Arenas M, V. y Restrepo S, J. A. (2023). Sexualidad y educación sexual desde la perspectiva Foucaultiana, un artículo de revisión. Plumilla Educativa, 31 (1), 33-58. DOI: 10.30554/pe.1.4793.2023.

 

Sexualidad y educación Sexual desde la perspectiva Foucaultiana, un Articulo de revisión

 

Valentina Arenas Melchor[1]

Jaime Alberto Restrepo Soto[2]

Resumen

El artículo analizó la sexualidad y la educación sexual en investigaciones que se fundamentan en la obra de Michel Foucault. El periodo estudio comprende 22 años. La metodología fue cualitativa y la principal técnica de recolección de información el rastreo documental. Después de clasificar el material y estudiarlo con detalle, los resultados se organizan en tres secciones: a) Sexualidad en Michel Foucault; b) Educación y Sexualidad; y c) Adultocracia y los peligros del sexo. La conclusión general indica que la sexualidad es un tema trascendental en Michel Foucault, ya que esta experiencia evidencia el impacto de la gubernamentalidad dentro de la identidad social y colectiva, lo cual permite el dinamismo dentro de las estructuras sociales y, en el caso de la educación sexual, promueve la creación de espacios de transformación y aceptación de experiencias distintas a las heteronormativas y hegemónicas al interior de las instituciones educativas.

Palabras clave: comportamiento sexual, juventud, educación, adultocracia, Interpretación.

 

Sexuality and Sex education in Michel Foucault's work, a review article

Abstract

The article analyzed sexuality and sex education in research based on the work of Michel Foucault. The methodology was qualitative and the main data collection technique was documentary tracing. After classifying the material and studying it in detail, the results are organized in three sections: a) Sexuality in Michel Foucault; b) Education and Sexuality; and c) Adultocracy and the dangers of sex. The general conclusion indicates that sexuality is a central theme in Michel Foucault, since this experience evidences the impact of governmentality within social and collective identity, which allows for dynamism within social structures and, in the case of sex education, promotes the creation of spaces for transformation and acceptance of experiences different from the heteronormative and hegemonic ones within educational institutions.

Keywords: sexual behaviour, education, youth, adultcracy, interpretation.

 

Sexualidade e educação sexual de uma prespectivafoucaultiana, um artigo de revisado

Resumo

O artigo analisou a sexualidade e a educação sexual em pesquisas baseadas no trabalho de Michel Foucault. A metodologia era qualitativa e a principal técnica de coleta de dados era a pesquisa documental. Após classificar o material e estudá-lo em detalhes, os resultados são organizados em três seções: a) Sexualidade em Michel Foucault; b) Educação e Sexualidade; e c) Adultocracia e os Perigos do Sexo. A conclusão geral indica que a sexualidade é um tema central em Michel Foucault, pois esta experiência evidencia o impacto da governabilidade dentro da identidade social e coletiva, o que permite o dinamismo dentro das estruturas sociais e, no caso da educação sexual, promove a criação de espaços de transformação e aceitação de experiências diferentes das heteronormativas e hegemônicas dentro das instituições educacionais.

Palavras chave: comportamento sexual, educação, juventude, adultocracia, interpretação.

Introducción[3]

Michel Foucault, para sus familiares y parientes más cercanos; Paul Michael Foucault, fue un filósofo, sociólogo, historiador, activista político y psicólogo con una considerable influencia en el pensamiento Occidental (Eribon, 2020). Nacido el 15 de octubre del 1925, en Poitiers, Francia, en pleno auge del positivismo lógico y las ideas del primer Wittgenstein, Foucault durante su trayectoria académica ocupó prestigiosos cargos (quizás el más importante: la cátedra de Historia de los sistemas de pensamiento, Histoire des systèmes de pensé en francés, en el Collège de France) dio conferencias en Estados Unidos, Italia y Dinamarca y logró cierta reputación dentro de los círculos intelectuales de la época (Halperin 2018).

 

 Sus primeros trabajos se concentraron en el estructuralismo, corriente francesa comandada por Roland Barthes y de la cual formuló diversas críticas al final de su vida. Después escribió sobre metodología, luego sobre las penas, pasó más adelante a la antipsiquiatría y a locura, a raíz de su experiencia personal en clínicas de reposo, y terminó en el poder (Morey,1983; Luch, 2012). En la actualidad la obra de Foucault está compuesta por más de 30 libros, ensayos y reportajes, estos últimos gracias a que por un tiempo tuvo la oportunidad de vivir fuera de Francia y servir como enviado especial para un periódico italiano.

35 años después de su muerte, 25 de junio de 1984, París, Francia, hoy Foucault sigue siendo un referente ineludible en las ciencias sociales. Influenciado por Nietzsche y Martin Heidegger, como él mismo dijo en varias entrevistas, y hasta en debates públicos con otro peso pesado de las ideas, Noan Chomsky, la filosofía de Foucault es una filosofía cargada de conceptos un tanto posmodernos y de ataques a los sistemas imperantes de la cultura (Perea, 2013). Por ejemplo, discutió con un denodado esfuerzo la tiranía de las instituciones y su papel en la vida social. También, puso en duda la forma en la que debe abordarse la vida, algo muy parecido a lo que hizo el novelista irlandés Oscar Wilde cuando escribió el Retrato de Dorin Gray. Y, antes de su muerte, a causa de Sida, reflexionó sobre la sexualidad de una manera diferente a la de sus contemporáneos.

    Sobre este último punto, la sexualidad, las contribuciones de Foucault son considerables. Quizás las que llaman la atención hoy por hoy son las que tienen que ver con la educación sexual y lo que denominó el filósofo como las sociedades disciplinarias, formas de organización social que lograron ligar y condensar conocimientos específicos en ciertas instituciones, saberes que se encargarían de disponer, regular, prohibir, categorizar y usar determinadas ideas e individuos según fuera necesario para la sociedad. O dicho de otra forma, Foucault (2009) en un texto llamado El gobierno de sí y de los otros. Curso en el Collège de France, defiende una suerte de desplazamiento progresista que aboga por una ética del cuidado de sí y la subjetivación que luego termina en una estética de la existencia. Ese movimiento, puede interpretarse como una reflexión que deja de lado la genealogía de la moral y la genealogía de la ética para dar protagonismo al gobierno de los otros y al gobierno de sí. Por esto,  la escuela, como institución, se convirtió en una organización estratégica que tenía como fin la transformación colectiva o la conversión de los seres humanos en seres volubles y controlables, controlables. El saber resulta regulado y amaestrado mediante un orden externo en el que el poder es la fuerza básica y fundamental (Neira, 1995; Foucault 2009).

En relación a todo esto se ha encontrado que, a pesar de las medidas tomadas para ampliar y mejorar este tipo de estrategias, los índices de embarazos no deseados, las enfermedades e infecciones de transmisión sexual y la edad de inicio de las relaciones sexuales ha incrementado entre la población joven (Veiga Neto, 2013). También, las prácticas sexuales se han desplazado a otros espacios como las redes sociales y los medios de comunicación digital, ampliando el abanico de situaciones en las que se debe prevenir y educar a esta población.

En este orden de ideas, el artículo analizó la sexualidad y la educación sexual en investigaciones cualitativas que se fundamentan en la obra de Michel Foucault según un rango de 22 años. La pregunta guía es la siguiente: ¿cuál es el abordaje que realiza Michel Foucault sobre la educación sexual y cuál es la aplicación de sus conceptos en la actualidad en relación a esta temática a la luz de ciertas investigaciones? Vale recordar que el método investigativo de Michel Foucault es conocido como arqueología del saber y genealogía del conocimiento. Dicho método, ha servido para que el francés centre su atención en la subjetivación del ser humano, en la cultura occidental y en una serie de elementos histórico críticos que han hecho de su visión una historia de las ideas y de las ciencias (Bennett,1996).

 

Metodología

 

La metodología es cualitativa de acuerdo a los planteamientos de Hernández, Fernández & Baptista (2008). Según estos autores, el enfoque cualitativo pretende acercarse a la realidad social o a la simbología de una obra, un conjunto de obras o un grupo de personas. Ahora bien, para responder a la pregunta problema, se establecieron criterios de inclusión y exclusión antes de realizar la búsqueda bibliográfica. Los primeros, corresponden a los documentos (libros y artículos) que abordan la sexualidad y la educación sexual desde Michel Foucault. Al mismo tiempo, en el caso de los artículos, estos debían estar publicados en revistas nacionales e internacionales. En los segundos, se dejaron de lado  artículos sin ISBN (International Standard Book Number) o que no cumplieran con la evaluación de calidad M.M.A.T. (Mixed Methods Appraisal Tool), la cual fue publicada por primera vez en 2009 y cuenta con cinco criterios, a saber: 1) cualitativos como estudios de caso y teoría fundamentada, 2) ensayos controlados aleatorios, 3) no aleatorios como disertaciones enfocadas en casos y controles, 4) descriptivos cuantitativos como encuestas y casos, y 5) estudios de métodos mixtos (Honga, et al., 2019). El último de estos criterios sirvió para la revisión, dado que permitía la evaluación simultanea de trabajos académicos a través de la estimación de su calidad (Pace, et al., 2011). De aquí se sigue que el análisis documental es un examen de textos de diversa índole.  Según Hernández et al. (2008), como tal el análisis documental es una suerte de operación que pretende rescatar las ideas más significativas de un escrito, investigación, artículo, libro, etc. El propósito no es otro que describir y comprender el contenido del material sin equívocos para luego, con cierta certeza, responder a una pregunta o despejar una incógnita.

La búsqueda bibliográfica se dio entre junio y noviembre del 2020. Los bancos de almacenamiento fueron bases de datos como Scopus-Elsevier, Redalyc, Scielo, Dialnet, Cervantesvirtual y Researchgate.  Para hallar las obras necesarias, se trabajó a partir de las palabras clave en español Michel Foucault, Foucault, Sexualidad, Educación Sexual, Educación y Comportamiento Sexual, y en inglés Sexuality, Education, Sex Education and Sexual Behavior. En los hallazgos se identificaron 80 documentos que cumplían con los criterios de inclusión. Luego de su examen, se seleccionó un total de 56 artículos que fueron clasificados e interpretados con la metodología R.A.L.E (Resumen Analítico de Lectura), metodología que ayudó a condensar la información de manera fácil, comprensible y con los elementos necesarios para llevar a cabo una comparación con otras disertaciones (Torres, 1995).

 

Resultados y discusión

 

Durante la comprensión de los 56 documentos examinados, se encontró que la propuesta de Michel Foucault, a la luz de ciertos investigadores,  se percibe desde tres puntos de vista: la posible definición de la sexualidad que ofrece el francés, la educación y sexualidad y la adultocracia y los "peligros" del sexo. La conexión entre estos ejes se debe, en parte, a que los estudios analizados primero definen, luego extrapolan esas definiciones a las instituciones y por último muestran que sin una correcta instrucción el sexo, como lo ve Foucault, está enmarcado en unas estructuras que pueden generar ciertos problemas sociales, culturales y personales.

 

a) Sexualidad en Michel Foucault

 

En Historia de la sexualidad II, El uso de los placeres, Foucault (2003a) considera que la sexualidad es un modo de entender la forma en la cual las sociedades occidentales modernas perciben la relación entre individuos que están sujetos a reglas, conductas y hasta restricciones. Las palabras del francés indican que la sexualidad es ante todo una experiencia individual y , a la vez, colectiva que, por su naturaleza, se cristaliza en la cultura y en el mundo de la vida. Además, en ella median reglas e historias subjetivas que atraviesan las prácticas sexuales, sean o no permitidas.

Esta experiencia exponía a los sujetos no solo a un campo de conocimiento, un conjunto de reglas o un modo de relación consigo mismo, sino que además era el lugar en donde se evidenciaba,  con mayor claridad, dos inquietudes fundamentales para el ser humano: la identidad y el placer (Pelayo & Moro, 2003; Bernal, Orozco & Molinares, 2016).  Esa identidad, por un lado, revela qué gusta y qué disgusta a los sujetos en el marco de la sexualidad. Por el otro, el placer indica qué produce satisfacción y qué no, pues, desde la perspectiva de Foucault (2003a) no todos los seres humanos experimentan placer de la misma forma. Por ejemplo, a unos gustan el sadismo y el masoquismo. A otros, de la pedófila o la olfactofilia. 

Sobre la identidad Addinson (2007) sostiene que:

(…) es algo construido dentro de las posibilidades de una cultura determinada y en diálogo con el potencial biológico y social de cada individuo. Estas identidades fluctúan en relación al espacio, desde lo familiar pasando por lo local hasta lo global, y en relación al tiempo, desde la infancia hasta la muerte, produciendo una compleja red de relaciones simbólicas. La fijación de tales identidades tiende a cumplir la función de reproducir las relaciones de poder existentes para que las personas conozcan y, a menudo, acepten su lugar en una situación determinada (p. 18).

 

En otras palabras, esto se refiere a lo que Foucault denominó como gubernamentalidad, una evolución de sus conceptos poder-conocimiento, en donde el entramado entre técnicas de sí y técnicas de dominación permiten al sujeto autogobernarse y a su vez gobernar a otros (Martínez, 2016). Por supuesto, no como un dominio de sometimiento o un área de conocimiento que debe ser descubierta, sino como un dispositivo histórico en el cual se desarrolla una red que entrelaza la estimulación e intensificación de cuerpos, placeres, discursos, ideas, controles y resistencias por medio de las estrategias de saber y poder (Foucault, 2007). Así, es importante reconocer que la sexualidad va mucho más allá de participar en actos sexuales con otros individuos. Por eso, es a la vez un ejercicio que va alterando el nosotros, el carácter, el comportamiento, la relación con los demás y las instituciones a las que se pertenece (Linville & Carlson, 2010). De ahí que, siguiendo a Muñoz (2012), "en la actualidad, ahondar en el estudio de la sexualidad exige dar cuenta de los entramados históricos en que se forjan las luchas por el reconocimiento de las diferentes identidades” (p. 74).Dicho de otra forma, hoy el tema de la sexualidad reclama nuevas interpretaciones que podrán, a la vez, reconocer la identidad que postula la era contemporánea y la posmodernidad, la cual es, por cierto, diametralmente diferente a la sexualidad clásica, mediada por la reproducción y ni por el placer de los cuerpos o seres sexuados.

Ahora bien, en Historia de la sexualidad, Foucault se preguntó por lo sucedido en Occidente en cuanto a la verdad y el placer sexual, mostrando la confrontación entre las acciones de cómo y dónde se dieron estas relaciones de poder (Pelayo & Moro, 2003; Cruz, 2006). Su hallazgo está expresado en estos términos:

(…) no hay una verdad efectiva escondida en los hechos, ni múltiples intentos históricos por reconocerla y llevarla al discurso. Más bien, las verdades son fabricadas, dado que la verdad no pretende describir las realidades como son, sino cumplir un papel constitutivo en relación con la vida real. La realidad sólo existe para el hombre a través de su traducción discursiva, que a su vez es arbitraria y políticamente construida (Esquinsani & Dametto, 2016, p. 2).

 

Foucault (2007) explica que esto se da debido a las estrategias de poder, las cuales definió como “la multiplicidad de relaciones de fuerza que son inmanentes al dominio en el que ellas se ejercen y son constitutivas de su organización” (p. 112). Es decir, las relaciones de poder entre hombre y mujeres, padres e hijos, profesores y alumnos no se encuentran aisladas, sino que configuran un entramado transversalizado por el poder en el sentido de que cada sujeto está “sujeto” por el control y la dependencia de otro (dentro de diferentes instituciones o sistemas), y de paso se encuentra “sujeto” a su propia identidad a través de la conciencia y el autoconocimiento (Foucault, 1994). Acá vale señalar que Foucault complementa los planteamientos de Bourdieu gracias a la comprensión que ofrece del sexo y de la historia de la sexualidad. En ese sentido, Foucault logra reconocer la dominación masculina y el énfasis en el control, casi histórico, del universo sexual humano según elementos económicos y sociales.

Sin embargo, este “sometimiento” a otros o “vinculación” a lo identitario no son sinónimos de represión, pues, en Foucault (2007) la noción de represión es inadecuada e insuficiente para pensar el poder y su funcionamiento, a pesar de que:

(…) parece encajar tan bien con toda una serie de fenómenos relacionados con efectos del poder [...] Cuando definimos los efectos del poder como represión, damos una concepción puramente jurídica de este mismo poder; identificamos el poder con una ley que dice que no; que tendría todo el poder sobre lo prohibido (Foucault, 1994, pp. 148-149).

 

Mas, en realidad el poder sobre el que habla el autor es un sistema de verdad que puede adoptar diferentes contrastes y direcciones, extendido no solo a relaciones sociales sino, también, a normas, intereses, acuerdos, reglas, organizaciones, discursos y hasta la vida de las personas con el objetivo de suscitar y provocar, más que reprimir (Neira, 1995; Rodríguez, 2017; Escolar, 2004).

Respecto a la represión, Soares (2011) encontró que ciertas lecturas de las teorías de Foucault sustentaban los análisis dicotómicos acerca de la polarización libertad vs. represión. Para el autor, la represión es incompatible con los mecanismos de acción del poder, dado que “el ejercicio del poder consiste en conducir conductas y preparar la probabilidad” (Foucault, 1994, p. 237). En este sentido, el poder se manifiesta a través de un repertorio de posibilidades en donde este ejercicio no se traduciría en consensos o renuncia a una libertad. Como aclara Foucault (1994): “el poder se ejerce solo sobre sujetos libres, y en la medida en que son libres […] disponen de un campo donde pueden tener lugar varios comportamientos, reacciones y conductas” (pp. 237-238).

Por esta razón, para Piedra (2004) la libertad no se opone al poder sino que, por el contrario, es menester diferenciar entre estados puros de "dominación", quién asume el papel de dominio y quién es dominado. O sea, ambos conforman una red de relaciones amplia, compleja y modificable, en donde la "libertad" se compone de múltiples puntos de resistencia que permiten que el poder circule por el entramado social, dinamizando las prácticas cotidianas y los procesos de cambio que se generan. De ahí que sea indispensable la libertad como condición para que se dé el poder, pues, de no ser de este modo se tendría que buscar un sustituto en la coacción o la violencia.

Es así que estos mecanismos y relaciones de poder posibilitaron el desarrollo de lo que Foucault (2007) denominó el “dispositivo de sexualidad”, dispositivo que a partir del siglo XVIII más que reprimir, prohibir o censurar el sexo invitó a hablar sobre este, respondiendo a la urgencia de ejercer un control (Cerruti, 2012). Inicialmente este era sobre el cuerpo como máquina que podría ser estudiado a través de distintas ciencias e instituciones, áreas que desarrollarían ciertas formas de control por medio de prácticas y tecnologías preestablecidas que trazarían una norma. Con el tiempo, sería un instrumento indispensable para disciplinar no solo a los cuerpos individuales sino, también, para regular las poblaciones por medio de este. Dicho de otra forma, se controlaron los procesos del cuerpo (la natalidad, las enfermedades, la mortalidad, el desarrollo, etc.), con lo que surgió el biopoder, una forma de poder sobre la vida a partir de la anatomopolítica del cuerpo y la biopolítica de la población (Foucault, 2000; Foucault 2007).

De acá se desprende que:

(…) el conocimiento sobre el sexo se construiría y legitimaría en una sociedad occidental, hambrienta de conocimiento verdadero. Este conocimiento se constituyó a través del mecanismo de la confesión, y fue utilizado inicialmente por instituciones religiosas y, posteriormente, por instituciones científicas como la medicina, a partir de la cual se hizo posible el conocimiento sobre el placer de los individuos. De esta forma, fue posible formular una clasificación y orden normativo que determinaba un patrón de conducta sexual (Marques, et al., 2018, p. 349).

En estos términos, como explica Collignon Goribar (2011):

(…) la sexualidad se ve "permeada" por un complejo tejido de normatividades (formales e informales) que dicta y configura patrones de comportamiento, conducta y acción social, y así como se configuran las prácticas, lo hacen también de forma simultánea los anclajes que permiten "evaluar" las propias acciones y las de los demás, juzgando el valor moral de las mismas, sus consecuencias y repercusiones (p. 152).

            Así mismo, se debe tener en cuenta que dentro de este proceso de normativización sobre el cuerpo las diferencias entre los individuos son medidas, registradas, categorizadas, replicadas, fijadas y distribuidas a partir de la norma o ciencia que lo determine (Restrepo, 2004).

           A raíz de esto, los problemas de la población pasan a ser racionalizados dentro de las prácticas gubernamentales, provocando que el cuerpo –individual y colectivo– y la sexualidad se convirtieran en un problema político (Foucault, 2007). En este punto, para Foucault (2003) existía un “saber” del cuerpo que iba más allá de la ciencia detrás de su funcionamiento, y un “dominio” orientado no solo al control sobre sus procesos. Tales elementos, saber y dominio, constituyeron  o que el autor denominó como una "tecnología política del cuerpo", tecnología que articuló entorno a tres ejes:

(…) el de la pedagogía, cuyo objetivo era la sexualidad específica del niño; el de la medicina, cuyo objetivo era la fisiología sexual de las mujeres; y el de la demografía finalmente, cuyo objetivo era la regulación espontánea o controlada de los nacimientos (Foucault, 2007, pp. 141-142).

 

b) Educación y Sexualidad

 

Es importante destacar que pocos comentarios de Foucault estaban enfocados en la educación, y tal vez ninguno en la educación de la sexualidad. Sin embargo, es necesario reconocer que, como menciona de Souza (2008), la escuela no es un elemento aislado, sino que, por el contrario, se encuentra vinculado a múltiples sistemas en diferentes niveles. En virtud de esto, siguiendo a Martínez (2015), a lo largo de la historia la relación entre educación y sociedad partió del supuesto fundamental de que se educa para que los miembros de una sociedad puedan contribuir en el mantenimiento de la misma o en su progreso ( a propósito de la Parrhesia,  palabra que lude a los discursos claros y coherentes, Foucault la aborda en  el curso de 1981-1982, La hermenéutica del sujeto,  como  la conciencia de sí  y la intención del sujeto de siempre hablar con la verdad. Por eso,  en Foucault el parresiasta es inferior porque al dominar la verdad es vulnerable). Para Foucault (2005), este ideal sigue presente en las instituciones, ya que el conocimiento se selecciona, distribuye, permite o impide. También, está trasversalizado por distintas oposiciones y luchas sociales. Por eso, cualquier sistema educativo es un medio político para mantener o modificar los discursos, adecuándolos con los saberes y los poderes que lo requieran.

Ello no significa , por supuesto, que el sujeto, o más bien el estudiante en este caso, sea un ente a merced de las políticas del momento, sino que, como se explicó antes, la relación entre sexualidad y educación no solo es evidente en "los procesos por los cuales el biopoder y los dispositivos de normalización se volvieron dominantes (y dominadores) en las sociedades contemporáneas" (Veiga, 2013, p. 85), pues, en esta sociedad de normalización la sexualidad de los estudiantes se convirtió en un problema público. En este problema, Foucault (2007) consideró que:

 (…) los médicos se dirigen a los directores de establecimientos y a los profesores, pero también dan sus opiniones a las familias; los pedagogos forjan proyectos y los someten a las autoridades; los maestros se vuelven hacia los alumnos, les hacen recomendaciones y redactan para ellos libros de exhortación, de ejemplos morales o médicos. En torno al colegial y su sexo prolifera toda una literatura de preceptos opiniones, observaciones, consejos médicos, casos clínicos, esquemas de reforma, planes para instituciones ideales (pp. 38-39).

 

Como explica Åkerblom (2020), "con la ambición de formar ciudadanos normales, los estudiantes son interpretados como incapaces o carentes de características" (p. 362). Es decir, como entes vacíos que es necesario "llenar" mediante un conjunto de conocimientos preestablecidos y autorizados de las formas en que deben vivir, en este caso, su sexualidad. Mas, en Galaz, Troncoso & Morrison (2016) las intervenciones educativas también contribuyen en los procesos de construcción de subjetividades. La razón: el "problema no puede limitarse a una cuestión puramente teórica, ya que se trata de la invención, la producción y la gestión de los modos de vida" (Maraschin & Raniere, 2011, p. 95). En otras palabras, la educación, y la educación sexual, está en el deber de superar esa visión reduccionista y cosificadora que afirma que la mente está vacía, que es vacua, y como tal debe llenarse de contenidos , en apariencia, lógicos y pertinentes.

Por otra parte, Knijnik (2014) encontró que algunas técnicas y procedimientos -desarrollados en la academia- se consideran los únicos mecanismos posibles y capaces de producir un conocimiento verdadero, contribuyendo a la exclusión de otros saberes y a la limitación de cómo debe ser una clase, cómo es un buen docente, quiénes son estudiantes "buenos y malos" y cuál es su lugar destinado en la sociedad. De este modo,  en el caso de la educación sexual, "los discursos educativos apoyan la legitimación de la heterosexualidad y centran en los jóvenes la responsabilidad sobre el comportamiento sexual" (Muñoz,  2017, p. 64). Esto, porque a través de la gubernamentalidad, la heteronormatividad aporta a la construcción de significados sobre los cuerpos, tanto de aquellos dentro de la norma como los que se encuentran por fuera de esta, incluso antes de que estos sean designados como humanos (Dos Santos, 2015).

Cabe destacar que, a pesar de que existen muchas personas que viven su sexualidad a través de un sentido de coherencia, estabilidad y continuidad, se debe reconocer que algunos sujetos no experimentan su sexualidad así. La razón puede ser que no encajan en ninguno de estos marcos normativos fijos y preexistentes. (Galaz et al., 2016). El resultado no es otro que estar por fuera de tales discursos dominantes o interpretarse como objeto de prácticas de división social bajo visiones estigmatizantes de cómo viven y experimentan su sexualidad.

A causa de esto, el Estado y, específicamente, las instituciones educativas optaron por ofrecer a los jóvenes programas de educación sexual diversos e incluyentes (Shoveller & Johnson, 2006; De Souza, 2008), pues, como legalmente se es igual, es necesario respetar a los que son diferentes. Así, se establecieron leyes y normas que se encargarían de regular los prejuicios y la discriminación, para educar, en este caso a los jóvenes, en la aceptación de aquellos con sexualidades no normativas. El fin: brindar espacio para expresarse libremente (Medeiros, Branco & Miranda, 2020).

Sin embargo, dice Veiga & Lopes (2007):

 (…)  la igualdad de acceso no garantiza la inclusión y, en la misma medida, no quita la sombra de la exclusión. Como ya hemos comentado, la inclusión y la exclusión se dan dentro de la norma; y, en la medida en que esto se dé por sentado, esas operaciones de clasificación - aproximación, comparación y clasificación y cumplimiento de especificidades - parecen naturalmente necesarias (p. 959). 

 

Esto, porque finalmente "la educación [es una] herramienta para formar ciudadanos deseables tomando como punto de partida las descripciones de una norma deseable" (Åkerblom, 2020, p. 362). Por eso, esta "preferencia" por lo común a la norma sigue contribuyendo a reforzar las desigualdades sociales (Vieira, 2006),  convirtiéndose, a la vez,  en mecanismos que permiten ejercer un control sobre "los otros o lo distinto" (Norlin, 2020), especialmente cuando en los discursos dominantes dentro de la escuela se proyectan valores y prácticas que no están abiertas a los cuestionamientos, particularmente cuando estas están ligadas a una norma "cultural" de la misma institución (Hickey & Mooney, 2018).

En contraposición, Collignon (2011) encontró que a pesar de:

(…) este proceso de tensión de valoración y juicio entre lo aceptado y lo prohibido, lo permitido y lo tolerado, [también] se crean resquicios o espacios intermedios que posibilitan la expresión de otras acciones sociales, contrarias, diferentes, opuestas a lo establecido, y hacen plausible la transformación del orden social establecido (p. 152).

 

En el caso de la sexualidad, bien explica Stephens (2010) el sexo es una de las áreas donde la normalidad se controla más agresivamente, pero la realidad dista de estos ideales de comportamiento normal. Ello se ve especialmente en las campañas de educación sexual, en donde al enfocarse en la normalidad sexual, se refleja hasta qué punto la normalidad en sí misma es una categoría en constante transformación, en peligro y a menudo fugaz.

En ese mismo orden, Collignon (2011) considera que es:

(…) necesario pensar la diversidad sexual como una categoría analítica que permite [y obliga a] develar los constitutivos de la norma y de lo que se considera normal, es decir, lo que se encuentra dentro de los parámetros de lo que una sociedad ha establecido como normal y que se considera deseable, respecto de la sexualidad. Lo normal al mismo tiempo, apela a lo que la mayoría de una sociedad hace, piensa, y define como deseable [bueno]; sin embargo, en más de una ocasión se confunde con anormalidad lo que hacen, piensan y determinan las minorías, sólo por el hecho de ser minoría (p. 136).

 

Por esta razón, manifiesta Fassin (2008), la sexualidad es un campo decisivo en el que se han politizado categorías que desde hace poco se comenzaron a naturalizar. Por ejemplo, orientación, género, identidad, entre otras.

 

c) Adultocracia y los "peligros" del sexo 

 

El sistema social en el que se vive  está formado por diferentes estructuras, entre las cuales destaca una "estructura de género" en la que, afirma  Santos (2020),  se considera a los hombres como superiores a las mujeres, una "estructura sexual" en la que las personas que no son heterosexuales o no realizan prácticas sexuales "normales" son juzgados inferiores, y hasta una "estructura de edad" basada en la diferenciación entre jóvenes y viejos (Santos, 2020), en donde los primeros son considerados como inmaduros y los segundos como decadentes, promoviendo la idea de que la adultez es el único momento de plenitud (Moreira, Rosário & Santos, 2011). A esto último es lo que se le denomina adultocracia, es decir, un control simbólico y material de los adultos entre 30 y 59 años, grupo que “domina al resto de representaciones [... y] son la piedra angular del entramado social, el modelo de referencia y el estatus al que aspirar” (Aparicio, Barranquero, Gómez & González, 2008, p. 3).

De esta manera:

 (…) los jóvenes son considerados como sujetos carentes de una consciencia responsable, la cual se adquiere en la experiencia y su ausencia hace que decisiones, como la de iniciar relaciones sexuales a temprana edad, sean un reflejo de la carencia de autodominio y amor propio (Tiusaba, 2017, p. 97).

 

A la vez, aquí la escuela es el lugar donde se trasmiten:

(…) los saberes específicos, las valoraciones y las normas cultural y socialmente aceptadas. Puesto que el estudiante es reconocido como un receptor que adquiere conocimiento del entorno para llevar a cabo los deberes que le fueron trasmitidos, es considerado como un individuo inmaduro que debe ser enseñado bajo el rigor de la disciplina, por esta razón la escuela es concebida como un lugar enseñar, para enfrentar las tareas repetitivas y mecánicas que demandará la vida (Zubiría, 2006, como se citó en Laguado, Gallardo & Vergel, 2018, p. 10).

 

Además de esto, Laguado et al. (2018) señalaron que la salud y la educación se consideran prioridades para los gobiernos, en el sentido de que es necesario ofrecer información y servicios que ayuden a los jóvenes a alcanzar esta "madurez". El propósito es decidir de forma responsable desde la comprensión de la sexualidad, lo que ayudará a la protección de embarazos no deseados, ETS y otros riesgos asociados a la sexualidad y la reproducción.

Respecto a esto, Hilario (2015) cree que Foucault en su obra se refiere a un proceso histórico en donde el poder y el sometimiento se han centrado en el cuerpo de los sujetos, llevándolos a reconocer la superioridad de otros, en tanto un sujeto que se encuentra “sometido” ha pasado por un proceso de formación basado en las exigencias de aquel que se encuentra en la posición de dominio. Esta particularidad se traduce, como indican Menkes & Sosa (2013), en relaciones de subordinación política en el caso de los jóvenes hacia los adultos, relaciones que contribuyen a dificultar su acceso a métodos, prácticas, servicios e incluso información que refleje las dudas o preguntas que esta población pueda tener alrededor de la sexualidad, supeditando a los menores de edad a vivir según lo que otros grupos consideren y definan conveniente para ellos.

Ahora bien, la educación en la sexualidad al interior de las escuelas durante las últimas décadas ha sido un tema controvertido que derivó en múltiples debates acerca de la “estimulación del apetito sexual”. En ese contexto, los detractores consideran que enseñar sobre sexualidad es incitar a los jóvenes a seguir comportamientos sexuales inmorales e irresponsables, de manera que el objetivo debía ser, según esta visión, “configurar saberes y prácticas normales que reglamenten formas específicas de estar en el mundo, administrando así la actividad sexual irresponsable de los adolescentes en la escuela” (Tiusaba, 2017, p. 89).

Sobre el fenómeno, Rabinow (1984) (citado en Viveros, 2004), Gamboa (2008), Cerqueira & De Souza (2015) y Tiusaba (2017) explican que en este afán por gobernar la sexualidad juvenil se desarrollaron "dispositivos de seguridad" bajo el pretexto de velar por el bienestar y salud de los individuos y la población (poder pastoral), según la idea de neutralizar las prácticas y comportamientos sexuales en los jóvenes, lo que no es otra cosa que conductas percibidas como nefastas para la salud o de carácter enfermizo. Esto, se comprueba con la creación de múltiples programas, servicios, políticas, etc., soportados en el discurso de la salud y el bienestar, en el marco de una educación para la vida con la excusa de acercase a los modos en que esta población vive su sexualidad. Sin embargo, en ese afán finalmente se reduce la educación a prácticas "saludables" que favorecerán una "mejor" existencia (Cerqueira & de Souza, 2015; Gamboa, 2008), especialmente cuando estos jóvenes hacen parte de la fuerza laborar, ya que tanto los embarazos y las ITS/ETS disminuyen la capacidad productiva (Tiusaba, 2015).

Por su parte, Parra (2019) halló que "esta trivialización que reduce el asunto de la sexualidad a la responsabilidad individual sobre el cuidado del propio cuerpo como garantía de la salud y, en consecuencia, de la vida, se convierte en el tema central en los procesos de formación para la sexualidad" (p. 134). En este sentido, tales formas de gobierno, dentro de las sociedades disciplinarias, fomentan la autorresponsabilización del joven sobre sus comportamientos y las consecuencias de estos, al tiempo que ocultan la influencia que ejercen para que los adolescentes se adapten a ciertos preceptos (Revilla & Tovar, 2011; Muñoz, 2017).

En Colombia, Viveros (2004) identificó que el gobierno de la sexualidad juvenil es paradójico, pues:

(…) por una parte, en teoría transfiere las decisiones referidas a la protección de la salud sexual y reproductiva a las y los propios jóvenes. Pero, por otra, mantiene las relaciones de dependencia asociadas al lugar que ocupan las y los jóvenes en los sistemas productivos, reproductores de la subordinación de lo juvenil al mundo adulto. También se perciben tensiones entre un discurso que busca promover su capacidad reflexiva y sus actitudes responsables y activas hacia el autocuidado y una participación débil de las y los adolescentes y jóvenes en la afirmación y defensa de sus derechos sexuales y reproductivos (p. 178).

 

El escenario, conlleva a que la educación sexual se limite a reducir las estadísticas de salud pública que han sido determinadas como problemas (Roa, 2016, como se citó en Parra, 2019).

Sin embargo, ciertos autores, por destacar Davies & Robinson (2010) (Como se citó en Burnks, 2014), consideran que un mayor conocimiento y alfabetización entorno a la sexualidad permite a los jóvenes desarrollar la capacidad de comprender sus propias experiencias en relación a su identidad. No obstante, para Gunatilake (1998) y Wasserheit & Aral (1996) esta modificación de los niveles de conocimiento, actitudes o comportamientos de riesgo de los jóvenes, a menudo no lograban mejorar la salud sexual a largo plazo (Como se citó en Shoveller & Johnson, 2006). Para Maciel & Alves (2018) esto se debe a que estos currículos, al maximizar las diferencias de género y, en menor medida, problematizar los procesos de producción, sentido de los cuerpos y las sexualidades a través de estrategias políticas y/o pedagógicas, han desfigurado la lógica de la educación sexual en el ámbito educativo.

En relación a la comunidad LGBTIQ+ (Lesbiana, gay, bisexual, transgénero, transexual, travesti, intersexual y queer), para Røthing (2008) (Como se citó en Gray, Harris & Jones, 2016) estas personas no son vistas como iguales o como parte visible de la comunidad educativa. Más bien, generalmente en los discursos de educación sexuales se les "tolera" o se busca "prevenir" ser uno de ellos, lo que posibilita espacios de exclusión. A esto último se suma que los jóvenes objetivamente no pueden ser considerados como una categoría homogénea caracterizada por un discurso dominante. Sin embargo, y a pesar del reconocimiento de esta diferenciación, la mayoría de los estudios y trabajos enfocados en la población juvenil no logran problematizar efectivamente las multiplicidades de lo que es ser joven (Muñoz, 2017). La situación:

(…) explica en gran medida las dificultades que enfrenta el discurso de la educación sexual -construido con un paradigma de dominación-, para penetrar en la subjetividad del joven y lograr los anhelados cambios de comportamiento y la apropiación de prácticas que le son impuestas (Muñoz, 2017, p. 76).

 

Es por esto que Cano, Castrillón & Osorio (2009) consideran que al ser una etapa en la que las personas aún no tienen definidos muchos aspectos de su sexualidad, es necesario que los individuos que van a intervenir en su orientación, en este caso los docentes o psicólogos educativos, cuenten con un conocimiento que trascienda las normas, cartillas, módulos, manuales y textos guía. La razón: muchas veces se reduce el rol de educadores a simplemente transmisores de lineamientos impuestos por el Estado, convirtiéndose en "un técnico más dentro de la cadena de dispositivos de seguridad que se han planteado en torno a problemáticas, pero que no generan el resultado esperado" (Cano, Castrillón & Osorio, 2009, p. 167).

 

Conclusiones

 

Según el objetivo y la pregunta guía, se concluye que la sexualidad y la educación sexual en investigaciones que se fundamentan en la obra de Michel Foucault interpretan  la sexualidad como experiencia que vincula un conjunto de técnicas, prácticas, disciplinas e instituciones donde es posible  reconocer que la educación en la sexualidad no debe limitarse a currículos y políticas educativas que solo buscan informar a los jóvenes y promover una sexualidad "saludable" basada en la prevención de comportamientos, prácticas y actitudes que puedan atentar contra esta noción.  Ello, debido a que el papel fundamental que cumplen los adultos, y más específicamente los docentes, dentro de la enseñanza de la sexualidad, se ha visto limitado por paradigmas en donde se presenta a los jóvenes como sujetos carentes e ignorantes, que al no estar lo suficientemente desarrollados no cuentan con las capacidades y conocimientos necesarios para vivir su sexualidad. El resultado es una desestimación del rol activo de los mismos jóvenes frente a su educación, reemplazándolo (y confundiéndolo) con una invitación a ser voceros de ideas prefabricadas y normativizadas por los adultos, quienes dentro de la jerarquía social se ven a sí mismos como los portadores de la verdad, desconociendo las necesidades e intereses de los jóvenes acerca de cómo quisieran vivir la sexualidad y no cómo sería lo correcto o esperado socialmente.

Sin embargo, es importante resaltar que gracias a este afán por "informar” muchos jóvenes pueden no solo reconocer e identificar el impacto de la sexualidad dentro de su historia de vida, sino que, a la vez, pueden llegar a ser más consientes y empáticos en relación a otras sexualidades, ya que al eliminar la barrera del "otro", que es un extraño y un desconocido, brota la aceptación. En este sentido, como bien explicaba Foucault, la sexualidad como “experiencia” evidencia el impacto de la gubernamentalidad dentro de la identidad social y colectiva, lo que permite el dinamismo dentro de las estructuras sociales y, en el caso de la educación sexual, promueve la creación de espacios de transformación y aceptación de experiencias distintas a las heteronormativas y hegemónicas al interior de las instituciones educativas. Por eso, el rol en temas de educación y sexualidad es importante para que la transformación empiece en los docentes, quienes deben contribuir no solo en la calidad de la educación, sino, también, en el desarrollo de los individuos. Bien lo destaca Foucault: “no es posible educar a los otros, no se les puede educar bien, no es posible transformar los propios privilegios en acción educativa sobre los otros, en acción racional, si uno no se ha preocupado por sí mismo” (Como se citó en Marín, 2012, p. 249).


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Recibido: 31 de julio de 2022.

Aceptado: 17 de enero de 2023.

 



[1]Valentina Arenas Melchor. Psicóloga de la Universidad de Manizales. Asistente de investigación en el proyecto sobre comportamiento sexual humano en jóvenes universitarios. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-6304-5909; correo electrónico: varenasmelchor@gmail.com; varenas73392@umanizales.edu.co

[2] Jaime Alberto Restrepo Soto. Ph.D. en ciencias sociales, niñez y juventud. Profesor titular, grupo de investigación en psicología clínica, Universidad de Manizales. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-3181-5424; correo electrónico: jaimea@umanizales.edu.co

[3] Este artículo se desprende del proyecto de investigación sobre comportamiento sexual humano en jóvenes universitarios y del semillero de investigación en sexualidad humana, adscritos ambos al grupo de investigación en psicología clínica de la Universidad de Manizales, en el cual la primera autora figura como asistente de investigación y el segundo autor como profesor y líder de semillero.