González R., L. D. (2021). La complejidad de Medellín en el horizonte de la modernidad (1930-1950): tensiones, imaginarios, conflictos y educación. Una lectura de ciudad en el discurso de Juan José Hoyos Naranjo. Plumilla Educativa, 27 (1), 69-104. DOI: 10.30554/pe.1.4200.2021.
La complejidad de Medellín en el horizonte de la modernidad (1930-1950): tensiones, imaginarios, conflictos y educación. Una lectura de ciudad en el discurso de Juan José Hoyos Naranjo
Luz Dory González Rodríguez[1]
Resumen
Se considera abordar el análisis de la crónica La última muerte de Guayaquil (1984) del periodista, investigador, docente y escritor Juan José Hoyos Naranjo, para relevar la propuesta de corte temporal y hacer una lectura crítica de ella desde la óptica del pensamiento complejo y la educación, prestando atención al recorrido trazado por el autor del que se ocupa este estudio y las resonancias de ese camino en un contexto histórico. Dicho análisis se desarrollará en torno a cuatro ejes: primero, la representación de la ciudad de Medellín como espacio urbano central, en el marco del proceso de éxodo campesino que atravesó Colombia y el Departamento de Antioquia entre 1930 y 1950. Segundo, la manera como ha sido abordado este género en los estudios literarios y periodísticos latinoamericanos que posibilita identificar, en el discurso de Hoyos, procedimientos formales del momento transicional de principios de siglo XX (léase 1930). Un tercer eje son las consideraciones que desvendan el establecimiento literario epocal —Juan José Hoyos visto como investigador, docente y escritor de periodismo narrativo cuyo trabajo focaliza en la investigación de la ciudad de Medellín de finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX— y la ubicación del proyecto intelectual y escritural de Hoyos en el periodismo colombiano del siglo XXI. Por último, la vigencia de sus textos en torno a las relaciones de poder, los mecanismos de dominación y las formas de resistencia.
Palabras clave: Crónica, pensamiento complejo, ciudad, educación, imaginarios urbanos, Latinoamérica, modernidad, éxodo rural.
Medellín's Complexity on the Horizon of Modernity (1930-1950): Tensions, imaginaries, Conflicts and Education. A reading of the city in the speech of Juan José Hoyos Naranjo
Abstract
It is considered to address the analysis of the chronicle The Last Death of Guayaquil (1984) of the journalist, researcher and writer Juan José Hoyos Naranjo, to relieve the proposal of temporal cut and make a critical reading of it from the perspective of complex thought, paying attention to the route traced by the author with whom this study deals and the resonances of that path in a historical context. This analysis will be developed around four axes: first, the representation of the city of Medellín as a central urban space, within the framework of the peasant exodus process that Colombia and the Department of Antioquia went through between 1930 and 1950. Second, the way in which This genre has been approached in Latin American literary and journalistic studies, which makes it possible to identify, in Hoyos's speech, formal procedures of the transitional moment of the early twentieth century (read 1930). A third axis is the considerations that unveil the epochal literary establishment —Juan José Hoyos seen as a writer of narrative journalism whose work focuses on the investigation of the city of Medellín from the end of the 19th century to the mid-20th century— and the location of the intellectual project and Hoyos scriptural in the Colombian journalism of the XXI century. Lastly, the validity of his texts around power relations, mechanisms of domination and forms of resistance.
Key words: Chronicle, complex thought, city, urban imaginaries, Education, Latin America, modernity, rural exodus.
A complexidade de Medellín no horizonte da modernidade (1930-1950): tensões, imaginários, conflitos e educação. Uma leitura da cidade na fala de Juan José Hoyos Naranjo
Sumário
Propõe-se abordar a análise da crônica A Última Morte de Guayaquil (1984) do jornalista, pesquisador e escritor Juan José Hoyos Naranjo, para aliviar a proposta de recorte temporal e fazer uma leitura crítica da mesma na perspectiva do pensamento complexo, atentando para o percurso traçado pelo autor de quem este estudo trata e as ressonâncias desse percurso num contexto histórico. Esta análise se desenvolverá em torno de quatro eixos: primeiro, a representação da cidade de Medellín como espaço urbano central, no marco do processo de êxodo camponês por que passaram a Colômbia e o Departamento de Antioquia entre 1930 e 1950. Segundo, o caminho em que Este gênero tem sido abordado nos estudos literários e jornalísticos latino-americanos, o que permite identificar, na fala de Hoyos, procedimentos formais do momento de transição do início do século XX (leia-se 1930). Um terceiro eixo são as considerações que desvelam o estabelecimento literário de época —Juan José Hoyos visto como um escritor de jornalismo narrativo cuja obra se centra na investigação da cidade de Medellín do final do século XIX a meados do século XX— e a localização do projeto intelectual e escritural de Hoyos no jornalismo colombiano do século XXI. Por fim, a validade de seus textos em torno das relações de poder, mecanismos de dominação e formas de resistência.
Palavras chave: Crônica, pensamento complexo, cidade, educação, imaginários urbanos, América Latina, modernidade, êxodo rural.
Introducción
Este artículo hace parte de las reflexiones que se desarrollan en torno a la tesis doctoral: La complejidad de la ciudad de Medellín, expresada en la narrativa de Juan José Hoyos Naranjo, en el marco del doctorado en Pensamiento Complejo con la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin. La última muerte de Guayaquil servirá como eje conductor en el texto para identificar los núcleos de representación que hace Juan José Hoyos Naranjo en la narrativa de Medellín como ciudad anfitriona durante el éxodo campesino entre los años 1930–1950.
El trabajo aquí propuesto se inscribe en el marco de las indagaciones sobre periodismo narrativo y pensamiento complejo; y a partir de estos, la representación de la ciudad de Medellín en las crónicas escritas por Juan José Hoyos Naranjo sobre esta ciudad. Se explica el tratamiento de su narrativa producida a finales de siglo xx e inicios del siglo xxi. Una narrativa que particulariza aspectos culturales de la comunidad antioqueña y lleva consigo la imagen de la ciudad y el campo; que desmitifica con su lenguaje los trazos de la modernidad en la ciudad, sus tensiones, sus imaginarios y los conflictos producto de las marcadas fluctuaciones urbanas.
Gran parte de la producción literaria desarrollada por Hoyos en torno al tema de la ciudad se reúne en el libro Sentir que es un soplo la vida (2015). En ese sentido, la investigación doctoral es organizada en cuatro partes cronológicas: la primera —en la que se centra este artículo—, concebida como marco de referencia para los posteriores análisis e interpretaciones, ofrece una visión panorámica de la consolidación de Medellín en el tránsito del siglo xix al xx; en ese sentido, Hoyos hace, por una parte, un recorrido del surgimiento de esta ciudad producto del éxodo campesino de la subregión; por otro lado, esboza los conflictos sociopolíticos, producto de su consolidación como ciudad metrópoli latinoamericana entre los años 1930 a 1950, tema que se desarrolla ampliamente en la crónica La última muerte de Guayaquil. La segunda parte abarca los años de 1960 a 1970, con el tema de la música y, en él, la ciudad romántica y la transformación de Medellín en ciudad industrial. Por otro lado, la sordidez del tráfico de estupefacientes y el latrocinio. En un tercer momento, las problemáticas del boom del narcotráfico y el enfrentamiento del capo Pablo Escobar Gaviria con el Estado colombiano, hacia las décadas de los años 1980 y 1990. Y, por último, Juan José Hoyos como investigador y escritor de periodismo narrativo de la transición de los siglos xix–xx y en los inicios de siglo xxi.
Representación de la ciudad de Medellín como espacio urbano central (1930-1950), un recorrido histórico y educativo
Qué es qué. No hay nada como narrar las experiencias personales con las cruzas (y los cruces) de géneros para explicar un problema teórico que es también un problema de lectura y que, a la vez, está en el centro del debate literario de América Latina.
Tomás Eloy Martínez. Ficción, historia,periodismo: límites y márgenes
Cuando Juan José Hoyos Naranjo narra el surgimiento de la ciudad, paralelamente hace un recorrido no sólo histórico sino también educativo si se tiene en cuenta que el interés se focaliza en las ambivalencias y contradicciones que se despliegan en estos textos para procesar la experiencia moderna en sus múltiples dimensiones: la modernización económica, las innovaciones técnicas y las transformaciones urbanas, los cambios sociales devenidos de la masificación de la ciudad de Medellín entre otros aspectos. En su crónica La última muerte de Guayaquil representa esta ciudad como espacio urbano central, especialmente en el marco del proceso del éxodo campesino que atravesaron Colombia y Antioquia entre 1930 y 1950, donde es posible percibir cómo el internacionalismo modernizador amenaza con disolver el ethos identitario —corresponde a la auténtica expresión del estilo de vida— emanado de la cultura popular local y de las tensiones entre la fascinación por el cosmopolitismo y la nostalgia por una identidad cohesionada en disolución. Cuando Hoyos narra a Guayaquil como el barrio icónico de Medellín, que hacia 1894 comienza a crecer como una plaza de mercado «[…] sobre unas lagunas que daban al río Medellín» (1984, p.64), ya habla de sus gentes en la dimensión del espacio urbano central, porque además describe que
con el paso de los años, alrededor de la plaza de mercado se fueron amontonando los vendedores de frutas, de granos, de legumbres, de carne y los grandes compradores. Después llegaron las flotas de camiones, las cantinas y las cacharrerías y detrás de ellas llegaron los “bulteadores”, “fogoneros”, los malabaristas, los sastres, las prostitutas, y los ladrones. (Hoyos, 1984, p.64)
Medellín, en la narrativa de Hoyos, es la representación de una ciudad decimonónica. Desde ahí es comprensible por qué finalizando el siglo xix, el historiador antioqueño Manuel Uribe Ángel (1885), describe esta capital, en su narrativa pintoresca, tanto en el aspecto físico como en su vida política y comercial así:
Cubierta a medias por las arboledas de sus jardines, está Medellín, blanca y brillante al lado de las curvas viperinas de su río. […] Medellín entró de lleno en el camino de su prosperidad, […] elevada a la categoría de capital de la Provincia, concentrando en sí una gran fuerza comercial, y ganando en importancia bajo el punto social, político y religioso, se la ha visto en estos tiempos seguir como por encanto y como tocada por la vara de un mago, para adquirir proporciones de altísima importancia. […] Medellín es hoy una población de índole especial que trasegó por el comercio del oro como principal fuente de recursos de esta región, sirvió como acopio comercial minero pasando por la comercialización pecuaria y agrícola —principalmente del café— para terminar siendo centro de industria manufacturera hacia los últimos decenios del siglo xix. (p.122)
Gran parte del comercio giraba en torno al negocio del oro y del café; de hecho, Hoyos narra en esta crónica, cómo a finales de siglo xix la plaza Cisneros, (centro de negocios de la ciudad, cuyo nombre nace en honor al ingeniero Francisco Javier Cisneros, fundador del Ferrocarril de Antioquia), fue mandada a hacer por «[…] un campesino aristócrata que se volvió rico explotando una mina de oro» (Hoyos, 1984, p.64). En ese sentido, utiliza en su discurso procedimientos formales o núcleos de representación de Medellín, que permiten percibir la realidad social en puja por una transformación urbana finisecular. Su interés discursivo se focaliza en las ambivalencias y contradicciones que se despliegan en su narración para procesar la experiencia moderna en sus múltiples dimensiones: la modernización económica, las innovaciones técnicas y las transformaciones urbanas, los cambios sociales devenidos de la masificación de la ciudad (incluida la pauperización de vastos sectores de la población urbana), la internacionalización de las ciudades latinoamericanas e, incluso, la emergencia de una nueva subjetividad, atenta no solo a la dimensión racional, sino también a sus aspectos afectivos e inconscientes. En relación con lo dicho hasta aquí, José Luis Romero plantea como
Algunas ciudades latinoamericanas habían comenzado cierto proceso de desarrollo y transformación. […] A partir de 1880 el cambio se hizo general, y llegó a constituir un rasgo característico de muchas de ellas, […] las ciudades veían crecer su población, diversificarse sus actividades, mudarse su fisonomía, alterarse los modos de pensar y las costumbres de sus ciudadanos. […] Fue eso lo que dio a Latinoamérica el carácter de un mundo vertiginoso, de un mundo en desenfrenado cambio. (1999, p.239)
En el discurso hoyosnaranjiano se ven reflejados los albores del siglo xx y en ellos, lo que ha sido el barrio Guayaquil como epicentro de la ciudad que aflora, la ciudad testigo de una explosión demográfica inusitada con marcadas coyunturas sociopolíticas que tocan con la modernidad; entre esas coyunturas está la ciudad anfitriona del campesinado procedente de la subregión, la expansión urbana, el desarrollo industrial y la sustitución del Ferrocarril de Antioquia. Su narración, haciendo uso del género de la crónica, logra esa suerte de mixtura y de hibridez entre lo fáctico y lo ficticio. Ya en el epígrafe, bien lo dice Tomás Eloy Martínez: «No hay nada como narrar las experiencias personales con las cruzas (y los cruces) de géneros» (2004, p.7). En ese sentido, María Clara Echeverría y Análida Rincón (2000), en su texto sobre la discusión en torno a las territorialidades en la ciudad, explican cómo
[l]a ciudad, en tanto territorio, requiere que sea identificada desde los ejercicios de territorialidad que la constituyen, que surgen de las múltiples fuentes de expresión territorial: actores públicos, privados, comunitarios, civiles o armados y sujetos con múltiples identidades y pertenencias; herencias históricas y memorias culturales; estructuras materiales, organización y configuración espacial; coyunturas y tendencias globales, regionales y locales. Si bien todos éstos marcan simultáneamente el territorio, algunos logran mayores o menores grados de expresión y consolidación y definición de las prácticas territoriales y relaciones espaciales. (p.12)
Medellín es, pues, una ciudad en los albores de la modernidad que convoca a la población campesina por el inminente desarrollo industrial, potenciado, si se quiere, de manera rudimentaria y marginal. Este proceso de industrialización se inicia a finales del siglo xix y se consolida hacia la primera mitad del siglo xx dada la acumulación de capital que daba a luz a la clase comercial, la misma que se valió del nuevo método de transporte ferroviario para la comercialización de productos. Desde esta perspectiva es comprensible que
En 1914, también arribó a Guayaquil el Ferrocarril de Antioquia y, desde entonces, el barrio se volvió el corazón de Medellín: allí llegaban los arrieros, cargados de oro, y se devolvían para los pueblos llenos de pianos y vajillas. Desde entonces, Guayaquil se volvió en la memoria de la gente el lugar de referencia más importante dentro de la ciudad. (Hoyos, 1984, p.64)
La ciudad guarda en sus entrañas su propia historia y en ella, sus raíces. En La ciudad letrada, Ángel Rama dice que «[l]a palabra clave de todo este sistema es la palabra orden, […] desarrollada por las tres mayores estructuras institucionalizadas (la Iglesia, el Ejército, la Administración) y, de obligado manejo en cualquiera de los sistemas clasificatorios (historia natural, arquitectura, geometría)» (1998, p.19). Todo ello converge en el propósito organizativo fijado por la dependencia absoluta de los intereses de las élites en la metrópoli, de ahí el orden social jerárquico que debe primar bajo un diseño urbanístico intencionado que está transpuesto a un orden distributivo geométrico. Dicho lo anterior, Rama señala que
Aunque aisladas dentro de la inmensidad espacial y cultural, ajena y hostil, a las ciudades competía dominar y civilizar su contorno, lo que se llamó primero «evangelizar» y después «educar». Aunque el primer verbo fue conjugado por el espíritu religioso y el segundo por el laico y agnóstico, se trataba del mismo esfuerzo de transculturación a partir de la lección europea. Para esos fines, las ciudades fueron asiento de Virreyes, Gobernadores, Audiencias, Arzobispados, Universidades y Tribunales inquisitoriales. (1998, p.27)
Cuando en realidad, como lo plantea Edgar Morin «[e]l término “formación”, con sus connotaciones de moldeado y de conformación, tiene el defecto de ignorar que la misión de la didáctica es incentivar la autodidáctica al despertar, provocar y favorecer la autonomía del pensamiento» (2002, p.10). Así las cosas, desde sus inicios las ciudades fueron focos de sucesiva colonización; en esa medida, las instituciones tenían como misión encuadrar la vida de la comunidad y ser instrumentos para fijar el orden y conservarlo con una suerte de subordinación a las élites y para llevar adelante «el sistema ordenado de la monarquía absoluta bajo la concentración del poder; en su misión civilizadora, era indispensable un grupo especializado para la hazaña educativa de la ciudad: bastión, puerto, y sobre todo la ciudad sede administrativa» (Rama, 1998, p.32).
En esa dimensión semántica de la ciudad, Morin (1998) ilustra este fenómeno cuando dice que el error siempre está presente y puede conducir a fracasos porque lo que hoy es una ilusión, mañana puede no serlo. La complejidad, por tanto, está permeada por el orden y el desorden y de esa manera guarda estrecha relación con el azar. Pensamiento complejo, enfatiza Morin, tendrá su origen en nuevas percepciones, visiones, conceptos y posturas que puedan reunirse en una tarea cultural e histórica, y en ese sentido, se pueden ver los desafíos a los que está sometida la investigación, la ciencia y la tecnología en un mundo cambiante y deshumanizado. De ahí que, al reconocer la ciudad como un todo, «[…] los conflictos, poderes, subversiones y resistencias entren a ser propios de toda construcción territorial, lo cual implica reconocer un territorio cuya estabilidad es siempre frágil, cuya consistencia es imprecisa y cuya coherencia es una ilusión y una búsqueda sin punto de llegada» (Echeverría y Rincón, 2000, p.13). Todos ellos, aspectos estrechamente ligados con los imaginarios que subyacen en la ciudad y que Hoyos intensifica en núcleos de representación recurrentes en su narrativa periodística y literaria, y que abarca dos aspectos fundamentales como son lo sociopolítico y lo literario.
Medellín, ciudad anfitriona: modernidad, explosión demográfica y éxodo campesino (1930 y 1950)
Arriba la modernidad y con ella la fisonomía de la ciudad cambia, porque «un vigoroso tráfico mercantil y una creciente infraestructura de servicios proporcionó desarrollo a su vida económica y las puso en camino de convertirse en importantes centros urbanos» (Romero, 2013, p.243). La llegada del siglo xx toma otro tinte en el discurso de Hoyos, se desarrolla a partir de la personificación que hace de Guayaquil al nombrar la desaparición de uno de los centros de desarrollo comercial más potentes que tuvo Medellín por más de cincuenta años. El comercio se expande rápidamente, «[…] abarrotes, ropa vieja y nueva, chatarra, repuestos, bacinillas, y hasta novenas y canciones se fueron apoderando del barrio hasta invadirlo por sus cuatro costados» (Hoyos, 1984, p.7). Aspecto que Romero ilustra cuando dice que
[…] hacia 1929, surge la llamada desarticulación de las estructuras económicas de Latinoamérica cuya consecuencia estuvo marcada por ese mismo fenómeno de la explosión demográfica y el éxodo rural que se combinaron para configurar el escenario de las ciudades masificadas —ya metrópolis—. Dicho fenómeno a su vez conlleva a la explotación de mano de obra barata, producto de la ofensiva del campo sobre la ciudad, así […] Guadalajara, Santiago de Chile, Bogotá, Río de Janeiro, Buenos Aires, La plata, La Paz, Caracas, Lima entre otras; se constituyeron en centros comerciales e industriales que multiplicaron su población y modificaron su fisonomía producto del poblamiento exagerado». (1999, p.241)
Un fenómeno social que desnaturaliza el desarrollo de los pueblos latinoamericanos dada la supremacía de los intereses comerciales y políticos sobre los sociales; en ese sentido, hay una ruptura donde cabe la reflexión de Morin (2004, p.86) citado por Delgado y Sotolongo (2006): «[e]entre ciencia y política, la ética es residual, marginalizada, impotente. La ética está desarmada entre la ciencia amoral y la política a menudo inmoral» (p.13). Desde esta perspectiva se puede comprender por qué
[a] Guayaquil seguían llegando los culebreros, los inmigrantes de todas las clases y la gente que tenía que buscar donde dormir, donde beber o amanecer sentado. Desde esta época, Guayaquil se convirtió en una especie de gran dormitorio […] con pensiones, prostíbulos, hoteles de sexta categoría y hasta dormitorios de caridad. (Hoyos, 1984, p.68)
De hecho, el mismo Hoyos explica como «[…] a todo lo ancho y a todo lo largo de Colombia se construían puentes, carreteras, ferrocarriles, fábricas. La navegación por el río Magdalena lograba unir zonas del país. […] Se consolidaban las exportaciones de café y Colombia entraba de lleno en el siglo xx» (2003b, p.33).
La modernidad así mirada, solo puede ser entendida como un proceso de industrialización donde prevalecen alianzas en el espectro político que en nada favorece el nuevo panorama por el que atraviesa América Latina, y que fomenta la aparición de las clases medias y contribuye con la marginalidad de las clases populares. Por eso, cuando Morin (2008) aborda el concepto de planetarización, lo plantea como una metáfora: el Titanic planetario, un cuatrimotor técnico, científico, económico y de exacerbado interés de lucro, pero no controlado ética ni políticamente. Dicha pretensión, desde el pensamiento complejo, es mostrar la emergencia de una antropolítica y de una política de civilización. En ese orden de ideas, y según Romero «[l]as viejas sociedades se vieron desbordadas por nuevos contingentes que se incorporaban a la vida urbana, resultado unas veces del éxodo rural y, otras veces, de la aparición de grupos inmigrantes, […] el crecimiento decidido provoca una ruptura del sistema de las relaciones sociales» (2013, p.244). Esta industrialización se presentó en detrimento de los países latinoamericanos, que, en su mayoría, eran agrícolas, ganaderos, exportadores de materias primas y por ende importadores. Todo ello es comprensible en la metáfora utilizada por Hoyos para mostrar el modernismo arrasador que acaba con la vida de
Guayaquil, el barrio que durante más de medio siglo fue para todos el centro de Medellín, […] está herida de muerte, porque su muerte se necesita para dar paso a las avenidas, a los puentes y a los edificios y para dar albergue a los funcionarios que dentro de algunos meses ocuparán las oficinas de la Alcaldía de Medellín, la Gobernación de Antioquia y el nuevo Centro administrativo del estado. (Hoyos, 1984, p.64)
Como ciudad anfitriona del éxodo campesino de la región antioqueña, Medellín es testigo de la expansión urbana desbordada y la tensión entre inmigrantes y moradores del lugar. Una explosión demográfica que, si bien trajo un desarrollo industrial importante, también extremó la pobreza y la miseria que van generando, a su vez, otras ciudades dentro de la ciudad: la marginal, la excluida, la sacrificada. De esta manera, se puede hablar de reciprocidad en la transformación tanto del lugar como de las personas, por ello
Mientras los hombres marcan, habitan, transforman y se apropian del territorio, lo van configurando y reorganizando, de acuerdo con la forma como ellos se relacionan entre sí dentro del mismo y a su vez, dicho territorio afecta y transforma a los seres que lo habitan y se constituye en parte vital del hombre. De esa manera trasciende sus características físicas, hasta convertirse en ese lugar donde se gestan las identidades y pertenencias y se realiza la personalidad. (Echeverría y Rincón, 2000, p.12)
Esa otra ciudad, indefectiblemente se circunscribe en las industrias como la clase obrera porque, según Romero, «[…] la mano de obra de las empresas era nacional y nacional también el mundillo que creció en las ciudades […] que se llenaron de pequeñas tiendas, de gentes que medraban con lo que sobraba de tanta riqueza concentrada» (2013, p.240). En ese sentido, el análisis planteado por Morin deja ver como
Cuanto más multidimensionales se vuelven los problemas, se es más incapaz de pensar su multidimensionalidad; cuanto más progresa la crisis, más progresa la incapacidad para pensar la crisis; cuanto más globales se vuelven los problemas, menos se piensa en ellos. Una inteligencia capaz de encarar el contexto y el complejo global se vuelve ciega, inconsciente e irresponsable. (1998, p.14)
Quizá el título La última muerte de Guayaquil resulte sugerente en esa personificación que Hoyos hace para representar a Medellín en el horizonte de la modernidad en medio de tensiones, imaginarios y conflictos; en ese sentido, dosifica la narración y utiliza entre títulos —Las primeras muertes, la muerte final— para mostrar cómo viene agonizando este lugar, por qué ha tenido sucesivas pérdidas, cómo esa modernidad arrasadora acabó con el pueblo para convertirlo en urbe producto de la fascinación por el cosmopolitismo. «Una suntuosa avenida, un parque, la reunión en un club, adoptar ciertas modas, parecían garantizar a la antigua aldea su paso hacia la condición de metrópoli» (Romero, 2013, p.240). Hoyos narra la urbanización en su discurso literario que funde con el periodístico a partir de amplias posibilidades de resolución estética en el marcado uso tropológico focalizado en la metáfora, la personificación y la ironía trágica; por nombrar algunas, cuando dice que Medellín está herida de muerte por la extinción de Guayaquil. Aquí la identidad cultural pasa a un segundo plano, desde esa perspectiva es visible por qué Morín (2008) plantea en su segunda metáfora, dialógica planetarizadora, la diada mundialización tecno-económica versus humanística, cuya complementariedad estaría en función de un auténtico proceso de humanización, pensada la mundialización de una manera menos arbitraria, más dotada de razones para velar por el ethos identitario de los complejos culturales. Las economías, por tanto, deben estar en función de la potenciación de las condiciones de vida sostenibles, no de los intereses individuales sobre los sociales que terminan por volver más álgidos los conflictos.
Por otra parte, en el relato de Hoyos está la música, aspecto importante en su poética de ciudad donde releva sitios y sones cuando narra
[…] en la Calle de la Música, nombrada así dado que en ese lugar, comprendido entre la Plaza de Cisneros y la Carrera Bolívar, se hizo popular la instauración de bares donde iban personas que con sus tambores acompañaban las orquestas del Caribe que sonaban hasta el amanecer y luego con la llegada de los primeros pianos a la ciudad en los años cincuenta, se aúnan los boleros de […] Charlie Figueroa, Daniel Santos, Los panchos, Genaro Salinas, Leo Marini, Toña la Negra, Agustín Lara, María Luisa Landín, Pedro Vargas y las canciones de Ortiz Tirado, Juan Arvizu, Jorge Negrete y muchos cantantes más del Caribe y de México; a este ritmo se unieron también los pasillos ecuatorianos, bambucos y otros ritmos que en ese momento seguían cobrando vigencia al igual que el tango […] Carlos Gardel, Ignacio Corsini, Agustín Magaldi: una especie de torre de Babel llena de música y llena también de cafés construidos para tomar aguardiente y oír a Bienvenido Granda».(Hoyos, 1984, p.67)
El cronista habla de la torre de Babel para representar la ciudad musical convertida en literatura a través de la metáfora. La apuesta iconográfica de nuevo se acentúa, se intensifica y se extiende en su discurso como una manifestación de afecto que pone en diálogo a la cultura producto de hábitos, gustos musicales, ritmos, prácticas culturales y lenguajes identitarios, intersubjetivos e imaginarios. Resulta igualmente significativa la concesión de las voces narrativas que más que ello, son testimoniales y que, a lo largo del discurso, se hacen sentir en la presencia de personajes que vivieron de cerca esta realidad epocal. Esas concesiones discursivas dejan ver en este escritor todo un proceso investigativo donde tuvo lugar la entrevista, el diálogo concertado y el acercamiento a los lugares que conformaron el viejo Guayaquil. También concibe el periodismo de inmersión al recorrer el arrabal, los bares de este lugar, las calles del suburbio que lo llevan a adentrarse en esa realidad que subyace en los sitios que sobrevivieron para narrar la historia en la musicalidad del mismo barrio conservada en el tiempo. En ese orden de ideas y según el mismo Hoyos
El buen periodismo narrativo, tanto como las buenas novelas, trata de los hechos. Ambos se sostienen en la poesía de la acción de que hablaba Aristóteles. El lenguaje sin urgencia, sin necesidad, se vuelve sólo ornamento. En cambio, el lenguaje que brota de la urgencia, de la necesidad, y que además de verdadero logra ser bello, desborda el tiempo, lo derrota, y a pesar de que pasen los años y las generaciones, sigue diciendo. (2003b, p.39)
En esa perspectiva, la ciudad se vuelve subjetiva en la voz del enunciador, emerge en los sentimientos, deseos y argumentos del sujeto que da paso al imaginario, a la expresión de lo urbano como procedimiento formal de representación. Juan José Hoyos atraviesa la ciudad entre lo real y lo imaginario y la construye con palabras propias y ajenas para incorporarla en el establecimiento literario epocal de la crónica, de su crónica, como acto discursivo de la literatura latinoamericana donde incluso en su texto Literatura de urgencia (2003b) dice como
Los cambios en el estilo de la prensa en los años veinte son el reflejo que aparece en la superficie de cambios aún más profundos en la economía, las costumbres, la política y la cultura del país. La década empezó con una transformación silenciosa en casi todos los campos de la vida nacional. El siglo xix y sus costumbres quedaron atrás de forma definitiva. (p.33)
En ese sentido, el discurso de Hoyos, en su crónica, connota no sólo el aspecto político sino también el cultural, social y ético, por nombrar solo algunos; y, como ciencia humana, el periodismo narrativo se cruza con los desafíos que le plantea Edgar Morin a la sociedad mundial en torno al papel del conocimiento. Entre ellos: el desafío cultural, el sociológico, el cívico y el desafío de los desafíos. El primero favorece la integración del conocimiento —la cultura de las humanidades integra y reflexiona sobre los conocimientos, mientras que la cultura científica separa los conocimientos produciendo teorías—. En el desafío sociológico la información es la materia prima con la que se elaboran los conocimientos que son sujetos a reflexión y consulta. En el desafío cívico existe una responsabilidad de solidaridad de parte de los expertos en la integración de los conocimientos a la sociedad y a los ciudadanos que, de otra forma, quedarían relegados si no realizaran estudios por sí mismos; en ese sentido, los medios de comunicación tienen un papel qué cumplir en la generación de la democracia cognitiva —pues según Bill Kovach y Tom Rosenstiel (2012) en sus elementos reza: la verdad, lealtad, verificación, independencia del poder, el foro público, lo sugerente y relevante que debe resultar lo que se dice, y la exhaustividad de la información proporcionada—. Aspectos con los que tiene que tocar un periodismo humano donde prevalezca la crítica razonada, la emancipación, la libertad de expresión y el diálogo concertado. Por último, el desafío de los desafíos tiene como misión reformar el pensamiento hacia la generación de una democracia cognitiva que permita el pleno empleo de la inteligencia; esto es: organizar los conocimientos como un todo.
En ese sentido, la complejidad abarca el estado actual de la humanidad sin excluir su proceso histórico ante la disyuntiva destrucción/transformación bajo una nueva forma histórica de ser, que, lejos de superar el antropocentrismo, estará enraizada en sus principios cósmicos, biológicos, sociales y culturales. Sin duda, en la obra de Hoyos, el sujeto, en su condición de ser social, ocupa el centro de su discurso bajo la subjetividad que lo arropa como eje fundamental de una sociedad. Desde ahí el periodismo narrativo es caldo de cultivo para dilucidar las realidades epocales de la vida de ciudad.
Polifonía en la crónica hoyosnaranjiana: una configuración pedagógica de sujetos literarios en, desde y por la ciudad
En su investigación Escribiendo historias: el arte y el oficio de narrar en el periodismo (2003a), el mismo escritor habla de los límites entre la ficción y la no ficción con los cuestionamientos de siempre:
¿Dónde empieza las fronteras de la ficción? ¿Cuándo se deja de hacer periodismo para escribir literatura? ¿En qué se diferencian los géneros de la llamada no ficción de los de la ficción? Estas son las preguntas a las que se enfrenta el periodista que se dedica a contar historias y en el proceso de la escritura se ve obligado a incluir formas narrativas que aunque sean reales casi siempre son empleadas en la literatura o en obras de ficción o están relacionadas con ellas por naturaleza. (p.55)
De hecho, a lo largo de la crónica sobre Guayaquil, son recurrentes las concesiones narrativas de este autor para relatar la ciudad, lo que potencia su discurso en tanto dicha concesión desvenda la Guayaquil de otrora que el mismo Hoyos no vivió pero que en su recorrido investigativo, en su lectura finisecular, en su imaginario de periodista, docente y novelista emerge para iluminar la idea del lugar que vio florecer la ciudad. En este fragmento de la entrevista que le hace el periodista Santiago Cruz Hoyos (2015), plantea:
‘Sentir que es un soplo la vida’ es un libro fundamental en mi vida y en mi obra. En mi vida, porque cada línea de ese libro la escribí con mi sangre: quiero decir sintiendo y viviendo como mías cada una de las historias. En mi obra, porque aunque no me había dado cuenta, este libro es una mirada descarnada de mi ciudad, de mi región, con sus cosas bellas y terribles, y también de mi oficio. (párr.10)
En esta respuesta se encierra la vida del escritor en la ciudad, su mirada nostálgica del lugar que le narraron y del que lo vio nacer. Sentir que es un soplo la vida recoge gran parte de sus crónicas y reportajes sobre la ciudad de Medellín y la región antioqueña, publicados en los diarios locales y nacionales. Una de las historias de este libro es La última muerte de Guayaquil. En su relato, las concesiones discursivas reflejan el proceso investigativo y pedagógico donde tuvo lugar la entrevista, el diálogo concertado, el acercamiento a los lugares que conformaron el barrio Guayaquil y el periodismo de inmersión; sus recorridos por el arrabal, por los bares de este lugar, por las calles del suburbio que lo condujeron a una realidad que subyace en los sitios que sobrevivieron para narrar la historia en la iconografía y en la musicalidad de un barrio que sigue conservando su esencia en el tiempo. La urbe se vuelve subjetiva en la voz del enunciador porque la ciudad emerge en los sentimientos, deseos y argumentos del sujeto que da paso al imaginario, a la expresión de lo urbano como procedimiento formal de representación.
Ha sido común entender la territorialidad como los actos de protección, de ratificación de la propiedad o de defensa de un lugar, y si bien puede incorporar dichas acciones, la territorialidad se origina es en las expresiones de alguien o de algo (acaecer o fenómeno) al marcar el espacio y el tiempo (de manera tanto tangible como sensible) y al generar o alterar el ambiente, la atmósfera o el clima social, cultural o político. Hay diversas facetas en el ejercicio de la territorialidad, como la conquista, la demarcación, la estabilización, la consolidación, la protección y la defensa, a la par con sus fugas hacia otros territorios. (Echeverría y Rincón, 2000, p.15)
Aquí la urbe es discursiva, en esa «[…] prosa de valor estético que puede llegar a convertirse en obra de arte» (Hoyos, 2003b, p.39). Desde ahí es comprensible que haga un recorrido por la historia de Colombia para terminar diciendo:
Casi todos los periódicos del siglo xix y de comienzos del siglo xx me sedujeron inmediatamente, quizá por mi inquietud por el pasado y por las historias que le había escuchado a mi padre, que también fue esporádicamente, periodista. […] Siempre me he preocupado por el pasado, porque creo que uno no puede comprender el presente sin saber las cosas que han sucedido antes. […] Pasé muchos años en la hemeroteca de la Universidad de Antioquia tratando de rastrear los comienzos del periodismo colombiano. Así llegué a estudiar la historia del reportaje y del periodismo narrativo en nuestro país. (Hoyos, 2003a, p.11)
Por otro lado, cuando cede la voz al escultor antioqueño Rodrigo Arenas Betancur (sic) aparece ese sujeto literario en y desde la ciudad; voz testigo pero también autobiográfica que trasluce el imaginario de la raza paisa o antioqueña de gente creyente, conservadora, pujante, emprendedora, gestora de empresa, gente de palabra, gente de negocio, comerciantes por excelencia, un pueblo grande donde las familias aún se conocían y los apellidos se circunscribían a los Restrepo, Uribe, Arango, Vélez, Gómez, Jaramillo, Mejía y Escobar, los mismos que pronto comenzaron a ser reemplazados por los nuevos moradores del lugar. Esa voz testigo define no solo a una raza, sino también a una cultura para sintetizarla en un ethos identitario. Desde esta perspectiva el maestro Arenas dice que
Guayaquil ha sido el símbolo del valor fundamental de Antioquia, lo que brotó de esa mezcolanza brutal de aldeanos, mineros, campesinos, místicos y hombres cargados de esa honradez primaria que tienen ante la vida los hombres que luchan también en forma primaria por conseguir el pan sin más armas que los brazo. (Hoyos, 2003a, p.65)
En ese sentido, en el texto Literatura de urgencia Hoyos plantea cómo «el periodismo fue una forma de acercarse a la realidad, porque tanto la literatura como el periodismo tratan de la realidad» (Hoyos, 2003b, p.17). Desde esta mirada discursiva, La última muerte de Guayaquil es una crónica con amplia carga semántica donde el autor acude a la metáfora como figura unificadora tanto del aspecto periodístico como del literario; el uso de este elemento literario connota una cultura en transición, pero también un ethos identitario en disolución. Al respecto, María Victoria Escandell (1993) dice que «[l]as metáforas amplían los contenidos de los términos que relacionan y crean nuevos valores significativos que producen imágenes, impresiones y sentimientos nuevos» (p.189). Así, en el párrafo anteriormente citado, Guayaquil, ese lugar icónico que Hoyos nombra como el corazón de Medellín, es para el maestro Arenas, en la voz concedida por el cronista, el símbolo de Antioquia. Enunciado que sin duda despierta sentimientos dada la representación de una cultura simbolizada en sus gentes y en ella lo humano del humano. Aquí, de nuevo, la literatura transgrede al periodismo para nombrar una raza pujante instituida en los valores. En ese orden de ideas,
[...] hay una correlación necesaria entre cambio cultural y afirmación de identidad, así y todo debemos recordar (contra una representación sustancialista y petrificada de la identidad y de la cultura) que, tanto la afirmación de identidad como la cultura, son construcciones, son procesos. No puede haber afirmación de identidad sin una redefinición de las relaciones de alteridad y no puede haber una cultura viva sin creación cultural [...]. (Augé, 1997, p.42) citado por (Echeverría y Rincón, 2000, p.24)
Es evidente que la ciudad es el espacio o escenario de las transformaciones humanas, esboza lugares que estéticamente están cargados de emoción porque contravienen las imposiciones de un momento histórico que va desde el recorrido de las contingencias urbanas que propician elementos espaciotemporales de una gran magnitud en tanto reflejan el modus vivendi de la ciudad dejando al descubierto tradiciones enraizadas en una cultura. Al comprender la ciudad indefectiblemente se vive la fantasía de sus gentes, la musicalidad de los barrios y los lugares icónicos históricamente hablando, el ambiente arrabalero o sosegado de los lugares, las virtudes y costumbres de sus personajes y la interacción de las clases sociales con sus ideologías; todos estos elementos han pasado a ser reconocibles dando como resultado la ciudad que se entrecruza con el sujeto, terreno fértil para encontrar el presente, el pasado y vislumbrar el futuro de una sociedad en transición. Ni que decir de los diálogos donde los personajes expresan su odio, amor, fracaso o su accionar en las plazas de mercado, fábricas, graneros, heladerías, cantinas, calles, suburbios y casas.
Entonces, referida a este contexto, comprender la ciudad implica adentrarse en la polifonía de su realidad y en su imaginario cultural. La lectura de estos espacios tiene la doble condición nostálgica del ayer y del hoy, dos realidades que parecen contradictorias pero que reflejan la cosmogonía que envuelve al humano en el tiempo y espacio que moldeó a su antojo bajo su accionar a partir de sus necesidades y sentires. Sobre el particular, Armando Silva plantea la existencia de varios espacios de ciudad:
Un espacio geográfico, como escenario de su paisaje natural afectado por lo construido; un espacio histórico, que se relaciona con la competencia para vivir en una ciudad, con la capacidad para entenderla en su desarrollo y en cada momento; un espacio háptico que se relaciona con la percepción del cuerpo humano con el cuerpo de la ciudad y con otros objetos que le circundan y que algunos llama físico; un espacio imaginario, donde atendemos a sus utopías, a sus deseos, a sus fantasías que se realizan con la vida diaria (Silva 2006, p. 321).
Espacios de ciudad que enseñan porque están interconectados con los significados culturales de distintas experiencias de la vida urbana, ligadas con manifestaciones psicológicas y sociales de los ciudadanos, que a su vez deben dar respuesta a una vida en mutación producto de la demanda planetaria en constantes cambios con sistemas de interconexión que exigen un ser re-unido y en constante formación para la adaptación a las exigencias de la vida profesional actualizada y a la vanguardia de las realidades socio-espaciales. En el texto; La vía: para el futuro de la humanidad (Morin, 2011) en una postura reflexiva, este autor enseña que ahora todo es interdependiente, aunque, al propio tiempo, todo está separado. La unificación tecnológica y económica del planeta va acompañada de conflictos étnicos, religiosos y políticos; convulsiones económicas, deterioro de la biosfera y de la crisis de las civilizaciones tradicionales, pero también de la modernidad. Esa construcción de ciudad se revela, algunas veces, con experiencias novedosas de inagotable riqueza y, cabe entonces señalar que la trama urbana que se teje con la integración socio-espacial, las redes de poder, los sistemas comunicacionales, la actividad industrial y productiva, la dinámica cultural, los servicios públicos, el sistema educativo y la participación social entre otros, constituye la fuerza que involucra a todos en el vivir cotidiano.
Pueden resultar igualmente relevantes las imágenes que se recrean desde el discurso del maestro Arenas cuando exalta las gentes de la ciudad como el valor fundamental de una cultura mirada desde los oficios que directamente transforman a las sociedades, no solo en su aspecto físico, sino también en su identidad cultural. En ese orden de ideas, es preciso conocer la postura de Morganti et al. (2008: 11) citada por Guillermina Piatti (2015) en torno a la construcción de la sintaxis de la oralidad cuando sostienen que en realidad
[...]la Intersubjetividad es un constructo teórico que intersecciona varias disciplinas: la filosofía, la sociología, la psicología, las neurociencias y la lingüística cognitiva. [...] se trata de un campo de investigación que intenta dar cuenta de la naturaleza intrínsecamente relacional de los humanos. La Intersubjetividad se refiere así a la manifestación de significados compartidos construidos por las personas durante sus interacciones. [...] La metáfora de la danza representa la interacción creativa y corregulada que emerge dinámicamente en una situación social particular. En lugar de plantear la construcción de significados en un proceso lineal discreto, la danza intersubjetiva se enfoca en la emergencia de los significados entre los agentes [...]. (p.43)
Pero más allá de su visión del barrio y de sus gentes, Hoyos también retrata la Guayaquil segregada y excluida por una ciudad que siente el arribo de nuevas gentes como una amenaza inminente debido al acelerado proceso de urbanización fruto de las migraciones del campo a la ciudad; máxime, población campesina que protagonizó, desde principios de siglo xx, la colonización agraria en la región central Andina que, sin duda, toca con Medellín, ubicada en el noroccidente de esa región de Colombia, centro urbano y polo de desarrollo. El recorrido trazado por Hoyos en el tratamiento de la crónica y las resonancias de ese camino en una mirada histórica ve con relevancia la narración autobiográfica del maestro Arenas cuando, desde su vivencia en el barrio, también desentraña su vida en la ciudad.
Yo vi por primera vez a Guayaquil a lo once años […] allí llegaban todas las flotas, […] arrieros y prostitutas salían para los pueblos de la plaza de Cisneros embarcados en los vagones del ferrocarril, llenos de ilusiones […] allí vivían los bandidos más famosos, bandoleros que parecían sacados de una novela de Pushkin, y detectives también famosos como Tartarín Moreira, que hacía letras de tango. (Hoyos, 2003a, p.65)
Lo que sin duda le permite, como cronista, docente e investigador, descubrir el pasado en el presente de una manera inusitada con otras voces narrativas. En su voz de observador, Arenas cuenta su estadía en este lugar con una profunda admiración por lo que allí acontecía. «De dieciséis años, volví a Medellín a estudiar en la Universidad de Antioquia y entonces volví a ver a Guayaquil y me quedé viviendo ahí, en San Juan con Niquitao, junto al antiguo teatro Roma» (Hoyos, 2003a, p.65). Pero con la llegada de nuevas gentes llega también el rumor y la incertidumbre de un pueblo de tradición religiosa que aún conserva un ethos identitario: «Todo estaba lleno de putas y de gente, pero sobre todo de putas, porque ellas tenían que vivir en alguna parte y en los demás barrios de la ciudad ni las señoras ni los curas las dejaban vivir». (Hoyos, 2003a, p.65) Desde esa perspectiva, Rama dice que
[...] las ciudades americanas fueron remitidas desde sus orígenes a una doble vida. La correspondiente al orden físico que, por ser sensible, material, está sometido a los vaivenes de construcción y de destrucción, de instauración y de renovación, y, sobre todo, a los impulsos de la invención circunstancial de individuos y grupos según su momento y situación. (1998, p.23)
Medellín tenía pautas y normas de obligatoriedad moral y ética; por ello, las imágenes urbanas, devociones populares e identidad local se ven amenazadas con la llegada de extraños cuando, para el momento, había privilegios para las escasas familias parroquianas; igualmente, se ven amenazados por las ideologías, la ambición, el poder y el reconocimiento que otras personas quieren imponer en su protagonismo dado lo vertiginoso del crecimiento de la ciudad.
Pero más importante que esos cambios espectaculares de orden material, es el cambio espiritual, que ha consistido en un desmesurado apetito por lo nuevo. La vida cotidiana ha cambiado su signo ideológico conservador, que prefería la estabilidad al cambio, que sometía lo nuevo a un escrutinio detallado y de esa manera protegía la vida y la cultura; por el signo contrario, que acepta lo nuevo como símbolo de bienestar, lo que incrementa exponencialmente los riesgos, a la vez que coloca en medida inversamente proporcional la percepción de ese riesgo. (Delgado y Sotolongo, 2006, p.6)
Y con esa capacidad discursiva es que Hoyos acude a la polifonía en sus textos para recrearlos con la licencia que le ofrece la literatura. En ese sentido, resulta relevante en esta crónica la voz testimonial del maestro Arenas, quien cuenta cómo «Medellín miraba aquél barrio que parecía invadir la ciudad con un sentimiento indefinible producto del trauma religioso de un pueblo cristero y mojigato que de todas formas se sentía atraído por el prodigio que significaba todo aquello». (Hoyos, 1984, p.65) Vivir en el corazón de la ciudad y en los comienzos de la modernidad —hacia1934— le permitiría al maestro Arenas compartir sentimientos, pensamientos y recuerdos de lugares y personajes: «Allí estaba El Gato Negro, un bar muy inquietante del que se decía que sus puertas jamás se habían cerrado porque […] allí estaba toda esa gente atravesada que construyó el Ferrocarril de Antioquia y que es la que ha hecho casi todo en esta tierra» (Hoyos, 1984, p.65). La reflexión del mismo cronista en torno a los actos humanos y el poder de la palabra para representarlos en sus propios escenarios se traslucen en su trabajo periodístico cuando dice:
Todas las narraciones aspiran a ser una representación de la vida. Y como explica Aristóteles en su Poética, la tragedia realiza esta representación por medio de la acción. En otra clase de narraciones, donde no existen ni el escenario ni los actores, como sucede en los cuentos, en las novelas, en las crónicas y en los reportajes, lo más importante son las palabras. (Hoyos, 2007a, párr.8)
Cuando el maestro Arenas compara a Guayaquil con las ciudades que visitó en Latinoamérica y el mundo en su condición de diplomático, artista, docente e investigador por excelencia, lo lleva a concluir que son iguales, porque «[l]o universal es eso, lo primario de la lucha, el comercio con lo elemental, con la comida, con el sexo, con la compañía, con el vicio y donde todo el mundo es todo el mundo y todo el mundo viola la ley» (Hoyos, 1984, p.66). No en vano, Hoyos elige selectivamente esta voz, pues Arenas, como escultor, representa personajes y episodios que reflejan la historia del pueblo, sus luchas, hazañas y, lo más importante, el sentir americano. Su visión de Guayaquil se revierte en una representación de ciudad; en ese sentido, ese sujeto literario, en y desde la ciudad, deja ver la riqueza discursiva que da licencia a una crónica no solo testimonial, sino también plenamente histórica como es La última muerte de Guayaquil; porque este género discursivo, en su hibridez, vuelve visible el contexto personal, social, económico e histórico en que los textos fueron escritos. En ese orden de ideas y según Susana Rotker (2005)
la crónica fue el espacio del desacato, la picardía, la irreverencia frente al poder, en el canto secreto al potencial corrosivo de la marginalidad. En los 80 surgió por un lado el nuevo periodismo: un periodismo que respondía sin duda a necesidades de mercado, pero también a la necesidad de recuperar contacto con lo real, de narrar acontecimientos y de revivirlos a través de un lenguaje capaz de ponerlos en escena frente al lector, de rescatarlos de las fórmulas desgastadas por las agencias de noticias y de supuesta objetividad de la llamada ´pirámide invertida` o de los informes oficiales. (p.169)
Hoyos publica esta crónica producto de su investigación sobre la Medellín naciente como foco de atracción para el arribo de unos y otros en el ondear citadino de los albores del siglo xx. Esta crónica es un relato plenamente musical, tema que se recrea a lo largo del mismo. Cuando narra La calle de la música recupera contacto con lo real. Como dice Rotker en la cita anterior, revive acontecimientos a través de un lenguaje capaz de ponerlos en escena frente al lector. Asimismo lo plantea Morin (2002) cuando dice que el estudio del lenguaje «[…] en su forma más acabada, que es la forma literaria y poética, nos introduce directamente la característica más original de la condición humana» (p.45). Desde ahí, cuando el cronista dice que «Casi toda la gente, al igual que el maestro Arenas Betancur, recuerda a Guayaquil por ese mundo alucinante que había nacido al calor del mercado, los camiones, las cantinas, las flotas y el ferrocarril […] los centros de ese mundo eran la Plaza de Cisneros y la carrera Bolívar». (Hoyos, 1984, p.66) habla desde la construcción de sentido en la enunciación del otro, de los otros. Su vida en la ciudad y su lectura de ella permite ese encuentro y acercamiento a la condición humana en todas las dimensiones del ser; por ello, cuando Morin (2001) habla sobre la comprensión humana, plantea que nos llega cuando «sentimos y concebimos a los humanos en tanto sujetos, […] nos vuelve abiertos a sus sufrimientos y sus alegrías; nos permite reconocer en los demás los mecanismos egocéntricos de auto-justificación. […] A partir de la comprensión es posible luchar contra el odio y exclusión» (p.53).
En ese orden de ideas, también cuando Hoyos cede la voz al periodista y amigo Oscar Hernández, habitante del barrio en esa época, éste evoca la vida de los cafés de Guayaquil y no excluye en ellos objetos, marcas de productos, personajes y la connotación del dinero que permite idear la forma como transcurría la cultura paisa en ese momento histórico, una cultura instaurada en el poder de la palabra, en la oralidad de sus gentes: «Había uno donde le vendían al cliente un tinto y un cigarrillo Camel por cinco centavos. Había otro —el café Santa Cruz— donde hacían fritangas. Y estaba también otro bar que solamente tenía mostrador y donde uno tenía que tomarse el aguardiente parado. (Hoyos, 1984, p.68) Sitios que marcaron la vida de todo tipo de personajes, que no se circunscribían solo a las clases marginales y a los transeúntes del lugar, sino también a personajes de la vida artística como literatos, pintores, escultores y periodistas, por nombrar solo algunos.
También estaba el bar Martini, en Junín, donde íbamos a tomar trago Manuel Mejía Vallejo, Oscar Rojas, Jesús Botero Restrepo, Alberto Aguirre, Fernando Botero, Carlos Castro Saavedra […]. Todos estábamos unidos por el lazo de la época: los sonetos y el aguardiente. (Hoyos, 1984, p.68)
Así las cosas, la ciudad como espacio sociocultural emerge y se consolida a partir de la intervención y la transformación que de ella hacen las personas que llegan a habitarla y que por múltiples factores se instauran para observarla, vivirla, intervenirla y transformarla; en su metamorfosis afloran múltiples ciudades que conforman un todo y, de ese todo, emerge un mapa que, leído bajo la óptica del pensamiento complejo, entraña un mundo interconectado, multidiverso y cambiante, lo que en palabras de Romero estaría dado cuando
la tendencia a la concentración social se precipita y obra en ciertos individuos moviéndolos a buscar modos de vida que sobrepasan el grado tradicional de concentración social, se constituyen agrupamientos que adoptan las formas de lo que será —y ya es en cierto modo— la vida urbana, cualquiera sea el número de personas que constituyan el grupo. […] Es un grupo primario, voluntariamente constituido, heterogéneo en cuanto al origen de sus miembros, pero homogéneo a partir de su constitución y por su funcionamiento. Este grupo […] de contacto directo, elabora con rapidez un sistema de comunicación, un sistema de asociación y solidaridad y, sobre todo, de control recíproco según normas que comienzan a establecerse en el ejercicio de la convivencia. (2013, p.89)
La modernidad, entonces, solo puede ser entendida como un proceso de industrialización donde prevalece un sistema de alianzas en el espectro político que en nada favorece el nuevo panorama por el que atraviesa América Latina, y que fomenta la aparición de las clases medias y contribuye con la marginalidad de las clases populares. Así las cosas, en la narrativa hoyosnaranjiana es visible este fenómeno de la explosión demográfica volcada a la ciudad. La instauración de esta gran masa de población que arriba a la periferia medellinense se sucede fundamentalmente hacia la segunda y tercera década del siglo xx y se prolonga y agudiza con el conflicto bipartidista después del asesinato del caudillo Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948 en el llamado Bogotazo, dando origen a la llamada guerra de la violencia con el enfrentamiento entre liberales y conservadores, una situación coyuntural de país que desemboca en una nueva crisis de ciudad dado que
El fenómeno del comercio hizo disparar los precios de la tierra. Y a partir de 1950, los alcaldes empezaron a sentir miedo de que Guayaquil se tragara el resto de la ciudad. En buena parte por esto se diseñó un plan piloto de desarrollo para descentralizar el mercadeo de alimentos, el comercio y los servicios. La aprobación del plan fue la verdadera cadena de muerte para el barrio Guayaquil.(Hoyos, 1984, p.72)
Cuando Hoyos subtitula Las primeras muertes y ¿El final? ya está haciendo alusión a la ciudad en pleno. La Guayaquil musical que por más de treinta años fue, y sigue siendo para este periodo de tiempo, la anfitriona de inmigrantes y moradores, se empieza a despedir y con ella los habitantes del lugar que pasan a engrosar los barrios periféricos de la ciudad, aun en medio de olores, colores y sabores, pero también del hampa, el comercio desbordado y de la muerte.
Vino la ampliación de la carrera Bolívar y el barrio quedó partido en dos, dice uno de los urbanistas del taller de Arquitectura de Medellín, entonces el barrio San Antonio quedó convertido en una guarida de ladrones y prostitutas y se volvió una mezcla de inquilinatos, pensiones, talleres artesanales y ebanisterías. […] Después vinieron la ampliación de la calle San Juan y la ampliación de la Avenida del Ferrocarril y el barrio quedó cercenado. […] Y también vino el incendio de la plaza de mercado, que lanzó a las calles a los venteros de Guayaquil… Entonces comenzó El Pedrero. (Hoyos, 1984, p.72)
Un momento transicional, ya es mediado de siglo xx. Antioquia y Colombia están viviendo en pleno los efectos de la guerra de la violencia, las migraciones campesinas agudizan la crisis de la ciudad, el éxodo campesino se incrementa por la carnicería salvaje que se vive en el campo, hay marcadas coyunturas sociopolíticas y migraciones que dejaron históricos efectos sobre la malla urbana del país. Medellín ya es la ciudad del miedo ante la violencia social, del caos donde es posible percibir cómo el internacionalismo modernizador disolvió la identidad cohesionada de la tradición cultural antioqueña.
Ya no hay comisionistas, ni volteadoras, ni vendedores de frutas, ni malabaristas, ni adivinadores de la suerte, […] ahora Guayaquil sí está agonizando de verdad dice Óscar Hernández […] No se puede decir otra cosa, viéndolo así, Guayaquil parece un río caudaloso al que le secaron sus aguas. (Hoyos, 1984, p.74)
Coyunturas sociopolíticas que tocan con la modernidad: tensiones, imaginarios y conflictos. Una reflexión desde la educación y los estudios urbanos
Medellín, así mirada, pareciera haber llegado al desencanto, visto como ese dolor de esperanza. Todo esto tendría que decirle mucho a las clases políticas de turno. La pobreza arrecia y, como consecuencia, surgen factores asociados a esta problemática coyuntural que ha escapado de las manos del Estado. En consecuencia, hay una visible pérdida de legitimidad de las instituciones gubernamentales dado el aumento de la corrupción reflejado en el disímil acceso a la educación, la agrietada sociedad civil y la ausencia de procesos participativos. Sin duda todo ello presenta un desafío para el estudio de la ciudad pues según (Lindón, 2007). Los estudios urbanos han ido realizando ese giro hacia los imaginarios urbanos –sobre todo en América Latina– por enfoques que han dado preeminencia al espacio construido, a lo socio-económico y lo socio-político desde la perspectiva del territorio. En suma, todo lo expuesto sirve para reflexionar la ciudad latinoamericana de manera multidimensional; desde el humano vivir, desde el humano sentir, en el trasegar de la modernización y sumado a ella las transformaciones, imaginarios y conflictos. La ciudad, vista desde la urbanidad en el horizonte de la modernización, abre la mirada al caos, al azar y a la incertidumbre en un panorama desesperanzador.
Y como en todo barrio, en Guayaquil también estaban los personajes. La mayoría de ellos eran ladrones célebres que cometían robos tan extraños como dejar todas las calles de la ciudad sin tapas de alcantarillado […] Uno de esos matones era el célebre “Calzones”, una especie de Robin Hood bizco, nacido en Sopetrán, que asaltaba los bancos para darle plata a los pobres. (Hoyos, 1984, p.71)
Así las cosas, la ciudad alberga en sus entrañas masificación y olvido producto de esa lucha por la supervivencia y por el logro de los sueños en medio de la resiliencia de sus gentes. Al respecto también (Reguillo, 2003, p.179) afirma cómo “En la reconfiguración acelerada de los mapas sociales va en juego el proyecto político que habrá de darle espesor y contenido a las relaciones del tejido social” Desde esta perspectiva humana, esas formas de percibir los ambientes de ciudad reflejan las costumbres, creencias, hábitos y en general, la simbología que deja entrever la doble proporcionalidad de las formas de vida que cobijan lo diverso y lo complejo, el barrio ostentoso y el miserable que sobrevive a la marginalidad. En esa mirada, el acto humano cobra fuerza desde la ética porque, como dice Morin,
Todo conocimiento puede ser puesto a1 servicio de la manipulación, pero el pensamiento complejo conduce a una crítica de la solidaridad y de la no coerción. Como he indicado, podemos entrever que una ciencia que aporta posibilidades de autoconocimiento, que se abre a la solidaridad cósmica, que no desintegra el semblante de los seres y los existentes, […] que reconoce el misterio en todas las cosas, podría proponer un principio de acción que no ordene, sino organice; que no manipule, sino comunique; que no dirija sino animen. (1992, p.436)
En este contexto, comprender la ciudad implica adentrarse en la polifonía de su realidad y en su imaginario cultural. La lectura de estos espacios tiene la doble condición nostálgica del ayer y del hoy, dos realidades que parecen contradictorias pero que reflejan la cosmogonía que envuelve al humano en el tiempo y en el espacio que habita.
En su negocio el gordo Aníbal rendía tributo al verdadero ídolo de Guayaquil, el “Zorzal Criollo”, “Carlitos”, el mismo hombre cuyos retratos servían de modelo a los clientes de todos los almacenes de sombreros del barrio bohemio de Medellín. A un lado del espejo en los almacenes más cotizados el comprador podía ver un retrato de Gardel para comprobar cómo le quedaba el sombrero. […] Ese tributo tenía muchas caras, en el bar Armenon ville alumbraban el retrato como si fuera un cuadro del Corazón de Jesús, […] en otro bar de la Plaza de Cisneros, en un solo año más de veinte hombres se mataron de un balazo en la cabeza, junto a un piano tomando aguardiente y oyendo a Carlos Gardel cantando “Volver”. (Hoyos, 1984, p.69)
Espacios de ciudad que están interconectados con los significados culturales de distintas experiencias de la vida urbana, que, a su vez, deben dar respuesta a una sociedad en mutación. Esa construcción de ciudad se revela, algunas veces, con experiencias de inagotable riqueza, y cabe entonces señalar que la trama urbana que se teje con la integración socio-espacial, las redes de poder, los sistemas comunicacionales, la actividad industrial y productiva, la dinámica cultural, los servicios públicos, el sistema educativo y la participación social, entre otros, constituye la fuerza que involucra a todos en una cultura. Cristalizar estas ideas sobre la comprensión de la ciudad nos sumerge en el reconocimiento de la coerción de sus habitantes y la legitimación de su quehacer en ella; por tanto, reflexionar sobre este tema, requiere de arroparse con el sentimiento del otro para conocer su condición humana. Por esta razón, cuando leemos a quien habita la ciudad se comprende también la ciudad del dolor y de la alegría, del sueño y la esperanza. De ello resulta necesario decir que
[l]as ciudades despliegan suntuosamente un lenguaje mediante dos redes diferentes y superpuestas: la física que el visitante común recorre hasta perderse en su multiplicidad y fragmentación y la simbólica que la ordena e interpreta, aunque solo para aquellos espíritus afines capaces de leer como significaciones los que no son nada más que significantes sensibles para los demás, y, merced a esta lectura reconstruir el orden. Hay un laberinto de signos que solo la inteligencia razonante puede descifrar, encontrando su orden. (Rama, 1998, p.40)
Es evidente que es el escenario de las transformaciones humanas y, a su vez, lugares cargados de emoción y de sentido para sus pobladores porque transgreden las imposiciones de un momento histórico que va desde las contingencias urbanas hasta las nuevas dinámicas que impone la urbanización. Ni qué decir de los diálogos donde los personajes expresan su odio, su amor, su fracaso o su accionar en las plazas de mercado, fábricas, graneros, heladerías, cantinas, calles, suburbios y casas. En la crónica abordada, Medellín se circunscribe en una cultura donde el poder de la palabra sigue vigente. Hoyos exalta esta práctica cultural cuando dice
A veces para hacer las cuentas, se escribían unos cuantos números en el primer papel que se encontraba a mano, que era casi siempre una cajetilla de Pielroja recién desbaratada o un pedazo de una bolsa. […] según cuenta don Alberto Upegui Benítez en su hermosa crónica “Guayaquil una ciudad dentro de otra”, negocios de hasta medio millón de pesos se hacían en una cantina “sin más garantía que aquellos mugrientos trozos de empaque” […] el que incumplía siquiera una vez un compromiso de esta clase era “barrido” de Guayaquil y así apareciera después vendiendo oro a precio de huevos nadie permitía que se lo compraran. (Hoyos, 1984, p.72)
Hoyos como docente e investigador intenciona esta crónica para explicar cómo las contradicciones inherentes a la situación social y, por consiguiente, las tensiones ideológicas que conlleva la crisis de identidad de los sujetos sociales, son asumidas en términos discursivos. En ese sentido, comprender la ciudad es escuchar las voces de sus moradores desde la realidad y en el imaginario. A ello se suman otras formas de relación —dados los procesos de industrialización—, reorganización del poder en manos de élites, disrupciones de género —la mujer incursiona en la vida laboral y accede a la formación académica—, rupturas de clases sociales, nuevas formas del lenguaje de poder, transgresión de los límites de una sociedad estrictamente estamental, por nombrar algunas; en suma, el campesinado busca acceder al protagonismo en la ciudad, lo que ocasiona tensiones en la vida política y social de una sociedad con raigambre conservadora cuyos vínculos se han condensado en unos cuantos apellidos por más de medio siglo.
Establecimiento literario epocal. Juan José Hoyos visto como docente, investigador y escritor de periodismo narrativo de la transición de dos siglos: xix–xx
Hoyos Naranjo (1953) es un periodista, docente y escritor egresado de la Universidad de Antioquia. Empezó sus estudios en 1976, después trabajó en el periodismo cerca de diez años. Fue corresponsal y enviado especial del periódico El Tiempo de la ciudad de Bogotá. Fue director y editor de la Revista Universidad de Antioquia. En 1987 participó como escritor invitado en el International Writing Program de la Universidad de Iowa (Estados Unidos). Desde 1985, y por más de veinticinco años, fue profesor de periodismo en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia; estuvo al frente de la dirección de la revista de periodismo Folios editada por la Especialización en Periodismo Investigativo de la Universidad de Antioquia. En la semblanza que hace el periodista antioqueño Carlos Mario Correa de su vida y obra dice:
En esta barriada del oriente de Medellín, donde nació en 1953, su alma quedó tatuada por las cosas y los sucesos que definieron su vocación de periodista y su sensibilidad para ser escritor de crónicas y de novelas, y docente universitario. Sus clases, enriquecidas de anécdotas y apuntes biográficos y bibliográficos, se trasladaban de los salones a los bares y cafés, a las calles y parques de la ciudad, y años más tarde a las tertulias del Club de Lectura John Reed. (Correa, 2011, párr.3)
Es posible hablar de dos etapas de la poética de Hoyos Naranjo. La primera hace un recorrido por el surgimiento de Medellín como ciudad que emerge producto del éxodo campesino de la región, aspecto que desencadena en su crecimiento acelerado y el subsecuente surgimiento de conflictos sociopolíticos y en ellos la consolidación de Medellín como ciudad metrópoli latinoamericana (1930 a 1960), dada su relevancia con estos aspectos, en el primer grupo de crónicas se encuentran: Por fin Medellín conoció el strip-tease (1980), Los muchachos de la cuarenta y cinco (1983), Un beso antes de morir, La última muerte de Guayaquil (1984) y La guerra del corazón y la cruz (1990), compiladas todas en el libro Sentir que es un soplo la vida.
En un segundo momento, donde se dan las problemáticas del boom del narcotráfico y el enfrentamiento del capo Pablo Escobar Gaviria con el Estado colombiano hacia las décadas de los años 1980 y 1990, están las siguientes crónicas: Un fin de semana con Pablo Escobar (1982), Se la robaron, se la robaron (1982), Se acabó la paz en el zoológico de Pablo Escobar (1984), Estas son las cosas que te da la vida (1990), Medellín, bajo el milagro de la media luz (1993). En ese contexto de su obra es preciso traer a colación un aparte de la entrevista que el periodista colombiano Santiago Cruz Hoyos (2015) le hace a Hoyos. A la pregunta de cómo se forma un cronista y qué recomendaciones debería hacérsele, Hoyos responde:
Primero que todo que viva intensamente. Toda crónica es un pequeño gran fragmento de la vida. Segundo, que lea a los mejores escritores. No se puede aprender a escribir sin aprender a leer. Tercero, que piense que el periodismo narrativo es ante todo un encuentro con el otro, con su voz, no un acto de egolatría. Cuarto, que siga el camino que le muestra su propio corazón y que no oiga consejos. Los consejos no sirven para nada. Cada narrador tiene que crear su propio método y hallar su propia voz. (párr.23)
La narrativa de Hoyos transgrede valores y normas, sujetos y prácticas. En su relectura finisecular, despliega una trayectoria bastante particular: textos de intensidad, tensionalidad y tragicidad. Esto es visible en la marcada tropología desarrollada con mayor énfasis en el símil, la metáfora, la paradoja y la ironía trágica; y ni qué decir del manejo descriptivo del espacio geográfico —topografía—, su capacidad narrativa para hacer uso de la etopeya y prosopografía, figuras que trascienden al retrato en la descripción de los personajes que logran ser imaginados en su condición humana, en su fragilidad, en la pujanza de una raza y en su entereza para vivir la ciudad; por otro lado, está la autenticidad que se refleja en la descripción de los objetos icónicos que intervinieron de manera definitiva en la vida de Medellín. «En 1914, también arribó a Guayaquil el Ferrocarril de Antioquia y, desde entonces, el barrio se volvió el corazón de Medellín» (Hoyos, 1984, p.64) En su narrativa, da origen al dinamismo de los conflictos humanos y sociales, además se recrea una marcada autenticidad de los espacios, personajes —de estos, sentimientos, emociones, dolores, tragedias, desilusiones, deseos, ideas— y el aspecto cronográfico en el que transcurre su obra que refleja la crudeza de una sociedad marginada con álgidos conflictos. Otra de las preguntas que Cruz le hace a Hoyos en la entrevista es acerca de la motivación para volver a narrar y de por qué es importante contar historias. A lo que el cronista responde:
Porque las historias, las narraciones, son las únicas que logran mostrar la realidad en forma total, con toda su complejidad. Son las únicas que nos permiten captar sin velos la realidad. Son las únicas que nos permiten comprender al otro escuchándolo, acompañándolo, viéndolo enfrentar los problemas de la vida diaria en su propio entorno. Porque las historias son las únicas que no mienten. (2015, párr.18)
En suma, son elementos fundamentales en una construcción discursiva literaria, que refleja un intento de sutura de su obra con la historia y con el reconocimiento tardío del trabajo de este gran escritor.
Mecanismos de dominación, educación y formas de resistencia en la obra de Juan José Hoyos Naranjo
Su amplia experiencia en la educación, el periodismo, la academia y la investigación, dotaron su escritura de una nueva perspectiva narrativa revestida de importancia para las letras latinoamericanas dado lo fundamental que resulta poner en vigencia la propuesta discursiva que lo convierte en uno de los cronistas más destacados en Colombia; porque, sin duda, la idea de los personajes que presenta y el tratamiento de los temas por los que transita, dan cuenta de un escritor que sobrepasa los límites del periodismo para incursionar en la educación, la literatura y la investigación y, descubrir la vigencia de sus textos en torno a las relaciones de poder, los mecanismos de dominación y las formas de resistencia. En su narrativa hay una gran producción literaria, dado el nudo desorbitado de un acontecer que violenta axiológicamente todo horizonte de normalidad y familiaridad, porque hace hincapié en las formas de resistencia presentes en su discurso sobre la ciudad que se reúnen en cuatro categorías, ampliamente recurrentes en sus relatos: las conexiones entre el lenguaje nostálgico, la musicalidad, la sexualidad y el poder a modo de entender la incidencia de ese pasado en el presente de sociedades desmemoriadas. No se trata meramente de una mirada historiográfica que rescate las prácticas de una cultura —proyecto de por sí significativo—, sino que interesa entender, al mismo tiempo, los resortes ideológico-poéticos que sustentan esos procesos de visibilización e invisibilización de su obra para las coordenadas del canon literario en el que debería estar reconocida. Ante los eufemismos epocales, la escritura del medellinense responde con una proliferación de realidades, racionalidades y sensibilidades. En ese orden de ideas, y en relación con el momento histórico en el que le corresponde vivir, investigar y desarrollar su producción literaria, es posible considerar que su obra está circunscrita al costumbrismo crítico, dado el tono común de ironía y de nostalgia, tono que, por lo demás, le sirve para expresar sus opiniones sobre los problemas de la sociedad. Observador minucioso de la realidad colombiana, Hoyos logra que los personajes de sus textos reflejen una marcada marginalidad y por los que, de alguna manera, siente compasión. Sus historias denuncian el abuso de las élites protagonistas de los diferentes momentos históricos y políticos de país. En su narrativa, Hoyos rompe con esos patrones del periodismo informativo centrados en la objetividad y abre paso a la posibilidad de registrar la esencia humana, en un intento de sutura con el hecho noticioso, logrando envolver al lector con su voz literaria y retratando, más allá de las líneas, la desnudez de la barbarie y los crueles testimonios de nación acaecidos en las décadas de los años 1930 y 1950, y prolongados hasta finales de siglo xx. Así pues, al analizar la obra de Juan José Hoyos Naranjo y proponer una lectura de ciudad desde el pensamiento complejo y en él una mirada multidisciplinaria, no es extraño encontrar periodismo, historia y literatura en una estrecha fusión cuyo lenguaje entrecruza elementos de ficción y no ficción en la modalidad discursiva de la crónica. A ese respecto es importante precisar en palabras de Carlos Jesús Delgado y Pedro Luis Sotolongo:
[…] entendemos a la multidisciplina como el esfuerzo indagatorio convergente de varias disciplinas diferentes hacia el abordaje de un mismo problema o situación a dilucidar. Por lo general, tal problema o situación ha venido siendo indagado por una u otra disciplina como su objeto de estudio y, en cierto momento, dicho objeto de estudio comienza a ser abordado “multidisciplinariamente” con el concurso convergente (a veces de los métodos, a veces de los desarrollos conceptuales) de otras disciplinas. (2016, p.12)
Su narrativa producida desde finales de siglo xx lleva consigo la imagen de la ciudad y el campo; desmitifica con un lenguaje fuerte —duro— los trazos de la modernidad en la ciudad con sus tensiones, imaginarios y conflictos. En su discurso, impone su voluntad para plasmar temas controversiales del entorno, conflictos humanos y sociales acaecidos en los más recónditos e inhóspitos lugares de la ciudad y de la región antiqueña; por otro lado, están las voces de ciudad representadas en el obrero, el pregonero, el limosnero y la prostituta entre otros. Personajes que ocupan un lugar relevante en su narrativa. Su trabajo periodístico evidencia un amplio conocimiento de la realidad de la ciudad, sin ninguna complacencia por lo que allí ocurre dada la sordidez de la violencia entrañada, no solo en el espacio de lo íntimo, sino también en el espacio de lo público. Porque ¿qué más familiar en la cultura antioqueña que un bar, una cacharrería o una pensión en el barrio Guayaquil, visto como el corazón de Medellín hacia 1930? ¿Qué más cotidiano que el ambiente de una plaza de mercado donde prima la palabra, la cercanía, el intercambio de los productos? Y, sin embargo, ¿qué más perturbador que la prostitución, el latrocinio, el hacinamiento? El mundo novelesco y periodístico hoyosnaranjiano fue capaz de romper paradigmas para proyectarse a Latinoamérica y al mundo, sobre todo a partir de la compilación y posterior publicación de sus crónicas. En su narración expone temas que resaltan el carácter genuinamente colombiano de su obra como el alma popular con sus sombrías pasiones, sus fatalidades, su poder de resistencia para el trabajo y para el sufrimiento. Asimismo temas tan sórdidos como la prostitución, la búsqueda del sustento y la crueldad, la discriminación, la masificación y el olvido estatal.
A propósito de su trabajo periodístico, y luego de estar mucho tiempo en los archivos leyendo periodismo antiguo (del país y de la región antioqueña), Hoyos escribe al respecto:
[…] una parte de mi trabajo también empezó a tener que ver mucho con la historia del periodismo narrativo. Una forma de hacer periodismo que ha recibido muchos nombres: Nuevo Periodismo, Periodismo Literario. Estudiando esa historia he comprendido que desde que el hombre inventó la escritura hay un hilo que une los cronistas de la antigüedad con los reporteros de los tiempos modernos. Ese hilo es, por un lado, la realidad, y por el otro, la palabra, su representación. Lo que los griegos llamaban la mímesis. Es decir, el mismo problema del arte de todos los tiempos. Tal vez por eso el periodismo moderno ha alcanzado su mejor expresión usando la misma caja de herramientas narrativas de los novelistas de los siglos xviii y xix. Tal vez por eso, también, muchos novelistas del siglo xx han alcanzado la cima de su arte usando la caja de herramientas de los periodistas. Se ha cumplido la profecía de Jean Paul Sartre: la novela moderna se parecerá cada vez más al reportaje. Esto quiere decir que el periodismo narrativo también puede llegar a ser un arte. También puede ser literatura. (2007b, párr.47)
En suma, a lo largo de su obra están las preocupaciones de su época que marcan el tránsito desde los años cincuenta, en la musicalidad de su novela Tuyo es mi corazón (1984), hasta la sordidez de temas como el narcotráfico, las desapariciones forzosas, la tortura y la impunidad en los años 80 y 90 del siglo xx en novelas como El cielo que perdimos (1990). Por otro lado, la prensa periódica de entre siglos facilita el surgimiento de figuras y su ingreso en el campo literario. Juan José Hoyos Naranjo autofigura su discurso en esa zona intermedia entre el periodismo y la literatura. En sus crónicas se puede observar la búsqueda de una imagen de autor consagrado —el recorrido investigativo por los distintos lugares de Medellín en su origen, desarrollo y consolidación como metrópoli—. Su condición de maestro de periodismo en la universidad, sus investigaciones sobre el periodismo narrativo y conflictos de país, como su testimonio de vida como medellinense reflejan el periodismo de inmersión en un dialogo abierto con los habitantes de los escenarios que narra con la representación del margen social en sus discursos.
Las tensiones entre una fascinación por el modernismo internacionalista —sus modas y sus nuevas formas de sociabilidad— y la nostalgia por determinadas prácticas de la cultura popular. Estos extremos pueden ser pensados como la configuración de un lugar propio que lo habilita como escritor privilegiado para dar cuenta de las contradicciones propias del proceso de modernización. Esas contradicciones están presentes, incluso, en la construcción de figura de autor que hace de sí mismo, en sus textos que dejan ver la representación de la historia, de los hechos y de la memoria colectiva con los matices que hay dentro de ésta dados por las experiencias particulares de cada miembro o de cada grupo y cómo se muestra el caos para recuperar la memoria de los grupos identitarios. El trabajo del material propuesto por Hoyos a partir de procedimientos artísticos, en este caso la estructura de un discurso que de entrada no es lineal que muestra un gesto, una lógica, un proyecto creador que tiene que ver con reconstruir productivamente los materiales que se le presentan sean o no fácticos con un determinado objetivo. Hay una reflexión sobre el material mismo, cómo mostrar a través de un discurso fabulador una realidad social donde el relato se construye confluyendo sobre el mismo hecho histórico y bajo la deliberación artística dada en cómo mostrar las cosas que se muestran que tiene que ver con el problema.
Referencias
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Recibido: 17 de octubre de 2020.
Aceptado: 27 de febrero de 2021.
[1] Luz Dory González Rodríguez. PhD en Pensamiento Complejo. Magíster en Educación. Licenciada en Educación Español y Literatura de la Universidad de Antioquia. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid. Correo electrónico: ldgonzalez@elpoli.edu.co