González G., M. A. (2021). Homo Faber. Plumilla Educativa, 28 (2), 7-12. DOI: 10.30554/pe.2.4281.2021.
Homo Faber
Sólo el homo faber se comporta como señor y amo de toda la tierra. Arendt (2012, p. 168). La condición humana.
En lo ordinario o refinado, el faber dedica su ingenio a construir, a elaborar artefactos para su entorno y, como no, en repetidas ocasiones a destruir la naturaleza, al sentirse señor de su espacio, al creerse amo del universo le lleva a comportarse en rasgos devastadores.
Homo Faber, hombre que hace o fabrica, se encuentra entre el Habilis y el sapiens, no obstante, el faber parece reinar sobre el sapiens, mera inclinación en hacer y hacer, el músculo sobre la meditación, la velocidad sobre la espera, los fines sobre los medios, los productos sobre las éticas, los instintos sobre la razón.
Arendt distingue el faber, del laborans y del trabajador por varios aspectos. El laborans no usa el cuerpo con libertad, esclavo o cercano al esclavo, no huye del mundo sino que es expulsado; el trabajador, con su acción, se proporciona un artificial mundo de cosas distintas de las circunstancias naturales; el faber puede destruir creyendo que hace, pero, ni en noche de luna llena, eso le atormenta. En Arendt comprendemos que labor es a sometimiento, trabajo es a sustento, laborans a es acción y sapiens es a reflexión, sin desconocer que en el sapiens se reúnen todas las condiciones pasadas y futuras del homo.
El sapiens lucha por su emancipación, cultiva un lugar político para apropiarse del devenir, quienes no lo intentamos, se deduce, nos quedamos entre el faber que hace cosas, que destruye la naturaleza y el laborans que no va más allá de la opresión de su cuerpo. El sapiens surge de la reflexión del Faber nos ha revelado Bergson.
La técnica, las herramientas son el centro de acción del Homo Faber, el mundo se domina con utensilios que se constituyen en extensiones de las extremidades, de la vista, de la audición o de cualquier otro sentido, sin artefactos es complejo intervenir la naturaleza para domesticarla al capricho faberiano.
El faber cambia las condiciones de los elementos, hay violencia en la fabricación, se alteran los objetos y, por tanto, la existencia misma es otra; por simple que parezca, darle vida al barro es transformar la esencia del barro, es violentarlo; alterar el curso de un río, invadir el mar, romper una montaña o modificar genéticamente una especie son intervenciones abruptas.
¿Vamos a seguir destruyendo la tierra, el universo por fabricar y hacer utensilios innecesarios? Extender la ruta del faber, olvidándonos de nuestra condición de sapiens, de pensantes, es caer en la maquinización de las realidades, en la temida alienación. ¿Podremos dar una vuelta de tuerca del fabricar dinero para hundirnos en la acumulación? ¿En qué devendremos en la esquizofrenia del producir, del fabricar? ¿Las tecnologías que elaboramos están preparadas para acoger, corregir y evitar el abuso? Son preguntas éticas, filosóficas y ontológicas que no tienen una única respuesta, pero que el sapiens puede abordar, al faber no le podemos pedir tanto, con hacer y accionar le basta el mundo.
Consumimos para garantizar la existencia, en la medida en que consumimos nos consumimos, labor y consumo son secuencias del mismo proceso. En este siglo XXI el faber es cosificado en las ventas de felicidades, es objeto de sus herramientas, de sus tecnologías, ha perdido el dominio sobre sus instrumentos tecnológicos, ya empieza a obedecer, a estar subordinado por sus creaciones, en esa esquizofrenia se olvida de ser sujeto, de ir por su emancipación, no va allende del espejo.
Unos rasgos de locura, del homo demens, subyacen en el faber, cuyo espíritu es la emoción pura del hacer, es un narciso enloquecido en fabricar, le aplica aquel chascarrillo “Sólo cuento contigo, no me falles” susurra el loco-faber mirándose al espejo.
Ser persona pasa por fabular, por tener voz, la machin learning está adoptando decisiones por los humanos, nos está suprimiendo la poética, la tragedia literaria, la epopeya, la fábula, la fiesta y la utopía; buenos ejemplos nos traen los algoritmos aplicados en redes sociales; en ese sentido, precisamos de una tecnología educada, no como fin sino como medio para la manifestación de lo humano, urgimos valorar la vida contemplativa y la vida activa sin privilegiar una de otra; saber que la durabilidad de nosotros se agota en el uso y se deteriora en el desuso, somos sapiens por saber de nuestros condicionantes, de nuestras situaciones límite y de nuestros horizontes de posibilidades.
Somos una especie acumuladora deseosa de futuro ¿en qué lugar, en qué momento el faber se impone al sapiens? El faber es acción, no dispone de la contemplación propia del sapiens. Actuar, hacer, fabricar es propio del músculo faberiano; contemplar, sopesar, pensar está relacionado con el cerebro, no es que podamos usar el músculo humano sin pensar, pero sí conseguimos suplirlo por máquinas que lo reemplazan y nos demuestran que no deben pensar, sólo reaccionar a órdenes, así se comporta el faber, buenos músculos para producir objetos, baja contemplación.
Procedemos de una cultura situada, de una experiencia que integra nuestra memoria, la cual suele ser despreciada en los enjambres digitales, asistimos al recorte de los tránsitos de maduración en los frutos, en los animales, en las tecnologías y en los humanos, parecemos dictadores sin ley; en ese sentido, venimos restringiendo nuestros horizontes comprensivos; algo nos está faltando en lo que nombramos como filosofía de la prudencia, de la paciencia o del estoicismo para tensar el sapiens y no reducirnos al faber.
No debemos perder nuestra condición artística que, en palabras de Arendt, es el único trabajador que queda en la sociedad laborante. Poetizar la palabra para no repetir los lenguajes de los poderes, vernos como artesanos al no diferenciar la técnica del trabajo, porque el artesano ama lo que hace, lo integra a su ser, sabe que entre encuentros y desencuentros nos resignificamos.
El sapiens identifica que tenemos algunas carencias, que nos congregamos para suplirlas, por eso cuando caminamos para protestar, bailamos para disfrutar, oramos para salvarnos, nos reunimos para comer, estudiamos para aprender o nos vacunamos para aliviarnos es porque algo nos falta y encontramos la necesidad de llenar ese vacío.
¿Qué nos falta para podernos encontrar? El arte es esa posible bisagra, algunos explican que no es el arte sino la tragedia la que nos acerca, más fácil nos congrega una catástrofe sideral que un resplandor artesanal, nos identificamos con el otro en las dificultades, nos conjuntamos en el dolor, nos acercamos en la desventura, nos arropamos en la cercanía de desdichas, las pandemias son un buen ejemplo; en el sufrir nos sentimos humanos, vulnerables, frágiles y, justo ahí, nos tornamos contiguos, gregarios, solidarios, somos más humus que máquinas en las adversidades.
También podremos articularnos en las esperanzas, en las utopías, en las búsquedas de libertades, justicias, equidades; nos vinculamos en el contacto, en la mirada cómplice, en el poner la inteligencia al servicio de la solidaridad, en el cultivar la confianza, el reconocimiento, la amistad, en el arriesgar al amor, en el resignificar el analfabetismo intelectual, en el no cambiar las cosas para peor, en el cuidarnos del transhumanismo en esa idea de mejorar la especie a nivel físico y psicológico sin reguladores éticos. Podremos aglutinarnos en una educación conversadora, revolucionaria, hereje e ilusionada con utopías sin olvidar la palabra del pueblo.
La experiencia contemplativa del silencio es la virtud del sapiens que debemos buscar y sembrar para no perdernos de nuestra condición humana, sino seguiremos dando respuestas a nuevos problemas con palabras y acciones impropias.
Ya Marx, un poco, nos intoxicó con la tesis 11 a Feuerbach: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo". Ese desprecio al pensar e interpretar hizo sus efectos hasta en los filósofos mismos ¿Será cierta la expresión marxista o tiene algunas falsedades, algunas lagunas? ¿Querido Marx quién no interpreta? ¿Por qué debemos transformar a los demás? Transformar al otro, lo alter es un acto planificado, algo violento, caso distinto al cambio que nos enuncia Heráclito.
Hoy andamos enloquecidos queriendo transformar todo, no sólo en su aspecto externo sino interno, vamos cual cabras-Faber ambicionando fabricar personas y haciendo cosas para transformar sin contemplar los abismos que se apresuran. El afuera nos quiere fastidiar o transformar, desde religiones, políticas, economías, ciencias, jurídicas y hasta farándulas sueñan con modificarnos a su estilo ¿No será que Marx no pensó bien su tesis 11 y otros nos dedicamos a repetirla sin meditar? En su crítica a los filósofos nos confundimos, se abrió el paso al músculo animal-humano, a las máquinas que simulan el músculo, pero el fondo no es el progreso sino la acumulación financiera lo que interesa, a partir del músculo-máquina, casi todo es acción, velocidad e intervención. De hecho, grandes revolucionarios, apoyados en Marx, han hecho transformaciones políticas, interesantes en sus inicios, pero al final encontramos que el pueblo sigue siendo el pobre pueblo, el que trabaja, el que padece los idealismos, el que va a prisión por no compartir las ideas transformativas al entender que, aquellos privilegiados que proponen transformar a los demás, a esos nada les transforma.
La acción y la máquina demanda celeridades, transformaciones ¿Quién piensa a altas velocidades? Esa no es la condición humana, precisamos de lentitud, sosiego y silencio como instancias centrales de un pensar reposado, la velocidad su condena.
La premura ama la transformación, no sabe de pausas, consecuencias ni de preguntas éticas-estéticas, ya nos advirtió Lampedusa en Gatopardo: Es preciso que todo cambie para que todo siga igual.
Existen dimensiones o comportamientos colectivos a modificar, mutar o metamorfosear, en eso estamos de acuerdo, la envidia, la guerra, el odio, la injusticia, la inequidad, la esclavitud, la humillación, la pobreza, el hambre, la ignorancia, la comercialización del dolor, la decadencia del planeta o la supresión de la vida, en cualquiera de sus formas, son acciones que a casi todos nos alarma; la transparencia del mal, su banalidad nos inquieta, pero esas búsquedas que, en algunos casos, hemos venido avanzando son relevantes en colectivo no en apuesta individual, mesiánica de transmutar de un golpe lo que a ese supuesto salvador de le ocurre.
De lo que se trata no es de transformar todo sino de dejar que las personas logren ser lo que desean ser, potenciar su herejía o capacidad de elegir, fomentar la equidad, la conversación donde la palabra no tenga fin para apoyarnos con curia artesanal. Por implicación, las ciencias, las filosofías pueden rescatarnos algunas pistas desdeñadas o darnos inéditas alternativas, pero, para ello se requiere tiempo, pensar con osadía comunal, contemplar en silencio, apacentar los afanes para madurar nuestras libertades, religiones, democracias, amistades, amores, justicias, ciencias educaciones y utopías.
¿Cuántos locos crees que caminan sueltos por la calle? A mí me da igual, ¡Soy invisible! Responde el más cuerdo de los tres. Así las cosas, poner, un poco, en reposo la furia del Homo Faber y darle más lugar al sapiens que nos habita es una idea que, incluso, hasta el Homo Demens apoyaría.
Sediento de transformación se le olvidó cultivar la memoria que es el jardín del pueblo.
Miguel Alberto
González González
Director Revista Plumilla Educativa