Referencia para citar: González G, M. A. (2017). Homo fatigans. Revista Plumilla Educativa, 20(2), 7-8. ISSN impreso: 1657-4672; ISSN electrónico: 2619-1733. DOI: 10.30554/pe.2.2691.2017.
Homo fatigans
La velocidad es proporcional al olvido, a mayor velocidad menos capacidad de recordar, el desplazarse una necesidad, la velocidad, un lujo, una avaricia para ahorrar tiempo o dinero, un capricho. En este siglo XXI correr es la norma, lo que pedimos en la sociedad; la excepción es ir despacio, pero no le sirve a los poderes económicos, ni parece a que a ciertas ciencias; lo extraño, y lo sabemos, para pensar hay que detenerse, casi suspender el movimiento ¿Será que pensamos con mayor velocidad, pero con menor profundidad?
Estamos en sociedades apresuradas, rebasadas en agendadas, plenas de compromisos, somos una sociedad intoxicada en la experiencia vital, con el tiempo reducido al mundo de los calendarios, a robotizados; ¿existen algunos grupos que no viven del calendario, de sus mundos agendados? Es probable que sí, pero en su menor descuido les enseñaremos a intoxicar su tiempo, a estar en la agenda.
El homo fatigans es un sujeto cansado, rodeado de tareas, dedicado a realizar acciones maquínicas y con poco espacio para sí mismo, es un sujeto del afuera, pertenece a los demás y poco sabe de sí. Preguntarnos por nuestros agites, por nuestras carreras alocadas, casi siempre, innecesarias es centrarnos en las lógicas de una sociedad actual impulsada a romper records. Ya sabemos que la sociedad es una abstracción, pero si existen poderes concretos que forzan estas dinámicas como son los poderes económicos, científicos, de la pantalla global, de los transportes y del mundo del turismo.
Queremos aviones más veloces, trenes y coches que surquen la tierra a ritmos frenéticos, exigimos que nuestros deportistas rompan los relojes, que imponga nuevos registros, a eso vamos a unos olímpicos o mundial de futbol, no sólo a ver un campeón sino a conocer los nuevos registros. La magia de ser campeón es cuando rompe muchas estadísticas es lo que nos quieren hacer creer los medios de información e intoxicación. Rompe cifras y, posible es, rompe seres humanos que se prestan al juego.
¿Desde qué lógicas organizamos el mundo, nuestras vidas a ritmos furiosos? Salvo casos de salud, siempre son por lógicas económicas, acumulativas y especulativas del aparentar.
La educación es uno de esos espacios que, por suerte, aún tenemos donde algunas actividades se pueden tomar su tiempo para ser pensadas. Las lecturas veloces no dan espacio al disfrute, pese a que hay cursos de lecturas rápidas e incluso de encuentros íntimos reducidos a segundos. No se puede ser más pobre que cuando la creación es acumulación y la erótica porno.
El homo fatigans es alguien que hace de la velocidad su atributo, pero del aburrimiento su resultado.
La auténtica educación es un elogio a la lentitud, al pensar pausado, al disfrutar el presente, al sabernos seres situados no para destruir y destruirnos en las burdas carreras sino para reposar nuestro ser y darle lugar a un pensamiento situado, utopizado, poetizado.
No olvidemos que las guerras requieren armas veloces y potentes, los criminales son ágiles para anticiparse a las leyes y los corruptos, criminales dentro de un Estado, son muy prontos, veloces para apoderarse de los recursos.
La velocidad nos puede estar llevando a tener mayor dinero, a conocer más, a romper records, pero no nos está haciendo ser mejores seres humanos, de ahí que vivimos fatigados en un desespero externo de insatisfacción radical.
¿Qué nos queda con este panorama, de esa imagen de mundo donde ir despacio es un desprecio? El problema es que las didácticas de las velocidades parecen más efectivas que las de la lentitud.
Encontramos en este número de plumilla Revista Educativa unas apuestas reposadas, decantadas, con profesores pensando su contexto, visionando el mundo y anunciándonos qué si disponemos de lenguajes para proponerlos a los poderes de la velocidad, que hay otras vidas, maneras plurales de estar resignificando la existencia.
Invitamos a nuestros lectores, a leer con calma, a disfrutar cada una de estas investigaciones, no con el afán de llenarse de conocimientos nuevos y remozados, sino con la tranquilidad de ver a seres humanos detrás de cada una de las expresiones que reclama un lugar en la historia local; un buen vino, un café nos puede acompañar para ayudarnos a leer en reposo.
Del homo fatigans, de ese sujeto aburrido, hastiado de sí, cansado de tanta agenda seguiremos leyendo en otras ediciones de esta revista hasta que encontremos ese equilibrio que nos retorne cierta dignidad a la lentitud, cierta dignidad para disfrutar de una lectura, de un vino, de una pintura, de una compañía.
Miguel Alberto González González
Director Revista