El juego familiar – una modalidad comunicacional desconfirmatoria
The family game - a disconfirmatory communication modality
Gino Cavani Grau1
Para citar este artículo
Cavani, G. (2019). El juego familiar - una modalidad comunicacional desconfirmatoria. Tempus Psicológico, 2(2), 107-144. doi: 10.30554/tempuspsi.2.2.2602.2019
Recibido: 16.04.2019 – Aceptado: 05.05.2019
Revisión de tema - ISSN - 2619-6336
Resumen
El artículo es el esfuerzo, la práctica y la respuesta desde una óptica sistémica, a través del ejercicio de la terapia familiar sistémica, a los planteamientos y teorías tradicionales, monádicas, lineales y clásicas sobre la comunicación humana y sus efectos significativos en la salud mental. El modelo interaccional de la comunicación humana y la tesis sobre el concepto de “juego familiar”, elaborado por los asociados de Milán. Destacando los trabajos de Mara Selvini y colaboradores. Y hoy las actualizaciónes de las hipótesis sobre “el juego familiar” hacen que todo terapeuta sistémico logre la comprensión y la base clínica de las dinámicas familiares, que producen y mantienen los síntomas del miembro designado por la familia. Tomando en cuenta la hipótesis del “juego familiar” como parte de las interacciones disfuncionales de la familia, el terapeuta sistémico podrá tener juicios más eficaces a través de la elaboración de hipótesis, para entender el “enmarañamiento” familiar y las pautas que cada uno de los miembros de la familia sostienen y revelan durante el ejercicio de la terapia.
Palabras clave: terapia familiar sistémica, juegos familiares, familia, comunicación familiar.
Abstract
The article is the effort, practice and response from a systemic perspective, through the exercise of systemic family therapy, to the traditional, monadic, linear and classical approaches and theories about human communication and its significant effects on mental health. The interactional model of human communication and the thesis on the concept of “family game”, elaborated by the associates of Milan and the update of this hypothesis, make that all systemic therapist achieve the understanding and the clinical basis of family dynamics, which produce and maintain the symptoms of the member designated by the family. Taking into account the “family game” hypothesis as part of the dysfunctional interactions of the family, the systemic therapist would have more effective judgments to understand the family “entanglement” and the guidelines that each of the family members sustain and reveal during the exercise of therapy.
Keyword: systemic family therapy, family games, family, family communication.
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1 Psicólogo. Magíster en Educación. Docente Universidad Ricardo Palma. Docente Universidad Garcilaso de la Vega. Docente Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Docente Universidad Federico Villareal. Docente Universidad Alas Peruanas. Orcid: 0000-0001-7455-1575 - Correo: ginocgster@gmail.com
Introducción
La enfermedad mental no existe. Los síntomas aparecen cuando una familia tiene una pasión excesiva por jugar unos juegos y uno de sus miembros pierde demasiado, no porque gane el más fuerte, sino porque alguno ha subido la apuesta a traición y hace trampa.
Giuliana Prata, en: “El arpón sistémico para juegos familiares”
El presente trabajo es un intento sintético de resaltar los aportes de Selvini en la Terapia Familiar Sistémica. Se desarrolla, en primer lugar, una breve biografía de Mara, para luego hablar sobre el juego psicótico y sus tipos: el embrollo y la instigación. Luego se hace una reseña de los estadios del juego psicótico, para, finalmente, terminar con una descripción de la intervención terapéutica, conformada por la prescripción directa, paradójica y ritualizada, la connotación positiva y la metáfora del juego. Se espera que el presente trabajo ayude a comprender los aportes de Selvini a la Terapia Familiar Sistémica y motive la realización de otros trabajos de investigación sobre la autora.
El juego familiar como modalidad comunicacional
Axiomas y patología de la comunicación humana – hacia una hermenéutica sistémica
¿Qué es la hermenéutica? En sus inicios la hermenéutica fue un procedimiento que apuntaba a la interpretación de textos; sobre todo determinados textos incomprensibles, transmitidos por la tradición del pensar, contribuyeron a la aparición y la consolidación de la hermenéutica. Desde la perspectiva de la hermenéutica filosófica de Hans-Georg Gadamer, esta función de la hermenéutica queda reducida a un caso particular, dado que, en términos más amplios, tiene la tarea universal de intentar comprender aquello que en la orientación humana nos aparece como lo incomprensible, lo foráneo y lo enigmático (Lang, 2005, p. 539).
El concepto de hermenéutica es utilizado por su abstracción, siendo el arte de explicar y de interpretar un texto. Se quiso, en este artículo, situar el concepto de hermenéutica como una forma de entender las narrativas sobre las historias y versiones de las vivencias familiares que, por su complejidad, necesitan la hermenéutica, es decir interpretarse, hipotetizarse en función de un marco universal, de un modelo. En este caso, se asientan sobre los axiomas de la comunicación humana.
El paradigma por el cual se comprende en la práctica clínica el “juego familiar” son los axiomas de la comunicación humana. En tal sentido es necesario hacer un recuento conceptual de las definiciones de los cinco axiomas de la comunicación.
La comunicación humana es compleja. Los distintos niveles en que nos comunicamos hacen que esta tenga varias formas y niveles de expresión. Incluso un mensaje podría tener varios significados y a la vez definir el tipo de relación que queremos estructurar. Todo mensaje configura una forma de relación. La forma como mensajeamos es la forma como definimos nuestra relación con el Otro.
El aporte, la investigación y el paradigma más significativo del desarrollo de los fundamentos de la epistemología sistémica son los axiomas de la comunicación humana. Watzlawick, Beavin y Jackson (1967) revelaron la teoría de la comunicación humana, los inter-juegos relacionales y la lógica recursiva y dialéctica de la comunicación. A la letra los autores dicen:
El proceso de aprendizaje en que se ve envuelto el ser humano, desde el mismo momento de su nacimiento, transcurre en un medio que trasmite información y modos de calibrar dicha información, que enseña lenguajes y reglas acerca de dichos lenguajes, que va organizando la conducta del sujeto mediante pautas regladas de interacción muy complejas, muy precisas, y totalmente fuera del nivel de percatación –salvo, tal vez, cuando tales reglas se ven violadas. (p. 13).
Conducta, comunicación y aprendizaje se funden en una visión del mundo por el sujeto. Será su historia y su versión de sus experiencias y sus vivencias. La forma como contamos historias es la forma como las vivimos en un contexto interaccional complejo, como es la familia. La comunicación es conducta pues no existe la no-conducta. El mensaje y la relación van amalgamados en una relación humana. Cuando emitimos un mensaje, estamos definiendo una relación. Veamos brevemente, los cinco axiomas de la pragmática de la comunicación humana.
La imposibilidad de no comunicar
Este axioma se deriva de una propiedad básica del comportamiento: no existe la no conducta y, por lo tanto, es imposible no comportarse; es imposible no comunicar. Moverse o quedarse quieto, hablar o permanecer callado, sonreír o mostrarse inmutable, presentarse o no a una cita, retirarse de una situación, etc., todos constituyen comportamientos. Es necesario insistir en que el comportamiento no se limita a lo que se hace, sino que incluye las verbalizaciones, posturas, gestos, etc. Además, el no hacer, no decir, no gesticular, también constituyen formas de comportamiento. Si se acepta que todo comportamiento en una situación de interacción tiene un valor comunicativo, entonces no se puede dejar de comunicar, aun cuando se intente. En una situación interpersonal todo comportamiento influye sobre los demás, les comunica algún mensaje y estos no pueden dejar de responder a tales mensajes comportándose y comunicando a su vez.
Ejemplo: un viaje en tren. La generalidad de las personas muestra una mirada perdida o fija en algún punto, o una mirada inquieta que va fijándose en un sinnúmero de puntos sin detenerse en ninguno. Además no hablan, permanecen en una postura rígida hasta que deben bajarse. Aparentemente estas personas no se están comportando o no están comunicando algo; sin embargo, su comportamiento (serios, mudos, rígidos y mirada perdida) tiene un extraordinario valor comunicativo que podría ser parafraseado como “no deseo hablar con nadie” o “no quiero que me hablen”. El efecto pragmático de esta comunicación es también extraordinario, puesto que generalmente los demás responden dejando tranquilo a su vecino.
Si estas mismas personas se encuentran en una fiesta, su comportamiento será distinto y conllevará un mensaje tipo “deseo hablar con alguien” o “quiero que me hablen”. Esto indica que en cualquier situación no sólo el comportamiento de los demás es comunicativo, sino que se dan también índices comunicativos inherentes al contexto físico y social. Estos índices también comunican y provocan efectos pragmáticos importantes en las personas. El comportamiento de éstas varía según se hallen en el tren, una fiesta, conferencia o un dormitorio, aun cuando se encuentren con la misma persona.
El comportamiento como comunicación no es un fenómeno aleatorio; está guiado por reglas. Existiría un código abstracto de reglas de la comunicación no formalizado ni plenamente consciente que se iría adquiriendo a lo largo de la vida. Estas reglas indicarían qué cosas se comunican y en qué situación. Se plantea así el problema de si la comunicación es o debería ser intencional, consciente y eficaz.
Cuando se está interesado en el intercambio de información en un nivel consciente, voluntario y deliberado, entonces la intencionalidad es un ingrediente esencial de la comunicación. Sin embargo, es necesario insistir en el hecho de que la comunicación tiene lugar, sea o no intencional. Hay situaciones en las que hay una falta absoluta de intencionalidad en la comunicación, pero desde la perspectiva del “receptor” este es afectado pragmáticamente. Ej.: una persona entra a una pieza y se pone a llorar sin saber que alguien está en la pieza contigua. Evidentemente, la primera persona no tiene intención de comunicarle algo a alguien; sin embargo, la segunda persona se verá afectada por el comportamiento de la primera, pudiendo permanecer callada, abandonar la habitación, ir a consolarla, etc. Es decir, hubo comunicación y sus consiguientes efectos pragmáticos, aun cuando no existía la intención de comunicar.
Acerca de la eficacia de la comunicación tomamos un ejemplo: ¿lo que él entendió es lo mismo que lo que quise comunicarle? ¿debo creer en lo que él me comunicó o en lo que él dice que me comunicó? Esto constituye un problema irresoluble, puesto que se basa en las interpretaciones subjetivas que los participantes en la interacción hacen de su comportamiento. Esto surge cuando se olvida que el comportamiento incluye aspectos de los cuales no nos damos cuenta y que son imposibles de controlar. Ejemplo: dilatación de la pupila, color de la piel, postura, timbre de voz, gestos, etc. Todos estos comportamientos comunican. Además, lo que comuniquemos dependerá de la interpretación (consciente o no) que el otro haga de nuestra comunicación. De esta forma, la eficacia estará determinada por el carácter sistémico de la comunicación en la cual las personas participan, y no cuando se plantea un modelo lineal en el cual un emisor podría manipular todas las variables necesarias para que el mensaje recibido sea exactamente igual al emitido.
Los niveles de contenido y relación de la comunicación
La comunicación opera siempre en diferentes niveles de abstracción. El contenido es el mensaje explícito de la comunicación. Ej.: “las llaves están sobre la mesa”. Lo denotativo alude a la ubicación de dichas llaves en todas sus ubicaciones posibles. A este aspecto de la comunicación que transmite información mediante la codificación de los fenómenos se le ha llamado el aspecto referencial o de contenido de la comunicación. (Watzlawick, 1985)
El otro nivel es el metalingüístico, que son todos aquellos mensajes implícitos o explícitos acerca de la codificación lingüística realizada al enviar el mensaje y corresponde a la semántica y sintaxis del lenguaje. Por ejemplo: el sonido verbal “llave” representa un miembro de una clase tal de “objetos”.
La metacomunicación o comunicación acerca de la comunicación incluye todos aquellos mensajes, implícitos o explícitos, acerca de la relación que se establece entre los interlocutores o hablantes al intercambiar el mensaje descrito. Por ejemplo: “el hecho de decirle dónde estaban las llaves fue amistoso”. La metacomunicación se refiere, entonces, a cómo debe ser entendido el mensaje en términos de la relación que impone entre los comunicantes. De aquí que también sea denominado el nivel conativo o relacional de la comunicación, puesto que define la relación entre los participantes.
El contexto en el cual se intercambian los mensajes metacomunicativos es fundamental. El contexto indica cómo deben ser interpretados dichos mensajes y corresponde, por lo tanto, a un nivel metacomunicativo. En un contexto clásico de terapia este nivel podría ser parafraseado como “el hecho de que el haberme dicho dónde estaban las llaves fuera amistoso, representa un intento de seducción”. Los aspectos referenciales y conativos de la comunicación indican que esta no sólo transmite información objetiva, sino que a la vez impone comportamientos en los comunicantes, definiendo así su relación. La forma como me comunico es la forma como me relaciono.
Retomemos el caso de una persona A qué le dice a una persona B: “las llaves están sobre la mesa”. El contenido de esta afirmación corresponde a un reporte de información objetiva, esto es: las llaves “realmente” están sobre la mesa. Sin embargo, supongamos que la persona A se encuentra parada, indicando la mesa, con el cuerpo tenso, el ceño fruncido, una expresión de enojo y gritando “las llaves están sobre la mesa”. La forma en que A hace esta afirmación proporciona una definición de la relación muy obvia para B que puede ser parafraseada como “la nuestra es una relación hostil”. Por supuesto, es necesario considerar el variable tiempo que actúa como el contexto en que se da dicha definición. Puede que, sólo en ese momento particular, A defina su relación como hostil con B, o puede que la defina siempre así, en todas sus afirmaciones. Supongamos ahora que A se encuentra tendido relajadamente con una expresión de calma y con una sonrisa en los labios dice suavemente “las llaves están sobre la mesa...”. Evidentemente, aun cuando el contenido del mensaje es el mismo en ambos casos, las definiciones de la relación son muy distintas. En el último caso, A define su relación con B como amistosa.
Toda comunicación tiene un aspecto de contenido y otro relacional, de modo que el segundo clasifica al primero y es, por lo tanto, una meta-comunicación. La conversación social, por ejemplo, puede describirse como un intento de estar en contacto con otra persona, de comunicarse y no de intercambiar información objetiva (“que lindo está el día... hace tiempo que no llueve”). Incluso este tipo de conversación generalmente es preferible al silencio, puesto que éste conlleva la meta-comunicación implícita “no nos estamos comunicando”. Esta constituye una definición de la relación rechazada, sobre todo cuando el contexto indica que uno “debiera” comunicarse, por ejemplo, en una fiesta. Lo paradójico radica en que el silencio constituye también una comunicación, con lo cual se produce una situación aproximadamente así: “nos estamos comunicando, que no nos estamos comunicando..., ¿nos estamos comunicando entonces?”
La meta-comunicación permanece generalmente implícita. Sin embargo, se puede verbalizar haciéndola explícita. Ej.: cuando la madre le dice al niño: “lo que te dije, era una orden”, o cuando un amigo le dice a otro: “no te enojes, era sólo una broma”. Es decir, la meta-comunicación indica cómo debe entenderse el contenido de la información. El contexto es primordial en la forma en que debe entenderse una comunicación. No es lo mismo desnudarse en el dormitorio que hacerlo en la calle. El mismo comportamiento metacomunicará aspectos esencialmente distintos.
Si una mujer A señala el collar que lleva otra mujer B y pregunta: “¿son auténticas esas perlas?”, el contenido de su pregunta es un pedido de información sobre un objeto (Watzlawick, 1985). Pero, al mismo tiempo, también proporciona su definición de la relación entre ambas. La forma en que pregunta indicaría una cordial relación amistosa, una actitud competitiva, relaciones comerciales, formales, etcétera.
Comunicación digital y analógica
Existen dos modos básicos de comunicación humana: la analógica y la digital. La primera es aquella en la cual los objetos y eventos del mundo son expresados mediante un símil, una semejanza o analogía que contiene una estructura similar a la del objeto representado; o sea, conservan y repiten de alguna manera las relaciones formales del fenómeno representado; siempre existe algo particularmente similar entre el referente y la expresión que se emplea para comunicarlo. Ej.: el dibujo de una mesa; este dibujo es una expresión analógica de una mesa que permitirá reconocerla como tal; lo mismo vale para una fotografía o una representación mímica de una mesa. Las analogías son en cierta forma autoexplicativas.
Las expresiones analógicas incluyen la postura, los gestos, los movimientos, la expresión facial, la cualidad de la voz (tono, timbre, volumen, ritmo, articulación, etc.), las expresiones corporales (ritmo respiratorio, coloración de la piel, temperatura del cuerpo, etc.), los indicadores comunicacionales del contexto, entre otras. Por ejemplo, la expresión analógica del miedo incluye generalmente, y en forma no arbitraria, movimientos de huida, temblor corporal, palidez, etc. Pero no solo se incluyen las expresiones naturales en la comunicación analógica, sino aquellas creadas por el hombre como la pintura, la escultura, la fotografía, el diseño, la música, el ballet, etc. Respecto a los índices comunicacionales del contexto, estos también actúan como comunicación no verbal que afecta el comportamiento. La reacción de un observador ante un asalto, por ejemplo, será diferente si lo presencia en la calle o en una película.
La comunicación analógica es una expresión más expresiva y universal de su referente. Una persona que quiere indicarle a otra de diferente cultura y lengua que “las llaves están sobre la mesa”, si esta última persona atiende exclusivamente la comunicación verbal, seguramente le será imposible entender qué le quieren transmitir. En cambio, si atiende a los gestos de la primera persona, a la posible mímica o incluso el gesto que le indica hacia dónde mirar, seguramente podrá comprender el mensaje. La posibilidad de que dos personas que no comparten un mismo idioma puedan comunicarse radica en el carácter universal de la comunicación analógica.
El carácter relacional de la comunicación analógica se hace evidente también en una serie de situaciones típicas entre los seres humanos como, por ejemplo, en el galanteo, las peleas, el amor, el pedido de ayuda, la enfermedad, etc. Todas estas situaciones tienen en común que a nivel meta-comunicativo se intercambian mensajes analógicos que indican “sé mi madre”, “sé mi adversario”, “sé mi pareja”, etc. Las expresiones analógicas empleadas incluyen aproximarse o apartarse físicamente; mirar fijamente a los ojos, sobre la cabeza o a los pies del otro: dar la espalda, inclinarse, etc. Todas estas expresiones proponen analógicamente un tipo particular de relación que el otro puede aceptar, rechazar o redefinir.
En la comunicación digital, en cambio, el objeto o evento es expresado mediante un conjunto de signos arbitrarios que no guardan ninguna semejanza estructural con dicho objeto o evento. El caso típico de la comunicación digital es el lenguaje en el cual las palabras tienen una relación arbitraria con el objeto que refieren. Ej.: no existe nada particularmente similar a una mesa en la palabra mesa. El lenguaje es una convención social que varía de cultura en cultura. De este modo resulta igualmente válido referirse a una mesa como mesa (español), table (inglés) o tisch (alemán), con la única condición de que las personas que se comunican compartan el mismo código (en este caso, idioma) para poder entenderse.
Puntuación de la secuencia de hechos
Desde el punto de vista de un observador externo, la secuencia de mensajes intercambiados entre dos comunicantes puede ser considerada como una secuencia interrumpida de interacciones. Es decir, se trata de una secuencia de intercambios en la que la conducta de cada uno de los participantes es inducida por, e induce, a la vez, el comportamiento de los demás. Sin embargo, quienes participan en la interacción necesariamente puntean la secuencia de hechos arbitrariamente. En una prolongada secuencia de intercambios, los sujetos participantes inevitablemente puntúan la secuencia de comportamientos o mensajes intercambiados percibiendo uno de ellos como actor (o estímulo) y al otro como reactor (o respuesta). De este modo, desde la perspectiva de uno de ellos, el otro es percibido como quien tiene la iniciativa, el predominio, etc., o es la víctima la que responde exclusivamente. Sin embargo, desde fuera cada acto comunicativo de uno de ellos puede ser considerado simultáneamente “un estímulo, una respuesta y un refuerzo”. El proceso de puntuación de la secuencia constituye entonces una manera de considerar una relación de dependencia mutua y circular, como si fuera una relación lineal en la que un organismo dirige y otro es dirigido.
La puntuación de la secuencia es crucial en las interacciones entre personas. Les permite a los comunicantes establecer entre ellos ciertos patrones de intercambio, sobre los cuales pueden estar de acuerdo o no, que les permite organizar su propio comportamiento y el de los demás. En el aspecto cultural compartimos una serie de convenciones de puntuación que nos permiten mantener una visión común con respecto a diversos hechos. Así, por ejemplo, una persona que se comporta de determinada manera dentro de un grupo le llamamos “autoridad” y a otra “subalterno”, aunque resultaría difícil decir cuál surge primero, qué sería del uno sin el otro, o en quién reside el poder. Considerar que una persona es quien manda y el resto del grupo quien obedece, sin considerar cómo influye o determina el comportamiento del grupo la conducta de la autoridad, es sólo una de las formas de puntuar la interrumpida cadena de sucesos que se retroalimentan.
No hay una única manera de puntuar las secuencias de interacciones, pues, hay tantas formas de puntuarlas como personas comprometidas en la comunicación. Como hemos visto “la naturaleza de una relación depende de la puntuación de las secuencias de comunicación entre los comunicantes”. Sin embargo, como la comunicación es un proceso circular y recursivo, la puntuación depende de la naturaleza de la relación entre los participantes.
Interacción simétrica y complementaria
Todo intercambio comunicativo observado entre dos personas puede dar origen a dos formas de relación: simétricas o complementarias. Una relación simétrica es aquella en que sus integrantes intercambian el mismo tipo de comportamiento. Tanto uno como el otro puede, indistintamente, tomar decisiones, criticar y comentar la conducta del otro, dar consejos y proponer alternativas, etc. Los miembros tienden a acentuar su igualdad con respecto a sus responsabilidades, derechos y obligaciones. Así, también, con respecto al tipo de comportamiento recíproco que deberán mantener, sea este de debilidad o fuerza, confianza o desconfianza, etc. Este tipo de relación es frecuente entre compañeros de trabajo, de colegio, amigos, hermanos, etc. Una relación complementaria es aquella que se establece cuando dos personas intercambian diferentes tipos de comportamientos. En este tipo de relación, uno de los miembros se halla en posición superior y otro en posición inferior, puesto que la conducta de uno complementa la del otro. Así, por ejemplo, una persona da órdenes y la otra las obedece, o una persona pide algo y la otra lo otorga. Este tipo de relación se da entre padre e hijo, jefe y subalterno, médico y paciente, etc. Mientras que la relación complementaria se basa en un máximo de diferencia entre los comportamientos de sus miembros, las relaciones simétricas se basan en la igualdad o mínima diferencia de comportamiento.
Sin embargo, es importante señalar que en las relaciones complementarias no existe una posición mejor o peor que otra, sino sólo dos posiciones diferentes que se interrelacionan. El comportamiento de uno favorece la conducta del otro y viceversa; la existencia de uno presupone la existencia del otro y controla, a su vez, el rango de comportamientos permitidos en el otro.
El tipo de relación que ha de establecerse entre dos personas puede estar determinado por el contexto cultural o social en que esta se desarrolla; sin embargo, hay situaciones en que son las características personales de los miembros de la relación las que, junto al contexto social, definen el tipo de interacción que mantendrán entre sí. Es decir, entre dos desconocidos, por ejemplo, la relación no está definida a priori, por lo cual deben establecer en sus primeros encuentros un acuerdo implícito, a partir de lo que dicen y cómo lo dicen, sobre el tipo de interacción que han de seguir: simétrica o complementaria.
Las relaciones interpersonales son variables y pueden cambiar de naturaleza con gran rapidez de acuerdo con el área en que estas se manifiestan. Lo que en un determinado momento pudo considerarse como una relación simétrica, en otro memento puede considerarse como una relación complementaria. Así, por ejemplo, en el desarrollo evolutivo del ser humano observamos el paso progresivo desde una relación estrictamente complementaria con sus padres y demás personas que le rodean hacia una relación cada vez más simétrica a medida que va creciendo.
Haley (1967) propone un tercer tipo de relación: la meta-complementaria. Esto es lo que sucede cuando una persona anima o impulsa a la otra a definir la relación entre ambos como una relación simétrica o complementaria y, por lo tanto, en un nivel superior es en realidad la primera persona quien está definiendo la relación como complementaria. Por ejemplo, si A se comporta como una enferma desvalida y logra que B la cuide y la proteja, se está disponiendo de tal forma la situación que ella queda en posición secundaria. Sin embargo, en un nivel superior, es A quien ha manejado la situación de tal forma que B haga lo que ella le pida y le obedezca en todo. En cierto modo es A quien se halla en posición superior y B en posición secundaria.
Las patologías de la comunicación y el juego familiar
A través de la clínica sistémica podemos hipotetizar trampas, desmentidas, juegos familiares que incluyen modos y formas de comunicación sui-generis. El juego familiar incluye para su vehiculización niveles y diálogos; puntuaciones y tramas que la familia construye con el propósito de “controlar”, “sumar puntos”, coligarse contra otro familiar, establecer “bandos” dentro de la familia, relaciones connivenciales con el propósito de aparentar relaciones o pseudo-relaciones, para establecer triangulaciones, etcétera.
A continuación, se revisarán algunas consecuencias de la comunicación patológica y el marco en la que se despliega el juego familiar, teniendo en cuenta los axiomas ya descritos. Para los efectos de entender el “juego Familiar”, se hilvanarán algunos problemas de la comunicación que se suscitan en las patologías mentales, empezando por la des-confirmación.
La desconfirmación
Es una modalidad de comunicación patológica. Es –de alguna manera– ignorar. La des-confirmación no afecta los valores verdad/falsedad de la presentación, sino la presentación misma, su realidad. Se niega a B en tanto que posible fuente de información. No es como el rechazo: “estás equivocado”, sino en la negación que no necesita ni siquiera expresarse: “tú no existes”. La desconfirmación es el patrón comunicacional prioritario de la esquizofrenia. Junto con el doble mensaje, al convertirse en el patrón prioritario de la comunicación, llevan al sujeto a buscar otro tipo de identidades.
En un artículo sobre la comunicación a partir de un caso propuesto por Ronald Laing, José Luis de la Mata (2009) menciona:
Lo podemos ver en la reflexión que podemos realizar sobre el esquizo que nos presenta Laing, como un ejemplo de la confusión que determina el plano de la relación. ¿Qué nos dice el autismo de un esquizo como “síntoma” o como expresión de las relaciones con su madre? El esquizo “ve” el punto de vista de la madre sobre él, mejor de lo que ésta “intenta” ver el punto de vista del esquizo. Este no intenta resistir, sino por la acentuación misma de la negación: no tiene fuerzas para oponerse al punto de vista de la madre y comprende que ella no “ve” su punto de vista (de él). Pero, a la vez, el esquizo “sabe” que la madre se asegura a sí misma, afirmándose que sí ve el punto de vista de su hijo y que lo rechaza, sencillamente porque no es justo. Y la madre, a su vez, cree efectivamente que “ve” el punto de vista de su hijo, que lo rechaza, que no lo niega (= que no “lo des-confirma”). Que su sufrimiento (de ella) no es compartido ni valorado en justicia, porque su hijo no lo ve. Pero, en último término, no puede aceptar que su hijo “ve” más de lo que ella ve y se negará siempre a tener que aceptar que su hijo sabe lo que ella “ve”. (p. 19).
Paraskevi-Ilektra Bethymouti, en el artículo: Conceptos trianguladores y desconfirmadores en la familia del paciente psicótico, anota que en Linares (Linares et al., 2001; Linares, 2007) se observa también una síntesis de conceptos. La propuesta de la triangulación des-confirmadora se ha basado en dos conceptos clásicos, la des-confirmación (Watzlawick, Beavin & Jackson, 1967) de origen comunicacional, y la triangulación (Haley, 1967), de origen estructural. La des-confirmación, según Watzlawick (1967), es un fenómeno muy distinto del rechazo de la definición que hace otro. La considera una alienación: no se refiere a la verdad o a la falsedad de lo que el otro dice, sino que niega al otro como puente de este mensaje; y con esa afirmación se niega la existencia del otro: “…en otras palabras, mientras el rechazo equivale al mensaje: estás equivocado, la des-confirmación afirma de hecho: tu no existes” (Watzlawick, 1967, p. 87). La definición de la des-confirmación de Watzlawick se ha criticado de no estar bien definida, en modo que podría ser confundida con el término descalificación (Linares, 2007). Se ha enseñado que en las familias de miembros esquizofrénicos el feedback des-confirmativo es más frecuente que en las familias sin psicopatología (Holte & Wichstrom 1990, 1991).
De la escalada simétrica al juego familiar
En una relación simétrica se da siempre el peligro de la competencia. Cuando uno de los participantes, o los dos, intentan ser ‘más iguales’, se produce una escalada de frustración por lograr esa mayor igualdad, caracterizada por la pérdida de estabilidad en la simetría de la relación. Esta pérdida de estabilidad da lugar a una escalada de la simetría, que ocasiona disputas y luchas entre personas o guerras entre naciones. Así, la patología en la interacción simétrica se caracteriza por un conflicto más o menos abierto, o por un cisma, entre los participantes en la relación. Cuando una relación simétrica se derrumba, se observa el rechazo del self del otro. En la práctica clínica se ha observado que algunas patologías de la relación diádica o de pareja terminan incluyendo a los hijos, convirtiéndose en un juego familiar. Prata (1988) descifra este movimiento de patología conyugal hacia los hijos, incluyéndolos en el juego familiar.
Complementariedad rígida: del rechazo a la sumisión
Las patologías de la complementariedad son distintas y más bien equivalen a des-confirmaciones del self del otro y no a su rechazo. Un problema característico de las relaciones complementarias surge cuando P exige a O que confirme una definición que P da de sí mismo y que no concuerda con la forma en que O lo ve. Ello pone a O frente a un dilema: debe modificar su propia definición de sí mismo de forma tal que complemente y así corrobore la de P, pues es inherente a la naturaleza de las relaciones complementarias el que una definición del self solo pueda mantenerse si el otro participante desempeña el rol específico complementario.
Los niveles de comunicación: patología de la digitalización y analogía de la comunicación humana
Otros modos comunicacionales disfuncionales surgen por errores de “traducción” de los mensajes digital y analógico. En lo fundamental, el conflicto se establece con la “significación” analógica. No existe una regla de conversión absolutamente válida para estos mensajes, lo que conlleva a que cada uno la “traduzca” de acuerdo con su comprensión de la naturaleza de la relación (dice un refrán que al desconfiado “todos los dedos le son “huéspedes”, como al enamorado todo le sirve de indicador de esperanza en el comportamiento del objeto de su amor). Dar un regalo puede, de acuerdo con la “lectura” que determina la comprensión de la relación y, consecuentemente, la “puntuación”, ser establecido a nivel de mensaje analógico. La relación se hace analógica. Una persona entra en una affaire de conquista a través de “regalos”: ¿no estará comprando afecto? ¿No buscará caer bien a la persona que seduce aparentemente a través de aquiescencias?
La puntuación de la secuencia de hechos y el control de las conductas
En algunas narrativas de personas que demandan atención en terapia, por ansiedades y pánico, se revelan formas anticipadas de vivenciar situaciones cotidianas. Estas personas viven anteponiendo sus reacciones. Este fenómeno –citado por Watzlawick– se denomina “profecía autocumplidora”, como la principal muestra de distorsión de la puntuación. Se trata siempre de la conducta que provoca en los demás una reacción que se espera. Es el caso del reproche que inevitablemente conduce a su justificación final (el elemento típico de la conducta del celoso o de los condenados “por desconfiados”): se empuja a que el otro sólo pueda conducirse de la manera que prejuzga la acusación. Es decir, se trata de provocar aquella reacción frente a la cual nuestra conducta es la adecuada (lo que induce, inmediatamente, a una conversión entre los planos del efecto y la causa). Estas personas buscan cerrar círculos complementarios, provocadores en los demás, para después justificar la conducta de los demás o la de sí mismos.
El juego familiar – los aportes de los asociados de Milán
El recurso de la metáfora del juego nos ha enseñado a referir los movimientos de uno de los padres hacia el hijo vuelto psicótico, al juego que este mismo padre ha jugado y está jugando con su cónyuge.
Mara Selvini en “los juegos psicóticos de la familia”.
La Escuela de Milán, a través de las investigaciones del equipo formado por Selvini, Prata, Boscolo y Cecchin, se desarrolló entre 1971 y 1980. A finales de los 80 el equipo se disuelve. Mara Selvini y Prata permanecieron juntas algunos años más; Boscolo y Cecchin crean otro Instituto. El equipo de Milán desarrolla un concepto importante, el del “JUEGO”. Es por eso que lo que ha de diagnosticarse (¿qué es lo enfermo en la familia?) es el “juego familiar”.
Fue Mara Selvini la encargada de elaborar el concepto de “juego” más como una metáfora que como un modelo teórico. Cuando recurre a la metáfora del juego es para sugerir intuitivamente, mediante la expresión “juego familiar”, lo que sugieren las expresiones juego político, juego financiero, juego de poderes, juego de equipo, etc. Se trata, por tanto, de un uso intuitivo, informal de la metáfora del juego, con la finalidad de producir asociaciones, semejanzas y lenguajes aptos para encuadrar de modo más inteligible los fenómenos que nos interesan.
Es así como en el libro Los juegos psicóticos en la familia, siguiendo una línea de investigación cualitativa basada en el estudio intensivo de casos individuales (149 familias recibieron durante ocho años una serie invariable de prescripciones), Selvini y sus colaboradores experimentaron algo nuevo en el campo de los procesos interactivos familiares (a los que metafóricamente dieron el nombre de juegos) que llevan a un hijo a la psicosis. Con estas investigaciones, se trata de responder a preguntas que todo aquel dedicado a la salud mental alguna vez se ha planteado: ¿cuál es el origen de las psicosis? y ¿qué compleja relación existe entre ellas y los problemas que acosan a las familias?
El recorrido de los asociados de Milán
Mara Selvini Palazzoli organizó el Instituto de Estudios Familiares de Milán. Después de un proceso inicial de selección, el grupo se redujo para acabar con sólo cuatro psiquiatras: Luigi Boscolo, Giuliana Prata, Gianfranco Cecchin y la propia Selvini. Este grupo, trabajando unido durante más de diez años, creó un enfoque de sistemas familiares, que no solo utilizó con familias de anoréxicos, sino con familias de niños con graves desórdenes emocionales.
Su primer libro y el último están dedicados a la anorexia. Desde Self-starvation (N. York, 1974) hasta muchachas anoréxicas y bulímicas (Barcelona, 1999), han pasado justo 25 años en los que Mara se dedicó a la investigación y al tratamiento de los trastornos alimentarios, y ha sido, gracias a ella, sin duda, que hoy ya nadie discute en psiquiatría que la “terapia familiar” sea el tratamiento concurrente pero necesario para el abordaje clínico de esos trastornos.
Su dedicación a problemas de “psiquiatría pesada” como la psicosis y la anorexia, hablan de la seriedad de su trabajo y de la honestidad de sus planteamientos. Quienes la han visto trabajar en directo con familias, es posible que alguna vez no sintonizaran con su fina ironía, con cierta aparente insensibilidad, pero nadie puede negarle una cualidad no muy frecuente en nuestro campo: su espíritu científico para proponer sus modelos y teorías y revisarlas continuamente con su afán de autocrítica, que la ha mantenido siempre en un continuo proceso creativo. Una prueba de ello es su primer libro Self-Starvation (publicado en 1974 en los Estados Unidos) en el que documenta su trayectoria terapéutica. En la última parte, describe su cambio del modelo analítico al circular, la epistemología cibernética del grupo de Bateson y el trabajo con familias. Un segundo libro, Paradojas y contraparadojas (publicado en Estados Unidos en 1978), fue escrito por los asociados de Milán, y es la descripción más completa de su labor y sus métodos.
Prata (1988) recomienda a los terapeutas entender el juego familiar, o el juego de la relación, que es una forma de protesta del paciente designado. En su recorrido por instituciones psiquiátricas, Prata siempre cuestionó la medicación psiquiátrica y abogó por una propuesta holística y sistémica. Propuso la terapia familiar a pesar de su incipiente inicio en la metodología sistémica. En 1971, ingresa al equipo del Centro para el Estudio de la Familia. Se une a un grupo que tenía las mismas frustraciones metodológicas para encausar procesos de terapia desalentadores. Lograron desarrollar una metodología de terapia familiar que los llevó a descubrir la “teoría del juego”, y después a la “fase de las paradojas”. Según Cecchin, et al. (1993):
Esta nueva disciplina representó un cambio mayúsculo con respecto a la epistemología anterior, que estaba esencialmente basada en conceptos individuales, tales como motivaciones, impulsos, intenciones, valores personales, instintos etc. El darse cuenta de que la conducta aparentemente loca era coherente cuando se examinaba dentro del contexto de la relación primaria de la que forma parte, llevó a este grupo a buscar maneras más productivas de ayudar a las familias a encontrar modos para salir de su dolor (p. 22).
Esta nueva visión de la familia y del origen de las patologías también generó la fuerza de la ilusión por influir en los demás como una filosofía de la vida social.
Con Boscolo y Cecchin, los asociados de Milán, aunque influidos por el grupo de Palo Alto, tomaron otra dirección, y crearon una forma distinta que puede ser considerada una escuela por méritos propios. En Europa, donde su enfoque ha despertado gran interés, se emplea el término “sistémico” para describirlo. Desde el principio, el grupo utilizó un formato insólito. Trabajan (o así lo hacían cuando se publicó Paradox and Counterparadox) en dos parejas, con una mujer y un hombre terapeuta en la habitación con la familia, y un hombre y una mujer tras una pantalla por la que solo se puede ver de un solo lado.
En 1982, en Milán, Mara Selvini formó un equipo terapéutico. Stefano Cirillo, Matteo Selvini, Anna María Sorrentino y ella se unieron para realizar investigaciones “en un dominio específico de la terapia familiar”. Por esta razón el equipo tenía que ser terapéuticamente estable. El estudio era sobre familias con hijos de edades diferentes con trastornos mentales graves.
Hacia finales de 1978, después de la publicación en diferentes idiomas de Paradoxe et contre-paradoxe, los miembros del equipo se separaron. Boscolo y Cecchin decidieron dedicarse a la enseñanza de la terapia familiar; quedaron Prata y Mara Selvini. En 1981, se les unió Viaro a la investigación, desarrollando durante varios años un importante estudio de los videos de las sesiones de terapia familiar. En 1979, cuando el equipo lo formaban Selvini y Prata, efectuaron un viraje muy importante; en cierto modo este fue el momento preciso en que las investigaciones dieron un vuelco significativo.
El juego familiar - teoría y clínica sistémica
El concepto de juego o juego familiar aparece en el movimiento de la terapia familiar, con el advenimiento del llamado grupo de Milán. En el capítulo 4 del libro emblemático del modelo milanés, Paradoja y contraparadoja (Selvini, Boscolo, Cecchin y Prata, 1980), aparece el llamado “juego paradójico” del paciente inmerso en la complejidad familiar. El juego familiar, entonces, tiene mucho de paradójico. Entre líneas se puede leer en este libro que mientras el paciente designado mantiene el status del “loco” de la familia, los familiares –los padres– están más atentos a lo que dejó de hacer o a lo que hace mientras él deja de hacer, a la vez que es un llamado del cambio que tendrían que dar los padres en su manera de ser. Más tarde, a pesar de la división que sufre el grupo, Mara Selvini y Giuliana Prata desarrollan de un modo más comprensible el concepto de juego familiar a través de dos hipotesis: el embrollo y la instigación, en una obra igualmente significativa: “El juego psicótico de las familias”.
En el juego del embrollo, un padre hace ostentación de una relación privilegiada con uno(a) de sus hijos(as), a quien da a entender de forma encubierta que lo prefiere por encima de su esposo(a). Esta relación no es afectivamente autentica, sino el instrumento de una estrategia en contra de alguien, generalmente el otro cónyuge, que es su verdadero centro de interés. Como participante de una situación tan complicada, el hijo está convencido de que es cómplice de una relación ilícita que ha tolerado, sabiendo que la predilección que muestra el progenitor hacia él frente a su pareja no es moralmente correcta. Ello le hace desconfiar cada vez más de la lealtad de su “aliado”. Su recelo le lleva a descubrir indicios que confirman sus sospechas de que este padre en realidad le ha estado utilizando en el permanente enfrentamiento con su cónyuge, entonces se siente traicionado y condenado al silencio precisamente por la ilicitud de la relación.
En el caso de la instigación, el juego consiste en una provocación disimulada a la que se responde con rabia disimulada, de manera que el instigador nunca consigue hacer explotar abiertamente a la otra persona, quien con su conducta ilícita nuevamente la provocación. Así se establece un patrón recursivo de provocaciones indirectas y respuestas de rabia contenida.
Las familias, ante las observaciones del terapeuta familiar, no acuden identificando el juego que juegan. Por ejemplo, la Sra. Rosa es una mujer de mediana edad, se desvive por sus hijos, trabaja y los mantiene en todo sentido. En su versión de la situación familiar, describe la separación de pareja y el acercamiento del padre hacia los dos hijos, Jorge de 15 años y Adriana de 8, que son lo mejor que la pareja ha hecho de esta relación. Su historia está teñida por infidelidades y compromisos del esposo que, hasta el momento de la primera sesión, aún mantiene. En la narrativa de la madre se intuye, con base en las indagaciones, que ella aún mantiene intimidad con el Sr. C., padre de sus hijos.
La indagación sobre el juego familiar podría iniciarse en una negociación conyugal e incluir a los hijos para sostener esta negociación entre los padres. El padre se acercará a sus hijos, con las aquiescencias del caso, en la medida que la madre le provea de intimidad. Ella actúa forzada por las lágrimas de los niños, toda vez que él pone en “tela de juicio” su participación en la negociación. La reacción de los niños aparece cuando se desafía la estructura del juego. Esta consideración es asentida por la madre; es allí cuando los hijos (presentes en la sesión) rompen en llanto por el inminente fin del juego de pareja. La madre afirma que está harta de este juego, que es maltratador; pero, de esta manera, el padre seguirá viendo y asistiendo a los niños, por lo cual estos claman para que la madre sostenga el “juego” con él.
¿Qué pretende el juego familiar? Mantener unida a la familia, superponiendo el sacrificio de uno o varios de sus miembros. Incluso, desde el punto de vista de los modelos más conspicuos de la terapia familiar, se encuentra el concepto de juego familiar. Existe un juego estratégico que define un contexto particular. Es un modelo o mapa o paradigma.
Veamos el concepto de juego en el vocabulario de terapia familiar (Simon, Stierlin, Wynne, 1984): Un juego puede verse como un modelo (paradigma-modelo-mapa). Es la suma de reglas-reglas que son válidas en un sistema interaccional. Algunos ejemplos de esas reglas son los siguientes: Cuando A realiza la actividad X, es permisible para B realizar la actividad Y; cuando B realiza la actividad Y, se le permite a A realizar la actividad Z, etcétera. En consecuencia, los juegos desarrollados en un sistema describen más o menos su-estructura (p. 207).
En el juego familiar participan todos los miembros de la familia. Aunque Prata (1990) señala que es posible que se inicie en una escalada simétrica y que en el proceso de las transacciones, en el proceso de consolidación, se “jale” a los hijos como parte del juego. Ahora será el juego familiar. Padres e hijos en una danza magnífica, cada uno con la melodía que encaja con el tono del otro; donde cada uno forma parte de las acciones que sostienen la conducta del otro, y así circularmente.
El juego tiene un vínculo negociable. Pueden los dos contrincantes perder. Podría uno ganar y el otro perder; pero, aunque pierda, podría ganar en otro nivel de meta-negociación. La regla del juego sería entonces, no definir a qué se juega. Cuando se define, se tienen que poner sobre la mesa las cartas escondidas a propósito de sostener el juego.
María es una mujer de unos 35 años, operaria en una fábrica de dulces y tiene un hijo de 5 años. Vive sola y una señora cuida a Sergio durante el tiempo en que ella trabaja. Mantiene una relación secreta con el padre de Sergio, hasta que, por una situación un tanto azarosa, María “cree” que está embarazada. Se lo informa a Mario, y este rechaza tal posibilidad, mostrándose evitativo; se distancia, no asume el compromiso de la posibilidad paterna y María “descubre” el juego de Mario (que hasta ese momento los unía) rompiendo todo compromiso y negociación.
El juego se ve en riesgo cuando uno de los jugadores incorpora una regla, una contra-regla a las reglas que están sosteniendo el juego primigenio. Entonces, el juego se alimenta de la complementariedad de los contenedores. O también puede sostenerse por la asimetría entre los contenedores. Es decir, una escalada simétrica une en la contienda a los jugadores del juego familiar. Es un “juego sin fin”; y a pesar que ninguno gana, continúan jugando a la contienda.
La triangulación desconfirmatoria (Linares, 1989) es un juego familiar severo, desestructurante, dirigido a la identidad y la personalidad del hijo y sostenido como un patrón característico de las relaciones familiares de larga data. En esta triangulación los padres desconfirman al hijo como hijo, la existencia de la identidad separada de ellos; lo introducen triangulándolo, como aliado de cada uno contra el otro progenitor, a la vez que él los une. Este sería un ejemplo de juego familiar: Carlos es un joven de 23 años, que ha fracasado dos veces en continuar la carrera universitaria, a pesar de ser inteligente. Surge la transacción esquizofrénica cuando los padres, en riesgo de separarse, empiezan a convertir a Carlos en testigo de lo que un progenitor acusa y se queja del otro. Poner de testigo a Carlos en medio de las acusaciones mantiene unidos a los padres, a costa del sufrimiento de Carlos. Pero ninguno de ellos se percata (o no quiere percatarse) de que tal rol asumido por Carlos lo hace sufrir. Esta triangulación es disfuncional cuando surge como pauta interaccional estable, es decir, como un patrón reiterativo de las transacciones familiares.
Tipos de juegos psicóticos
Cuando se analizan las perturbaciones del paciente identificado en edad adolescente o juvenil, especialmente aquellas caracterizadas por síntomas psicóticos, se observa que el núcleo de las mismas está constituido por la pretensión simétrica de “reformar a los padres”. El adolescente perturbado piensa que sus problemas se deben a que sus padres se lleven mal. Los padres también lo piensan, con la variable de que cada uno está completamente convencido de que la responsabilidad es del otro cónyuge.
La metáfora del juego considera a los miembros de la familia como interdependientes y relativamente imprevisibles, porque son más o menos hábiles para efectuar, dentro de las reglas, todas las elecciones de jugadas posibles (Selvini, 1990). El término “regla” se emplea con dos acepciones diferentes: como fruto de una negociación entre los jugadores o como inferencia del observador que describe algunas conductas redundantes, precisamente por la incapacidad para negociar las reglas que permitan un cambio de juego. En este sentido, regla podría ser la imposibilidad de definir la relación como característica de la familia esquizofrénica, o el rechazo como modalidad comunicativa propia de la familia anoréxica.
Los juegos familiares de Mara Selvini
Los principales juegos familiares descritos hasta el momento por Selvini Palazzoli son el Embrollo y la Instigación.
El embrollo
En las familias psicóticas, se muestran afectos contrarios a los realmente existentes. En el juego del embrollo, un padre hace ostentación de una relación privilegiada con uno de sus hijos, a quien da a entender de forma encubierta que lo prefiere por encima de su pareja. Esta relación no es afectivamente auténtica, sino el instrumento de una estrategia en contra de alguien, generalmente el otro cónyuge, que es su verdadero centro de interés. Como participante de una situación tan complicada, el hijo está convencido de que es cómplice de una relación ilícita que ha tolerado, sabiendo que la predilección que muestra el progenitor hacia él frente a su pareja no es moralmente correcta. Ello le hace desconfiar cada vez más de la lealtad de su “aliado”. Su recelo le lleva a descubrir finalmente indicios que confirman sus sospechas de que este padre en realidad le ha estado utilizando en el permanente enfrentamiento con su cónyuge; entonces se siente traicionado y condenado al silencio, precisamente, por la ilicitud de la relación.
Los hechos más relevantes que suelen desmentir la autenticidad de la relación privilegiada intergeneracional son:
Estas circunstancias impulsan al hijo a reivindicar de manera encubierta un síntoma como venganza por la traición de que se siente objeto.
El embrollo en la esquizofrenia
Selvini opinaba que los enredos relacionales en las familias que tienen hijas anoréxicas son, en verdad, poca cosa si se los compara con las junglas por las que nos internamos, a tientas, cuando trabajamos con familias que tienen hijos esquizofrénicos.
En el artículo Hacia un modelo general de los juegos psicóticos en la familia, Selvini se expresaba así: “Tropezamos repetitivamente con juegos o maniobras hábilmente ocultas, que en la jerga de nuestro equipo denominamos juegos sucios (1990, p. 4). Se entiende el juego como sucio cuando los actores recurrían a medios desleales como engaños sutiles, mentiras impúdicas, venganzas camufladas pero implacables, manipulaciones, seducciones, promesas ambiguas y violaciones igualmente ambiguas, entre otros. Además, juegos de esa clase contrastaban con el tipo de familias en las cuales los íbamos descubriendo: gente bien educada, en apariencia correcta y responsable. Su hipótesis era que la conducta psicótica del paciente señalado estaba en conexión directa con un juego sucio. Por ejemplo, la explosión de la conducta psicótica había tenido lugar cuando el paciente señalado se había sentido traicionado, o por lo menos estafado, precisamente por ese padre con el que había creído sentir más afinidad. A este juego, como ya mencionamos anteriormente, le dio el nombre de “embrollo”.
En Jorge empieza el “juego familiar” a los 18 años, un año después de haber ingresado, por méritos propios, a una universidad muy competitiva. Los padres involucrados en una historia de desmentidas, rechazos y seudomutualidades, necesitan “impedir” el crecimiento de Jorge y el inicio de su recorrido hacia la emancipación. En sesión, cuando Jorge ya tiene un diagnóstico con efectos dormitivos, los padres entran en el juego de pareja, escalada simétrica que lo “jala”, lo “succiona” hacia el remolino de desdices y de fabulaciones utilizando la lealtad de Jorge hacia ellos, sirviéndoles de testigo a cada uno, cuando los padres se acusan mutuamente. En este fragor, ninguno de ellos se sitúa en la posición de Jorge, para reflexionar sobre el guion que Jorge está sirviendo de libreto, para –hipotéticamente hablando- mantenerlos unidos, incluido Jorge.
La Instigación
Este tipo de juego consiste en una provocación disimulada a la que se responde con rabia disimulada, de manera que el instigador nunca consigue hacer explotar abiertamente a la otra persona, quien, con su conducta ilícita nuevamente induce la provocación. Así, se establece un patrón recursivo de provocaciones indirectas y respuestas de rabia contenida.
Ahora bien, la hipótesis de que uno instigue a otro implica un nivel cuando menos triádico, de forma que uno instiga a otro siempre para provocar a un tercero. Se observa además que se trata de un juego vigente preferentemente entre los consanguíneos, donde las provocaciones directas no están admitidas. Por el contrario, entre parientes políticos, como ocurre entre suegras y nueras, es culturalmente explícita y aceptada la existencia de provocaciones mutuas, lo que hace innecesario recurrir a instigaciones.
Primer caso de instigación: Josefina y padres en el juego familiar
En un escrito inédito, Mara Selvini (1999) había relatado así el surgimiento de la primera intuición acerca de los juegos familiares:
La primera vez que con ímpetu, en un momento de emoción intensa, me salió de la boca la palabra instigación fue en la primavera de 1981. Junto con la colega Prata, quien seguía mi ejemplo, me acercaba al final de la estresante terapia de una familia con una hija de veintiún años anoréxico-bulímica crónica, a quien llamaremos Josefina, un caso muy grave, complicado por conductas psicóticas y suicidas. Este caso nos fue enviado por una psicoanalista amiga de la familia, quien había sido sincera al decirnos que lo consideraba prácticamente desesperado, por cuanto había puesto en jaque múltiples tratamientos anteriores, entre ellos una terapia familiar de inspiración psicoanalítica. Josefina había sido una jovencita de un encanto excepcional, hija única de padres de clase social alta, que ejercían profesiones liberales. Durante varias sesiones estuve trabajando sólo con los padres, que habían cumplido fielmente la serie de prescripciones. Josefina había mejorado bastante, pero todavía no podía considerarla curada. Aparte de su obsesión por el peso, persistían en ella algunas conductas provocantes, dirigidas sobre todo a la madre, que me dejaban perpleja. Al término de esta octava sesión, justo en el momento de la despedida, la madre me dijo con tono amargado que en las semanas precedentes Josefina había conseguido una vez más condenarla a pasar una noche en blanco. Explicó que Josefina había recibido una carta escrita en francés. Con el pretexto de que le era difícil descifrarla, había ido a la oficina de la madre para que la ayudase. Se trataba de una nota de pocas líneas, firmada por un muchacho francés con quien Josefina decía haber tenido, días antes, una relación sexual. En esa carta le informaba que había descubierto que era sifilítico. De inmediato intuí en esa conducta de Josefina una intencionalidad provocante, tan extremada con respecto a la madre, que quedé fulminada. Hasta tal punto que apenas partieron los padres, me reuní precipitadamente con mi colega, en un estado de gran excitación y gritando: “Aquí hay algo que se nos ha escapado, ¿entiendes? Algo que no hemos sido capaces de descubrir. Para armar todo este ardid con el único objeto de torturar a su madre, Josefina debe de haber sido instigada por alguien en su contra. ¡No es posible que Josefina haya llegado por sí sola a perseguir a su madre hasta ese punto! ¡Tiene que haber sido instigada! Pero, ¿por quién?.... En la próxima sesión debemos a toda costa descubrir quién es o quiénes son esos desgraciados que la instigan. Si no lo conseguimos ¡abandonaremos a esta pobre gente a mitad de camino!” Era necesario, pues, averiguar de dónde venía la instigación y concebir el procedimiento adecuado para desenterrarla. (pp. 105-106)
Este relato supuso orientar la búsqueda de la instigación entre los familiares consanguíneos. Es el caso expuesto por Selvini (1999) por ejemplo, de la abuela materna, que invadida por los celos respecto de su propia hija, se presentaba ante su nieto como si fuera su verdadera madre. En el caso de Josefina, en la sesión con los padres que siguió a la primera intuición, buscamos en un principio por el lado de la abuela paterna, muerta desde hacía varios años, que no resultó importante porque había sido demasiado celosa y agresiva con su linda nuera. Indagamos después por el lado de Blanca, tía materna de Josefina, una mujer presa de depresiones, ya anciana, que, sin embargo, nunca había ocultado su envidia por el encanto y el éxito profesional de la hermana menor. Resultó claro al fin que debíamos abordar a la pareja parental.
Por eso, en la sesión siguiente, la terapeuta, insistiendo en el sentido de las posibles envidias que la belleza, elegancia, cultura, vivacidad y éxito profesional de la seductora señora podían provocar en los demás, preguntó al marido qué pensaba al respecto. Admitió con dificultad que a veces se sentía molesto, en las tertulias o fiestas, porque, en su opinión, su mujer a veces exageraba, dando casi un espectáculo. A este punto, la terapeuta fue testigo finalmente de un momento de verdad. La bella dama perdió el control. Acusó al marido de haber estado celoso siempre de su éxito social, de su popularidad, de sus amistades, de la gracia con que sabía animar las conversaciones, las fiestas, con que sabía bailar, tocar la guitarra, cantar...
“Sí, cierto... él nunca le había reprochado nada... Pero en esas ocasiones ella lo veía, bueno.... arrellanado en un sillón, con ese rostro cerrado, con ese aire ausente... ¿Quizás era por eso que cada tanto ella tenía crisis de desaliento, de angustia? ¿Buscaba, tal vez, hacerse perdonar algo? pero, ¿qué podía hacer ella si su marido en las tertulias era una momia?... ¿si en su trabajo era el eterno segundo?”
En esa sesión salió a la luz un hecho paradójico: que ese marido había terminado por detestar en su mujer justamente las mismas cualidades que lo habían seducido, que lo habían hecho enamorarse de ella. Pero aquí surgía la mayor duda. ¿Cómo había sucedido esto? ¿En qué había exagerado ella para que se llegase a ese punto? En otros términos ¿eran realmente las cualidades de la mujer las que chocaban al marido? ¿O sería más bien aquello que el captaba de provocador para él en ese modo de exhibirlas? Selvini acota:
De nuestro paciente trabajo sobre los detalles, surgieron muchas conductas provocantes de la mujer. Pero hubo más. Observamos también otro hecho importante. A esas conductas provocantes de la mujer correspondía una reacción del marido siempre idéntica, repetitiva: la de mantenerse impasible. Además, la mujer en los momentos difíciles podía, en ese rostro de jugador de póquer, deducir el furor con sólo ver su palidez. (1990, p. 107)
Mediante aquella sesión llega a construir para esa pareja el siguiente modelo interactivo:
Provocación disimulada - rabia disimulada
Es así como surge el ciclo sintomático de la instigación y contra-instigación, en el que la provocadora nunca conseguía hacer explotar al provocado que, por eso, con su conducta, re-provocaba la provocación, etcétera. Primero pensamos en el acercamiento natural entre un marido celoso y una hija envidiosa. Pero poco más adelante nos dimos cuenta de que algunas conductas triunfalistas de la señora podían haber resultado provocantes no solo para el marido, sino también para la hija. Por otro lado, Josefina debía haber captado en el rostro de su padre, en muchas ocasiones, esa misma perversidad que advertía en ella. Y es probable que se haya preguntado “por qué el padre era tan pusilánime como para tolerar, sin chistar, ciertas exhibiciones”. Del mismo modo que el padre debía haber captado sobre el rostro de Josefina, en algunas ocasiones, esa misma perversidad que advertía en él; e incluso, haberse conducido con ella de un modo alusivamente seductor: ¡cuánto mejor estaría con una mujer tranquila como tú...!
A esta altura, el caso que se expone en el libro emblemático de la paciente Josefina, la explosión del síntoma de Josefina en esa singular familia se manifestó por un momento como el resultado, en la hija, de la creencia que su madre, con respecto a ella y al padre, tenía demasiado: belleza, seducción, inteligencia, cultura, éxito profesional y también una hija encantadora de la que con gusto se jactaba. Pero esto último era lo único que Josefina tenía el poder de quitarle. Cuando la familia llegó a vernos, hacía ya años que Josefina era un monstruo que perdía dientes y cabello, y de quien la madre se avergonzaba. Finalmente las sesiones terminaron así:
Con posterioridad a las dos sesiones de esclarecimiento esos dos padres decidieron imponerse a sí mismos “prescripciones” arduas y genitales, que yo, como terapeuta, no hubiera osado siquiera formular. La madre entró en una depresión, ausentándose por seis meses del trabajo. Estuvo todo ese tiempo en su casa, en deshabillé, tirada en un sofá y sin hacer nada, descuidada y llorosa, como para no dar envidia a nadie. Sentía que sólo como madre enferma, fea y sencilla podría ser “dura” con su hija. El marido trabajaba sin descanso, pero en cuanto tenía tiempo libre corría junto a su madre, para alentarla, para estimularla a esperar. Ya nadie se ocupaba de Josefina. Pero ella recurrió a una provocación extrema. Intentó el enésimo suicidio, esta vez de modo muy riesgoso. La salvaron por milagro en un servicio de reanimación, donde la retuvieron varias semanas. Entre tanto, los padres habían tomado y puesto en práctica su decisión: cuando Josefina fue dada de alta y enviada a su casa, ya no encontró la misma habitación. El lugar estaba vacío. Su padre fue quien se encargó de informarle: “compré un apartamento de un ambiente en la calle B e hice llevar tus cosas allí. Encontrarás un talonario de cheques que te asegurará lo necesario para tres meses, pasados los cuales tendrás que estar en condiciones de mantenerte. De ahora en adelante, tu madre y yo hemos resuelto restituirte la responsabilidad de ti misma, en todo, incluida la decisión de vivir o morir”. Frente a un mensaje de una claridad tan meridiana, Josefina ni chistó: se dio media vuelta, fue a su nueva casa y no se suicidó. Con todo, hizo todavía algunos experimentos de manipulación de los padres, pero comprobó que “no mordían el anzuelo”. Pocos meses después había encontrado trabajo y estaba curada. Cuando los padres me contaron todo esto, me confesaron que durante semanas y semanas ambos abusaron de los sedantes, para refrenar su angustia y dormir por la noche. ¡Pero habían salido adelante! La madre había vuelto al trabajo. Seguía siendo bella y trabajadora con tesón. Pero ya no le sentaba tan bien ser brillante... (Selvini, 1990, pp. 108-109).
Este extracto es un buen ejemplo del cambio, en un segundo orden, de los miembros de la familia de la joven, incluida Josefina, a través de la emancipación y de la confianza que recogió de sus padres, y ellos recuperando “su” espacio desde la conyugalidad, y la firmeza de la parentalidad desfocalizando a la hija. Los padres recuperan el control y a la vez restituyen también el espacio de Josefina a través de la autonomía y su libertad.
Estadios del proceso psicótico en la familia - un juego desconfirmatorio
Un juego familiar es como un rompecabezas donde cada miembro de la familia es una pieza que debe ser colocada cuidadosamente en su lugar.
Los juegos “sucios” son los que se ponen de manifiesto cuando se emplean artimañas sutiles, mentiras desfachatadas, falsedad, manipulaciones, seducciones, promesas y engaños, donde el verdadero propósito está enmascarado o escondido, en ningún caso se lo admite; aun cuando se lo consigue se lo niega. La hipótesis es la conducta psicótica del paciente, está íntimamente ligada al juego sucio. Este proceso en el juego de la pareja o conducta psicótica consta de seis estadios:
Primer estadio del proceso psicótico: el impase en la pareja conyugal
Para describir esta secuencia temporal se eligió como punto de partida el juego en la pareja parental. El proceso psicótico tiene un punto de partida y se debe comenzar por el juego de la pareja donde se encuentra la redundancia de un punto muerto entre los padres, presentes por años. Cada uno de los compañeros reacciona en la movida con una contra movida, anulándose su eventual ventaja sin querer en absoluto abusar de la victoria. No hay ganador ni perdedor.
El caso de una familia donde la madre era una empresaria orgullosa y triunfante, y el padre humillado se opone a ella con su silencio persistente. La madre era provocativa en su juego pero el padre era menos provocativo con su silencio, aunque de manera pasiva. La madre se sentía continuamente derrotada en sus intentos de conseguir una reacción apropiada de su marido, y él, otro tanto por no conseguir evitar ser humillado por su esposa. No hay ni ganador ni perdedor. No habían conseguido otra salida para esto; estaba en un punto muerto de la relación planteada en un juego sin fin. Somos como dos potencias que se enfrentan sin tregua, pero solo en este enfrentamiento, en el que ninguno cede un milímetro, nos oxigenamos.
Por lo demás, nadie puede pretender íntegramente oner sus acciones “fuera de la puerta” esperando que no influyan en las interacciones familiares. Esto es así en ambas direcciones, pues también la felicidad o la infelicidad conyugal de una pareja, trascienden el espacio del hogar y se vinculan con el “afuera”. Es así que todos los miembros de la familia están involucrados en las acciones de cada individuo. Es importante tener presente ello, pues suelen presentarse casos de familias en los que, por ejemplo, el hijo es el paciente elegido por haber desarrollado un cuadro psicótico y, con ello, se intenta desvincular “el problema individual” de este del espacio interno de la familia. Estas ideas pertenecen a la clínica sistémica y forman parte de los conocimientos que constituyeron una ruptura epistemológica con modelos lineales, monádicos y tradicionales sobre la etiología de la salud mental.
Segundo estadio: la intromisión del hijo en el juego de la pareja
El hijo entra en el juego de los padres como participante activo; vigila el juego de sus padres y se convierte en atento observador de su juego y se interesa por él, y considera erróneamente al padre activo como el ganador y al pasivo como el perdedor, entonces toma partido por el perdedor. En este periodo hay conductas seductoras recíprocas ambiguas.
Las verbalizaciones están ausentes, o son muy escasas y el interés del hijo, como el del perdedor, está focalizado en el ganador, y es este interés el que los mantiene juntos ya que no hay nada más que los una. Esto en los hechos reales es un imbroglio (embrollo).
Tercer estadio: la conducta inusitada del hijo
Aquí, se desarrolla la conducta inusual del hijo que apunta a ambos (al ganador y al perdedor) con el fin de desafiar el poder del ganador y mostrar al perdedor cómo puede arreglárselas con el ganador.
Mónica es hija única, concebida antes del matrimonio, de una modista muy jovencita exuberante, linda, casada con un profesional pedante, dominante y posesivo. Durante su infancia y su adolescencia, Mónica consideró a su madre como a un pajarito encerrado en la jaula vigilada por su padre. Él no podía privarse jamás de la compañía de su mujer. Por eso, Mónica, durante las vacaciones escolares, era enviada siempre a campamentos. Ese período de separación en verano era motivo constante de tristeza por las llamadas telefónicas desgarradoras de Mónica a la madre. Cuando Mónica cumple 15 años, su madre induce al padre a hacerse socio de un elegante Country Club. Ha llegado el momento, dice ella, de lanzar a Mónica al mundo de la gente de bien. Resulta claro que la madre aprovecha esta ocasión para agravar en el marido de su afición a las diversiones mundanas. Mónica es mandada a Inglaterra y tiene una conducta inusitada, no da señales de vida por teléfono; es su madre quien debe llamar para tener noticias de ella, y la hija se siente fastidiada, se estaba divirtiendo muchísimo con los compañeros de colegio.
Cuando Mónica vuelve a su casa no está preparada, por cierto, para soportar los efectos del horror que ha infundido en los suyos. En el aeropuerto, la madre le dice inmediatamente que ha engordado y la lleva al médico para que le den una dieta para adelgazar. Pero el padre le reserva algo peor: ¡la ha sustituido por un nuevo hijo! En efecto, ha invitado al hijo de 18 años de su hermano que ha vivido en el campo.
Mónica, enseguida, empieza a odiar a este primo; la madre parece entusiasmada en servir grandes platos de ravioli, reservándole a ella ensaladas; al padre le gusta quedarse toda la noche con el joven discutiendo animadamente de política y finanzas. Mónica queda entrampada de manera atroz en el juego de la familia. Llegará a nuestra terapia a los 23 años, psicótica, inactiva y aislada en su casa, presa de ciclos peligrosamente acelerados de variaciones de peso entre enflaquecimientos extremos hasta llegar a los 25 kilogramos y obesidades deformantes.
Cuarto estadio: el viraje del presunto aliado
Se caracteriza por el fracaso de la conducta inusual. Aquí pasan tres cosas: el perdedor no comprende la rebelión de su hijo, no desmiente su rol de ¡aguantador! (mensaje analógico). Se vuelve hostil con el hijo. Y, el perdedor se pone del lado del ganador desaprobando a la hija, y aun castigándolo.
Quinto estadio: la eclosión de la psicosis
Fracasado en su propósito de someter al padre vencedor, traicionado por su cómplice secreto, el hijo se siente solo y abandonado por todos. Presumiblemente, sus sentimientos son una mezcla sumamente compleja en la cual se funden la depresión por la traición sufrida y la sensación de impotencia, junto con una ciega furia destructiva y un angustioso afán de venganza.
Su entrada en el juego no admite abandonos. Educado en un contexto de aprendizaje dominado por el juego de impasse de sus padres, el hijo no concibe la posibilidad de declararse derrotado; la sintomatología psicótica será el arma que le permita automáticamente prevalecer, ahí donde ha fracasado con su conducta inusitada; ahora ya no podrá fallar, doblegará al vencedor y le mostrará a ese sometido perdedor lo que él, el hijo, es capaz de hacer.
Sexto estadio: las estrategias basadas en el síntoma
El juego familiar continúa y mantiene la conducta psicótica del paciente, por la estrategia basada en el síntoma y así persiste la conducta psicótica indefinidamente. Cuando hay hijos con trastornos, hay siempre un matrimonio con trastornos, aun cuando no todos los matrimonios con trastornos producen hijos con trastornos.
La intervención terapéutica: desatar el juego y confirmación del hijo psicótico
La desconfirmación es una modalidad comunicacional que forma parte del juego familiar. La desconfirmación equivale a la falta de reconocimiento, a la negación relacional de la existencia del otro (Linares, 2013). El citado autor reflexiona sobre la base tríadica de la desconfirmación, haciendo una ecuación sistémica entre los padres y el hijo. La definición de la triangulación desconfirmatoria aparece cuando uno de los padres niega implícitamente el vínculo privilegiado con este, acaparada por una relación intensamente pasional con el otro progenitor. El doble vínculo se convierte en un patrón relacional sostenido por el juego, mientras no se descifre tal ecuación. Este recorrido desarrollará un brote psicótico. Podrían aparecer vínculos concéntricos a esta ecuación, incluyéndose un hermano “prestigioso” o un miembro de la familia extensa.
Selvini Palazzoli, en una entrevista que le hizo la revista Social magazín, señala que su modo de trabajo al nivel de la familia no es hacer recetas pedagógicas, ni hacer interpretaciones, ni explicaciones, solo estimulamos; buscamos las reglas que condenan a la familia a jugar un juego que se repite continuamente. En este sentido, la intervención consiste en una prescripción, ritual, algo que ellos deben cumplir sin necesidad de comprenderlo. En este caso, el nivel de instrucción de la familia es indiferente, puesto que una prescripción se puede cumplir en cualquier nivel social. Agrega que es de la opinión de que hay que llegar a curar a las familias con un uso mínimo del lenguaje, que no se ha logrado. Creemos que en la terapia es posible llegar a comunicarse mediante modalidades no verbales. Estamos muy lejos de alcanzar ese ideal, pero la habilidad lingüística de la familia nos interesa poco, porque, para conocer el juego que se desarrolla en el seno familiar nos interesan mucho más los modos conductuales, relacionales, que los discursos verbales.
De hecho, el objetivo con familias de transacción esquizofrénica es adjudicar al hijo con tal diagnóstico de derivación. La terapia familiar irá dirigida a desfocalizar al hijo triangulado de forma desconfirmatoria en yugo conyugal. En Amor, desamor y psicopatología, Linares (2005) anota:
La desconfirmacion es, desde la perspectiva sistémica, uno de los fenómenos relacionales más destructivos, puesto que se trata de la negación de la existencia de alguien. ¿Y podemos imaginar negar la existencia de una persona a la que hemos inscrito en el registro civil y con quien convivimos bajo el mismo techo? No se trata, ciertamente, de un fenómeno simple. La negación relacional de la existencia de un ser humano requiere que este experimente la vivencia de que personas extraordinarias importantes, de las que depende su supervivencia, lo olvidan, lo pierden de vista, dejan de percibir sus necesidades propias (p. 6).
Pasar desapercibido siendo parte del juego familiar, donde el hijo también juega un guión en la trama familiar, producirá la negación de la afirmación de sí mismo. La negación de la existencia se dirigirá hacia la identidad de la persona en cuestión.
Los recursos técnicos dirigidos hacia el cambio han ido variando a la evolución del grupo de Milán. Entonces se comienza a abandonar la intervención paradójica en favor de la intervención ritualizada, esta forma parte de las intervenciones conductuales directas que son tomados en cuenta por Selvini.
El recorrido inverso al juego familiar, dirigido hacia la confirmación, se realiza en principio con la utilización de la connotación positiva. Fue un recurso despatologizante y técnica emblemática de los asociados de Milán. Un enfoque sistémico exige abandonar los conceptos lineales y comprender que el “enemigo” al que debe atacar el clínico no es ningún miembro de la familia, y ni siquiera la propia familia disfuncional, sino lo que ellos llaman el juego familiar, como tales juegos no son manifiestos, solo podemos extraerlos de las comunicaciones que se efectúan en la familia, por ejemplo: en el libro de Mara Selvini Self Starvation menciona un caso relacionado con las luchas acerca de la jefatura que quedan descalificadas mientras sigue adelante el juego:
Mamá: No la deje ponerse minifalda porque sé que a su padre no le gusta.
Padre: Yo siempre he apoyado a mi esposa. Pienso que sería errónea contradecirla.
El Equipo de Milán inventó un método para acabar con estos “juegos sin fin”. El primer paso sería establecer qué juego está jugando la familia con el terapeuta, luego aprobar el juego y fomentarlo. Generalmente el juego es: he aquí nuestra persona con el problema, está enferma o es mala; hay que arreglarla y aliviarnos, pero no se nos haga cambiar.
El terapeuta no debe caer en la trampa. Lo nuevo de los asociados de Milán es su insistencia en prescribir no sólo el pensamiento problema o juego de comportamientos, sino la configuración general de las relaciones que rodean el problema. Para comprender esto, tenemos el concepto de “connotación positiva”, unido al desarrollo de una hipótesis sistémica y sus intervenciones.
La connotación positiva es un recurso terapéutico que puede ser una de las intenciones más originales del grupo de Milán, que consiste en reenmarcar de manera positiva todos los comportamientos de la familia que pertenecen al síntoma. La re-enmarcación positiva del síntoma como se encuentra vinculado con otros comportamientos de la familia es el núcleo de una prescripción paradójica.
Para Peggy Penn (2009), la connotación positiva es una técnica que describe positivamente la organización habitual del sistema, donde se omite la culpabilización en cualquier forma, y en cambio se ofrece una percepción que define positivamente el actual problema familiar, considerándolo determinado por el contexto y con la implicación de que los contextos son relativos y modificables. Enfatiza la utilidad de usar la connotación positiva, al construir mapas de futuro en un contexto definido negativamente y que no es posible abandonar. Ejemplo: “siempre me será antipática”, “él no me apoyó”, etc., mientras que un contexto definido positivamente contiene la opción de ser sustituido por otro contexto: “Si ellos me apreciaran creo que los demás también lo harían”. La connotación positiva crea una posición en la que uno puede estar muy cerca con respecto al sistema. Además, mediante la connotación positiva, la familia también puede conseguir una perspectiva de sus experiencias que se las muestra como limitadas por el contexto.
El proceso de reconfirmación empieza en el establecimiento de una alianza confirmatoria con el terapeuta o el equipo terapéutico. Solo bajo esta condición, ingresaremos a la mitología identitaria del paciente (Linares, 2013). De manera simultánea, Linares coincide con la des-triangulación del hijo de las “garras” de la seudo-conyugalidad de los padres.
Ana es una adolescente de 14 años. Desde hace año y medio migró con su madre a la tierra de la pareja de su madre. En estos últimos 9 años, después de vivir la conmoción emocional del suicidio de su padre, Ana nunca pudo superar tal trauma. Este año abandonó el colegio sumiéndose en la soledad (prefería encerrase en su dormitorio). En mayo de este año, la madre encuentra trabajo y tiene que compartir su tiempo en la casa con Ana y la responsabilidad de sus labores en el trabajo. La baja de su popularidad en el colegio y los caprichos de una relación de atracción con un compañero, justificaron su decisión de retraerse del colegio. En sesión, Ana acepta que con esta decisión obligó a la madre a dejar el trabajo y permanecer en casa con ella. En estos últimos años, conforme Ana crecía, sentía la relación de la madre con Antonio como una amenaza para su relación excesivamente apegada con la madre. Se inician las instigaciones hacia Antonio, de manera puntuada, pero Ana no logra que la madre se colija con ella contra Antonio. Vivian momentos de aparente tranquilidad y otros de intensa rivalidad por Ana hacia su madre. Cuestionaba “su amor obsesivo hacia Antonio”. Aparecen sus miedos y temores imaginarios. En sesión con la externalización y una alianza terapéutica exitosa, logramos “quedarnos” con su “monstruo”, introduciéndolo en una caja, externalizándolo. Ana no logra un espacio de crecimiento ni autonomía estando triangulada entre la conyugalidad de Antonio y la madre. Ana busca una identidad propia. ¿Quién se llevó el ser de Ana? El padre. ¿Es posible que aun Ana viva desde el fantasma del padre muerto? Es posible que la relación de la madre con Antonio desconfirme su existencia. Ana está “pegada” de manera ambivalente a la madre. ¿Cuándo empezaron las dobles ataduras en la comunicación entre Ana y la relación entre la madre y Antonio? Aparecen los acting tras las instigaciones como parte de “juego familiar”, Antonio pierde la tolerancia y jalona a Ana, se victimiza y a la vez no logra que la madre triangule su demanda de sacar a Antonio de la relación entre ambas. Otra posible hipótesis está centrada en los celos de Ana por la relación de Antonio y la madre. Pero ¿desde qué lugar demanda Ana el quiebre de la relación de la madre con Antonio? volvemos al fantasma del padre muerto. El inicio de la confirmación de Ana pasaría por crecer, alejada de la relación de la madre con la pareja y a la vez dejando el pasado de la muerte del padre, de tal forma que se cancele el duelo, que se mitigue el odio de venganza de ella por este hecho, culpabilizándolos a la madre y a Antonio por la muerte del padre y la aceptación de la relación de la madre con Antonio. Esta sería nuestra brújula hacia la confirmación de Ana. ¡Ana existes!
Conclusiones
Hoy en día, para ninguna persona es sorprendente la forma como la comunicación interactiva a través de las redes se ha convertido en una constante comunicacional entre las personas, y por qué no decir, entre las familias. Incluso, podemos observar que las personas pueden estar comunicándose a través de los aparatos tecnológicos. Esta nueva forma de “socializar” entre colegas, amigos y entre personas extrañas es cotidiana. Recuerdo a una madre, que durante una sesión comentaba que hoy, a pesar de que su hijo se encontraba muy lejos, en un país con otra cultura, idioma y costumbre, sabia más de él, que cuando convivían en casa; y esto se debía a la comunicación digital a través de aplicativos ultramodernos de comunicación.
En el plano de la terapia familiar sistémica y de las narrativas familiares, para ningún colega que se dedica a ver familias son –realmente– fascinantes los relatos familiares, sus historias de los acontecimientos, llenos de controversias, malos entendidos, silencios, comunicaciones paradójicas, personas que se dicen una cosa y en el plano de las conductas expresan otra cosa. Estas formas de comunicación humana se construyen en un contexto si bien más humano, no deja de interrogarnos acerca de lo enigmático, complejo y controversial que es la comunicación humana.
Incluso para el terapeuta sistémico novato o en formación se recomienda la incorporación, la toma de conciencia de los axiomas de la comunicación humana, en uno mismo. El trabajo de la persona del terapeuta y el desarrollo de un self (si-mismo) terapéutico, generara un desenvolvimiento durante las sesiones, de la resonancia afectiva y la inteligencia emocional más eficaz.
Hoy es particularmente interesante dilucidar la existencia de los “juegos familiares”. Si bien la desaparición de tres de los cuatro fundadores del grupo de Milán, es Giuliana Prata la que actualiza y trasciende la hipotesis del “Juego familiar” hacia contextos no necesariamente con pacientes identificados como psicóticos, ni en familias psiquiátricamente psicóticas, sino con transacciones esquizofrenógenas. Padres separados con hijos triangulados, a través de mensajes superpuestos hacia uno de los hijos, convocándolo a la construcción de coaliciones generacionales contra el otro progenitor o parejas que durante mucho tiempo interactúan con acciones, pautas y patrones de comunicación tipo escaladas simétricas muy sutiles, llegando a incluir a los hijos en los juegos de “quién pierde y quién gana” en la relacion.
Es por esta razón que actualizar conceptos e hipotesis en la labor de la clínica de familias nos permite comprender las formas como las personas en las familias se comunican. Y estas pautas y patrones relacionales construyen, mantienen y producen síntomas en algunos miembros que, como paciente identificado o señalado es, no obstante, el que lleva a la familia a la terapia, mencionando “asistimos porque nuestro hijo o hija está mal, pero nosotros no estamos incluidos en su locura”.
Referencias
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