partir de explicaciones monocausales o multicausales, que lo abordan como producto de la acción conjugada de variables, es decir como un objeto determinado de manera semejante a los fenómenos físicos y químicos en la perspectiva explicativa naturalista de los enfoques positivistas empírico-analíticos en las Ciencias Sociales. Además, las cuatro perspectivas hacen una crítica radical a los abordajes indeterministas ingenuos, que sitúan al ser humano, ya no como determinado, sino como determinante su realidad social, sus interacciones y su propio devenir.
La perspectiva dialéctica permite a estas perspectivas mencionadas ir más allá de la dicotomía entre lo determinado y determinante y aborda la condición humana como emergente de las interacciones. En virtud de ello, permite entender al ser humano, gracias a su condición de ser de lenguaje, como productor y producto, transformador y transformado, creador y creado, en los universos simbólicos que construye y habita. Podríamos decir que estas coordenadas epistemológicas y teóricas crean la condición de posibilidad para comprender una noción clave de las ciencias sociales como es el agenciamiento que remite a las posibilidades humanas de forjar, transformar e incluso crear de su propia realidad.
Estas implicaciones epistemológicas, ontológicas y teóricas tienen consecuencias prácticas, éticas y políticas. Mencionemos solamente un ejemplo de cada uno de estos discursos: la decisión del Psicoanálisis en su praxis de darle la palabra al síntoma, de destituir al yo de su lugar de pretendido amo y a la vez impugnar el supuesto saber del terapeuta; la opción del materialismo histórico por denunciar los mecanismos de enajenación de la conciencia y derivar de ello propuestas de transformación social; la decisión radical del interaccionismo simbólico de construir una perspectiva de investigación en las ciencias sociales que estudia los fenómenos desde la voz de los actores sociales; son tres antecedentes que sirven de fundamento a la definición del lugar del coordinador de los grupos operativos de Enrique Pichon Rivière, como un agenciamiento que abandona el lugar del amo y renuncia por principio a gobernar, educar, ocupar el lugar del ideal o liderar en el sentido de los amos tradicionales.
El camino recorrido en esta reflexión deja abierto en este punto el horizonte de posibilidad del análisis de las otras múltiples consecuencias políticas y éticas que se desprenden de esta perspectiva epistémológica, ontológica, teórica, ética y política en la que se funda la Psicología Social Latinoamericana de Enrique Pichon Rivière y que comparte con el Psicoanálisis, el Interaccionismo Simbólico y el Materialismo Histórico.
Referencias
Adamson, G. (2014). La Psicología Social de Enrique Pichón Rivière. Una Perspectiva sociopsicológica. Buenos Aires: Lugar Editorial.
Berger, P. Luckmann, T. (1968/2001). La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu.
Carmona, Bernal, y Mejía. (2004). Psicología Social y Psicoanálisis. Pichon con Lacan. Medellín: Editorial Fundación Universitaria Luis Amigó.
Freud, S. (1924). Presentación Autobiográfica. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Lévi-Strauss (1995). Antropología Estructural. Barcelona: Paidos.
Mead, G. (1934/1999). Espíritu, Persona y Sociedad. Barcelona. A y M Grafics.
Pichon, E. (2001). El Proceso Grupal. Buenos Aires. Nueva Visión.
Thomas, W. (1923). The Childhood in América. New York: Academic Press.
Zito-Lema, V (1993). Conversaciones con Enrique Pichon Rivière sobre el arte y la locura. Buenos Aires: Ediciones Cinco.