El duelo por muerte: la intersección entre prácticas culturales, rituales sociales y expresiones emocionales

Bereavement by dying: the intersection between cultural practices, social rituals and emotional expressions

María Cristina Palacio Valencia1

Fanny Bernal Orozco2

Resumen

Esta investigación partió de la experiencia clínica desarrollada en las prácticas empresariales del programa de Psicología, de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Manizales, realizadas en la Funeraria La Aurora, en Manizales, Caldas. Su objetivo fue encontrar la conexión entre las prácticas culturales, los rituales sociales y las expresiones emocionales que se producen en los procesos de duelo por muerte de una persona significativa. La investigación es de corte cualitativo y se construyó con base en los registros de información secundaria (fichas bibliográficas, historias clínicas y libretas de campo).

Palabras clave: Duelo, muerte, prácticas culturales, rituales sociales, expresiones emocionales.

Abstract

This research was based on the clinical experience developed in the business practices of the Psychology program of the Faculty of Human and Social Sciences of the University of Manizales, held at La Aurora Funeral Home in Manizales, Caldas. His interest is to find the connection between cultural practices, social rituals and emotional expressions that occur in the bereavement processes for the death of a significant person. The research is qualitative and was based on the records of secondary information (bibliographic records, clinical records and field notebooks).

Keywords: Bereavement, death, cultural practices, social rituals, emotional expressions.

Para citar este artículo

Palacio, M.C. y Bernal, F (2019). El duelo por muerte: la intersección entre prácticas culturales, rituales sociales y expresiones emocionales. Tempus Psicológico 2(1), 89-108. doi: 10.30554/tempuspsi.2.1.2595.2019

Recibido: 06.04.2018 – Aceptado: 11.05.2018

Artículo de investigación

ISSN - 2619-6336

1 Socióloga. Magíster en Ciencias Políticas. Docente investigadora Universidad de Caldas.
000-0001-8142-1779. Correo: mcpv1950@gmail.com

2 Psicóloga. Magíster en Ciencias de la Educación Superior. Docente investigadora Universidad de Manizales. 000-0003-1819-8898. Correo: liberia53@hotmail.com

Introducción

El duelo y la muerte son componentes de la vida humana que conectan el mundo emocional y cultural en configuraciones individuales y sociales. Al respecto, Elias (1987) argumenta el sentido y significado que tiene la muerte como realidad humana: inevitable e intransferible, su contenido es la finitud y su lugar se encuentra en correspondencia con un contexto (socio-génesis), y con las estructuras psíquicas y de las personas (psico-génesis), al entrelazar el sistema de creencias, la presión y el control social y las vinculaciones emocionales y afectivas.

Para la comprensión de este proceso conviene diferenciar los agentes participantes: el difunto y los dolientes sobrevivientes. En relación con el difunto, el tema de la muerte pasa por marcos institucionales y legales, protocolos y normas sanitarias. En relación con los vivientes, algunos inician procesos de acompañamiento emocional con profesionales expertos y los trámites relacionados con los servicios funerarios.

La muerte activa estrategias de control social en los dolientes, asistentes, espectadores y demás participantes. Estas estrategias se traducen, según Rodrigo Flores (2004), en ritos funerarios y de duelo por la muerte de una persona significativa: como la velación, el acompañamiento, el color negro como símbolo de luto, las manifestaciones emocionales por la pérdida, el silencio, la restricción y el control de emociones de alegría y festejo, que son una demostración de respeto por la memoria del difunto.

Para este análisis es preciso distinguir los tipos de muerte que inciden en las dinámicas provenientes de la pérdida. Por un lado, está la muerte esperada por enfermedades o por vejez, que se entrelaza con la vivencia del sufrimiento, el reconocimiento de la finitud y la necesidad de una resolución. Y la súbita o inesperada: derivada de accidentes, muerte violenta provocada por otros o el suicidio, que moviliza otros rituales: no hay despedida, no hay acompañamiento al morir, la sorpresa de la muerte irrumpe en la certeza de la vida, advienen sentimientos de extrañeza, de venganza, de rabia, de búsqueda de las razones de la muerte y de la vida, y el sufrimiento inesperado es posterior a la muerte, lo que trastoca las rutinas cotidianas.

Las manifestaciones culturales en relación con la muerte son diversas. Un estudio realizado en Chile por Aláez (2001) aborda el duelo en comunidades andinas, a través de la elaboración de rituales mortuorios, en cinco momentos: la velación, el entierro, la conmemoración, el culto y el recuerdo de las nuevas almas, similar a lo que ocurre en Colombia. La diferencia con este país consiste en la costumbre de poner avisos en el pueblo. Aláez encontró la ritualización de la expresión emocional en la música, la elaboración de la comida y la presencia de la comunidad ante la muerte. Estos hallazgos fortalecen la búsqueda de la conexión entre los rituales sociales, las prácticas culturales y las expresiones emocionales, como es el propósito de la presente propuesta.

El proceso de duelo tiene componentes sociales. La investigación realizada en Colombia por Echeverría (2004), con viudas de policías, focaliza las modificaciones que se ejercen en los patrones culturales de estas mujeres, a partir del análisis de respuestas físicas, sociales, emocionales, conductuales e incluso espirituales. Este antecedente aporta a la comprensión de los cambios en la vida cotidiana de las mujeres que viven la muerte de una persona significativa.

Afrontar el duelo tiene un componente simbólico fuerte, como lo muestra otro estudio en Colombia de Díaz, Molina y Marín (2015) en los duelos de las personas afectadas por el conflicto armado. Se identifican dos tipos de pérdidas: las físicas por la muerte de una persona y las simbólicas, relacionadas con pérdidas de identidad en el mundo comunitario y familiar. Entre las formas como las personas asumieron el duelo, la más frecuente fue el aislamiento, además de la desconfianza y el miedo y la expresión de tristeza por medio del llanto.

Por último, Dávalos, García & Suárez (2008) plantean que el proceso de duelo es vital para el manejo emocional en las pérdidas. Además, consideran que el duelo es una reacción natural ante la pérdida de un ser significativo o de algún objeto representativo para la persona, “por lo que no se requieren situaciones especiales para su resolución” (p. 28). Sin embargo, sostienen que “la intensidad del duelo no depende de la naturaleza del objeto perdido, sino del valor que se le atribuye” (p. 28), razón por la cual resulta difícil para algunas personas elaborar adecuadamente su duelo.

Metodología

La investigación es cualitativa (Bonilla, E., Rodríguez. P. 1995. & Canales, M., 2014), para auscultar en las voces de varios agentes (dolientes y equipo de investigación) y en los registros de información secundaria (fichas bibliográficas, historias clínicas y libretas de campo) los haceres, decires y sentires de las personas cercanas, familiar, social e institucionalmente, ante el fallecimiento de una persona significativa.

Se hizo énfasis en categorías de la psicología con enfoque humanista, la antropología de la muerte y algunos planteamientos de la sociología de las emociones, para brindar las pistas de conexión de las prácticas culturales con los rituales de duelo. Además, la vigilancia empírica de los comportamientos, las expresiones emocionales, las disposiciones y los signos corporales contextuados en el escenario de la funeraria, los talleres de duelo, las visitas domiciliarias y la atención y el acompañamiento individual y familiar que realiza la Funeraria.

La información de las fuentes secundarias se ordenó, clasificó y sistematizó para procesar su transformación en dato de investigación (Galeano, 2004). Lo anterior se refuerza con un argumento de Kathya Araujo (2014) respecto a que:

Las fuentes secundarias fueron siempre leídas y trabajadas a la luz de la pregunta de investigación. El trabajo con fuentes secundarias no fue concebido simplemente como destinado a la generación de un contexto, sino como un elemento indispensable para la producción del entramado analítico (p. 49).

Se trabajaron las historias clínicas, sometidas al lente clínico, ético y legal de dos profesionales de la psicología: la coordinadora del Centro de Duelo de la Funeraria y otra psicóloga asistente de esta. Se codificaron, clasificaron y sistematizaron según los criterios de agrupación, diferencias y similitudes y hallazgos, en términos de categorías emergentes, historias que hicieron visibles los entramados emocionales de los duelos, la consistencia de las vinculaciones afectivas, el peso de los sistemas de creencias y la presión de las prácticas sociales y culturales. Los informes de los talleres mensuales de duelo, con el registro de los temas abordados y la secuencia de las visitas domiciliarias, permitieron situar los procesos emocionales de los duelos con las dinámicas temporales y espaciales: el recuerdo cercano de la persona fallecida, la memoria de su lugar en la vivienda, en el hogar o en los espacios compartidos.

Además, se dispuso de observaciones in situ (salas de velación y visitas domiciliarias) realizadas por el equipo de investigación. Esta información se registró en una libreta de campo que se tradujo en memos analíticos, que acompañaron los conversatorios en el equipo. Esta información se procesó con la finalidad de capturar la secuencia de las interpretaciones del grupo y aportar a la construcción de la abstracción interpretativa y comprensiva para encontrar la intersección entre las prácticas culturales, los rituales sociales y las expresiones emocionales en los procesos de duelo.

Se hizo visible un tránsito de lo exploratorio a lo descriptivo para la comprensión de las prácticas culturales en los rituales de duelo. Lo anterior tradujo un principio metodológico básico de la investigación cualitativa, como lo plantearon Strauss y Corbin (1990) en relación con una especie de inter-juego, de interacción constante y, sobre todo, de crítica entre los datos producidos en la sistematización y las ideas, preguntas y objetivos del proceso investigativo.

En síntesis, se alude a la lógica metodológica que se estructuró en torno a lo que se podría considerar una investigación narrativa, que, en términos de Connelly y Clandinin (2009), expresa estudios sobre la experiencia, que no es otra cuestión que el reconocimiento de los seres humanos como sujetos contadores de historias. Y en esta línea, un propósito de esta investigación fue narrar por los dolientes y el equipo de intervención de la Funeraria, las experiencias de duelo por muerte de un ser significativo, porque el duelo se narra como experiencia de vida en los contextos de las historias personales y sociales. Brizman, citado por Connelly y Clandinin (2009) dice:

La voz es el sentido que reside en el individuo y que le permite participar en una comunidad… La lucha por la voz empieza cuando una persona intenta comunicar sentido a alguien. Parte de este proceso incluye encontrar las palabras, hablar por uno mismo y sentirse oído por otros… La voz sugiere relaciones: la relación del individuo con el sentido de su experiencia (y por lo tanto, con el lenguaje) y la relación del individuo con el otro, ya que la comprensión es un proceso social. (2009, p. 20)

Finalmente, la investigación se soportó en criterios éticos respecto a la disponibilidad y el acceso de la información de las fuentes secundarias y marcó la frontera entre lo que debía y podía contarse, lo que se excluyó de esta narración y la forma en que debía ser presentada, teniendo en cuenta que el equipo de investigación es el equipo acompañante en el duelo. Aquí, agenciaron dinámicas de interacción y, en esta lógica conversacional, registraron la información, construyeron narraciones y enunciaron los hallazgos.

Resultados y discusión

Una narrativa descriptiva sobre los registros del Centro de Duelo indica una feminización de la población usuaria, por la participación mayoritaria de las mujeres, no solamente en los ritos funerarios sino también en los procesos de acompañamiento (talleres, visitas y asesorías). Mujeres, especialmente urbanas, con una escolaridad media y, preponderantemente, de estratos populares, marcan algunas características de las personas que le dan sentido a las voces de esta investigación.

Los procesos de duelo se personifican y contienen distinciones relacionadas con el tipo de muerte de la persona fallecida. La muerte natural presenta la mayor referencia en los ritos funerarios y rituales que se realizan en la funeraria, un tipo de muerte que, según sea esperada, indica una correspondencia con los procesos biológicos. Sin embargo, los componentes de la mitigación, contención y resignificación del duelo derivados de este tipo de muerte, pueden asociarse con la edad, las situaciones de salud y con las relaciones, vinculaciones y dependencias entre la persona fallecida y los dolientes. Por ejemplo, no es lo mismo la muerte de una persona joven a la de una persona adulta mayor, la muerte de una persona con complejas situaciones de salud (independientemente de la edad que tenga) y el significado del cuidado que se brinda a la persona fallecida como sentido de vida de la persona doliente.

Por otra parte, los tipos de muerte por accidente, homicidio y suicidio, tienen otras connotaciones emocionales que se vinculan con una muerte no esperada. En estos tipos de muerte hay distinciones emocionales: la muerte por accidente detona la sorpresa y la búsqueda de explicaciones muchas veces asociadas a la mala suerte, al destino adverso o a la falta de precaución y, dependiendo de la distancia del doliente con las condiciones del accidente, pueden detonarse sentimientos de culpa o de deuda emocional. La muerte por homicidio hace visibles, en algunos casos, sentimientos de venganza y retaliación, y de una culpabilidad desplazada a terceras personas, que pueden también acompañarse de miedos y temores, especialmente en los sujetos implicados. Y cuando la muerte es por suicidio, la dinámica del duelo tiene un tono de sorpresa y suele orientarse a la carga social y al estigma moral que alude a las condiciones que llevaron a la persona a tomar esa decisión, asociadas en muchas ocasiones a las dinámicas de la vida familiar.

Otra consideración se refiere a la conexión de los procesos de duelo con las dinámicas relacionales y vinculantes. En este punto, la red parental y familiar ocupa un lugar significativo en los rituales de duelo. La pertenencia familiar se traduce culturalmente en una movilización emocional y afectiva: nacimiento y muerte son dos polos del curso de vida que anudan las interacciones familiares y los enlaces intergeneracionales.

La maternidad, la paternidad y la filiación son tres asuntos con profundo anclaje cultural, emocional y afectivo en los procesos de duelo. Las pérdidas del padre o la madre, relacionadas sobre todo con la vejez, pueden hacer más llevaderos los procesos de duelo, ante la evidencia de una naturalización del curso de vida, una cierta aceptación del sentimiento de finitud, la gratificación del linaje y el relevo generacional.

El panorama cultural del duelo adquiere un matiz diferente cuando la persona fallecida es el hijo o la hija, muerte temprana que quiebra la naturalización del ciclo de la vida, lo que se expresa en el sentido común respecto a la profundidad del dolor de enterrar a un hijo o una hija, ya que “lo natural es que los hijos entierren a los padres”, como se expresó en los talleres de duelo. Pero sea lo uno o lo otro, el duelo por la muerte de una persona significativa irrumpe en la vida cotidiana y genera dinámicas de resignificación para las personas vivientes.

Las prácticas culturales

Con base en algunos planteamientos de Cesar Abilio Vergara (2001) puede considerarse que la observación sistemática acompañada de algunos registros de conversaciones (Larrosa, 2013), permiten entretejer escenas de la vida cotidiana, en torno a los procesos de duelo en diferentes espacios (centro de duelo, salas de velación y hogares) y en distintas temporalidades (en el ritual funerario, la entrega de cenizas y la asistencia y acompañamiento en el duelo).

Muchas personas realizan despedidas más íntimas con las cenizas: esparcirlas en ríos o en el mar, enterrarlas y sembrar árboles que luego riegan y cuidan como homenaje de vida. Al respecto, una señora participante en los talleres de duelo decía:

“voy cada que puedo al sitio dónde dejamos las cenizas de mi padre: allí tenemos un guayacán amarillo. Cuando vamos le echamos abono y lo cuidamos. Ese árbol va a ser grande como mi padre y fuerte como su legado” (Part. 01).

Otras personas participantes en los talleres y en las consultas individuales indicaron que se quedan con las cenizas en casa por un tiempo, actitud que no les ayuda en el proceso de elaborar su dolor, como lo expresa otra de las participantes: “mi marido murió hace seis meses y yo tengo las cenizas en la sala, todas las noches me siento y le hablo, es como si estuviéramos de visita”. Como lo explican García y Suárez (2007) “esto impide que las personas se adapten a la pérdida, reorganicen sus papeles y las normas de relación con los seres queridos, por lo que las relaciones de pareja o familia se congelan en esta situación” (p. 38).

Las prácticas culturales se observaron en las formas y estilos de actuación y relación. Concebidas como encuentros e intercambios sociales, expresaron una legitimidad compartida en escenarios y tiempos distintos. Contienen rituales de actuaciones públicas en las salas de velación en el tiempo del rito funerario y el significado de la despedida. El auditorio abierto es un espacio de circulación, movilización e intercambio de diversos agentes sociales en torno a la figura de la persona fallecida. Se demarca una especie de círculos de proximidad, distancia y ajenidad entre las personas participantes en el rito funerario. Parientes, entre ellos los más próximos con una vinculación directa con la persona fallecida: hijos e hijas, pareja y demás familiares; allegados a través de los lazos de amistad; conocidos vecinos, compañeros de trabajo y participantes formales por una presión social; incluso los desconocidos que asisten a un ritual que les reporta un significado emocional, quizás vinculado a cierto deseo de indagación y curiosidad.

A su vez, los talleres de duelo son encuentros colectivos posteriores al rito funerario de la despedida. Se realizan con personas desconocidas y anónimas entre sí, lo que no impide que se convierta en un ámbito de interacción y construcción identitarias en torno al duelo. En este escenario, se observan tres situaciones: la primera en torno a la certeza de la muerte; la segunda respecto a la legitimidad social sobre el dolor por la pérdida y el sentimiento de ausencia; y la última, sobre la búsqueda de un saber experto.

A diferencia de los talleres de duelo, las visitas domiciliarias y los encuentros familiares traducen intercambios personalizados y dinámicas cara a cara, mediante una interacción bidireccional. El sentido de estos escenarios en los procesos de duelo, hace visible un conocimiento sobre el comportamiento privado de la vida cotidiana, y sobre la trayectoria relacional y vinculante en torno a la persona fallecida, lo que facilita la movilización emocional en el duelo.

Las visitas domiciliarias y los encuentros individuales y familiares, abren la escena privada de la persona fallecida y de los vivientes familiares cercanos. Se inicia otro ritual que le da contenido a la conversación y circulación de códigos verbales y emocionales, con referencia a la presencia de una ausencia y la fuerza de la memoria. El hogar, como lugar físico y simbólico de la con-vivencia cotidiana, conjuntamente con los objetos que guardan las pertenencias identitarias con la persona ausente, y la consulta en la funeraria, son dos escenarios por donde transita el dolor y el sufrimiento ante la pérdida, y sostiene el sentido de que “el duelo no suele constituir una vía de acceso al olvido, sino una relación de otro tipo con el pasado” (Cruz, 2007, p. 33).

Circulan conversaciones en las que se mitifica la persona fallecida, ya sea por muerte natural, accidental, violenta o por suicidio, se trae al recuerdo la valoración de la fuerza y la valentía de una buena persona, y la necesidad de su presencia, según el significado que le otorga el propio sistema de creencias.

Lo anterior se observa en la narración de una mujer de 30 años en la visita domiciliaria, sobre la experiencia de la enfermedad y la muerte de su hermana. recordaba que “a pesar de su enfermedad se mostraba fuerte y valiente, y nos dejó un gran aprendizaje”. Expresión diferente en la voz de la madre, quien recurre, por sus creencias religiosas, a su dios “para que se la llevara rápido” y ante el silencio de su petición, se movilizan emociones perturbadoras de rabia contra ese dios que no le escuchaba sus ruegos. Estas narraciones se encuentran de manera recurrente en las visitas domiciliarias y son contenidos en el acompañamiento en los procesos de duelo.

En este sentido, la investigación identificó el peso que tiene en los procesos de duelo el sistema de creencias de las religiones católicas y de otras iglesias, al confrontar los discursos con las prácticas en los rituales funerarios y en el acompañamiento. Un hallazgo del análisis de las historias clínicas, permitió concluir que la valoración de la muerte de Jesús no alcanza a soportar la comprensión que le otorgue serenidad a los dolientes, ante la partida y la ausencia del ser significativo. Son discursos que magnifican la vida eterna, como esperanza para las personas fallecidas, pero no permiten desligar su ausencia de emociones perturbadoras que conducen a resignificar la vida de los vivientes como desastre y tragedia.

Rituales sociales de duelo por muerte

Se considera un proceso de soporte y acompañamiento según el sistema de creencias de la persona viviente y según las orientaciones del saber experto. Estos rituales se orientan a la persona viviente, al reconocimiento y aceptación de la despedida y la pérdida de una persona significativa por su fallecimiento, y recorren la trayectoria de la despedida, la aceptación o el rechazo de la ausencia de quien fallece y la disponibilidad de reestructurar su propia vida.

Cada ritual, cada conmemoración, para las personas entrevistadas implica dolor, sobre todo en los primeros meses, cuando la herida de la muerte está reciente. Llevar las flores, diseñar una cruz, hacerle cartas, pintar dibujos, son actos para perpetuar la memoria. Un ritual que traduce el vínculo emocional y alimenta el afecto, trascendiendo el tiempo del evento, como lo expresó una madre en los procesos de acompañamiento:

“tras la muerte de mi hijo en un accidente de bicicleta, cada mes visito el sitio de la tragedia, llevo flores, le leo cartas y realizo un video que se lo envío a familiares y amigos. Mediante estas acciones pretendo que no sea olvidado el nombre de mi hijo” (Part. 5).

Hay duelos perennes, porque los dolientes se niegan a despedirse de su ser querido muerto, lo que deriva en depresión y además impide que estas personas puedan continuar sus vidas aceptando la ausencia. Una señora participante en los talleres expresaba:

“mi hijo lleva cuatro años de muerto, la habitación está tal como él la dejó antes del accidente, no he movido su ropa, ni sus libros y tengo a la entrada de la casa en la sala una foto grande. Yo creo que esto me brinda consuelo, aunque todavía me siento muy triste y sola” (T3).

Los rituales de duelo tienen correspondencia con dimensiones temporales y espaciales, los cuales para Gorer (1965) y Bowlby (1965) contienen momentos para el restablecimiento, como son la preparación para la despedida, la reorganización de la vida cotidiana a través del retorno de rutinas y la finalización del proceso, donde el doliente resignifica sus responsabilidades individuales, familiares y sociales. Al ser prácticas culturales, requieren equipajes emocionales adecuados que faciliten el tránsito por este proceso. De lo contrario, tiene lugar el síndrome del duelo inesperado, como lo plantearon Parkes y Weia (1983), que indica las dificultades de aceptación del duelo y puede derivar en complejas situaciones emocionales, como lo indica una señora viuda, participante de los procesos de acompañamiento:

“cada mes, luego de la muerte de mi esposo, le mando a decir una misa, voy al cementerio, le llevo flores y lloro como si hubiera acabado de ocurrir. Me siento muy triste, pero si no lo hago me siento culpable y creo que él dónde esté va a pensar que yo ya no lo quiero” (Part. 3).

Es decir, al duelo por la muerte del esposo se le agrega la presión emocional de mantener la certeza del amor, no obstante la ausencia por la muerte.

Por otra parte, los rituales de duelo expresan una doble dimensión. La primera es social, el proceso de compartir una identidad y su reconocimiento colectivo en torno a la pérdida, especialmente en los talleres de duelo, desplegó dispositivos como el uso de la palabra en público, que incluyó contar historias de soporte y compartir las expresiones emocionales de dolor hasta asumir públicamente su capacidad o su dificultad de transitar o superar el duelo.

Y en las visitas domiciliarias, los rituales de duelo focalizan conversaciones privadas en torno a una narración espacial, asociada con la persona fallecida. Rememorar sus pasos, sus lugares de preferencia, los objetos que cuentan sus historias son, en un primer plano de amarre y asociación, de una ausencia física con una presencia emocional, pero también marca el umbral de aceptación o de rechazo de la ausencia.

En relación con la dimensión individual, las conversaciones de acompañamiento psico-educativo en el Centro de Duelo de la funeraria expresaron el tinte de la intimidad en la interacción bidireccional con el profesional. Las confesiones, el llanto y la fragilidad emocional son el nudo de la conversación: la escucha y el eco de la propia voz del doliente se anudan en la esperanza y la expectativa de encontrar alivio y mitigación del dolor.

La búsqueda de las razones, de la palabra de aliento para proseguir, de la promesa de mantener el recuerdo, coincide muchas veces con expresiones de incapacidad o con el deseo de no seguir viviendo. Asuntos que se convierten en el umbral de rituales dirigidos a dejarlos partir y a tramitar una despedida sin deudas ni culpas. Es sentir el duelo por la muerte con la gratificación del aprendizaje de la vida vivida.

Los procesos de duelo tienen un punto de inflexión entre la despedida de la persona fallecida y el acompañamiento del duelo a los vivientes. En este sentido, Montoya (2008) alude a tres dimensiones de afectación por la pérdida de un ser significativo: la realidad, el sentido de vida y la personalidad.

Estas tres dimensiones dejan en la vida acciones, planes, expresiones y emociones inconclusas. Expectativas de los familiares y allegados, planteadas y no realizadas en relación con la persona significativa, como matrimonios, viajes, logros académicos o laborales. Igualmente, el silencio o el aplazamiento de palabras, reclamos, señalamientos, justificaciones incluso promesas y planes que no se realizaron aparecen en los registros como un “te amo” “fuiste un canalla conmigo” “te quiero” “fuiste un héroe para mí” “gracias a ti” “o un “por qué lo hiciste” o “programemos esto”. Canciones, poemas, novelas que ponen en la narración literaria voces asociadas con la persona fallecida pero que se quedaron atrapadas en el silencio de la vida con el sello inevitable de la muerte. Asuntos que se enredan en la práctica de las comidas, los hábitos, los gustos que identifican a las personas, y detonan con su ausencia culpas y deudas que los dolientes cargan como asuntos pendientes (Bernal, 2004).

Ante esto, un ritual terapéutico se orienta a cerrar estos procesos, que se materializan en dispositivos como una carta de despedida, la enunciación de emociones y la narración de experiencias y vivencias, que hacen visible la vida con la persona fallecida: sus trayectorias, sus transiciones, los puntos de giro, las oportunidades y la resignificación de las relaciones y las vinculaciones que permiten comprender los movimientos emocionales y afectivos que se expresan en el duelo.

La silla vacía es otro ritual que se orienta en el acompañamiento del duelo. El referente simbólico de la presencia, la mediación de una conversación bidireccional, la enunciación y la dirección de la palabra hacia la persona imaginada y el retorno a la escucha, se convierten en soportes para comprender el duelo y resignificar una ausencia que no obstaculice el significado de la vida para los vivientes. Aquí, hay prácticas que conservan la valoración de los homenajes, no como atrapamiento en un pasado sino como el reconocimiento de alguien que aportó a la construcción del presente.

Además de los anteriores hay otros rituales de duelo, como el acompañamiento a las familias en la velación y la entrega del cuerpo o de las cenizas. La entrega del cuerpo a los familiares es un momento de profunda carga emocional, y en algunos casos requiere el acompañamiento y la participación del profesional. Rito social de una entrega que evidencia la muerte: umbral donde se funde la certeza de esta muerte y la captura del recuerdo en vida de la persona significativa. Con esto, se transita hacia la despedida, en correspondencia con el sistema de creencias: rezos, bendiciones, flores blancas, velones y abrazos acompañan las expresiones del dolor y la solidaridad entre las personas dolientes y la esperanza de que el difunto viva la vida eterna en el paraíso.

En este ritual funerario tienen presencia las lógicas institucionalizadas que orientan las decisiones y las opciones legales que tienen los familiares en torno a la inhumación o la cremación. La primera indica la terminación del ritual funerario con la despedida del cuerpo en la velación y la cremación tiene su último momento en la entrega de las cenizas. A este respecto, una participante en los talleres expresa que tuvo algunos dilemas respecto a la manera de hacer el funeral de su padre: él había decidido antes de morir que quería que lo enterraran y así se lo hizo saber a su familia. Al morir, se reunieron para tomar decisiones y optaron por la cremación, contradiciendo los deseos del papá. La explicación es que sienten que pueden vivir otro duelo años después, cuando deban sacar sus restos, quizás tan fuerte como el que están asumiendo, ya que les tocó sacar los restos de la madre y les pareció algo traumático.

Expresiones emocionales

Con base en algunos planteamientos de Martha Nussbaum (2008), la movilización emocional que acompaña el duelo tiene una estructura de valoración para quien la experimenta en correspondencia con su proyecto de vida: la expresión emocional indica la relevancia y el significado de una otredad para la propia vida.

La emoción y la razón interactúan, no son dos mundos separados, se entrelazan en el reconocimiento de un elemento valorativo y racional, guiado por el sistema de creencias culturales, religiosas y morales. Por esto, Illouz (2008) considera que las emociones no son una acción per se, sino energía interna que impulsa a la acción, lo que le da un carácter a un acto, que implica al mismo tiempo cognición, afecto o desafecto, evaluación y motivación que circula por el cuerpo.

Las emociones no pueden ser vistas como dimensiones individuales naturalizadas fisiológicamente. Concierne a interacciones del yo (sintiente) respecto a otros, situados relacionalmente en un contexto cultural y social. Por ejemplo, la expresión emocional de la vergüenza, el enojo, la rabia o la culpa, por citar algunas emociones que se observan en los dolientes, depende de las relaciones existentes entre las personas implicadas en la situación.

Lo anterior también lo ratifica Le Breton (2005) cuando reconoce el carácter social y cultural de las emociones, su importancia y lugar en las encarnaciones y en la experimentación de las formas de sentir. Estas no son inmutables ni estáticas y su movimiento se da en correspondencia con las dinámicas relacionales. Su diferencia en intensidad y manifestaciones se da de acuerdo con las singularidades de cada persona y con las relaciones y los vínculos que están implicados en el movimiento emocional.

El duelo es una situación emocional provocada por una pérdida. Su percepción, su forma de ser sentida y expresada por cada persona corresponde a tres componentes: por una parte, la pertenencia al repertorio cultural del grupo social, religioso, comunitario y familiar, puesto que las expresiones emocionales son modos de afiliación a una comunidad social, una forma de reconocerse, de interactuar y comunicarse conjuntamente bajo un techo simbólico compartido. Por la otra, a los equipajes culturales y emocionales que el individuo ha construido en su trayectoria particular y singular, que se expresan en su personalidad, formas y estilos de actuación y relación. Y, finalmente, la vivencia de la historia construida con la persona fallecida.

Las expresiones emocionales no son estáticas ni mecánicas: tienen su propia temporalidad y espacialidad. En la sala de velación y en las conversaciones educativas posteriores, la observación de las emociones indica varias tendencias en sus manifestaciones: en primer lugar, hay una distinción desde el dualismo de género, ya que los hombres asumen una posición de aislamiento como dispositivo de vivir su duelo y las mujeres lo expresan abiertamente a través del llanto y el silencio. En segundo lugar, la expresión emocional en las personas pertenecientes al primer círculo de cercanía parental y afectiva se traduce en malestar y en incertidumbre y otras personas hacen visible las experiencias negativas de la convivencia. Finalmente, la diversidad emocional transita en el dolor, la resignación, la preocupación incluso la rabia y la molestia por el hecho de la muerte.

Consideraciones finales

El duelo por la muerte de una persona significativa transita por lugares y tiempos que trazan una especie de cartografía del dolor, al delinear una frontera entre el pasado y el presente y, además, desplaza la proyección del futuro por la ausencia de quien ya no se encuentra presente. Una ausencia que instala en el doliente la certeza de la finitud y la imposibilidad de la cercanía y la proximidad de los cuerpos.

Es una ausencia que expresa en el duelo la compensación emocional donde la memoria mantienen el nexo con el pasado. Es decir, se opera según la historia vinculante a partir del momento del fallecimiento, la reivindicación de lo que se quiere y se desea recordar, como una especie de momento fundante del presente para las personas vivientes. Una elección que tiene conexión con el sistema de creencias que le dan contenido al dolor y al sufrimiento por la pérdida y proveen de significado una realidad cotidiana cruzada por la evocación de quien ha desaparecido. Citando a Cruz “se trata del desplazamiento desde la idea de la ausencia a la de la pérdida” (2007, p. 40) que de cierta manera busca recuperar emocionalmente la presencia del ausente.

El duelo es un proceso que traduce las acciones y las formas de sentir según los equipajes culturales y emocionales que se han construido durante la vida. Marca el reconocimiento de símbolos como vestir de negro y distanciarse de encuentros festivos; realizar prácticas religiosas recurrentes individuales y compartidas como los rezos y las oraciones de difuntos, limpiar las lápidas y llevar flores; transitar por lugares como el cementerio y los osarios. Un soporte del duelo son los sistemas de creencias, sean religiosos o laicos. La argumentación que se traduce en la racionalización sobre la muerte, permite mitigar el dolor por la pérdida.

Los resultados permitieron identificar, a partir de la clasificación de los tipos de muerte, las respuestas culturales, las disposiciones de los cuerpos, las expresiones emocionales y el significado de los rituales sociales, aunque los procesos del duelo no son generalizables: la particularidad de los fenómenos en sus contextos incide en las experiencias individuales. Sin embargo, estas manifestaciones se inscriben en los marcos culturales que contienen sentidos específicos.

El duelo permite comprender las realidades cotidianas, en la articulación entre los procesos socio-culturales (socio-genéticos) y las disposiciones psico-emocionales (psico-genéticos) en torno a la verdad intransferible de la muerte y más si se trata de una persona significativa y cercana. Así como la valoración en torno a ella, los dispositivos de su abordaje en términos de aceptación o de rechazo, y el lugar que se le otorga como coyuntura de resignificación para los vivientes. En este contexto, el sentido de las sensibilidades sociales actuales en torno a la muerte, la búsqueda del bienestar y la salud mental se anudan en el reconocimiento de la finitud de la vida, en correspondencia su calidad y con la memoria, como dice Rosa Montero en su novela Temblor para comprender la responsabilidad compartida frente a la experiencia de la historia humana.

Referencias

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