Ospina A., A. V. (2021). Una Educación confinada en el racionalismo instrumental. Plumilla Educativa, 28 (2), 107-123. DOI: 10.30554/pe.2.4353.2021.

 

 

 

Una Educación confinada en el racionalismo instrumental

 

Ana Victoria Ospina Aristizábal[1]

 

Resumen

El impulso cultural, de carácter universal, en las décadas que anteceden la Pandemia del 2020, que nos ha llevado a crear explicaciones, suscita una educación anacrónica, descontextualizada, cotraintuitiva, si se quiere, que erige barreras de conceptos y universales para sobrevivir al terror de la incertidumbre y blindar, con la lógica racional, el equilibrio emocional puesto en jaque por el caprichoso azar.

Así la vida humana resulte vivible solo en la medida en que asumimos como ciertas una serie de mentiras útiles, la universidad no puede permanecer indiferente, no puede encerrarse en sus prerrogativas, ni refugiarse en una concepción ascética del conocimiento inundada de eufemismos, de trampas del lenguaje y de atajos cognitivos; a pesar de los descubrimientos en neurociencia, psicología, lingüística, entre otras disciplinas. Debe ser activista, provocadora, porque lo real es el desafío, el dilema. Este artículo escrito en Pereira, Colombia, constituye una reflexión irreverente, heterodoxa; una conversación que profundiza en los asuntos propios de una educación neocortexiana, hasta donde las incompetencias de la autora lo permiten.

Palabras clave: Educación, Racionalidad instrumental, Dogmatismo, Sesgos cognitivos, Pluralismo.

 

Education confined to instrumental rationalism

Abstract

A cultural impulse, the one with a universal nature, in the decades leading up to the 2020 Pandemic, that has led us to create explanations, also raises an anachronistic, decontextualized, counterintuitive education without major controversy in our time, if you will. This erects conceptual and universal barriers to survive the terror of the uncertainty by shielding the emotional balance with rational logic and putting it in check by the arbitrary randomness.

Even if human life is livable only to the extent that we assume a series of useful lies as true, a university cannot remain indifferent, it cannot shut itself up in its prerogatives, nor take refuge in an ascetic conception of knowledge full of euphemisms, language plots, and cognitive shortcuts, despite discoveries in neuroscience, psychology, linguistics, among other disciplines. It must be an activist and provocative one since both the challenge and the dilemma are what is real. This article writes in Pereira, Colombia, is an irreverent, heterodox reflection, a conversation that delves into the issues of a neocortexian education, as far as the author's incompetence allows.

Key words: Education, Instrumental rationality, Dogmatism, Cognitive biases, Pluralism.

 

Uma educação confinada ao racionalismo instrumental

Resumo

O impulso cultural, de natureza universal, nas décadas que antecederam a Pandemia de 2020, que nos levou a criar explicações, impulsiona em nosso tempo uma educação anacrônica, descontextualizada, não intuitiva, que ergue barreiras de conceitos e universais para sobreviver ao terror da incerteza, e para proteger, a partir da lógica racional, o equilíbrio emocional posto em xeque pelo acaso caprichoso.

Mesmo que a vida humana torne-se habitável apenas na medida em que assumimos como verdadeiras uma série de mentiras úteis, a universidade não pode permanecer indiferente, não pode se fechar nas suas prerrogativas, nem se refugiar numa concepção ascética do conhecimento cheia de eufemismos, de enredos da linguagem e de atalhos cognitivos, apesar das recentes descobertas em neurociência, psicologia, lingüística, entre outras. Deve ser ativista, provocadora, já que é o real é o desafio, o dilema. Esse artigo escrito em Pereira, Colombia, é uma reflexão irreverente, heterodoxa, uma conversa que se aprofunda nas questões de uma educação neocórtica, na medida em que a incompetência da autor assim o permite.

Palavras-chave: Educação, Racionalidade instrumental, Dogmatismo, Viés cognitivos, Pluralismo.

 

No existen vacunas contra la razón impura

Conocer, investigar, pensar como oficio remunerado, puede y debe ser un placer intelectual y físico: estimula los agentes neuroquímicos, la presión y el flujo arterial, dejándonos en un estado generalizado de excitación, alejado del símbolo trabajo-castigo del mitológico Dios-obrero –sin fe ni redención– condenado, eternamente, a ganarse el pan con el sudor de su frente. Sin embargo, la búsqueda de verdades últimas, en un mundo cambiante, la convicción de aferrarnos a un futuro hipotecado, no resulta demasiado atractiva ni estimulante; resulta incluso contraintuitiva, violenta, si analizamos nuestro cerebro, sus mecanismos neuronales, sus sesgos y errores cognitivos (Kahneman, 2013), la conducta irracional (Eagleman, 2013), los muchos caprichos del pensamiento y nuestra historia evolutiva (Harari, 2014) , entre muchas otras evidencias. Inmersos en una realidad de confort, en la cual sustituimos fácilmente la verdad por otra verdad, la bondad por otra bondad, la honestidad por otra honestidad, la justicia por otra justicia, en un mercado de los valores que varían con el criterio de la oportunidad –o de la propaganda–, sintiéndonos más seguros dentro del rebaño more pecorum, como decía Séneca, no nos permitimos la aventura de dudar, la selección crítica, el derecho a experimentar y a equivocarnos, el derecho a apostar, y entonces, no pasa nada; bueno, casi nada, porque no hay suficiente actividad auténtica, no hay reto. Nos limitamos constantemente a adelantar meras averiguaciones, a documentar hipótesis, a escribir “obras intelectuales de interés muy limitado que probablemente sirven más para el progreso en la carrera de su autor que para el conocimiento humano” (Bunge, 2005, pág. 2), cuidadosamente estructuradas, desinadas a inducir al fanatismo o, por lo menos, a alguna certeza que arbitre nuestro devenir, utilizando la palabra ciencia como garantía para transformar la opinión (doxa) en verdad (aletheia), en el sentido platónico-aristotélico. Hemos perpetuado una educación irreflexiva sometida a la racionalidad instrumental que, a falta de criterio, aplica la norma para todos y, por medio de una lengua común, la lengua del mucho decir y poco arriesgar, eso sí, metódicamente –de una aparente verdad en la que se halla la fuente de su miseria– y que, como escuché alguna vez, “nadie lee porque están ocupados escribiendo cosas que nadie lee” - extermina la autonomía, la creatividad, las emociones, las expectativas y, en definitiva, la buena vida.

La mitología universitaria

Toda la naturaleza está en constante evolución, somos mensajeros, inconscientes (a veces), de una transformación, con genes, células, órganos, organismos que rechazan la trascendencia, se resisten incluso, en ocasiones, al tratamiento predictivo matemático. Esta flexibilidad explica, en gran parte, lo que consideramos inteligencia humana (Eagleman, 2013) con unos cambios que hacen casi imposible encontrar leyes formales fiables, sino solo durante un tiempo limitado. El propio cuerpo humano es una nave de Teseo que, al cruzar por el mar de la vida, se transforma sin cesar (Plutarco). Las explicaciones, las teorías, los modelos pierden vigencia a gran velocidad, omiten las contingencias de la vida. Nuestra realidad, “la realidad que nos reencontramos al despertar, la que el psicótico osa desdoblar,el chamán, trascender,y el bufón, ridiculizar” (Serna, 2020, pág. 29) alimenta un cúmulo de preguntas con múltiples respuestas que constituyen el pensamiento mágico, también positivista –depende de quién– de la academia que confluye, o se diluye, con el razonamiento más estricto, perpetuando un fariseísmo instalado hace ya siglos, que justifica las raciones de ideología cada vez más ubicuas, más descaradas, más desnaturalizadas, como instrumento para  legitimar creencias a conveniencia –por terquedad u oportunismo–, para proponer e imponer nuevas leyes según su fantasía y una discordancia imaginaria respecto de lo que funciona y la oposición –una voraz competencia– porque consideran que sus juicios no son simplemente un derecho suyo, sino una obligación para todos los demás, aunque representan, realmente, una vacuna contra la inseguridad y el status quo, una conjura para sus temores. De ahí surge el monumento venerable construido –quiero creer– de buena fe a los acreditados pensadores, reforzado por el efecto Halo (Kahneman, 2013) por el cual pensamos que, si alguien posee un rasgo destacado, positivo o negativo, es posible que el resto de sus rasgos se consideren de acuerdo a él; mejores o peores de lo que en realidad son, lo cual les procura muchos secuaces, pero, como es obvio, ha tejido una telaraña de autoelogios y acciones personales y políticas reprochables. Esa acusación de “espiritualismo” revela el hecho de que es mucho más efectivo mostrar las debilidades, en este caso mentales, de un santo, que hacer evidente la posibilidad de embarrarla de los humanos. La mitología universitaria los legitima. Así, el clímax de la endiosada racionalidad preconiza el sustantivo “El Maestro” que, constantemente, hace creer que su actividad, más que la de un profesor sería la de un profeta, abundante en tratados, inútilmente complicados –renuentes a seguir la recomendación de Wittgenstein de que “todo aquello que puede ser dicho, puede ser dicho con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse” (Wittgenstein, 1983, pág. 11)– que nadie refuta ni entiende, el metalenguaje los blinda. Ostentan una verdadera ciencia nueva (una revelación divina), una ciencia autónoma (todopoderosa), absolutamente desconocida antes de él (milagrosa); olvidando que el mundo, el mundo regido por el principio de la razón, no es, en última instancia, más que apariencia, un lugar de representaciones consientes surgidas de repente, y en muchas ocasiones, por azar, de mundos que, como un reloj, fueron desarmados y vueltos a armar a la medida de nuestras ambiciones –o nuestras posibilidades– (Eagleman, 2013) y de una sensación subjetiva de orden que nada tiene que ver con nuestro contexto, no solo variable sino contingente, en el que  como dijo Lao-Tsé “una vez ying, una vez yang”, de suerte que la única verdad es el cambio, teniendo en cuenta que “El hombre vive en un mundo de conjeturas, de misterio, de incertidumbres” (John Dewey), y que muchas de sus miserias son producto del dogmatismo y del afán proselitista de los nombrados predicadores.

Recordando a Huxley y el énfasis que hacía en el peligro de los pecados ideológicos fundamentalistas (Huxley, 1999), el ser humano mata más gente por saciedad ideológica que por hambre.  En este sentido, la peligrosidad del ser humano parece venir más de sus ideas, dogmas naturalizados, irrebatibles, que refuerzan al instinto en detrimento de las emociones sociales. La veneración que se les rinde a los profetas, tras cuyas obras se apila una hilera de discípulos, es una de las raíces de nuestro estancamiento intelectual, un efecto Pigmalión de impacto masivo con una taza de conversión  –para utilizar el léxico mercantil de las redes sociales, tan de moda–mucho mayor al de cualquier reconocida agencia publicitaria, una acumulación de conocimientos y errores que sacia la necesidad de apofenia con el fin de organizar lo desconocido en conocido, en Galateas nombrables, sujetas al efecto halo y distorsionando pruebas para hacerlas coincidir con sus ideas; en parte, como mecanismo de defensa (Freud, 1948) para no ser avasallados por la vida y, más exactamente, por la incertidumbre. Sin embargo, cabe recordar que “Ningún concepto, idea o teoría son sagrados ni se hallan libres de ser puestos en entredicho" (Harari, 2014, pág. 279) así que no trascenderán como mártires ni como redentores, pues no defienden causas santas, sino como los perfectos deterministas que son.

Racionalidad académica: una terapia emocional

Nada más cierto que, la educación y la ciencia, como suelen ejercerse, son factores importantes para la comprensión y la aceptación de nuevos avatares, del caos permanente en el que vivimos, pero no porque definan el conocimiento absoluto, sino que lo hacen en la medida en que nos ayudan a abrir los ojos, a experimentar un desencanto necesario y a practicar, sistemáticamente, la duda frente a las promesas de la razón –la reflexión escéptica– porque la Educación, más que una fábrica de teorías, artículos, certificados y profesionales, debe considerarse un gimnasio para pensar,  “un gimnasio prefrontal, fundamentado en la biología y la ética al mismo tiempo que permite que una persona se ayude a sí misma” (2013, pág. 224) si se quiere asumir el aporte de Eagleman;  un laboratorio de futuro, un espacio de herejía para interrogarse, para atreverse a interrogarse; para encontrar nuevas maneras de ver y redefinir, incansablemente, el mundo; para desordenar las cosas, para equivocarse, para poner a prueba los prejuicios –ajenos y propios–, para desbloquear el porvenir. La educación, si es auténtica debe provocar, ir en contracorriente porque lo que busca es poner en tela de juicio las certezas, pensar lo impensable, considerar lo pensado y prepararnos para la contingencia, en un continuo reiniciar. Seguimos, sin embargo, educando para un mundo que no existe, para un mundo con presupuestos de pasado, en el que las viejas tradiciones, sobre todo las malas, se resisten a morir, y no solo cometemos errores triviales, sino que, además, nos cuesta entrever estrategias profundas, formas totalmente nuevas de abordar una posición porque vivimos condenados, encerrados en el pabellón superior del neocortex, víctimas de nuestras propias doctrinas o, peor aún, de conjeturas ajenas, usando la razón para hallar la verdad con una finalidad pragmática de persuasión, robustecida por el sesgo de confirmación, el de disponibilidad y el efecto halo; como educación de calabozo, porque educación que encierra, mata. Estamos siempre enmendando entuertos. “Hay muchas formas de acomodarse a lo racional, el hecho de que prefiramos unas a otras depende de nuestras tradiciones, es decir, de nuestros prejuicios y a la inversa: toda sociedad cultiva sus propios absurdos y sus peculiares ridiculeces o inconsecuencias”, aseguraba Voltaire (Savater, 2015, pág. 9). Nos traicionamos con eufemismos y verdades a medias, refugios para la incertidumbre y la inseguridad, fruto de la tradición y del ensimismamiento, condicionados por las particularidades del lenguaje utilizado, por las limitaciones de nuestro sistema perceptivo y las deficiencias de nuestro sistema nervioso y, además, por las prioridades de la sociedad y la idiosincrasia del individuo que, en efecto y, por el contrario, contiene multitudes, como decía Walt Withman.

La tela de la globalización y el pensamiento homogéneo instalado, terminan siendo un dopping –igual que el amor– para reducir la ansiedad de lo incomprensible, de lo imprevisible; acogen a quienes acuden fervorosos –que son muchos– como vagabundos que desconfían de su propia consciencia, de su valiosa originalidad, presas de un afán por la adaptación a la multitud, una multitud que más que unir, amontona; en la que se propagan los síntomas epidémicos del conglomerado docente magnetizado  por la emoción y el conformismo y, así, lo que producen es cada vez más parecido; incluso sus deseos se van pareciendo más y más, como presentes en la hora ambigua, indecisa, en que la tarde y la noche se neutralizan, se “equilibran”, borran las facciones –o si se quiere, la autenticidad–, homogenizan todo en un color cenizo, característico de claustro. Olvidamos que “cada cerebro determina de manera única lo que percibe o es capaz de percibir […] la realidad es mucho más subjetiva de lo que se cree normalmente” (Nagel, 1989) y que, como lo afirma el neurocientífico David Linden, “Algunos piensan en términos de ecuaciones; otros verbalmente; otros de manera espacial. Algunos confían en seguir paso a paso la deducción y la lógica […] en tanto que otros tienen un momento de intuición” (2010, pág.174). Nuestra percepción del mundo no es solo una construcción que no representa exactamente el exterior, un teatro simplificado, un modelo virtual producto de un truco neuronal microscópico e inaccesible, (Eagleman, 2013) porque es resultado de inferencias cerebrales; sino que, además, tenemos la falsa interpretación de una imagen rica y completa cuando, de hecho, apenas vemos lo que necesitamos, o queremos, saber –Sesgo del punto ciego–. El cerebro sale al mundo y extrae activamente la información que necesita, se elabora un relato que, o bien es compatible con lo que pensamos, o ignora parte del debate, lo que Kahneman denomina Sesgo de confirmación. En este sentido, los participantes del sectarismo académico no mienten, ofrecen la mejor explicación que pueden. Se posiciona el efecto de la ilusión de verdad que muestra que es más probable que se crea que una afirmación es cierta si ya se ha oído antes, sea o no cierta, y pone en relieve el peligro potencial que tiene para la gente el verse expuesta repetidamente a los mismos edictos dogmáticos porque “la mayoría prefiere que los demás apoyen sus ideas a soportar las dudas que supondría contradecirlas” (Sutherland, 2015, pág. 105), así prevalece el deseo de aferrarse a creencias coherentes, con frecuencia, a expensas de la verdad. Contra toda evidencia, perpetuamos el culto al pensum, los universales, las verdades últimas –antídotos contra el cambio–, como ciegos con el síndrome de Charles Bonnet, negamos los límites del conocimiento científico, ignoramos, como un autoengaño práctico, lo que nos repetía Jacques Monod “cada conquista de la ciencia es una victoria de lo absurdo” y acentuado por el Sesgo del punto ciego nutrimos una excesiva arrogancia de falsa seguridad que genera la confianza equivocada en la propia capacidad de juicio que no solo lleva a creer que se puede predecir el futuro a partir del pasado, sino también a distorsionar los hechos pasados y el recuerdo de las opiniones pasadas previas. Nos seguimos engañando a nosotros mismos, Freud no se equivocaba al respecto y caemos, de forma sistemática, como quien padece anosognosia –falta total de conciencia de la propia enfermedad– en los mismos vicios intelectuales, en los mismos pecados cognitivos y eso no deja de llamar poderosamente la atención porque “catarro mal curado, tísico confirmado”. Es menester entonces ahondar en los orígenes del fenómeno en cuestión.

Autoengaño profiláctico

Que no seamos tan racionales como creemos, es una evidencia que entraría en contradicción con lo que aprendemos y defendemos en la academia, en donde se nos muestra un mundo regido por leyes y explicado por teorías, abundante en definiciones, rico en esquemas y modelos; confrontar la efectividad del pensamiento causal racional y la intransigencia dogmática, no por sus evidentes resultados sino por su pertinencia y por la moratoria reflexión emotiva, es un imperativo de nuestro tiempo, así corramos el riesgo de desacralizar una de nuestras más añejas certezas: la razón como única vía para el progreso –esa fábula escrita desde la perspectiva de un túnel, como ya lo había revelado Locke, uno de los pocos metafísicos prudentes, afirmando que nunca sabemos lo suficiente por las solas luces de nuestra razón– pero es también una manera de liberarnos de un prejuicio que no solo bloquea nuestro pensamiento, sino que, además, sería el responsable de múltiples torpezas en nuestra vida diaria y, para nuestro interés, en nuestra vida intelectual. El escepticismo es, al fin y al cabo, una forma de respeto, casi una virtud social, una especie de cordura cautelosa, un refugio para la tolerancia, un llamado permanente a trasegar nuestras convicciones más profundas, esas formas que tenemos los humanos de construir, en nuestra mente, un mundo compatible con nuestros proyectos porque, en definitiva, hacerse ilusiones es una realidad humana. El deseo de tener la razón o de mantener la autoestima interviene en la falta de disposición a abandonar una hipótesis –sesgo interesado–. Conocer y reconocer nuestra antropología no es, simplemente, un trabajo académico sino, más bien, una urgencia de los tiempos presentes, tiempos complejos y vertiginosos, líquidos (Bauman, 2005), en los que las creencias, las normas, los croquis, suelen ser desbordados por los hechos.

El racionalismo ha sido puesto en cuestión de muchas maneras. En Occidente hay una larga tradición de pensadores que, por diversos motivos, se han identificado, alguna vez, como irracionalistas. Bastaría recordar a Nietzsche, pero también entre los psicólogos se ha reconsiderado el predominio de la razón, en particular cuando Freud advierte el protagonismo del “ello” (instinto) frente al cual, en buena parte de los casos, la razón se limita a racionalizar. Con el cerebro triuno de MacLean, se hizo evidente que la emoción era tan cerebral como la razón y, así, el imperio de la razón es reemplazado por el triunvirato instinto-emoción-razón. Lo anterior, reforzado por las propuestas del neurocientífico Joseph Ledoux, en virtud de las cuales, las decisiones racionales estarían influenciadas, en diversa medida, por las emociones, en tanto, estas últimas, son más fuertes que la razón. Que la razón no tiene el protagonismo que se le atribuye en la academia, lo experimentamos a diario cuando advertimos que la gente, y nosotros mismos, por supuesto, no siempre actúa de manera lógica; es decir, a partir de un análisis metódico de los argumentos a favor y en contra de una determinada decisión. Se sigue afirmando, erróneamente, que los humanos somos seres que deberíamos funcionar según las leyes de la lógica, del pensamiento racional y de la economía, omitimos los sesgos cognitivos; es decir, aquellas desviaciones de la conducta, presuntamente racional, que se han convertido en hábitos y cuyas raíces se remontan, en buena parte de los casos, a las capas más profundas de nuestra antropología. La vida de todos está llena de paradojas, de relatos, de reacciones heredadas. Usamos a diario universales, ilusiones, formas de definir –con un lenguaje que no fue hecho para el conocimiento sino para la comunicación– y de entender –con un cerebro que no fue hecho para el conocimiento sino para la supervivencia– el mundo, que fueron adaptativas para nuestros antepasados y que nos permitieron sobrevivir, pero no nos detenemos a considerar sus errores, por supuesto, ni sus consecuencias. –el cerebro edita, sesga, atiende a la supervivencia; el lenguaje a la definición–. Reaccionamos primero y, en casi todos los casos, buscamos una explicación o una justificación a posteriori, como explica Frans de Waal “nuestras emociones deciden, y luego, nuestro poder de raciocinio, como si de un asesor de imagen se tratara, intenta urdir justificaciones posibles” (2011, pág. 23). Nos engañamos a nosotros mismos más de lo que nos gusta reconocer. Buscamos la verdad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo confusamente que tienen una.  Nuestra extraordinaria capacidad de hallar explicaciones que apoyen nuestras creencias tiene como resultado un exceso de fe en ellas, en lugar de un examen atento de otras posibilidades. Somos propensos al autoengaño, a mentirnos, a proteger, con base en la manipulación de la evidencia, nuestras creencias y nuestras ideas acerca del mundo, esto lo ratifica el sesgo de confirmación de Kahneman y constituye, poco a poco, un pensamiento universal.  Decidimos, nos engañamos y nos seguiremos engañando siempre que sea necesario para adaptarnos mejor, para estar más tranquilos; finalmente, todos, en cierto modo, estamos del mismo lado: en contra –a la expectativa– de lo que suceda, a la espera del inédito destino. Y aunque reconocemos que la mente humana es una auténtica maravilla, que nos ha permitido sobrevivir por millones de años, está lejos de ser perfecta y de actuar de manera pertinente en todas las situaciones de la vida cotidiana. Debemos aceptar, humildemente, que somos prisioneros del confort, moldeado a la medida de nuestras verdades. “El mundo que nos compete es filtrado por nuestros sentidos, depurado por nuestros temores, manipulado por nuestros deseos, editado por nuestros prejuicios, espoleado por nuestras pasiones, loteado por nuestro léxico, formateado por nuestra sintaxis, limitado por nuestra ignorancia, ajustado a nuestros intereses. Se parece demasiado a nosotros para darnos cuenta de que es falso” (Serna, Menos es más, 2020, pág. 69). El cerebro, aparato razonador y, a su vez, una máquina de confabulaciones, “sujeto a errores, distorsiones o ilusiones que pueden proceder del propio sesgo perceptual, o bien ser producto de la interpretación posterior que hacemos de la información” (Dierssen, 2018, pág. 13), lejos de ser producto de un diseño inteligente sería un órgano contrahecho. La evolución no sólo ha estado sometida a los cambios climáticos y geológicos, sino, además, a las catástrofes naturales que barajan sus prioridades, favoreciendo unas especies y perjudicando otras, como refiere Stheven Jay Gould, en su obra La vida maravillosa. Una conclusión se impone: la reducción del cerebro a un diseño inteligente, o si se prefiere, coherente, es un autoengaño profiláctico, una táctica contra la desilusión, contra la esperanza frustrada, contra el miedo. Lo reafirma Linden, “A través de una travesía de conservación que se remonta al reptil, hemos ido acumulado una serie de capas del sistema nervioso, no siempre coordinadas y no habiendo tenido oportunidad alguna de ajustarlas o rediseñarla […] lleno de múltiples sistemas y dispositivos anacrónicos” (2010, pág. 95); una biología que rehúsa la trascendencia y la perfección pone en evidencia el impertinente culto al currículo, la vencida búsqueda de certezas, la necesidad casi vital de no tomarnos las palabras y las ideologías tan en serio, de mantener una distancia escéptica frente a todos los dogmas porque “no existe una sola cura para lo que no puede tener una sola causa” (Huxley, 1999, pág. 45). Si uno estudia para encontrar la verdad, como predican, está perdiendo el tiempo. Uno estudia para disfrutar, para acostumbrarse a ver un mayor número de matices de la vida, de las ideas, del mundo; “a la bonne heure, suivez la route la plus agréable, ayez du plaisir, mais alors de dogmatisez pas”, aconsejaba Henry Beyle.

El protagonismo de la metafísica en la era del ranking

¿Algún académico racionalista tóxico? Casi todos, convertidos, hasta el más escéptico, en predicadores oportunistas de falacias “raciofacturadas”, de ideas concebidas fuera de su tiempo, descontextualizadas –una falacia, como reitera Hegel a lo largo de su obra– como ludópatas vergonzantes apostándole a la certeza por medio de saberes que hablan de lo absoluto con familiaridad insultante e inapelable. En corredores, por estos días, carentes de profanación masiva, se saludan unos a otros con ese abismo entre sus gestos y ellos mismos, con un saludo que no altera la mueca estándar, con un movimiento rápido y mecánico, un reconocimiento más que un saludo, una especie de santo y seña. Con esa falsa solidaridad de los borricos, para quienes, en su gran mayoría, la personalidad es psicosis y la flexibilidad un complejo, pretenden que tienen con quien dar rienda suelta a su necesidad más vital: el reconocimiento. Se preocupan meramente por los puntos, por el escalafón, por la fama; como si la pasión, el placer por enseñar, por seguir haciéndose preguntas, se hubiera fatigado, como si hubiera perdido fuerza y no quedara de ella más que la melancolía; una noción de la vida académica que más parece un método práctico, un confinamiento de la aventura, un deber, una condena. De ahí que no sea ninguna sorpresa encontrarse ante una marcada desidia y mediocridad con el desgano de quien tiene puesta la curiosidad, la mente, las expectativas, los sueños, en espera, como cuando la tarea se da ya por terminada, cuando se presenta como completo un saber que, no obstante, resulta progresivo. Instaurada la averiguación, en sustitución de la investigación genuina, como la práctica de buscar información que confirme sus hipótesis –Sesgo de Confirmación, como lo llamaría Kahneman–, en vez de buscar información que ayude a falsearlas; las certezas desfilan de modelos, principios, fundamentos, universales, en atrios de alto raiting y van acortando el mundo, las expectativas. Desnaturalizada y homogenizada la labor intelectual, reina a raja tabla, sin distinción disciplinar, la lógica del mercado. Una historia unificada que lotea y limita la visión de mundo. Todos fingen y hacen como que saben, en un intento fallido de inteligencia maquiavélica en la que no falta el protagonismo de la astucia, incluido el engaño (Waal, 2015), y si alguien admite por un instante que algo le resulta verdaderamente confuso, los demás adoptan una actitud altiva, como si para ellos aquello fuera evidente y reprochable al preguntón, al impertinente, que les hace perder el tiempo, los altera porque pensar resta certeza, tranquilidad; en contra vía de Eagleman que afirma que “Sólo porque creamos que algo “es” cierto, solo porque “sepamos” que algo es cierto, eso no significa que “sea” cierto” (2013, pág. 69). Sectas dogmáticas, imprudentes, excéntricas, obsesivas, políticamente incorrectas, asumen los medios del capitalismo cognitivo como fin último de una racionalización y cuantificación del contenido del conocimiento y luchan por asistir a la alfombra roja de la Era del Ranking. Probablemente esta observación pueda ser generalizada, aunque tal vez sean pocas las excepciones de ortodoxos neocortexianos que diezman el mundo con evangelios y licencias de portafolio –o de currículo, si se quiere–, en un ambiente académico en el que lo que realmente experimentamos es la finitud, el constante cambio, el conflicto trágico, el relativismo moral, la razón inmoral y el persistente jaque del caprichoso azar.

El dogmatismo en cuestión

Puesto que nadie tiene siempre la razón, cuando la ocasión lo merece, cambiar de opinión es señal de fortaleza, no de debilidad –aquí, otra forma de irracionalidad: la dificultad de romper con la tradición–; no sería entonces otro el reto que nos anima. Ante una modernidad que practica la búsqueda del conocimiento en museos de metafísica y una antropología que define como propio del ser humano, no la razón, sino el trivurato instinto-emoción-razón –desde Freud hasta Damasio y MacLean –, debemos valernos de la razón sin ignorar sus sesgos, haciendo aduana del léxico y de las histriónicas percepciones de realidad que nos presenta el cerebro; reivindicar la duda, entender el dogmatismo como fuente de intolerancia, de idealismo que omite la subjetividad y la contingencia, de tutelas y tradiciones acríticamente aceptadas; porque el ser que somos nosotros es un ser abierto a sus posibilidades de acuerdo con Heidegger o que no tiene ideas como diría Francois Jullien, para tener disponibilidad de un sinfín de mundos y soluciones posibles; apertura, porque allí donde hay opciones hay futuro, donde hay certezas, cerramiento. Según Voltaire, la reflexión auténtica combate los dogmas porque estos sirven de base para los fanatismos persecutorios, descarta escépticamente las especulaciones metafísicas porque favorecen enconadas rivalidades y obstaculizan el desarrollo del conocimiento. Por el contrario, en la comunidad académica, sacraliza hipótesis, acuarteladas como prejuicio y, con la adopción de la ciencia como garantía, sentencia para todos y para siempre. Al margen del pensamiento crítico, con la intercesión de la racionalidad instrumental, especula de manera lógica donde reina la contingencia. De hecho, el saber avanza por el camino de la duda (Descartes), un camino en zigzag, inconstante, como lo confirman los últimos avances en neurociencia relacionados con el conocimiento y las potencialidades inherentes a la plasticidad del cerebro, que tiene la propiedad de cambiar, bajo los estímulos oportunos de función y de estructura, y, por consiguiente, de ideas y de conducta, en contraorden del pensamiento único y del lenguaje lineal, inmortalizados en la academia.

A manera de conclusión

Bajo la sospecha de una educación que no se actualiza con la rapidez que exige el acelerado mundo líquido (Bauman, 2005) y que, a pesar de que la ciencia no se detiene y que las novedades del ayer son los prejuicios del mañana, no aplica los nuevos conocimientos que tenemos acerca del ser humano; reforzada por las evidencias en el aula de clase como docente y esclarecidas por las lecturas e investigaciones desarrolladas, la rigidez educativa es insostenible.

El mundo cambia incesantemente, sin opción de retorno, y eso de imaginar, de predecir, de recordar, teniendo en cuenta los vaivenes de la memoria, su facilidad para olvidar, para maquillar, para reeditar, todo ello es cavernícola, aunque ha sido útil a lo largo de millones de años de evolución y es básico para nuestro aprendizaje, para nuestras interrelaciones, para nuestra supervivencia. Sin embargo, si nos centramos en las evidencias, el lenguaje mismo con el que definimos y facultamos significados –de manera infinita, no necesariamente, homogénea–,  no cumple con los requisitos estipulados por la racionalidad apodíctica (Aristóteles), en la medida en que estaría contaminado por la ambigüedad propia de un sistema de signos como el nuestro, que demanda flexibilidad como condición indispensable para dar cuenta de la complejidad inaudita de la existencia, como plantea Julián Serna. Desmantelar la impostura de la eficacia del lenguaje, de las audaces promesas de la modernidad, de la sociedad disciplinaria (Foucault), de la racionalidad instrumental, del marketing académico, de la objetividad del conocimiento, del pensamiento único como vía de progreso y rescatar los medios alternativos, provocadores, pluralistas y los fines emergentes, es decir, la felicidad, la justicia y las opciones de futuro, constituye un acto de rebeldía necesario contra un sistema de prejuicios y expectativas hipotecados.

En medio de la proliferación de “verdades” que pretenden decir la última palabra, de la polarización salvaje, del miedo que amontona, del vértigo del mundo líquido que instaura la postverdad, no es otra la salida que la apuesta por el pluralismo, por el estremecimiento de la inquietud y el escepticismo, en contraposición con la tradición académica metafísica. Dar espacio al pluralismo y la tolerancia, en lugar de cambiar un paradigma por otro. Como diría Maffei en su libro Elogio de la rebeldía, “la fe en la razón, acaba convirtiéndose en una rutina cerebral, en una jaula de funcionamiento; solo nos queda la duda constante, es decir el uso de la crítica, el derecho […] de tener nuestra propia visión de mundo” (2017, pág. 36) y puesto que la explicación no equivale a la exculpación urge una vacuna contra la razón impura y el limitado sentido de alteridad que nos bloquea el porvenir, nos diezma la empatía y nos sesga la comprensión para con el prójimo y para con el mundo, en una Educación en la que permanecen en juego el profundísimo problema del determinismo, así como las trampas de los sesgos cognitivos y de la irracionalidad humana.


 

Referencias

 

Ariely, D. (2012). ¿Porqué mentimos, en especuial a nosotros mismos? (J. S. Chic, Trad.) Barcelona, España: Ariel.

Ariely, D. (2017). Las trampas del deseo. (F. J. Ramos, Trad.) Barcelona, España: Ariel.

Bauman, S. (2005). Vida líquida. Barcelona, España: Paidós.

Bauman, S. (2013). Sobre la educacuín en un mundo líquido. (D. P. Puigarnau, Trad.) Barcelona, España: Paidós.

Bunge, M. (2005). Diccionario de filosofía. México: Siglo XXI.

Damasio, A. (2017). El error de descartes. (J. Ros, Trad.) Barcelona, España: Editorial Planeta S.A.

Dierssen, M. (2018). Como aprende (y recuerda) el cerebro. España: Emse.

Eagleman, D. (2013). Incógnito. Barcelona, España: Anagrama.

Freud, S. (1948). Obras completas. (L. L.-B. Torres, Trad.) Madrid, España: Bibilioteca Nueva.

Goleman, D. (2015). El punto ciego. (D. G. Mora, Trad.) Barcelona, España: Debolsillo.

Harari, Y. N. (2014). De animales a dioses. Barcelona, España: Debate.

Harari, Y. N. (2016). Homo Deus. Breve historia del mañana. (J. Ros, Trad.) Bogotá, Colombia: Debate.

Hegel, G. W. (1994). Lecciones sobre la filosofía Universal . (J. Gaos, Trad.) Barcelona, España: Altaya.

Heidegger, M. (1958). ¿Qué significa pensar? Buenos Aires, Argentina: Nova.

Heidegger, M. (1977). Introducción a la metafísica. (E. Estiú, Trad.) Buenos Aires, Argentina.

Huxley, A. (1999). La isla. Barcelona, España: Edhasa.

Jullien, F. (2001). El sabio no tiene ideas. (A. H. Guirard, Trad.) Madrid, España: Ciruela.

Kahneman, D. (2013). Pensa rápido, pensar despacio. Barcelona, España: Debolsillo.

Kahneman, D., & Tversky, A. (1973). Psychological Review, 80(4), 237–251. Recuperado el 2021, de https://doi.org/10.1037/h0034747

Lao-Tse. (s.f.). Obtenido de https://es.wikisource.org/wiki/Tao_Te_King#Xia_pian

Ledoux, J. E. (1996). The emotional brain. The misterious underpinnings of emotional life. Nueva York, Estados Unidos: Simon & Schuster .

Linden, D. (2010). El cerebro accidental . (F. Meler-Orti, Trad.) Madrid, España: Paidós.

Maclean, P. (s.f.). Obtenido de https://es.scribd.com/document/11 8689486/EL-ENCUENTRO-DE-LAS-MENTES-Por-Dr-Paul-MacLean

Nagel, T. (1989). The view from nowhere. Nueva York, Estados Unidos: Oxford University Press Inc.

Nietzche, F. (2000). Más alla del bien y del mal. (A. S. Pascual, Trad.) Madrid, España: Alianza.

Savater, F. (2015) Voltaire contra los fanáticos. Barcelona, España: Ariel

Serna, J. (2020). Menos es más. Barcelona, España: Antrophos.

Serna, J. (2020). Ideas desencadenadas. Santa Rosa de Cabal, Colombia: Casa de Aterión Ediciones.

Sutherland, S. (2015). Irracionalidad. El enemigo interior. (C. González, Trad.) Madrid, España: Alianza.

Voltaire. (2013). Tratado sobre la tolerancia. (M. Armiño, Trad.) Barcelona , España: Espasa Libros.

Waal, F. d. (2015). La edad de la empatía. ¿Somos altruistas por naturaleza? (A. G. Leal, Trad.) Barcelona, España: Tusquets.

Wittgenstein, L. (1983). Tractus Logico-philosophicus. Madrid, España: Alianza.

 

 

Recibido: 03 de junio de 2021

Aceptado: 01 de septiembre de 2021.

 



[1]  Ana Victoria Ospina Aristizábal. Magister en Gerencia de empresas sociales para la innovación social y el desarrollo local; Profesora investigadora de la Universidad Tecnológica de Pereira. Orcid: https://orcid.org/0000-0002-0579-7931; Correo electrónico: avospina@utp.edu.co