Miguel Alberto gonzález gonzález2
En condiciones de igualdad o de mezquindad, el horizonte y la utopía han representado formas humanas de incluirse en un futuro diferente, que usualmente se lleva con apocalipsis o mesianismo.
La idea de un constante preguntar por nuestras maneras de relacionarnos con la realidad y los modos de convocar los tiempos que se constituyan en paisajes posibles, no se puede suspender al primer esfuerzo.
En principio, entender la realidad desde el contexto exige no apartarse del medio: esto, para poder pensar en la construcción de posibilidades sociales en un presente que constituya un devenir en positivo, pero insertado en lo posible.
Siempre estaremos en movilidades que van desde la llenura al vacío; pre- ferimos la primera al riesgo de no estar en posesión de algo. El horizonte es vacío, es potencia, utopía y, claro, distopía.
Palabras clave: Horizonte, panorama, paisaje, utopía, realidad, sujeto, presente, vacío, distopía.
In conditions of parity or meanness the horizon and the utopia have repre- sented human forms to include themselves in a different future that usually apocalypse or messianism takes with. The idea of a constant to ask for our ways to relate to the reality and the ways of invoked times that are constituted in possible landscapes; it cannot suspend at the first effort.
Since to understand the reality from the context it demands not to separate from place, this to be able to think about the construction of social possibilities in a present that constitutes to happen in positive, but inserted as possible. We will always be in movements that go from the fullness to the emptiness; we preferred the first at the risk of not being in possession of something. The horizon is empty, is power, utopia and, of course, dystopia. Keywords: Horizon, panorama, landscape, utopia, reality, subject, present, empty, dystopia.
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Recibido: noviembre 03 del 2010. Aprobado: diciembre 20 del 2010.
Miguel Alberto González González. Nacionalidad: Colombiano. Magister en Educación-Docencia de la Universidad de Manizales. Doctorando en Conocimiento y Cultura Latinoamericana – IPECAL-México, Doctorando en Ciencias de la Educación Universidad Tecnológica de Pereira-Colombia. Docente e Integrante equipo de investigación Maestría Universidad de Manizales. Correo electrónico: miguelg@ umanizales.edu.co
“He despertado con el sabor dulce de su piel en mi boca”.
Julián Malatesta.
La aventura de levantarse con el aroma de aquella piel que nos atrae es un des- pertar de paraíso, regalo que pocas veces nos prodigamos. De por sí, es un lujo que se lee en poesía y en raros momentos se descubre en la relación sujeto-sujeto. Así como el panorama ambiental, el rol del sujeto en libre albedrío está en vía de extinción en pleno siglo XXI, una época de comercio, donde hasta los sueños se desvirtúan, se pasan por alto, o en el más folclórico de los casos se venden en sofisticados centros comerciales. Estamos anclados, atornillados al comercio de la fe- licidad, de la salud, del amor, de la piel, del sexo fingido, y, para decirlo con simpleza: estamos atornillados al comercio del ser humano, esa es su distopía.
La felicidad como producto vendible y, por consiguiente, comprable, es una realidad impuesta, una victoria del poder económico, que en todo caso no para en mientes éticas, ni se ocupa si hay alguna distancia entre utopía, distopía u horizonte, le da igual, entonces es que se pueda comercializar, que sea vendible. Quizás por esto el poeta Neruda indicó con palabras de montaña: sucede que me canso de ser hombre. Es un dolerse, un protestar por la pervivencia del lobo estepario en medio de tanto buitre. En respuesta a ello insistimos en plagarnos de horizontes y utopías; hemos creído que el horizonte siempre será mejor que el espacio ocupado y en esos horizontes instalamos las utopías, acaso para fugar- nos y jugarnos la vida como imaginamos que debiera ser, y no fastidiarnos de ser lo que somos. No sabemos vivir en carnaval, quizás nunca lo experimentó la especie humana, aprendimos a sufrir, a padecer, a inventar guerras, pero no a estar en una feria de poiesis. Visto es que el horizonte
de nuestros antepasados tampoco fue mejor al actual: aún no hemos despertado
A este tenor, el horizonte es categoría espacial y temporal, es el límite visual de la superficie o es el más allá de las ideas, el horizonte siempre está un tanto más allá de nuestra mirada, damos un paso y el horizontes se desplaza. Horizonte viene del griego orizon - ontos, es la línea que aparentemente separa el cielo y la tierra; esta línea involucra un espacio circular de la superficie de la tierra. Horizonte es categoría de la mirada, es categoría espacial, así traduzca en ninguna parte topos es lugar y utopos el no lugar; uto- pía es categoría política, religiosa, utopía es categoría espacial y temporal; por su parte, distopía es categoría literaria, de la filosofía de la sospecha si se quiere, es categoría espacial y temporal, pero a diferencia de la utopía esta si es realizable.
A grandes rasgos, la utopía es trascen- der el topos, viajar al otro lado del entorno, de lo dado; es una hija del tiempo, des- cendiente directa de los sueños humanos, que se le pretende ubicar en un espacio, utopía es un territorio que no existe. Se concibe como un proyecto o sistema ideal que surge de la angustia o de la esperanza humana, el cual podría ser aplicable en el tiempo no gastado e irrealizable en su momento presente de gestación; la utopía es tan extraña e insatisfecha como el va- cío, tan cercana y contradictoria como la idea de felicidad, al fin de cuentas, es una construcción de felicidad por encontrarse, un tiempo y un espacio por usar. La utopía, en el peor de los casos, es un exceso de advenir; en el mejor, es una apuesta por concretar los ideales.
Distopía es una utopía grosera, agreste, es una antiutopía, distopía es la manera negativa de ver el destino, es la manera figurada de no creer en un futuro mejor, la distopía y el apocalipsis se parecen en que tienen un final catastrófico, pero el apocalipsis finalmente ofrece o vende el cielo, en cambio, la distopía nos advierte que ni el cielo existe. Si la conciencia tiene
ética nunca está demás preguntarle por las utopías que se desprenden del exceso de realidad o por la negación de pensar en las distopías, de pensar en esa otra realidad.
Si pienso la realidad ¿para qué la pienso? En concreto, no es suficiente con especular, hay algo más por hacer, de lo contrario no pasa de ser una diver- sión intelectual; puras especulaciones lingüísticas que burlan al presente, lo despiden, lo procrastinan, lo deslizan a- un-no-ya-ahora. Pata Tomás Moro en su libro la Utopía la pobreza no era garantía de paz; eso es pensar la realidad, eso es escribirla, así otros, en este caso, los reyes y príncipes, creyeran que lo mejor era tener pobres, primero para dominarlos y luego para invisibilizarlos.
Así las cosas, emerge una paradoja de invisibilización que nos pone en un punto de fuga, como si estuviéramos de salida no sólo de la sociedad sino del cosmos por no comprometernos con una ecología profunda que desborde el activismo. Suele suceder que cuando estamos de despedi- da aparecen los inventarios, unos de per- tenencias, otros de apetencias, algunos de reticencias y los demás de ausencias. Entonces puede surgir el mecanismo de la violencia para enfrentar los problemas, fértil testimonio de la pobreza humana para resolver sus carencias o exuberan- cias del odio. Ahí es donde debe reinsta- larse la crítica para no incurrir en falacias, aguzando la inteligencia no para ocultar sino para traer a la luz las soluciones con el mecanismo de la duda en la duda, la pregunta abierta y el escepticismo sin plantarse en los extremos de no atender aquello que desagrada o en los medios de acatar con mansedumbre. Aunque sobre esto algo presagió un pensador al decir: “El primer paso a la sabiduría es criticarlo todo; el segundo, soportarlo todo”. Sin rodear los medios, cabe preguntarle ¿Cuál es el siguiente paso? Es posible que sea el percatarse de la sabiduría del pasado, la conciencia de disfrutar el presente que lleve a un despertarse con una enseñan- za-aprendizaje de superficie, de altura, de
profundidad y horizóntica. Nuestra historia no puede perderse del paisaje educativo.
“Así caen las horas, los instantes de esta marchita tarde en mi interior”.
Héctor Escobar Gutiérrez
Desde ya iniciamos con una polisemia y es la concepción que se tiene de la realidad, un caleidoscopio multicolor con múltiples formas, tan cambiante como el hombre mismo y tan oculta o camuflada según nuestro atrevimiento lo permita. La metáfora del atardecer en el interior del ser es una preocupación por el tiempo que va eclipsando la potencia del estar en vida hasta cortar la práctica del existir. Es factible que sea una crítica a los mundos vitales, una preocupación por los tiempos que nos vienen pensados por otros, tor- nándose en elemento de control desde el afuera.
Entender la realidad crono-espacial desde el contexto exige no apartarse del medio, esto para conseguir pensar en la construcción de posibilidades sociales en un presente que constituya un devenir en positivo, pero insertado en lo posible. No es de olvidar que pensar es mucho más que explicar.
De consuno, en estos contextos lati- noamericanos, casi disecados, de pre- monición aciaga, hasta el miedo lo hemos importado; somos una sociedad goberna- da por el miedo a todo, miedo a la gente, al terrorismo, al futuro, a lo desconocido, al desempleo y al advenir ecológico; en buena lógica, toca buscarle fisuras para evitar el sometimiento a los discursos del poder, romper el círculo en un esfuerzo por debilitar la hegemonía en razón de sus carencias y potencias, supuestas unas, reales otras.
El contexto exige entender que la crítica supone una postura, en donde es requisito cuidarse de no convertirse en tribuno de la
palabra; es decir de continuar promulgando lo que otros pronosticaron en sus formas de pensamiento; de ser así, persistirá el riesgo de caer en baches de gran oscuridad por no anticipar la mirada cuando todo parecía resuelto desde el afuera.
Situaciones de riesgo social como la pobreza, la violencia, la democracia, la libertad, la justicia, la economía, los desplazamientos forzados, las amenazas naturales y la desaparición de los patro- nes ético-políticos entre otros; exige a un sujeto insertado en el contexto, quien podrá cuestionar la externalidad y hacerse preguntas en la intimidad, un pensar la realidad en movimiento, en potencia para el acto. Este pensar la realidad en vibra- ciones, requiere de una ciencia agitada con métodos flexibles, pero ante todo con un hombre convulsionado, desalojado de sus puntos inflexibles, y dispuesto a rom- per los parámetros educativos, políticos, económicos, religiosos y socio-culturales.
Así las cosas, para construir es valioso entender que no hay un orden manifiesta- mente monolítico, por imposible que pa- rezca toca buscar los poros, los intersticios o resquicios, y saberlos utilizar de manera positiva e ingeniosa; no para instalarse a vivir como saprofito de esas debilidades tal cual lo sabe hacer la burocracia, sino para movilizar esa realidad que se nos muestra ordenada y determinada hasta poder deconstruirlo en un auténtico hori- zonte, abierto y en acometida.
En tal sentido, corresponde apostarle a la plasticidad mental en donde pensar y hacer no pueda ser dicotómico, y aus- cultar desde la investigación con mayor agresividad para llegar a otros ámbitos, a unas rutas en advenir así luzcan esca- brosas, evitando con ello repetir lo que ya se sabe, lo nombrado, para no caer en la ingenuidad de creer que el hombre sólo construye; también transgrede, destruye, dilata, oculta y mitifica, sabiéndose que en el mito todo puede suceder.
¿Cuál es el sentido de construir un conocimiento? Consulta no menos escan-
dalosa que conflictiva ¿Cuánto de utopía y de distopía se aloja en el conocimiento? Es una pregunta por el tiempo, por el espacio, pero ante todo por el sujeto, por el sentido de lo que se anhela constituir o de la realidad que se quiere intervenir, sin desconocer la urgencia que nos asiste de aclarar lo que estamos concibiendo por conocimiento, por utopía, por límite y por horizonte.
Dicho sea sin alarde, se convirtió en consigna que el presente sea el tiempo negado del hombre, puesto que se ha dejado evaporar entre el pasado y el fu- turo. Esa pobreza de presente nos induce a fugarnos a otros tiempos que parecen entorpecer la experiencia vital del hoy, el aquí y el ahora que a la luz de la moder- nidad ya ni nos pertenece ¿Cuál lumbre, hubo alguna vez esa luz? Si se reconocen las sombras no se puede negar lo opuesto; lo que ocurre es que se deben verificar los niveles de iluminación, el lugar que ocupó frente a la oscuridad.
Se trata de tornar el presente en una sensibilidad comprensible para recuperar el problema y al modo de Heráclito verla fluir en su irreductible continuidad, para que el hombre en sus lapsos de oscuridad, que dan la impresión de ser bastantes, salga en la noche a encender una luz para sí, y después de reconocer la potencia del haz lumínico, piense en procurársela a los otros como acto de alta humanidad.
Investigar en el presente significa estar en el momento que es abierto y cerrado, pobre y ampuloso, generoso y cicatero, racional y brutal, que parece lo mismo y a la vez diverso. A esto, el poeta colombiano Héctor Escobar resuelve tales contradic- ciones por una vía elegante: hiere la luz lo mismo que la sombra/ a todo aquel que busca sus razones: / al filósofo inmerso en sus cuestiones/ al que cree, al que duda, al que se asombra. Esto expuesto por el bardo sólo le acontece a quien está consciente del presente, al que siente la época y ante sus adversidades estructura opciones de desprendimiento a lo mejor; y
frente a lo esplendoroso busca como con- servarlo en el tiempo e instalarlo al devenir en beneficio de otras generaciones.
De un modo u otro, investigar en con- texto es estar en el presente, habitar el momento y construir desde él, desde sus precariedades, desde sus horizontes y distopías. El contexto es el pasado y pre- sente sociocultural, es la dinámica del ayer que se puede recuperar para el presente en la construcción de sujetos situados y en expansión de umbrales como la realidad misma abierta a otras épocas y a genera- ciones biológicas y no biológicas.
Esto demanda explorar los territorios olvidados que van siendo abandono, sin caer en la ingenuidad de los anarquistas de querer olvidar el poder y sus estructu- ras lingüísticas. Es un dejar de aparentar para aparecer, un problematizar no desde un afuera sino para insertarse en la problematización misma para no ser extraños de lo cotidiano, un extraviar la mirada cuyo horizonte reta la linealidad con que juzgamos el tiempo y los acon- tecimientos.
¿Qué hiciste con los recuerdos/ que antes te hacían suspirar?
Noel Estrada Roldan
La desaparición o el encubrimiento de aquellos recuerdos del amor es la preocu- pación del poeta colombiano Noel Estra- da; una queja, un lamento por el olvido, por un tiempo ido que al recuerdo no afecta. Ese tiempo en blanco que no se recupera en conciencia histórica sino que se torna borroso, huidizo y sepultado por la lógica de la reposición, del relevo; ese paráme- tro del abandono de lo que dos cuerpos compartieron es lo que molesta al poeta y es lo que preocupa al amor naciente. Así las cosas ¿cuál es el papel del olvido? Es probable que alivianar la existencia, quitar la carga histórica. El exceso de recuerdo afecta, pero quizás menos que el exceso
de olvido. Lo primordial es poner en ho- rizonte el recuerdo para que aquello que perjudicó al ser humano por acción de otro humano no se vuelva a presentar; erradicar la máxima de Plauto: el hombre es lobo para el hombre.
Dada la situación, ¿Qué es la crítica cuando hablamos de crítica? En tal senti- do la crítica es reflexionar sobre la realidad en sus capas constitutivas, es preguntar y dejarse preguntar, mirar con detenimien- to, entrar en crisis, en metamorfosis y en nomadismo intelectual. Es una postura para pensar el mundo en un reconocer los límites y los horizontes; es abandonar la divina pereza, entender que lo seguro nunca ha tenido riesgo, y ello es muy poco para un sujeto que no se conforma con lo proporcionado.
Aunque parece extraño, hay que dete- ner o pausar el pensamiento para pene- trar en estas razones de vida. ¿Quién o qué se detiene en relación con el pensar? La pregunta no ofrece salidas sencillas. Si es de vindicar que el pensamiento es realidad, y si el pensar no pasa por la realidad, se convierte en pensar celestial de orden teórico que puede desconocer los matices que se dan en el trayecto de los opuestos; entonces, las categorías de espacio y tiempo, pero ante todo las de realidad humana pasan a ser traicio- nadas.
A primera vista, el paisaje es una porción visualizada que se integra en el horizonte, sin embargo, sus límites sólo los ha definido el hombre. Somos paisaje, acuarela, panorama, distancia, lejanía y cercanía, no obstante, también somos pasado, presente y futuro; por ello nos fundimos en una triada casi indisoluble, sólo quebrantada por individuos con- movidos, diversos a quienes en la rutina ya no ve paisajes, límites, profundidades, superficies horizontes ni mucho menos personas.
Borges en su poema Arte poética e inspirado en Heráclito nos advierte del olvido y su poder:
Mirar el río hecho de tiempo y agua y recordar que el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
Equivale a decir que ese pasar de los rostros como el agua o ese fluir del río que no se repite, es un viaje al olvido que, con alguna probabilidad, incluye al hombre con su memoria.
Conforme sea necesario, hay que res- catar al sujeto de sus olvidos hasta que se recupere como ser pensante, pensado y pensador, diseñador de sus circunstan- cias y por extensión de aquellas que aún ajenas terminan siendo propias. Ya no es el hombre que recibe, es el individuo que, no bastado con lo dicho o visto, configura y reconfigura el saber para hacerse res- ponsable de lo que hace y de lo que no.
“Lo único que supe/ sobre este dorso extenso de la tierra/ fue la brava distancia del olvido”.
Enrique Quintero Valencia
Para este poeta manizalita el olvido es la ansiedad del ser ante su finitud, es una potencia en negativo que lo apri- siona. Después de una larga existencia comprender que lo único aprendido fue la inexorable distancia que se pone entre el acontecimiento y el olvido, es un asun- to que poco satisface. Es una suerte de paradoja reconocer, un tanto tarde, esa extraña nube que borra lo sucedido. Al final del olvido ¿Dónde dormita el deseo? Digamos, para consuelo de la especie, que en otro cuerpo.
A la postre, la vida está en la superficie, al igual que el lenguaje, nos recuerda Deleuze, ¿Será por eso que llegamos al extremo de despreciar la vida y de que- rer abdicar del lenguaje? Todo por andar en pos de profundidades traducidas en soledades y abandonos del ser; claro, la respuesta parece obvia, quizás por ello
deberíamos cuidarnos de entregarla para no morirnos en esa superficie de la ape- tencia, de la violencia que encarna cerrar cualquier pregunta.
El deseo es un estado anímico-mental que puede constituirse en concepto ligado al tiempo. El escritor Edilberto Zuluaga en su texto Impacto en el primer movimiento, expone que: el deseo produce el presente, el futuro y el arte. Frente a esa condición anímica deberíamos confrontarnos, leer- nos y sobreponernos para comprender los alcances de la teoría y los límites de la realidad del deseo, si es que en eso se puede hablar de límites.
En la medida de lo posible, no se parte de una teoría para explicar la realidad, no es suficiente ni prudente, puesto que cuando hay exceso de saber teórico la rea- lidad se escapa; bueno, es posible que un exceso de práctica afecte en forma similar a la ingenuidad de creerle todo a la teoría. En pie de igualdad ¿Cómo me coloco en el mundo para producir conocimiento? Por un investigador debe pasar las preocupa- ciones de tipo macro, meso y micro. Por lo tanto, estar en conciencia histórica es saberse afectado, es estar dentro de ella acuciado por la infinitud del caos y la fini- tud del orden. No es de despreciar que el desorden vive cómodo dentro del orden, son monstruos que cohabitan, tal cual han sabido hacer los dioses y demonios que por temporadas se relajan en contubernio.
En buena y debida forma, el sujeto
─sujetum─ traduce lo puesto debajo, lo ubicado en la base, es la realidad que está en el cimiento, sostiene, está ligado, sujetado al entorno, al objeto; al fin de cuentas objeto significa lo arrojado hacia adelante, lo que va al frente, se entiende en relación con el sujeto, frente al cual se halla el objeto. Esto que se lee con cierta dificultad permite entender que la obje- tividad es para objetos y la subjetividad para sujetos, así en determinado momento exista interacción o participación.
A este respecto, crítica, realidad y su- jeto deben ser preocupaciones de la edu-
cación que, temerosa del devenir, suele situarse en la conservación de lo existente
¿Qué es lo que cuidamos en los procesos formativos? Los moderados explicarán que se protege la tradición, lo formalizado; otros menos recatados argumentarán que se cuidan los intereses burgueses. ¿Cuán- do la experiencia acumulada pasa a ser memoria? Si entendemos por memoria el recordar un tiempo pasado con ansias de aprender de él estaremos en la línea de la conciencia histórica, aunque el poeta colombiano Juan Manuel Roca, lleno de voces, nos dice que “el pasado es como lo atrapa el recuerdo, pues no se corrige el recuerdo”. A veces a los poetas no se les responde, se les disfruta. No se trata de abandonar lo teórico y caer en lo empírico, no es de exclusiones, hay que despejar los supuestos saberes, revelar los mitos para acercarse a la realidad, puesto que cuando no se construye sentido hay una potenciación de la violencia.
No sólo es de-codificar la teoría, es decodificar la realidad, teniendo la realidad como mediadora en la construcción de co- nocimiento. La didáctica no parametral de la profesora Estela Quintar parece entre- gar algunas luces, por ejemplo, acude a la didactobiografía que es la narrativa de la historia didáctica del ejercicio docente, en la localización de un sujeto con capacidad de problematizar su vida, su experiencia enseñante. Asimismo, se auxilia de los círculos didácticos, un modo de circulación de ideas donde emerge el sujeto inmerso en el problema, una persona problemati- zada y atravesada por la realidad; en el círculo todos deben tener un espacio, en el dialogar se rompe la estructura de la dialéctica, pues no se pretende tener bajo control las discusiones, se anuncian y de ahí surge lo impredecible, lo no esperado, eso, al menos, es parte del sueño de lo no estandarizado, lo no nombrado.
No se trata de que alguna propuesta educativa, económica o cultural entre al paisaje académico y se torne en moda, puesto que bloquea otras presencias, negaría dinámicas emergentes e incluso
excluiría lo rescatable de las existentes. Esto, en la sana ilusión de no caer en expresiones que se van desgastando y que nada convocan, un buen ejemplo es lo que nombramos por sociedad del conocimiento ¿existió alguna sociedad que no fuera del conocimiento? Pregunta que desde la profesora Quintar rompe el esquema de novedoso. Para ser menos ambiciosos, la respuesta llega con ponzo- ña: con tanto conocimiento acumulado y no sabemos quehacer frente a la barbarie o a la pobreza.
Dicho de otro modo, ¿Con cuáles cate- gorías hay que pensar? Hoy se perciben ciertas debilidades de conocimiento ca- tegorial, puesto que se enseña teoría sin reconocer los pilares de la misma, siendo de esta manera muy difícil que pueda existir apropiación de esas construcciones teóricas. Para no caer en elongaciones de tiempos teóricos, siempre habrá que consultar el saber establecido con sus columnas, no desconocer el pasado, de lo contrario se transitaría por las antinomias que el poeta Juan Manuel Roca gráfica de modo solvente: lo peor de todo es la creciente sensación de estar borrando el pasado, como si hubiera un tiempo de hacer y otro de olvidar, un tiempo nocturno para dar voces y otro diurno para enmude- cer. Esto podría ser una muestra de que América Latina requiere ir en busca de sus propios juglares para alzar las voces acalladas. En ellos podríamos tratar de leer nuestras fuentes y contradicciones que no son pocas ni mucho menos sutiles.
Apremia abordar el silencio, pues el enmudecer también constituye una forma de ser, además entre praxis y teoría hay otras posibilidades como lo sueños o las ilusiones, los cuales, por supuesto, hablan de horizontes de realidad. Recordemos que el otro nunca sabe poco, sabe lo que sabe, por ello hay que cuidarse de legitimizar los lenguajes propios para deslegitimizar los otros. Lo no parametral enfrenta el modo tradicional de preguntar para esperar que el afuera nos responda.
No se trata de discutir o negar la teoría es incluir el sujeto dentro de su desarrollo.
“Y en vez de entretenerse destruyendo, construir. No sólo edificios: también espíritus libres, claros, independientes”. Fernando Soto Aparicio
Este hombre que Fernando Soto sugiere o propone, otro de los grandes escritores colombianos, no es ni más ni menos que el sueño de cualquier alta filo- sofía, de cualquier sistema educativo que se considere serio, por no decir honesto, movilizar sujetos autónomos y gestores éticos-estéticos.
Es casi ley que la realidad en movi- miento no requiere a un sujeto estático o dejándose cristalizar por teorías, sino construyendo con independencia y clari- dad. Frente a esto ¿cuál sería la función del lenguaje? Darle una sola misión es tan caótico como negársela. Con el lenguaje construimos las teorías, narramos las venturas y desventuras, escribimos las epistemes por venir y referimos la his- toria surtida. Se estima que la episteme es el saber construido, son las formas de entender e interpretar el mundo; esas condiciones de comprensión pasan por las riquezas lingüísticas, por la capacidad de crear nombres, en nombrar la realidad, entre más plasticidad al nombrar, mayores son los horizontes para leer la realidad en movimiento.
Así las cosas, se precisaría de un lenguaje libertario, en rizomas, con múltiples caminos, de gestación en todas las direcciones, del centro a la periferia o viceversa, sabiéndose que no hay centro; un lenguaje que no silencie, bien se trate de verdades o mentiras. De esto no saben mucho los profesores, más bien poco de rizoma y mucho de carcoma, bajo en plasticidad y alto en autoridad, denso en expresio- nes y liviano en acciones; tan extremo
es el asunto que el romano Marco Tulio Cicerón en su texto Sobre la Natura- leza de los dioses, realizado entre los años 45 y 44 a, n, e., escribió: la mayor parte de las veces la autoridad de los que hacen profesión de enseñar es un estorbo para los que quieren aprender
¿distopía educativa?
El maestro como estorbo no es una metáfora, es un mensaje directo para la educación y sus componentes, es si se quiere una distopía, la antinomia de aquel hombre de la paideia. Quizá, esa falta de movilidad en el ejercicio docente no deja o permite entender los cambios a tiempo, permitiendo con ello ser arrollado y ser arrollador por su historia sin conciencia. No se trata de reducir la solución de los problemas a los resultados de la educación, eso sería negar otras presencias, pero tampoco puede ocultarse a su responsabilidad; un educador serio no debe estar lejos de lo expuesto por el Nobel de literatura Checo (Kertész, 2003, 77) quien revive las palabras de un sabio de la antigüe- dad “No estudiamos para la escuela sino para la vida”. El vacío es cuando se estudia y se enseña para la escuela.
Comprender el horizonte del vacío es saber que este podrá ser ocupado de diversas formas, y siempre habrá la posibi- lidad de recuperar el vacío para abrirse en rizomas. Si es justo reconocer los límites y de qué orden, puesto que existen barre- ras naturales y psicológicas, límite no es lo mismo que muro. Aprender a debilitar los muros es la ópera prima para ver más allá de las márgenes, de las fronteras, en este caso del saber y ante todo de poder interpretar la realidad.
¿Hay ocasos en el horizonte? Si enten- demos que éste se desplaza, entonces los puestas del sol sólo son ilusiones ópticas, el ocaso ocurre en el paisaje de las utopías, el horizonte va adelante no se deja engañar por las sombras, tam- poco es luz, el horizonte es un camino sin llegada.
Aristóteles aseguró que la naturaleza tiene horror al vacío. Diríase que el ce- rebro es el primer temeroso del no lleno, puesto que no sabe comportarse en el vacío, no tiene problema en llenar la ig- norancia con más ignorancia, la brujería con otra brujería y sabiduría con más sabiduría.
Siguiendo con el estagirita el vacío se podría llenar con felicidad, la cual exige una vida dedicada a la búsqueda de pla- ceres para el cuerpo ─lujuria: carne y más carne─; una vida entregada a la actividad política ─animal político, no confundir con un político─; y una vida consagrada a la contemplación ─propia para los dioses y para las almas─.
El cuerpo es materia, llenura y lujuria, por ello cuando hay espacio se quiere llenar con algo. No bastarse con el vacío hace que las manos quieran tener una cita con otro cuerpo o que el cerebro precise de llenura. Esto es metáfora, búsqueda y sensación de vacío por cubrir, el cuerpo siempre nos conmoverá, nos suscitará deseos; ese cuerpo que Dante buscó en Beatriz, o esa Penélope que Ulises añoró y que ella reconoció cuando palpó la piel del guerrero.
Dicho esto, en el vacío se podría configurar una opción de insatisfacción, de ilusión permanente de búsqueda, de abandono a lo que consigo se trae para no caer en la trampa de la llenura que nos advierte Estanislao Zuleta, cuando especifica que la ignorancia no es esca- sez de conocimientos sino llenura. Es un creerse que ya sabe lo suficiente y por consiguiente el esfuerzo es mantener- se y, dado el caso, defender ese saber hasta enmascarar la ignorancia, lo que constituye caer en la redada, ir derecho a la trampa. Es un recorrido de llenura que en el fondo no es más que ausencia de vacío de querer saber. Identificarse con el vacío no es igual a la nada o al desespero
existencial, es arriesgarse a salir sin carga teórica y práctica para recoger otras posi- bilidades, andar liviano de ese peso que soportamos, siendo un asunto mayor por resolver; a veces, somos unos animales pesados de cargar con las fallas del pa- sado o tiempo desangrado, las culpas del presente o tiempo en uso, y las angustias del futuro o tiempo por gastar.
Comportarse en el vacío, verlo como metáfora de búsqueda demanda un es- fuerzo superior, puesto que no soportamos el-no-lugar, siempre se quiere ocupar, llenar. Por eso se tiene la ciencia, la filo- sofía y todas las disciplinas del saber, para llenar vacíos.
Los horizontes del vacío devienen incertidumbres e incluso caos; acaso la intimidación, la violación de los Derechos Humanos, la esclavitud disfrazada con salarios no son falsos horizontes que difie- ren de cualquier prospectiva del vacío. En el vacío estaría el todo. En el vacío de la ética cabe la destrucción del hombre y por extensión la devastación del universo. En el vacío del poder se aloja la dictadura o la impotencia, mientras que en el vacío de la responsabilidad ambiental se alberga el hambre de acumulación. El hombre tiene muchas necesidades, pero una evidente es la necesidad de utopía, la necesidad de tener esperanza.
Hay necesidad de utopía ¿Será cierto? Los pueblos que no tienen utopías se nie- gan los sueños colectivos; lo utópico es hermoso, maravilloso, inalcanzable, aun- que visible en el sentido de perspectiva e invisible en su sentido restringido; la uto- pía está en el horizonte de los grupos so- ciales que no se bastan en su presente de precariedades. La educación generalizada fue una utopía para la sociedad medieval, pero una realidad que otras generaciones llevaron a cabo. Nadie podría negarse el derecho a trazar utopías, a soñarlas, lo que se exige es no perderlas de vista, no caer en insensibilidades para que las
mismas no se tornen en un holocausto, en un infierno para los demás como lo suce- dido con la utopía nazista que al querer recrearse y, para pero, perpetuarse llegó a la locura del fanatismo-racista, el Nazismo se dejó llevar por la lujuria del poder que bien sabe empantanar cualquier proyecto humano.
Proyecto de ser humano es lo que se encuentra en (Moro, 1978, 72) “Que la sa- lud sea el verdadero placer o lo produzca necesariamente, como el fuego, el calor, lo cierto es que el bienestar es inseparable compañero de quienes disfrutan de una salud perfecta”. Ahí radica una utopía creer que algo es posible, creer que, además en justicia, es para todos, eso es lo edificante de las utopías, eso es lo que nos hace humanos, pero es también lo que nos deshumaniza. La utopía tiene validez cuando la dejamos desplazar con el horizonte, su límite es creer que la al- canzaremos, esa es, tal vez, su felicidad.
¿Dónde estará la felicidad en todo esto? Epicteto, estoico que resaltó la moral, la dignidad, la libertad y la huma- nidad, nos dice: La felicidad no consiste en adquirir ni en gozar, sino en desear menos. Le podríamos decir a Epicteto que como no hemos encontrado la felicidad la seguimos deseando, y en el deseo está nuestro devenir y, cómo no, parte de nuestro desastre.
A Estanislao Zuleta le preocupa la po- breza que tenemos para imaginar la feli- cidad, razón por la cual tejemos paraísos de cucaña, indicando que lo más digno de Adán y Eva fue sacarnos del paraíso. En coherencia con él, se podría parodiar que nuestra pequeñez radica en querer volver al edén.
En el libro Sin destino, donde Kertész relata su experiencia en los campos de concentración, aborda la felicidad en una vía curiosa “Allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se pa- recía a la felicidad…, Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración
debería hablarles la próxima vez que me pregunten” (Kertész, 2003, 173). Visto lo anterior, desde la contradicción del sufri- miento, es probable que dentro del dolor duerma la felicidad como muestra de la paradoja que encierra lo humano.
Las distopías son las construcciones opuestas a las distopías o si se quiere son las utopías llevadas a cabo, pero en su sentido de afectación humana. En la segunda mitad del siglo XX como respuesta a la tragedia humanitaria, muchos escritores abordaron las disto- pías o mundos sin esperanzas, mundos de hombres sometidos o programados. Huxley con el “Mundo Feliz”, Orwell con “El gran hermano”, “La Naranja Mecánica” de Burgess que no fueron suficientes porque terminando el siglo de las guerras aparece “Tokyo ya no nos quiere” de Loriga y “La posibilidad de una isla” de Houllebecq entre otros memorables trabajos. En todos ellos es evidente que la utopía no lleva a buenos términos cuando se cree en la robotización, que la utopía si se descuida es una cacotopía o distopía que empeora la condición humana. Por supuesto, que los horizontes humanos también precisan de hombres distópicos, de hombres que nos alerten de los riesgos que traen las utopías, pero también advertirnos de los riesgos que tendríamos de no disponer de utopías, esa es la paradoja entre tantas que acechan al ser humano.
De estas procacidades tendremos que seguir escribiendo hasta depurar nuestras utopías, hasta denunciar aquellas que van camino a ser distopías, sin desconocer que en ciertas ocasiones deseamos mal, amamos mal, educamos mal, así como preguntamos mal, temas que también le incumben a los horizontes de la educa- ción, siendo otro de sus paisajes.
Entonces, al tenor de estas inconsis- tencias, habría que apostarle a lo aún no nombrado entre horizontes, límites, paisa- jes, utopías, distopías y aromas de pieles,
y que luego, en viajera rebeldía contra el Fausto de Goethe, entre el demonio de la pasión a mediar sin aprovecharse del deseo para hacer leña del árbol caído, porque si hay felicidad, ésta, desde la utopía de Moro, no se contempla con po- seer demasiado sino con saber saciarse en la precariedad, y eso es muy opuesto a lo que la técnica y el progreso sigue vendiendo.
El hombre más dichoso sería evidentemente aquel cuya vida transcurriese comiendo para aplacar el hambre, bebiendo para calmar la sed y rascándose y friccionándose para mitigar la comezón.
Tomás Moro.
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