Referencia para citar este artículo: Jaramillo G, O. A. (2018). Pensar el presente en clave de ontología crítica: multiplicar la subjetividad. Revista Plumilla Educativa, 22(2), 121-136. ISSN impreso: 1657-4672; ISSN electrónico:
2619-1733. DOI: https://doi.org/10.30554/plumidaedu.22.2890.2018
OSCAR ARMANDO JARAMILLO GARCÍA
Resumen
Este artículo se enfoca desde una mirada reflexiva de vástago postestructuralista para leer la subjetividad. Así, este trayecto reflexivo convoca tres momentos de análisis centrales, el primero que muestra una mirada más allá del lugar común de la muerte del hombre en Foucault, para visibilizar en el autor francés una comprensión ampliada que entiende las experiencias de subjetivación desde lo múltiple. Lo que abre una ruta para asumir las forma subjetiva desde condiciones históricas de posibilidad ligadas a relaciones de saberpoder. Posterior a ello, se despliegan algunos elementos alrededor de varias coordenadas analíticas para leer los procesos de subjetivación, entendiendo diferentes niveles relaciones con los otros, con lo colectivo y desde el trabajo del sujeto sobre sí mismo. En tercer momento, se da paso a una conceptualización en diálogo con la mirada nietzscheana que marcó con tanta fuerza el pensamiento postestructuralista. Punto en el que emerge una crítica sobre el sujeto moderno y aparece la postulación para interpretar la subjetividad como pluralidad, como forma alotrópica.
Palabras clave: sujeto moderno, Yo soberano, posestructuralismo, muerte del hombre, subjetividad múltiple.
1 Recibido: 07 de octubre de 2018. Aceptado: 29 de noviembre de 2018.
2 Oscar Armando Jaramillo García. Doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, Universidad de Manizales-CINDE; estudiante Posdoctorado en Investigación en Ciencias Sociales CLAC-SO- CINDE. Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad de Caldas. Máster en Sciences Sociales
et Humaines: Education, Travail et Formation. Université Paris12 Val de Marne. Psicólogo de la Universidad Católica de Pereira. Docente de Pregrado y Posgrado de las Universidades: Fundación Universitaria del Área Andina y Católica de Pereira. Correo electrónico: oscar.jaramillo@utp.edu.co
Abstract
This article focuses on a reflexive poststructuralist look to read subjectivity. Thus, this reflexive journey brings together three moments of central analysis, the first one that shows a look beyond the common place of the death of man in Foucault, to make visible in the French author an extended understanding that interpret the experiences of subjectification from the multiple. What opens a path to assume the subjective form from historical conditions of possibility linked to knowledgepower relations. After that, some elements are deployed around several analytical coordinates to read the processes of subjectivation, understanding different levels of relationships with others, with the collective and from the work of the subject on himself. In the third moment, a conceptualization is given in dialogue with the Nietzschean gaze that marked with such force the poststructuralist thought. Point in which a criticism emerges about the modern subject and the postulation appears to interpret subjectivity as plurality, as an allotropic form.
Key Words: modern subject, The sovereign I, poststructuralism, death of man, multiple subjectivity.
Introducción
En este artículo se entra a problematizar la categoría de subjetividad, la cual ha sido abordadas desde diferentes lecturas teóricas, algunas que la asemejan o ponen en sinonimia con la identidad, otras que la piensan como homologa a la forma sujeto moderno. Por tanto, esta propuesta quiere realizar un despliegue conceptual y reflexivo fundamentalmente desde un lente postestructuralista, muy marcado por la influencia foucaultiana, con el fin de mostrar otras maneras de pensar la subjetividad. Con lo cual se espera realizar un aporte de claves de interpretación que permitan acercarse a nuevas emergencias de eso que somos, a unas maneras que no pasan necesariamente por la identidad. Es decir, los mundos contemporáneos y sus gramáticas sociales constituyentes (Jaramillo,
2018) son crisol del cual surgen formas inéditas en el registro subjetivo, que reclaman otras coordenadas de lectura que vayan más allá del Yo soberano y el sujeto como unidad (Foucault, 1999), sin la necesidad de leer desde marcos anormales aquello que hoy puede ser muy usual en el ámbito de la polivalencia subjetiva, multiposicionalidad subjetiva o subjetividades alotrópicas.
De tal modo, hay que decir que desde las claves reflexivas de la historia moderna, las miradas sobre el sujeto han estado marcadas por una concepción en su mayor medida esencialista, en estos términos se indican algunas de una larga lista que podría iniciarse en clave filosófica: el sujeto racional de ideas innatas del cogito cartesiano (Descartes, 1981;2003); el sujeto de la estructura a priori, en términos de categorías de la sensibilidad, del entendimiento y sus juicios, la razón y sus ideas en Kant (Kant, 2002); aquel de la conciencia, la intención, el yo unificador en Husserl (Husserl; 1991); el sujeto de la conciencia alienada por el capitalismo que debe llegar a la conciencia de clase para poder emanciparse en línea de Marx (Marx, 1977) y luego ampliado en la escuela de Frankfurt (Jay, 1974) un sujeto de la conciencia que puede elegir libremente en términos existencialistas sartreanos (Sartre, 2016). Hay que decir que en este tiempo también apareció un filosofo que sirvió de inspiración a pensadores como Foucault y Deleuze, se hace referencia particularmente a F. Nietzsche (1844-1900) quien crítico de manera agresiva esa concepción del sujeto como esencia y unidad, ideas que luego serían una impronta fundante en el pensamiento postestructuralista.
De otra parte, bajo estas comprensiones modernas, aparecen algunos de los sujetos de la ciencias psi, aquellas ciencias que han tenido como objeto de conocimiento la psique (Rose, 1999). En este caso se hace relación a algunos de los saberes que emergen en el siglo XIX y gran parte del siglo XX en este caso el sujeto de la psicología tradicional llámese identidad o algunas de sus derivadas como la personalidad, el carácter o incluso la mente. Como también, desde otras de las líneas de las ciencias psi, que pueden considerarse bajo esta comprensión de miradas universalizantes; un sujeto del inconsciente marcado por sus experiencias sexuales primarias tal cual se da en línea freudiana (Freud, 1993); uno de un inconsciente colectivo con arquetipos que han sido construidos y legados a la psique a lo largo de la historia de la humanidad, al estilo de la psicología analítica junguiana (Jung, 1995) ; uno donde el inconsciente se estructura como lenguaje del modo que sucede en el psicoanálisis lacaniano (Lacan, 1987) o un sujeto en el que tiene lugar la formación de una estructura cognitiva donde el desarrollo se marca por la edad como en la propuesta de Piaget (Piaget, 1975).
Sin ser exhaustivos en la lista, se nota que muchas de estas concepciones modernas sobre el sujeto han tenido como características: a) el universalismo,
pues asumen que es una estructura o condición que debe aplicarse en todo lugar y también en toda época; b) no reconoce su lugar situado de producción de conocimiento, en estos casos es sobre todo eurocéntrico o estadounidense en este sentidos desde los centros de poder discursivos; este elemento no quiere apelar a discursos que asumen que todo lo proveniente de Europa es eurocéntrico y que en esa medida deben cortarse todos los diálogos, más bien, es una mirada que se ubica reconociendo la potencia de algunos discursos, pero sin perder de vista el lugar del escenario social y cultural propio, por lo cual, esta apuesta se asume desde una elaboración que aluda a una maneras otras de la subjetividad y la subjetivación.
Más allá de la muerte del hombre: transgredir lo idéntico
Se puede decir que la modernidad, en occidente, está atravesada en gran medida por una fuerte obsesión de dar con la sustancia última o naturaleza definitiva de lo humano, y a parte de Nietzsche a finales del siglo XIX, no va a ser hasta pasada la mitad del siglo XX que se pusieron en tela de juicios los lugares del sujeto tanto desde el estructuralismo, como posteriormente desde el posestructuralismo, por citar dos lugares fuertes desde los cuales se realizó el embate. En lo que se alude aquí particularmente al Michel Foucault de 1966, el cual, para este momento de su obra, podría decirse que se encontraba a caballo entre un lugar y el otro – estructuralismo y posestructuralismo –. Este anuncia entonces en su texto Las palabras y las cosas que:
Por extraño que parezca, el hombre
– cuyo conocimiento es considerado por los ingenuos como la más vieja búsqueda desde Sócrates – es indudablemente sólo un desgarrón en el orden de las cosas, en todo caso una configuración trazada por la nueva disposición que ha tomado recientemente en el saber. De ahí nacen todas las quimeras de los nuevos humanismos, todas las facilidades de una “antropología”, entendida como reflexión general, medio positiva, medio filosófica, sobre el hombre. Sin embargo, reconforta y tranquiliza el pensar que el hombre es sólo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto éste encuentre una forma nueva (…) Si esas disposiciones desaparecieran tal como aparecieron, si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho presentir, pero cuya forma y promesa no conocemos por ahora, oscilaran, como lo hizo, a fines del siglo XVIII el suelo del pensamiento clásico, entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena. (Foucault, 1981. pp. 8-9-375)
Un anuncio que muestra en Foucault la apuesta por el antiesencialismo, y que será un primer avance para lo que se va a concretar en la sospecha ante los
universales antropológicos de la modernidad y también los porvenir en cualquier lugar del pensamiento donde estos se manifiesten (Foucault, 1999). Luego, es este apenas un primer paso en el cual se asume al hombre como una figura que emergió a partir de las condiciones históricas de posibilidad que generaron las ciencias sociales y humanas, pero que no es más que una forma en una historia discontinua que en este momento de la obra de Foucault se supone a punto de desaparecer. Un anuncio de la muerte del hombre que aparecía como crítica, mostrando la no universalidad, ni necesidad perene de la forma- hombre como objeto de conocimiento de los saberes sociales que se fueron consolidando al calor de las discusiones del siglo XIX. En lo que señalaba tanto la contingencia de este hombre-objeto de saber, como de los saberes que lo sustentaban. Seguidamente hay que decir como Foucault lo planteó alguna vez refiriéndose con admiración a Deleuze (Eribón, 2004), que aquel era un gran pluralista por su amplitud de pensamiento, lo que todavía no era de manera consumada el filósofo de Poitiers en 1966, este aún tenía una visión enmarcada en un dominio no tan amplio de posibilidades, pues cerraba la cuestión de la producción del hombre al espacio de las ciencias humanas.
Este asunto no iba a permanecer inmóvil en el pensamiento del pensador francés, como muchas de sus categorías y conceptos, más bien va a ir reconfigurándose en el espacio de sus investigaciones y reflexiones permanentes. En consecuencia, Foucault va a reelaborar la manera en que asume su disertación sobre la muerte del hombre y puede decirse que la va a poner en un horizonte más amplio. De ahí que en una entrevista dada en 1978 retoma para matizar, pero también para lanzar a mayor distancia su argumento:
Cuando hablo de <<muerte del hombre>> quiero decir que es preciso establecer una regla de producción, un término esencial, para esta <<producción del hombre por el hombre>>. En Las palabras y las cosas me equivoqué al presentar esta
<<muerte>>como que estaba ya ocurriendo de alguna manera en nuestro tiempo. Confundía y mezclaba dos aspectos. El primero es un fenómeno a escala reducida: la constatación de que el hombre, en el desarrollo de las diversas <<ciencias humanas>> en las cuáles había comprometido su propia subjetividad, transformándola, no había llegado nunca a encontrarse ante su propia <<naturaleza>>. En el fondo de las ciencias del hombre no se encontraba la <<esencia humana>>. Si la promesa de las ciencias humanas había sido permitirnos descubrir al <<hombre>>, seguramente no la había cumplido: más bien, como experiencia cultural general, había consistido en la constitución de una nueva <<subjetividad>> mediante una operación de
<<reducción>> del sujeto humano a objeto de conocimiento. El segundo aspecto, que yo mezclaba y confundía con el primero, es que, a lo largo de su historia, los hombres nunca dejaron de construirse a sí mismos, esto es, de desplazar permanentemente el plano de su subjetividad, constituirse en una serie infinita y múltiple de subjetividades
distintas, que nunca alcanzarían un final y nunca nos pondrían ante algo que pudiera ser el <<hombre>>. El hombre es un animal de experiencia, se empeña sin fin en un proceso que, al mismo tiempo que define un campo de objetos, lo desplaza, lo deforma, lo transforma y lo transfigura como sujeto. Al hablar de <<muerte del hombre>> de manera confusa, simplificadora y algo profética, quería decir, sobre todo, estas cosas, pero no creo haber llegado al fondo de la cuestión. (Foucault en Trombadori, 2010, pág. 114-115)
De esta manera se ve primero un Foucault al parecer precavido que muestra que tal vez se apresuró en señalar un hombre agonizante, indicando así que su augurio no dio en el blanco. Pero luego de esa concesión, arremete nuevamente, mostrando primero el lugar no esencial de las interpretaciones de las ciencias humanas, señalando como su pretensión de conocimiento puro del hombre se queda en la simple provisionalidad, en promesas modernas no cumplidas. Al igual, un movimiento conceptual que no estaba en Las palabras y las cosas, se asumen las ciencias humanas como una experiencia cultural, y hablar de experiencia en el Foucault de esta época ya empieza a dar señales de ese lugar categorial que se articula por medio de campos de saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad (Foucault, 2008). Es entonces la maquinaria de las ciencias humanas el lugar de un ensamblaje que hace dispositivo de subjetivación, como un dispositivo entre tantos posibles.
Con lo que Foucault abre espacio a un segundo momento, aquel que lo muestra decisivamente como pluralista, que lo aleja de las visiones unificadoras, de hablar de un tipo de racionalidad, de un tipo de subjetividad y rompe en posibilidades el sujeto de la modernidad, haciendo alusión a esas diferentes racionalidades, a esos disimiles tipos de dispositivos que subjetivan, el sujeto hombre de la modernidad ya no muere, estalla en la diferencia y lo posible. Entonces el hombre no puede morir porque no hay un El Hombre (las mayúsculas tienen sentido), más bien en vez de fenecer se empieza a multiplicar en humanidades, identidades, individuos, poshumanidades, animalidades, ciborgs, flujos, constituciones múltiples y ambivalentes, es decir; y aquí no se es exhaustivo, todo aquello que soporta el término de subjetividad.
En este sentido, “hay muchas formas bajo las cuales puede ser pensado el hombre, y la forma-hombre es sólo una de ellas” (Deleuze, 2015, pág. 39). En consecuencia, no hay entonces un primer Foucault que tuvo pretensiones de liquidar al sujeto de intereses sustanciales unificados de la modernidad y un último Foucault que se ve acorralado por las mallas del poder, por un poder sin afuera y se siente obligado a retornar al sujeto para poder hablar de libertad. Puede plantearse entonces con Deleuze que en Foucault:
Hay muchas razones que impiden hablar de un retorno al sujeto: los procesos de subjetivación varían según la época y tienen lugar de acuerdo con reglas muy diferentes. Tanto es así que, en cada caso el poder no deja de recuperarlos y someterlos a las relaciones de fuerzas y ellos no cesan de renacer y de inventar infinitamente nuevas posibilidades. (Deleuze, 1995. pág.160)
En esta medida, la subjetividad se asume como una categoría vacía, que tiene la posibilidad de múltiples formas las cuales se configura en medio de relaciones asimétricas de fuerza, que operan bajo racionalidades, dispositivos, técnicas y prácticas que tienen objetivos determinados (Foucault, 2015). No hay entonces una subjetividad neutral, no hay una subjetividad cero o no-subjetividad, es decir, sin prenociones o a prioris. Es la categoría que quiere captar, como la subjetividad no ha sido la misma en cada momento histórico en medio de los diversos focos de experiencia (Foucault, 2008). En efecto, alguien podría decir que la subjetividad no estaría del todo vacía, que en su conducción se conjeturan saberes-relaciones de poder-verdades, no obstante, estas categorías lo mismo que la categoría de subjetividad son herramientas analíticas provisionales, contingentes, que pierden su uso en el momento en que no demuestran potencia para leer lo que sucede en los procesos de subjetivación. En esto, es central que no hay un saber o El saber, tampoco El poder o la Verdad con mayúscula, estos no se entienden como leyes o definiciones universales, son más bien, grillas de análisis para pensar en clave de ontología crítica de nosotros mismos y entender como en medio de los procesos de subjetivación estos elementos conceptuales indicados son grilla de lectura para ver como toman forma, se estratifican, se posicionan, circulan, se enfrentan, se clasifican, fluyen y son resistidos hoy.
Horizontes de inteligibilidad ontológicas: modos de subjetivación
Se plantean de base y únicamente como coordenadas analíticas que pueden ser ampliadas, tres procesos de subjetivación que podrían multiplicarse en muchos más según la intensidad de las fuerzas, el régimen de las formas y la manera de los pliegues (Deleuze, 1987). Un primer proceso que lleva a las subjetivaciones de mayor sujeción, que son generalmente normalizadoras, incorporan a la subjetividades a los regímenes “necesarios” para el orden hegemónico, que en términos generales son los escenarios más comunes de la micropolítica y pueden ir de la familia, a la escuela y a la fábrica. No puede dejar de pensarse que la normalización en las sociedades de control, abre espacios a lo más diverso, hoy la normalidad es muy flexible y empieza a incorporar ciertas formas de la diferencia para potenciar el alcance de su ejercicio del poder, sus tolerancias según sus cálculos costos-beneficios han cambiado con relación a otros momentos más rígidos.
Hoy estarían en dispositivos más sofisticados como el marketing y la publicidad que trabajan sobre la producción de emociones y de estilos de vida,
teniendo como blanco en muchas ocasiones, la relación del sujeto con él mismo, para gobernarlo mejor. Esta primera coordenada tiene entonces como finalidad restar y codificar la fuerza de la multitud que habita la subjetividad (Deleuze, 2015).
Una segunda forma de la sujeción opera cazando las resistencias identificadas por las racionalidades gubernamentales imperantes. Dichas resistencias en muchas ocasiones quieren pasar como elementos de la diferencia, pero resulta que ya han sido integradas al registro del poder regulador. Entonces, que una subjetividad tome forma implica una teleología dentro de las estrategias del gobierno de la vida, pero al mismo tiempo tienen la posibilidad de la resistencia, de la contraconducta, de generar líneas de fuga. No obstante, estos procedimientos van a encontrarse en una dinámica de codificación-decodificación (Deleuze, 2005), pues mientras la racionalidad que ordena los procesos de subjetivación busca que estos respondan a sus intereses, también busca maneras de restarle fuerza y minar el alcance de las resistencias, re-ensamblándolos en el funcionamiento del dispositivo. Lo que plantea que la subjetividad y sus dinámicas de subjetivación no son un terreno calmo, más bien son el escenario de la procesualidad constante, de aperturas, de búsquedas de fijaciones y normalizaciones, de pujas, seducciones y convencimientos, al igual que evasiones, sediciones, crisis, angustias, formas alternas, fugaces y en agonismo permanente. El tercer proceso de subjetivación, es uno que se bifurca y que ya no sería de sujeción, más bien va en la línea de las prácticas de libertad (Foucault, 1999; 2015) para de este modo ser lugar de las resistencias efectivas, de desplegar los pliegues (Deleuze, 1987), hacer nomadismo, vivir en los límites, hacer estética de la existencia como gobierno del sujeto sobre sí (Foucault, 2008) restando en algún punto el efecto de la fuerza de los otros, lo que emerge entonces como un ejercicio denso, complejo, arduo pero posible. Entonces la primera vertiente de la bifurcación aparece como un proceso de subjetivación colectivo que en ocasiones está vinculado a dispositivos institucionales o a la pertenencia a movimientos, grupos, bandas, tribus, subculturas, culturas alternativas en las cuales se establecen diversos tipos de relaciones por afinidades electivas. En ello, estos lugares comunes empiezan a marcar cierto tipo de prácticas discursivas y no discursivas que pueden emerger como contraconductas (Foucault, 2006), como resistencias para modificar formas del mundo, lo que impacta en las formas de ser y hacer del sujeto, así, una búsqueda de otros mundos posibles que generan transformaciones en la subjetividad, que en algún momento pueden alcanzar altos niveles de reflexividad y de maneras facultativas, en el proceso de transformación; también puede decirse que estos procesos colectivos en ocasiones no pasan de prácticas de liberación a prácticas de libertad (Foucault, 1999b). Este último punto es el que da espacio a la segunda vertiente de la bifurcación de las prácticas de libertad, donde estas se asumen
como prácticas de sí (Foucault, 2003) en las cuáles el sujeto por pertenencia a grupos o insertándose de manera individual en ellas, de forma deliberada decide actuar sobre sí mismo para ser de una forma distinta a la que es. Allí debe estar la particularidad de un trabajo sobre una sustancia ética específica, un modo de ligazón a las prácticas, unas formas específicas de las prácticas, un agente de transformación y una teleología ética del sujeto (Sáenz, 2014) que marcan la diferencia en el nivel de especificidad con los procesos de subjetivación colectivos que no van a contar o pasar en todos los pasos por esta caracterización (Jaramillo, 2015). Sin embargo, ello no quiere decir que el sujeto haya salido de la sujeción y entrado en un estado de gracia libertario, más bien ha decodificado el diagrama en algunos puntos, ha logrado contraconductas, líneas en los intersticios como espacios de fuga (Jaramillo, 2014) . Con lo cual no puede dejar de sostenerse que estas tensiones siempre aparecen en medio de la relación sujeción-agencia, dominación-libertad, ser gobernado-gobernarse a lo largo de un proceso que es sobre todo complejo y múltiple.
Multiplicar la subjetividad
Se puede afirmar que existen en las comprensiones del sujeto desde los lugares enunciativos modernos fuertes componentes de aquello que Elias llamo el homo clausus, Se invoca este argumento siguiendo las pistas que propone Sáenz (2014), definido como aquel individuo completamen-te autónomo, aislado en su interior frente a los demás seres y cosas, cuya verdadera esencia se haya en su interior y su comunicación con los otros termina siendo considerada como externa. Aparece la experiencia subjetiva de lo uno como “síntoma de una situación humana eterna, como la experiencia propia por antonomasia, normal, natural y común de todos los seres humanos” (Elias, 2009, pág. 58). Entonces desde esa lectura el mundo es un juego de homo clausus porque el yo autentico de los demás sujetos se manifiesta como algo que está encerrado en su interior, aislado del mundo interior de los demás seres humanos por medio de un muro invisible (Elias, 2009). Esta forma particular en que hay una comprensión de lo ontológico como unidad y como un interior, sigue existiendo a pesar de las discusiones sobre lo intersubjetivo, pues aparece como una relación que se sigue dando entre unas interioridades que se expresan sin perder su identidad, su ser individual.
Ahora bien, este tipo de experiencias no se generan en la historia por el simple devenir inocente, existen diagramas de poder y estratos de saber que juegan en su producción, hay unas funciones formalizadoras que operan dentro de dispositivos que vehiculan estrategias de las racionalidades imperantes y dan con estas materias formadas (Deleuze, 2014). A este respecto de la individuación Guattari propone un argumento que permite ampliar la comprensión:
somos hombres, mujeres u homosexuales, en todo caso somos algo perfectamente referenciable (…) Todo el desarrollo de la filosofía, desde Descartes, y todo el desarrollo de la psicología, desde teóricos como Taine y Wundt, tienden a querer relacionar la subjetividad con una identidad individual, considerando que los conjuntos familiares y sociales serían superestructuras en relación con la subjetividad individuada (…) Desde mi punto de vista, es esto lo que está a la base de todas las visiones reduccionistas en el campo de la fenomenología y de la psicología. (Guattary y Rolnik, 2006, pág. 52-53)
Esta individualidad es por lo tanto registrada, seriada, modelada y debe ingresar en medio del sistema de reglas de juego, de los cálculos previstos. Y entra en estos cálculos justo cuando su conducta es previsible, cuando es conocido en su verdad de sujeto sujetado y su individualidad puede hacer parte de las estadísticas de lo requerido como legítimo y aceptable para un adecuado funcionamiento del orden social. Ello no quiere decir que sea imposible resistir desde la individualidad, identidad, forma –sujeto o yo soberano, no puede olvidarse con Foucault (2002) que donde hay poder estará siempre presente la posibilidad de la resistencia, de no ser un total gobernado. Pero más allá de esto, no puede desconocerse que este modo de existencia surge bajo unas condiciones históricas de posibilidad que da la modernidad y se va extendiendo a los espacios de la gubernamentalidad. Pues si bien se pasa del topo a la serpiente (Deleuze,1995), de la sociedad disciplinaria que secuestra la vida a la sociedad de control que actúa a distancia, quien ya no está encerrado también es uno, ya que no se abren las puertas de los lugares de encierro al mismo tiempo que el muro invisible que guarda la interioridad en que descansa la conciencia y el yo soberano.
Bajos estos planteos, hay que agregar que eso que se nombra como las vidas intimas, sentimientos, deseos y aspiraciones propios que se engloban o clausuran en una individualidad, y se asumen como la experiencia personal privada, son objetos del poder, están inmensamente gobernadas (Rose, 1999). Con lo cual hay que decir que cierto tipo de formas de la subjetividad son más operantes y funcionales para los poderes en ejercicio y sus estrategias, por tales motivos estos se encuentran socialmente organizados y administrados hasta en sus más pequeños detalles. Dado que no son solamente lenguajes, nombres o conceptos son tanto prácticas discursivas como no discursivas que ordenan el mundo de los sentidos, sin olvidar que los sentidos emergen por juegos de fuerza. Por ello, cuando Foucault habla del hombre no se refiere a un concepto, habla de modos específicos de experiencia de lo subjetivo, y es eso lo que se quiere gobernar desde los sentidos que se codifican en individuo (Deleuze, 2015), pues interpretar algo, en este caso capturarlo, es apoderarse por violencia o subrepticiamente, de
una forma, que puede ser cruzada por las fuerzas que le implica estar en medio de los social, y que no tiene en si misma significación esencial (Foucault, 2003b). Este imponerle una dirección de sujeto cerrado a la forma subjetiva, plegarlo a la voluntad de la normalización, hacerlo entrar en el juego de las individualidades es sola una interpretación que puede ser desujeta.
En consecuencia, estas subjetividades individualizadas en identidades, continúan posicionándose y asumiéndose desde las herencias de la formasujeto de la modernidad, donde hay que decir, no implica sujetos totalmente pasivos, pero sí muestra como las formas del poder en el gobierno particular de la subjetividad juegan un papel fundamental a la hora de producir aquello ontológico, es algo que todavía somos hoy y que seguro seremos por un tiempo más. Aunque vale afirmar que esta no es ni la única forma posible en la historia de la subjetividad y tampoco existe en solitario en los mundos sociales actuales. Línea que se pueda impulsar desde la aguda mirada de Nietzsche, que ya lo había comprendido cuando afirmaba:
En mi criterio, contra el positivismo que se limita al fenómeno, “sólo hay hechos”. Y quizá, más que hechos, interpretaciones. No conocemos ningún hecho en sí, y parece absurdo pretenderlo. “Todo es subjetivo”, os digo; pero sólo al decirlo, nos encontramos con una interpretación. El sujeto no nos es dado, sino añadido, imaginado.
(…) Todo lo que se instala en la conciencia como unidad es algo enormemente complejo y lo único que logramos es una apariencia de unidad (…) ¿Quizá no sea necesaria la suposición de un sujeto: quizá sea lícito admitir una pluralidad de sujetos, cuyo juego y cuya lucha sean la base de nuestra ideación y de nuestra conciencia? ¿Una aristocracia de “células” en la que el poder radique? ¿Algo así como “pares”, acostumbrados a gobernar unidos, con buen sentido del mando? Mi hipótesis: el sujeto como pluralidad. (Nietzsche, 2006, pág. 337-338-341)
La idea del autor del Zaratustra
entonces es aquella que da fundamento al mismo Foucault para hablar del sujeto como una interpretación a partir de un juego de fuerzas, de una relación de poder. Así, en esta línea nietzscheana que alude a que no hay hechos sino solo interpretaciones, se deja translucir que él, este sujeto sus anteriores y sus sucedáneos no irán más allá del lugar de la interpretación. Lo cual lleva a una crítica corrosiva sobre el sujeto unitario y sustancial llevando a que Nietzsche postule el sujeto como pluralidad, punto donde surge la pregunta sobre la antinomia de las interpretaciones y la formulación de un sujeto plural. En cuya clave, podría interpretarse en primer lugar que una hipótesis no busca instalar una verdad esencial y definitiva sobre la subjetividad, de otro lado esta
consideración en medio de un juego de reglas gubernamentales podrías tomarse desde dos aristas.
La primer arista alude a que la producción de sujetos unitarios y esenciales tiene una implicación central en medio del gobierno de unos hombres sobre otros que ha querido limitar lo múltiple a partir de estrategias, anatomopolíticas y gubernamentales de conducción de la conducta a favor de la racionalidad en ejercicio. Por lo cual, un sujeto múltiple es la manera de ver en la subjetividad una gama diferenciada de fuerzas, de estratos posibles. En este orden cuando Foucault en 1978 matizó su muerte del hombre en la entrevista con Trombadori estaba hablando de que el hombre históricamente se ha producido en una serie infinita y múltiple de subjetividades distintas que nunca alcanzarían y no llegarían a eso que podría nominarse naturaleza humana.
Como segunda artista, esta pluralidad de lo subjetivo, puede entenderse en clave foucaultiana cuando habla de que lo que se conoce hoy como el hombre se refiere a un animal de experiencias de subjetivación en medio de regímenes de saberpoder-gobierno-verdad. Esta subjetividad que es una forma, cuando está en medio de lo social se ve colmada de fuerzas, no son fuerzas que le sean todas propias, pero la subjetividad no se encuentra por fuera del mundo, se encuentra inmersa en los diagramas de poder y los campos de saber y estos hacen que en ella transite la multigramaticidad social que puede habitar un escenario social e histórico particular (Jaramillo, 2018). De donde se toma, que la subjetividad es el campo de lo posible de la interpretación, pues si los sentidos son tomados por fuerzas allí donde el alma pretende unificarse, allí donde el Yo se inventa una identidad o una coherencia, un ojo histórico de genealogista ve en los comienzos, en las sustancias inmutables y en las esencias una procedencia discontinua que permite disociar el nuclear y solido Yo, descubriendo en la raíz de lo que conocemos y creemos ser como sujetos, no la verdad ni el ser, sino la exterioridad del accidente (Foucault, 1994b ) lo que hace que el Yo, la forma- sujeto no sea más que una ficción políticamente elaborada, es decir, con sus correspondientes efectos de poder.
Esta apuesta implica una lectura que quiebre ese Yo soberano que permanece idéntico consigo mismo a través de los distintos estados y eventos mentales (Chirolla, 2005), un cuestionamiento fundamental a la idea del yo sustancia, lo que Nietzsche va a llamar la ficción regulativa, el yo como centro de gravedad narrativo, que es asumido como una invención de la gramática. Un error cartesiano que surgió de la relación cosa pensada yo pensante, a lo que plantea Nietzsche (2010, pág. 781):
yo no acepto que sea el “yo” lo que piensa; antes bien, considero el yo mismo como una construcción del pensamiento, del mismo rango que “materia”, “cosa”, “sustancia”, “individuo”, “fin”, “número”; por tanto, sólo como ficción regulativa con
cuya ayuda se introduce ficticiamente en un mundo del devenir, una especie de estabilidad, por consiguiente, de “cognoscibilidad”. La fe en la gramática, en el sujeto y objeto lingüístico, en los verbos, ha subyugado hasta ahora a los metafísicos: yo enseño a abjurar de esta fe. El pensamiento es el que pone el yo; pero hasta ahora se creía, como el “pueblo”, que en el “yo pienso”, se encuentra algo inmediatamente cierto y que en este “yo”, esta dada la causa del pensamiento (…) Por muy acostumbrada e imprescindible que pueda ser ahora aquella ficción; esto no prueba nada respecto a su carácter ficticio “Erdichtetheit”: algo puede ser condición de vida y a pesar de ello falso.
Se propone de este manera un argumento fuerte contra unos de los preceptos más importantes de la modernidad, el sujeto unitario, y se abre lugar para pensar nuevas maneras subjetivas. Lo que implica entender la subjetividad en clave de lo múltiple, y no por ello anormal o en lugar del que sintomáticamente adolece, como lo piensan algunas miradas psicológicas y psiquiatricas, sino, como una forma de visibilización conceptual, otras formas de cobar lugar en la existencia bajo una forma polivalente. Pudiendo decir así que en una subjetividad el amante, el empleado, el político, el intelectual, el espiritual, no son necesariamente uno y el mismo. Por tanto, se puede aludir bajo estos indicios que es posible “tomar la subjetividad como multitud” (Martínez en Muñoz, 2011; Virno, 2003), como pluraliad en medio de relaciones de fuerza permanentes.
Otra pista que quiere agregarse para problematizar la subjetividad dede una mirada que trangreda las posiciones identitarias es la que se propone, desde la propia cosecha, como subjetividad alotròpica que se constituye en medio de modulaciones. Punto en el que es significativo afirmar, que lo alotrópico se encuentra en un estela deleuziana, guattariana quienes lo usan conceptualmente para abordar el cuerpo sin órganos (2010), y aquí se asume para pensar la subjetividad. En este sentido, conceptualizar la subjetividad alotrópica implica una desterritorialización y reterritorialización de lenguaje de la química en clave de aristas ezquisoanalíticas (Deluze y Guattari, 2010), destacando la comprensión procesual, micropolítica, micromolecular, microfísica y cuántica del pensamiento de la diferencia. Así, para la química un alotropo es un elemento químico capaz de presentar varias fases o formas cristalizadas, es la capacidad que tienen ciertas sustancias para existir en varias formas con distintas propiedades por ejemplo el carbono como grafito y diamante. Por tanto, una subjetividad alotrópica es aquella que puede reconfigurarse en diferentes formas según el escenario social, las relaciones de poder y régimenes de verdad en que se encuentre imersa, que en la cotidianidad van variando.
En concordancia, esta subjetividades alotrópicas van operando en procesos constantes y relaciones, haciendo alusión con ello a una forma fluida,
entendiendo que por ejemplo el niño en la escuela tiene una modalidad de la forma, no es lo mismo que el niño en la familia, “vuelvo de la escuela y entro en mi familia: literalmente cambio de forma. Y, mientras que era tranquilo y disciplinado en la escuela, aquí estoy en mi familia lleno de bríos y de gritos. O a la inversa. Soy una materia que pasa de forma en forma. Apenas he terminado la escuela, hago el servicio militar. Es otra materia formada cambio de forma otra vez. Tomo la forma-soldado en un lugar preciso que es el cuartel” (Deleuze, 2014, pág. 75)
Reflexiones finales
De este modo hay que decir que cunden los procesos de subjetivación, y en este punto vale la pena acompañar el planteamiento con los términos de Tassin:
Hablar de “subjetivación”, más que de “sujeto”, marca una distancia decisiva que va mucho más allá de una coquetería del lenguaje. La subjetivación designa un proceso y no un estado (una situación, un estatus o un principio del ser). Pero este proceso no es simplemente el de un llegar a ser sujeto, como si pudiera darse por entendido que sabemos lo que significa “ser sujeto”: es más bien el proceso de un llegar a ser “x”, proceso que no sabría fijarse, estabilizarse bajo la forma de “sujeto”, sea cual sea el sentido en el que se tome el término, bien sea en el sentido de la subjetidad, de la subjetividad o de la sujeción. (Tassin, 2012, pág. 37)
Por lo que se puede postular, que hablar de subjetividad desde esta propuesta es iniciar un giro, no para poner en sinonimia sujeto y subjetividad, sino, para dar paso a un reemplazo conceptual y leer aquello que somos, ese siendo como subjetividad. En esta línea, la subjetividad siempre estará en un lugar de apertura para la subjetivación, no es lugar de llegada sino proceso constante, inacabado, aunque algunos enfoques teóricos asuman subjetividades generales y definidas, esta apuesta lleva a ponerlas en movimiento relacional y procesual, derribando la presunción de lo definitivo en la construcción de los modos de existencia. De este modo, yendo más allá de Tassin, se sostiene que si bien hay procesos de subjetivación que quieren producir sujetos como instancias cerradas, unificadas, identitarias e individuales se subsumirían bajo el concepto de subjetividad, que entiende que estas formas han sido y son posibles pero también transformables. En este modo, se llevaría a cabo un cambio en la dominancia conceptual, no remitiendo la subjetividad a un modo de ser sujeto sino ubicando la producción de sujetos como una forma entre otras de ser subjetividad. Y, allí, llegando a un terreno peligroso pues el concepto se alza con una cierta indeterminación, pero al mismo tiempo exige entender esta subjetividad como una forma vacía que debe poder problematizarse a la luz de las contingencias históricas situadas, en las que tienen lugar el gobierno de la vida con sus procesos saber-poder-verdad.
Por lo tanto, los procesos de subjetivación dependiendo de las relaciones de gobierno de la vida o trabajo del sujeto sobre sí a las que se hallen anclados, pueden ser orientados a la forma-sujeto tradicional o a una forma subjetiva múltiple. Unos procesos de subjetivación normalizantes que quieran restas la fuerza de la multitud a la identidad y el yo unitarios y otros procesos, que muestran la posibilidad de lo plural como un horizonte de inteligibilidad conceptual para leer nuevas formaciones subjetivas, que hoy emergen desde distintos lugares sociales. Por consiguiente, la subjetividad aparece como un marco amplio de comprensión, es el resultado de los procesos de subjetivación, los que pueden darse de diversas maneras. Esto implica, asumir en línea deleuziana (2015) que subjetivación y subjetividad son categorías de amplio espectro y que permiten codificar diversas formas de los modos del ser en el mundo.
Finalmente, puede decirse que esta posibilidad conceptual es muy útil para leer procesos de subjetivación que quieren entender los modos de gobernarse y ser gobernado en medio de dispositivos que implican dinámicas saber-poder, gobierno-verdad, haciendo que se visibilicen las sujeciones, las resistencias y se puedan reconocer otros modos de existencia posibles.
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