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<Part>
<H1>La comunicaci de los feos </H1>

<P>Luis Felipe Valencia Tamayo1 </P>

<P>Fecha de envío: 28 de septiembre de 2025 Fecha de aceptaci2: 10 de abril de 2026 </P>

<P>Valencia Tamayo, L.F. La comunicaci de los feos </P>

<P>Escribanía, V24i1 </P>

<P>
<Link>https://doi.org/10.30554/escribania.v24i1.5488 </Link>
</P>

<Sect>
<H2>Resumen </H2>

<P>En el atractivo paso de las décadas y las modas que traen la internet y las redes sociales, se ponen sobre la mesa elementos de consideración que brindan luz acerca de lo que comunican la estética y las nociones de belleza y de fealdad. En este ensayo se quiere echar un vistazo a esa particular irreverencia que tiene el considerarse feo, o aceptarse o enfrentarlo, bajo los matices que la palabra misma, y el espejo, traen a colación para entendernos como sociedad. </P>

<P>Palabras claves: Estética, fealdad, feos, comedia, humor, viralización, comunicación. </P>

<P>1 Profesor de Literatura y Humanidades en la Universidad de Manizales. Correo electrónico: lvalenciat@umanizales.edu.co  Orcid: 
<Link>https://orcid.org/0000-0002-3798-3587 </Link>
Scholar: 
<Link>https://scholar.google.com/citations?hl=es&amp;user=th8GGIQAAAAJ </Link>
</P>

<P>2 Artículo aprobado por equipo editorial de la Revista Escribanía sin pasar por revisión externa. </P>
</Sect>

<Sect>
<H2>Abstract </H2>

<P>In recent years, the concept of beauty has been challenged by the rise of social media and the internet. This essay aims to take a look at the particular irreverence of considering oneself ugly, or accepting or confronting it, under the nuances that the word itself and the mirror bring up to understand ourselves as a society. </P>

<P>Keywords: Aesthetics, ugliness, ugly people, comedy, humor, viralization, communication. </P>

<P>La historia de la música colombiana tiene entre sus grupos célebres a uno que no se menciona mucho, aunque en su momento —sobre todo en la segunda mitad del siglo veinte— llegó a ser bien conocido: Los Feos de Colombia. Un nombre así de sonoro no pasa inadvertido, lo que hace que sea más probable que su escaso reconocimiento en el siglo veintiuno se deba más bien a la poca fuerza con la que llegó a la radio y las escasas reproducciones de música colombiana, ahora en diversos formatos. Cosa contraria a la que ocurre con proyectos musicales que han tenido más duración y recordación como: Los Melódicos, Fruko y sus Tesos, Los Corraleros de Majagual, Los Hispanos o, incluso, la Orquesta de Lucho Bermúdez. </P>

<P>Nombres como el de ‘Los feos de Colombia’ tienen, una expectativa estética que los acerca más a proyectos que generan el imaginario de una música cercana al punk, al rock o, si se quiere, a géneros tan irreverentes como el ska; sin embargo, estos Feos están en el ámbito de la música tropical y la salsa, lo que me hace pensar que, a la hora de honrar el proyecto con su nombre, sus fundadores sentían también la tradicional dosis de humor que matizaba el sentido de la música colombiana que se alejaba del serio salón elitista y conservador y, más bien, buscaba refugio en las nacientes pistas de baile, en tarimas y, tal vez mejor, en los espacios de la naciente televisión de aquellas décadas del siglo veinte. </P>

<P>Hacerse llamar ‘feo’ no es algo que privilegie la seguridad y confianza que puede tener un proyecto musical y más cuando los lugares comunes de estas agrupaciones anclan el nombre al éxito, la fama y la belleza. Un grupo peruano —si la geografía de la banda no me falla— también se hizo llamar ´Los Feos’ para contrastar su visión de la cumbia con la altiva belleza de las clases altas y salirse con la suya en las pistas de baile, pues dedicaban sus canciones a los ‘feítos parranderos’. Esa misma irreverencia ante los ‘feos’, de igual modo, hace el corte a las expectativas y ennoblece la humildad del talento. Si alguno en papel de músico le dice a su posible oyente que lo que hace es más bien ruido, pues entonces al escuchar, realmente, música, al oyente no le queda de otra que felicitar al intérprete que se había ufanado de no brindar nada bueno. Lo mismo ocurre con los poetas o los novelistas que suelen decir, como el mismo Cervantes, que nada se puede esperar de sus páginas y que no ofrecen más que unas líneas vagas y enfermas. Este fenómeno, por supuesto, es mucho menos visible en los malos autores, que estos sí acostumbran a tener en demasiada estima sus obras y que no vacilan en creer que su calidad es el parámetro para cualquier otra proeza. </P>

<P>Muy seguramente, en la Colombia de aquellos años de la orquesta Los Feos, o en las tarimas de los peruanos, el público y los bailadores podían entrar en conversación diciéndose entre ellos -Ve, estos Feos tocan hasta bueno. -¡Quien ve a estos Feos y hacen buena música!. El estatuto de la fealdad se enemista contra los habituales prejuicios de la belleza y la bondad. También es posible pensar en la más representativa banda norteamericana que uso el mismo asunto en su partida de bautizo haciéndose llamar Ugly Kid Joe. Aquí, no obstante, no es la banda la que se autoproclama integrada por feos, sino que sus integrantes ejecutaron espontáneamente una parodia al ser invitados como teloneros de una banda llamada Pretty Boy Floyd y decidir que su nombre cambiara de inmediato a Ugly Kid Joe3. Esto hace incluso resaltar que el asunto del nombre puede tener muchos matices que, naturalmente, los oyentes no llegan a conocer, pero que es muy distinto bautizarse a sí mismo como feo a proclamarlo con una especie de alter ego, como en el caso de la banda en mención liderada por Whitfield Crane. </P>

<P>La sonoridad del adjetivo ‘feo’ —aunque bien se puede advertir el particular uso como sustantivo del vocablo en las orquestas mencionadas al inicio— es parte del atractivo que dispuso Hans Christian Anderson (2001) en su cuento El patito feo precisamente para señalar, en tono de fábula, la fácil propensión que se tiene de darle valor a lo bello y privilegiar todo tipo de prejuicios alrededor de la belleza y las mismas desventajas que le aplican a la fealdad. No hay que ser políticamente correcto para ocultarlo, pues la sociedad consolidó una visión muy uniforme de lo que implica la percepción de lo bello y de lo feo, y cada vez se nutren más los estudios que indagan sobre el porqué de una evolución de nuestra especie que potencia los prejuicios sobre uno y otro lado de la sensibilidad, la intuición o las primeras impresiones. </P>

<P>En 1999, como preámbulo a la nueva era de la televisión que llegaba en el siglo veintiuno, aquel patito pasó a ser una tímida secretaria, muy talentosa e inteligente, pero fea, en la telenovela colombiana Yo soy Betty, la fea de Gaitán (1999). Esta expresión logró sacudir no solo a una teleaudiencia en el país de origen de la historia, sino en casi todo el mundo, pues enfatizaba el irónico contraste entre la suerte de la fea y la caída de la bella en una historia de amor convencional que crecía en carcajadas y en sustancia a medida que el patito se transformaba. Lo que se espera, lo deseado, es que la fealdad tenga su recompensa, casi en el mismo sentido en el que alegra que un equipo débil triunfe sobre un contrincante fuerte y provisto de todo el protocolo para la victoria. En esa misma lógica también nacieron y se multiplicaron los programas de televisión en los que la idea de un cambio extremo fuera el premio para personajes </P>

<P>3 En una entrevistarealizada para el canal de televisión MTV el 9 de noviembre de 1991, el músico Whitfield </P>

<P>Crane revela que “No teníamos un nombre en ese momento, y como un chiste dijimos ‘Hagamos algo estúpido </P>

<P>como llamarnos Ugly KId Joe abriendo para Pretty Boy Floyd, ¿qué tal? Y nos quedamos con el nombre.” Cf.: </P>

<P>https://www.youtube.com/watch?v=6qjgq2lV57E&amp;t=95s </P>

<P>que se sentían o eran vistos como patitos feos. Y también en Argentina se amplió el horizonte de percepción de la historia de liberación de los tristes barrotes de la fealdad en la telenovela de corte infantil y juvenil Patito feo. Se mencionan estos casos por su cercana influencia en el continente americano y por la expansión y redifusión de sus capítulos, pero resultó casi natural que cada país hubiera hecho de la historia una gallina de los huevos de oro4. </P>

<P>Entendido así, lo feo promueve una singular dosis de ternura. Muy a la sazón de lo que fueron los cuentos infantiles y de hadas del periodo romántico, podría entenderse lo feo como algo monstruoso y, a la vez, aborrecible. La simbología de esa lectura puede tener cientos de aristas en las que lo mítico, lo sagrado y lo profano, encuentran una resonancia que aún cautiva y genera interés. Pero la novedad ha llegado en la redefinición de la belleza y la fealdad ofreciendo como resultado que ambas “condiciones” resulten cuestionables en sus consideraciones, no solo estéticas, sino también éticas. En buena medida, el arte contemporáneo y la crítica que desde las humanidades se ha hecho a la validación de los discursos hegemónicos, tienen que ver con las recientes pesquisas sobre lo que ocurre con lo feo: </P>

<P>Que el monstruo no es tan monstruoso o peligroso ya ha sido leído y contemplado también en clásicos cercanos como El jorobado de Notre Dame (obra original de Víctor Hugo, publicada en 1831) y en La bella y la bestia (otro clásico, original de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, aunque se publicara inicialmente como anónimo en 1740), antesalas de algunos textos en los que pasaba a revisión la falaz pretensión de tomar lo feo por desalmado. Y naturalmente, que todas las sociedades pueden tener sus reprimendas ante esta dulce promoción de lo bello y la discriminación, ya no de lo feo, sino de lo distinto. A pesar de ello, no hay mejor forma de entender el peso tan grande de los conceptos que hacerte pensar a ti, querido lector, en la condición de tu mente cuando alguien te dice que eres bello o, al contrario, cuando alguien espontáneamente te dice que estás muy feo. </P>

<P>Todo se deshace en el ánimo si las palabras con las que nos saludan tienen la marca del mal gusto o la inocente indiscreción de que algo en lo que habíamos puesto cierto empeño terminó saliendo mal. Que digan ¿Dónde es la fiesta de disfraces? -¿qué tipo de presente le haces al diablo? no es tan divertido cuando eres tú el objeto de las implicaciones que tienen las preguntas. Y así se resalta que hablar de lo feo parece algo muy sano si se asume que es una simple cuestión de gustos o se aliviana en la </P>

<P>4 El caso puntual de la relevancia de Yo soy Betty, la fea se hace patente en las múltiples adaptaciones que tiene su guion a otros idiomas y países. Y si bien la historia, en su esencia, podría considerarse patrimonio de la humanidad, lo cierto es que los rasgos sociales y la caracterización de la realidad que promovió la original historia colombiana fomentó un afecto especial por la palabra Betty. </P>

<P>mención de que es algo puramente subjetivo, pero que, en tanto se lo digan a uno, cobra sentido el impacto de lo que la palabra realmente traduce. </P>

<P>En los juegos de la convivencia y las relaciones humanas cobra mucho mayor sentido el uso de las expresiones amables y se toma nota, como en un registro de deudas, de las señales que advierten la antipatía. Mucho peor aún cuando al anuncio de la desaprobación se articulan expresiones como -No quiero que lo tomes como algo personal. -Espero que no se me malinterprete. Solo hay un modo de observarlo en el plano de la dominante necesidad humana de sentirse bien junto a los demás: o estás lindo o estás feo. Si, por ejemplo, se le pregunta a otra persona si la camisa puesta luce bien, y ese interlocutor duda, su respuesta es como si el mismo silencio fuera la forma de subrayar que queda mal. </P>

<P>Es en esas dimensiones un tanto domésticas donde se advierte que muchos de los malentendidos de la estética tienen que ver con las formas de aproximación a la percepción de lo feo. Por ello mismo se da la trascendencia humorística que las narraciones brindan como una opción ajena ante lo que resulta remarcado como tal. Decir que el patito es feo, que Betty es fea, que la hermanastra es fea (como en la película noruega Den stygge stesteren, de Blichfeldt, 2025), es aludir al sacudón que promueve la palabra y la irreverencia con la que le planta los desafíos a la condición de belleza. De hecho, en el filme europeo en mención lo que aterra es la búsqueda a cualquier precio de un mejor rostro, una cara y un cuerpo a la altura de las exigencias que seguro tiene un príncipe de cuento de hadas5. </P>

<P>La apariencia se presenta como opción para definir al objeto que se desea y, bajo esa hegemonía, todos somos unos simples seres en construcción a los que el salón de belleza reclama con sus modas. Es el mismo sentido que también se adentra en la piel —literalmente— de Elisabeth Sparkle, el personaje interpretado por la actriz Demi Moore en el filme La sustancia, de Fargeat (2024). La vejez y el rechazo de las productoras que antes la amaban se plantan en el horizonte de la confundida mujer. Su conciencia seguramente le pide que se haga a un lado y que tome con tranquilidad su caída y su mortalidad. ¿Pero somos los seres humanos seres que aceptemos con suficiencia este envés de las cosas de la vida? Por lo menos podemos decir que no hemos sido muy amigos de ese tipo de reflexiones y que mucho menos se nos ha educado para comprender esas dolencias del paso del tiempo. Sparkle tiene la oportunidad de renovar su belleza incubando en su piel a una joven que representa </P>

<P>5 La película La hermanastra fea, de 2025, recrea una sátira de horror, con sangre y vísceras, en el relato de La cenicienta. Tomando como referencia a una de las hermanastras de la protagonista de la clásica historia, lo que se da por descontado es que, si ella quería igualar en belleza a la hermosa y humilde Cenicienta, pues debía hacerse unas agresivas refacciones.  </P>

<P>su desafío ante la naturaleza. Pero retar al tiempo y la mortalidad jamás ha sido un buen modo de emplear ese verbo y de definir el conocimiento de nuestro destino. El terror no se hace esperar. </P>

<P>Curiosamente, un escritor colombiano —de esos buenos que duran muy poco— logró encarnar a su modo una reflexión que no es ajena al espíritu de otras mentes brillantes de siglos pasados. Luis Tejada (1977), originario de un pueblo antioqueño llamado Barbosa, supo caracterizar las miserias de la belleza ante lo que puede ser más fascinante aún: la energía sexual de los feos (y también de las feas). Como un consuelo para las deficiencias del deleite estético, plantea Tejada (1997) en su texto Sobre el amor y la belleza, hombres y mujeres que no han tenido tanta gracia suelen ser amantes que despiertan inveteradas pasiones, como si en ellos se definiera el apetito mismo que concretó la Creación del mundo. “La belleza es una apariencia superficial, la inteligencia es un mero accidente; nada tienen que ver con el amor, fuerza misteriosa y esencial que viene y va por los cauces desconocidos de la vida” (Tejada, 1977 p. 329) </P>

<P>Alguien podría decir que los defectos físicos (que en últimas llegarán también con el tiempo, como se ha señalado y como todos saben) son remediables, en tanto los defectos en las artes amatorias y las carencias del amante constituyen irreparables condiciones del buen querer. Hombres y mujeres, no solo de libros y películas, llegan a buscarse soluciones a la escasa comunicación íntima de sus parejas en pieles y rostros no del todo gratos a una primera impresión, y todo porque la belleza no resuelve ningún problema que la cama ponga en tan triste evidencia. Pero para bien o para mal todo se hace dulcemente irónico en la literatura, la tierra en la que todas las almas cambiamos continuamente de suerte. </P>

<P>No es de extrañar que, como soporte de una reflexión parecida, se hallen historias de seres subvertidos en su vida y en su ánimo por personas que no son del todo bien vistas, ya sea en su semblante, ya sea en sus rasgos físicos o ya sea en sus grietas morales. La belleza, en tal sentido, pasa a ser una anécdota del amor, y no su correlato. El mismo Tejada nos menciona a la célebre cortesana Ninon de Lenclos “que a los setenta años hizo perder la cabeza a más de un rubio vizconde”. ( Tejada, 1977) Lo que parece una excepción se ha tornado curiosamente parte de la regla, pues las redes sociales de hoy abundan en la caracterización general del amor que se profesa o despiertan los feos. Sin ir muy lejos, ¿quién se molesta en objetar aquellas publicaciones (reels y divertimentos) en las que con la presencia de una persona de escaso atractivo físico se ponen los subtítulos ‘Por la persona que sufre mi amiga’? Tampoco hay que exagerar, pero la ironía es parte del atractivo que sí tiene la verdad. </P>

<P>En ese plano, también ha surgido un tipo de comunicación que alienta el desparpajo y da luces al interesante mundo de la fealdad como medio de llamar la atención. En pleno auge de la inédita comunicación que se da entre los mal llamados “influencers” y un mundo alternativo hasta de seguidores que se pagan como cuentas falsas por miles, las redes sociales sacaron a relucir la sátira que despierta cambiar de apariencia. Se ha puesto atención en los filtros que embellecen, pero ¿qué decir de los filtros que afean, deforman, envejecen, ridiculizan, caricaturizan al mismo creador de contenido? Desdibujar lo que se es (ya de por sí gente común y corriente) hace parte de los resortes de una singular tensión entre lo que comunicamos en la vida “real” y lo que se quiere manifestar como superposición. El día de las brujas, internacionalmente conocido como Halloween, pasa a ser una trama convencional para todos los días. En redes aparecen personas con los rostros de ojos exageradamente saltones y bocas de sapos, caras con el ceño altanero y la mandíbula de un orinal de pared. Pero todo ello, y más, es una ficción de la comunicación brindada a partir de la fealdad. </P>

<P>También se pasa a otro nivel cuando la pantalla del teléfono celular ampara una serie de bromas para personas que incautamente son tomadas en un reflejo. Como la imagen de un niño que se ve a sí mismo allí como si los ojos se le hubieran derramado; también aparece una mujer a la que se le inflaman los cachetes o se le ha caído completamente el cabello. Un hombre se hace viral en las redes por atravesar escenarios de escaleras eléctricas o de transportes masivos públicos captando a sus espaldas a personas que, de repente, se ven en el teléfono del tipo como unos seres monstruosos. Las reacciones reflejan los universos psicológicos en los que nos movemos: de la contención a la risa hay disímiles puntos medios. En esa misma línea, algunos jóvenes ensayan los filtros más sórdidos y beben antes de experimentarlo sendos vasos de agua. Cada cambio, la posibilidad de que la risa, al verse como un alter ego fatídico y estúpido, sea una bocanada lanzada hacia la cámara. </P>

<P>La búsqueda de la fealdad ha sido una singular forma de generar humor. Es normal que los actores cómicos sepan arreglárselas para hacerse notar feos y comunicar, así, la dosis de pesar que subyace también a la burla. A la hora de confeccionar personajes también se hace gala de aquellos padecimientos que construyen la vida de los países. En su momento, los norteamericanos se divirtieron con el paso circense de cómicos y payasos que se disfrazaban como pobres muertos de hambre o que cambiaban de piel con una especie de betún oscuro en el que solo se veían los dientes y las manos. Esa caricaturización es una antigualla, pero subraya la delicada frontera que hay en torno a la mirada que se tiene sobre los desamparados. En Latinoamérica y en Colombia, por ejemplo, la historia del humor puede tener también ese ánimo de despersonalización cómica como cuando la actriz Florinda Meza dejaba de ser la delgada inspiración de don Roberto Gómez Bolaños y pasaba a ser una astuta Chimoltrufia. Y como cuando Luz Amparo Álvarez, agraciada rubia que hizo su camino en la radio y en la televisión de principios del siglo veintiuno, siguiendo el modelo de otros humoristas —como Jaime Garzón con su Heriberto de la Calle—, se disfrazaba como una criada de la Casa de Nariño y se ponía un decorado que la dejaba desasistida de belleza, mueca y deslenguada, llamándose a la sazón Esther Tulia Ibarra Casas. </P>

<P>La elegancia y el toque glamuroso han sido objeto de la burla ante los maquillajes de los payasos y las malas fachas de todos los personajes cómicos del cine: Chaplin, Buster Keaton, los hermanos Marx, los Tres Chiflados, el Gordo y el Flaco (sin ir muy lejos, además porque no se puede ir más atrás en la historia del séptimo arte) expusieron un modo de definir la gracia con la que se comunica lo feo. Seguro que la semejanza con lo que ocurría con el modelo teatral de todas las épocas y regiones del mundo no es extraña a lo que el cine nos brindó desde sus comienzos, pero bien se alienta casi que el mismo esquema que aumenta los seguidores de miles de ‘influenciadores’ que se toman como muy original el desparpajo y la fealdad a la hora de llamar la atención. </P>

<P>Un feo más o un feo menos no hace al mundo menos bello, como tampoco un bello más o un bello menos hace al mundo menos feo. Lo que sí es notorio es que la presencia de unos y de otros pone de relieve una serie de rasgos que persisten en la naturaleza como estrategia para definir nuestros prejuicios, alentar nuestras expectativas y hasta para subrayar nuestro sentido del humor. </P>

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<H2>Referencias bibliográficas </H2>

<P>Andersen, Hans Christian (2001). El patito feo. Edición: Mireya Fonseca Leal. Ilustraciones: Luz Marina Camacho Turiago. Bogotá: Panamericana Editorial. </P>

<P>Blichfeldt, Emilie (2025). La hermanastra fea. Coproducción Noruega-Dinamarca-Rumanía-Polonia; MER Film, Lava Films, Motor, Zentropa International Sweden. </P>

<P>Fargeat, Coralie (2024). La sustancia. Coproducción Reino Unido-Estados Unidos-Francia; Working Title Films, 21st Century Film France, Blacksmith. </P>

<P>Gaitán, Fernando (1999 – 2001). Yo soy Betty, la fea. Dirección: Mario Ribero. Colombia: RCN Televisión. Stoessel, Alejandro y Schajris, Mario (2007 – 2008). Patito feo. Dirección: Jorge Montero. Argentina: Ideas del </P>

<P>Sur, Canal 13. Tejada, Luis (1977). Gotas de tinta. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura. Colección Biblioteca Básica Colombiana. </P>
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