González G, M. A. (2017). El jugador. Revista Plumilla Educativa, 19(1), 9-12. ISSN impreso: 1657-4672; ISSN electrónico: 2619-1733. DOI: 10.30554/pe.1.3329.2017.

 

El jugador

 

 

Sino a mí, por lo menos mi respeto piensa comprarlo con dinero. El jugador, Fedor Dostoievski.

 

Una obra fantástica de la literatura rusa como El jugador de Dostoievski nos anuncia lo que implica el mundo de la corrupción, no es nuevo el fenómeno, pero si hay épocas en que se torna más incisivo; de ahí que ese mundo centrado en el dinero, en las propiedades abre la compuerta a la corrupción, donde el sujeto es un objeto y la realidad no va más allá de jugar a tener, a poseer y corromper.

 

Ese jugador parece reeditado en la Colombia de estas dos primeras décadas del siglo XXI, donde quedarse con los dineros públicos es un lema de muchos políticos y directivos, así como en los 90s ser amigo de un narcotraficante era bien visto, hoy parece que ser amigo de un tramitador que solicita dinero de por medio, la coima, para llevar a cabo un contrato con el Estado, es lo mejor; personajes incrustados en la burocracia colombiana que juegan a ser importantes y necesarios para entregar los contratos, personajes que al final juegan con sus promesas de honestidad, juegan con los impuestos, juegan a ser honrados y ganan el juego robándose los dineros que les entregan a cargo.

 

El listado parece infinito, año a año, mes a mes, semana a semana y día a día se registra un acto de corrupción que, como siempre, ni ministros ni presidentes se enteran, ellos dizque nunca saben; juegan a ser sordos y ciegos, sordos y ciegos selectivos; presidente que se eligen con dineros corruptos, candidatos que repiten su idea presidencial financiados con dineros del narcotráfico o de la corrupción; todos ellos juegan a la inocencia, de no haber escuchado ni visto ¿Es creíble que un poder no se enteré de sus aliados corruptos? Lo dudo, puesto que cualquier cargo, por menor que sea, tiene decenas de personas llevando rumores e informando al jefe de lo cercano y lo lejano, de los viable e inviable; no creo en los poderes inocentes ni en los poderes que no se enteran, por ser poder tienen la responsabilidad de no ocultarse, pero en Colombia eso no ocurre; algunos senadores, por no decir casi todos, se rapan bienes; varios jueces y magistrados de altas cortes reciben millonadas para anular o desviar procesos judiciales; algunos ministros y empleados se aprovechan del cargo para no pagar impuestos y, claro, cómo no, para apoderarse de dineros públicos; los más honrados de esos corruptos, sólo desvían las rutas de las vías para que pasen por el frente de sus propiedades o realizan enormes viaductos para que su tierrita quede bien conectada con el mundo. Unos y otros se llevan los dineros de la salud, educación, infraestructura vial o de apoyo a comunidades vulnerables.

 

Siguen jugando a la inocencia, aún después de condenados y blanqueados judicialmente, se reeditan en cargos públicos o privados y al final publican libros donde entregan claves dizque para ser honestos. Esta Colombia, ya se ha dicho, no es un problema de las guerrillas, es un problema del ciudadano que ve en cada espacio una oportunidad para apoderarse de lo ajeno, espera el accidente para retomar objetos de los heridos, apuran los movimientos para hurtarse objetos en los supermercados, muchos de ellos con un lema extraño “Es que sí en el gobierno roban, ¿por qué no podemos nosotros?

 

No está mal el interrogante, recuerdo los últimos presidentes de Colombia, uno elegido, gracias a que su amigo fue asesinado y su hijo lo nombra sucesor; otro llega con dineros del narcotráfico; el siguiente se toma una foto con un líder guerrillero para convencernos que habrá paz, por supuesto falló; el siguiente ofrece guerra y muerte en todo el territorio y se reelige cambiando con fraude un articulito de la constitución, así lo dijo; su sucesor se hace presidente con el apoyo de la guerra y con mentiras de no subir impuestos, luego se reelige a nombre de la paz, que ha servido para todo, y con el apoyo de dineros de una multinacional que comprendió bien el asunto: en Latinoamérica y por tanto, en Colombia, es más fácil ganar un contrato si se pagan millonadas a los adjudicadores, es decir, al Estado mismo ¿Qué nos queda con este panorama? ¿Es esa la imagen de mundo que elaboran los dirigentes políticos a sus ciudadanos: apoderarse de lo ajeno?

 

¿Qué ha pasado con nuestra educación en básica primaria, secundaria y universitaria que no se aborda ni se piensa este problema a profundidad? Hay un error en la forma como se está comprendiendo la sociedad colombiana, la educación lucha por enseñar ciencia y alteridad, principio de encuentro con el otro, pero no es suficiente, faltan recursos y decisión frontal de todo el estamento educativo para dedicarle sino una cátedra si al menos una semana al semestre para que entre directivos, docentes, estudiantes y actores sociales tensionemos esto del creer que tener dinero a todo costo es lo que nos hace distintos y distinguidos, ya es tiempo que nos produzca fastidio todo aquel que tenga propiedades provenientes de actividades ilegales.

 

Para Colombia, ya es hora de suspender la inoperante rendición de cuentas, allí se gastan dineros en revistas, videos, publicaciones, copas de vino, suvenires y renta de teatros, muchos de ellos adjudicados a dedo y con sobrecosto para, en ese día, mostrar que todo se ha hecho bien, cuando sospechamos lo contrario, hasta la misma rendición de cuentas, de muchas entidades publicas, ha tenido que sobornar. Ya no más rendición de cuentas corruptas, ese dinero nos viene bien para que cada ciudad y población colombiana dedique una semana para que instituciones de todo orden hablemos sobre la corrupción y busquemos alternativas, aprender de alcohólicos anónimos para llegar a los corruptos arrepentidos y dispuestos a contarnos sus métodos para prevenir, porque una manera de resolver el problema es saberse dentro de él.

 

Estas y otras ideas que se propone, seguro no llegan a lugar interesante porque, si no hay coima, no tiene sentido. El problema es que las didácticas de los corruptos, mafiosos y despiadados parecen más efectivas que la de los académicos. Muchos niños sueñan con ser patrones del mal, reinas del sexo no de la inteligencia, muy pocos con ser gentes tranquilas, sin necesidad de grandes capitales, menos aún los que tienen como ídolo a su profesora o profesor. Algo no hacemos bien porque los corruptos, los asesinos, los mafiosos y los políticos egresan de la educación colombiana.

 

Tampoco podemos señalar a todo mundo, hay gentes, seguro, haciendo bien las cosas, por equivocados que estemos también tenemos otros seres humanos pensando y buscando lenguajes renovados para confrontar estas discontinuidades sociales. De ellos hay que aprender, de ellos requerimos conferencias y presentaciones constantes. Sí, muchos juegan a la corrupción, pero también muchos juegan por una sociedad equitativa, libertaria y solidaría ¿Podremos aprender de ellos? Sin duda que sí.

 

Agradecemos, cómo no hacerlo, a cada uno de los participantes, quienes desde diferentes partes del continente se vinculan a esta experiencia de pensar y pensarnos.

 

En este número nos proponen un mundo alterno desde una escucha pausada, una sociedad posconflicto, la ética ambiental, el reconocimiento y los significados de la diversidad, el convivir en la diferencia, la comprensión de las matemáticas, la educación inclusiva, territorialidad y percepción del riesgo, una praxis ecológica o la innovación educativa en zonas rurales. Como se puede ver es una multimirada al mundo formativo y sus implicaciones. Aquí se encuentran pensadoras y pensadores jugando con palabras en la idea de encontrar el Abracadabra que nos abra las puertas a un mundo menos dramático y con mejores esperanzas.

 

Invitamos a los lectores a disfrutar del presente número y a vincularse con sus producciones para seguir en esta búsqueda profunda de lo que nos duele como sociedad, de lo que nos confunde para hallar ciertas claridades, para confrontar los grandes problemas de época, no sólo desde las políticas gubernamentales, sino desde las lingüísticas de la academia. Por suerte, el respeto, la admiración, el reconocimiento no siempre se ganan por dinero y recordemos la tonada: todo lo barato se compra con dinero.

 

Miguel Alberto González González

 

Director Revista