Mientras Platov fumaba.
Reflexiones sobre el historicismo y la quietud a partir de la toma guerrillera de Arboleda1
Julián Mejía Villa2
Artículo recibido: 21 de mayo de 2024 - Artículo aprobado: 27 de junio de 2024
Mejía Villa, J. (2024). Mientras Platov fumaba. Reflexiones sobre el historicismo y la
quietud a partir de la toma guerrillera de Arboleda. escribanía, V22(1)
DOI: https://doi.org/10.30554/escribania.V22i1.5112
Resumen
En el presente texto plantearé una relación entre quietud, movimiento y las prácticas historicistas que configuran los relatos sobre el conflicto armado colombiano, particularmente en el contexto de la toma guerrillera de Arboleda, corregimiento de Pensilvania, Caldas el 29 de julio del año 2000. Partiendo del cuento “Funes, el memorioso” de Jorge Luis Borges, “La pulga de acero” de Nikolai Leskov y una fotografía realizada luego de la toma guerrillera, buscaré argumentar que la quietud —en los procesos de memoria— es una construcción impuesta por los discursos historicistas, oscureciendo la naturaleza dinámica y compleja de las experiencias vividas y de los territorios.
Palabras clave: Historia, Historicismo, Fotografía, Memoria, Conflicto Armado, Eje Cafetero.
While Platov smoked.
Reflections on historicism and stillness after the guerrilla takeover of Arboleda
Abstract
In this text I will raise a relationship between quietness, movement and the historicist practices that configure the accounts about the Colombian armed conflict, in the context of the guerrilla takeover of Arboleda, Pennsylvania, Caldas on July 29, 2000.
Starting from the tale “Funes, el memorioso” by Jorge Luis Borges, “The steel flea” by Nikolai Leskov and a photograph taken after the guerrilla assault, I will try to argue that quiet — in the processes of memory — is a construction imposed by historicist discourses, obscuring the dynamic and complex nature of experienced experiences and territories.
Keywords: History, Historicism, Photography, Memory, Armed Conflict, Eje Cafetero.
Voy a suponer la existencia de un individuo que permanece en quietud hasta que algo llega y lo pone en movimiento. Así como el cosaco Platov, que se echó años en el lecho del despecho nada más que a fumar hasta que el zar Nicolás I le encomendó la tarea de buscar artesanos rusos que superarán la pulga de acero que hicieron los ingleses3. Pero entonces, quisiera pensar en qué implica estar en quietud. Borges (1944) construyó un personaje que a partir de un accidente quedó tetrapléjico, o tullido, como dice el narrador; estoy hablando de Ireneo Funes oriundo de Fray Bentos, Uruguay. Antes de sufrir el accidente, Funes ya contaba con la habilidad extraordinaria de saber siempre la hora del día, pero, así como Funes lo dice, fue solo después del accidente que dejó de ser un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado.
¿Qué pasó en Funes para que afirmara esto luego de estar obligado a la quietud? A partir de estar postrado enteramente en su cama, o en la ventana para ver algunos atardeceres, Funes utilizaba su tiempo en recordar absolutamente todo lo que había visto, olido, escuchado, imaginado y sentido. Todo. La forma de las nubes que vio en alguna tarde dominical, cada una de las variaciones de sus sueños, los cambios constantes de la pared en la que fijaba su mirada y así, entendía él, que nunca se mira dos veces la misma cosa y que el mundo es absolutamente infinito en cada fragmentación del tiempo. Es decir, la quietud pareciera una utopía; Platov fumando, Funes recordando, ambos se encontraban en intensa actividad mientras los espectadores los percibían quietos. Es que la vida misma implica movimiento.
Incluso las rocas y las montañas que, se perciben con una quietud imperturbable, también están siendo devoradas constantemente por el viento y las aguas, navegando entre mares subterráneos de magma, yendo y viniendo. Sigo preguntándome, ¿dónde encuentro la quietud?
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Ahora voy a pensar en la existencia de un pueblo ubicado en las montañas de Los Andes en Colombia, más concretamente en la zona oriental del departamento de Caldas en plena cordillera central. Arboleda, corregimiento del municipio de Pensilvania, corre con la misma tragedia de muchos lugares en Colombia y es que, de la noche a la mañana, se convierten en el centro de la atención mediática por culpa de un acto de violencia enmarcado dentro del conflicto armado colombiano. Pero antes de la noche —o la mañana— fatídica, estos pueblos cuentan con unas rutinas que se repiten día tras día engañándonos con una apariencia de quietud, hasta que llega algo y los pone en movimiento. En el municipio de Arboleda, previo al 29 de julio del año 2000, la vida se sostenía con la añoranza y la melancolía que dejan los días felices cuando se van. Así lo cuenta la crónica de Karol Ramírez (2015) que busca narrarnos un pueblo, o al menos su historia, partida en dos. Arboleda, para finales del siglo XX, ya no contaba con la bonanza cafetera que la visitó en la década de los 70’s y 80’s; hacia los años 90 el pueblo se fue asentando alrededor de las prácticas agrícolas y el comercio incipiente que sostenía a sus habitantes. Para Funes, el paisaje cafetero y montañoso de Arboleda sería un universo imposible de abordar por su infinitud, pero para la Historia, Arboleda era un pueblo absolutamente quieto hasta que el frente 47 de las FARC decidió destruirlo, despoblarlo en un 70% (Villegas & Therrien, 2020) y someterlo; hecho que, para la Historia, lo pone en movimiento.
Todo aquello que ocurrió en Arboleda antes de la toma guerrillera del año 2000 existió de dos formas: por un lado, los fragmentos de luces, sonidos, olores y vida que quedaron registrados en algún dispositivo de memoria entraron al torrente de lo que podría conformar más adelante un relato histórico sobre el tiempo en Arboleda. Ramírez (2015) evoca en su crónica algunas escenas que narran las vidas de arrieros por los caminos de herradura de esta región colonizada por antioqueños, pone ante nosotros la voz de Guillermo, un habitante del casco urbano que mueve sus palabras entre la nostalgia del “poder que alguna vez tuvo” y el orgullo de ser el propietario de la casa más grande del pueblo. Pero existe otro camino, y es el de las cosas que ocurren y no quedan registradas más que en la memoria de quien la vivió pero nunca lo pudo expresar o comunicar.
Como Guillermo, todos los habitantes de Arboleda habrán experimentado sus propias perspectivas de lo que era su entorno, pero no todos, como nosotros mismos, habrán puesto en algún medio de representación el relato de sus días. Es decir, los millares de eventos ocurridos en la construcción y sostenimiento de un pueblo como Arboleda, pueden haber quedado registrados en algún dispositivo de memoria como la crónica de Ramírez (2015) u otros artefactos narrativos, pero la gran mayoría, y en últimas todo aquello sobre lo que se sostiene una comunidad, habrá quedado por fuera del registro y la comunicación, es decir, por fuera del lenguaje. A esto se refiere la teórica chilena Elizabeth Collingwood Selby (2012) como lo inmemorial.
[...]la exigencia de lo que “habiendo tenido lugar”, no lo tuvo nunca, sin embargo, en la esfera de la conciencia humana –del saber consciente de los hombres- y cuya exclusión, cuyo olvido no podría, por tanto, responder a un puro acto de la voluntad; exigencia de aquello que jamás llegó ni pudo haber llegado –esto es, ni siquiera antes de ser olvidado- a verse representado, a ser recogido como una representación que pudiera luego desecharse.” (Collingwood-Selby, Ed. 2012 p.25)
Es paradójico emprender un camino hacia la búsqueda de lo que no está en ninguna parte. Recuerdo la pregunta planteada por las curadoras del Museo Efímero del Olvido4 (2015), “¿cuál es la forma de estar de lo que no está?” y pienso en todo lo que en el municipio de Arboleda ocurrió antes de ser tomada por la guerrilla, entonces, ¿cómo puede verse la historia de un pueblo, hecha de infinitos, ser partida en dos? La responsabilidad de esa operación no está en las manos de Karol Ramírez (2015), que realizó un trabajo juicioso y respetuoso para la escritura de su crónica, en realidad la escritura de la Historia está más ligada a tramas filosóficas, sociológicas y transdisciplinares que exceden el alcance de un texto como el de ella —y este—, pero esto nos incita a señalar al menos una de las ideas sobre las que se sustenta la quietud que pretende instaurar la construcción de la Historia. Si lo que no está en ninguna parte sustenta lo que sí está en alguna parte, habrá que dirigir la mirada hacia ese lugar para tratar de comprender las formas en las que nos relacionamos con lo aprehensible, es decir, con lo memorial. ¿Cómo se puede saber mejor sobre la toma guerrillera de Arboleda a partir de lo que no está y no se sabrá?
El problema de la Historia lo plantea Collingwood Selby (2012) como el problema del historicismo. Si bien la autora trabaja ampliamente este concepto, hay una idea que sirve para ver de forma sintetizada lo que ella entiende por este: “El historicismo concibe una verdad como eterna, siempre igual a sí misma, escrita en caracteres indelebles, a la espera de ser descubierta por el historiador.” (Collingwood-Selby, 2009, p. 81). En este sentido, el historicismo supone que Platov y Funes estaban realmente quietos, así como supone la Historia que Arboleda también estaba quieto antes de la masacre. La práctica historicista fuerza la quietud de lo que necesita muerto y estático para que, como un dios, pueda darle vida a partir de sus manos y herramientas. Es como si el historicismo pretendiera tomar una fotografía de lo que ocurrió para detener el tiempo y contar, bajo los límites impuestos de la quietud aparente, la “verdad” de lo que realmente ocurrió. Es decir, para escribir la historia “indeleble” de un pueblo atado a la condena de una toma guerrillera.
***
A las 2:00 am del 30 de julio del año 2000, los cerca de 300 guerrilleros5 que se habían tomado Arboleda decidieron terminar su incursión con la explosión de una volqueta bomba que destruyó lo que quedaba de la iglesia y de varias construcciones aledañas (Imagen 1). Me estremece imaginar el silencio que ocurrió después de eso, ese silencio inmemorial. Mientras imagino esa quietud aparente, recuerdo que siempre que siento un temblor de tierra pienso en cuánto pesa un carro, luego en cuánto pesa una casa, un edificio, dos edificios, un barrio entero, una ciudad, un país y contrasto esta cifra inimaginable para entender la energía que se libera luego de un movimiento telúrico que, como si nada, es capaz de hacer mover al mismo tiempo todos estos elementos. Ahora estoy pensando en cuánto pesa una volqueta bomba, calculo que aproximadamente puede estar entre 10 o 15 toneladas; poco comparado con un país, pero realmente su peso excede el número expresado.
Para la práctica historicista, la volqueta que hicieron explotar en Arboleda se construye como un símbolo tan pesado como tres o cuatro países juntos, tal vez más, se narra tan pesado como si fuera todo un continente para que no se pueda mover. Pero los continentes, aun cuando no tiembla, se mueven de manera incesante al ritmo de las placas tectónicas. Si entonces todo se mueve, si incluso el piso sobre el que estoy parado miente en su apariencia estática, ¿dónde puedo encontrar realmente la quietud? ¿Con qué fuerza la práctica historicista instaura un relato inamovible sobre la historia de todo un pueblo? ¿Cómo se puede mover la volqueta?

Imagen 1: Ataque a Arboleda. Tomada por Rubén Darío López.
Nota. Fotografía tomada por Rubén Darío López y publicada en Pensilvania Caldas [757]
https://samanacaldas.net.co/notiver.php?idnoticia=757
Existen varias fotografías tomadas por Rubén Darío López (2000), fotógrafo de Pensilvania, que dan cuenta de la destrucción sufrida por Arboleda luego de la toma guerrillera ejecutada por las antiguas FARC. Ahora bien, para el sentido de este texto, quiero presentar esta imagen que muestra la volqueta bomba mencionada anteriormente. La fotografía, con un encuadre sencillo, delata lo que ahora miro yo en ella; la contundencia de lo que se presenta como absurdo. Me detengo varios minutos a mirarla y empiezo a cuestionarme, ¿cuál era la necesidad de hacer explotar ese camión si el pueblo ya estaba destruido? ¿Qué sentido tenía la exageración?
Incluso pienso en cosas que revelan la mezquindad con la que me acostumbro a reflexionar luego de mirar tantas fotografías de la guerra, ¿no bastaba con hacer explotar un simple carro?
—Como si de eso se tratara—, me repruebo inmediatamente. Sigo mirando con intensidad y empiezo a ver una cara en la volqueta, distingo una expresión dibujada en los huecos de las luces que asemejan una mirada absorta, un gesto que pareciera decirme que ella tampoco entiende…, pienso en Funes.
Un fragmento de tiempo, más o menos 1/125 de segundo, sigue siendo un fragmento, un espacio con duración. El único tiempo que realmente está en quietud sería el 0 segundos, pero tal cosa no existe, ni siquiera en lo inmemorial. Para la práctica historicista, las imágenes fotográficas con su apariencia de quietud son útiles en tanto que sirven para construir “verdades eternas, siempre iguales a sí mismas”, para narrar pueblos que se quedan anclados a una toma guerrillera, al peso de una volqueta bomba, pero Funes, con una fuerza similar a la de un terremoto, nos da la posibilidad de mirar de otra forma. Si para Funes era difícil dormir porque el sueño le implicaba perderse de la experiencia del mundo, era precisamente porque encontraba, incluso en la vista de las grietas de las casas que lo rodeaban, la posibilidad del pensamiento total sobre ese fragmento del mundo.
Me hubiera gustado tener la oportunidad de entrevistarme con él y mostrarle la fotografía de la volqueta; —Funes, andan diciendo que acá se ve el tiempo detenido, que esta es la quietud y la verdad. No sé qué hubiera podido haber dicho él, pero seguramente habría fijado su mirada en la imagen y habría empezado a seguirle el rastro a cada una de los escombros que se ven alrededor de la volqueta, memorizaría el número de ladrillos que se ven en la pared que resistió en pie, contabilizaría las manchas de la volqueta, las casas que se ven en lo que resta de la cuadra y la persona que está entrando o saliendo de una, luego miraría hacia las montañas, pensaría en la variaciones del verde y después, al finalizar, me miraría para tal vez responder algo. Pero yo ya no estaría a su lado, tal vez ni siquiera estaría vivo, porque la mirada sobre una fotografía, así como la mirada sobre Arboleda, es infinita; se necesita todo el tiempo para mirarla y liberarla de la quietud que le es impuesta por el relato historicista sobre su guerra.
Mientras tanto, Platov sigue tumbado en su cama fumando.
Referencias Bibliográficas
Borges, J.L. (1944) Funes, el memorioso. Ficciones. Obtenido de: https://www.ingenieria.unam.mx/dcsyhfi/material_didactico/Literatura_Hispanoamericana. Recuperado el 19 de mayo de 2024.
Collingwood-Selby, E. (2009). El filo fotográfico de la historia: Walter Benjamin y el olvido de lo inolvidable. Metales Pesados.
Leskov, N. S. (2017). La pulga de acero (Cuarta edición). Impedimenta. Ramírez, K. (2015). Arboleda, su historia partida en dos.
https://archivo.lapatria.com/caldas/arboleda-su-historia-partida-en-dos-208339. Recuperado el 19 de mayo de 2024.
López, R (2000) Toma guerrillera al corregimiento de Arboleda, municipio de Pensilvania, Caldas. Obtenido de: https://samanacaldas.net.co/notiver.php?idnoticia=757 Recuperado el 19 de mayo de 2024.
Ramírez, K (2015) Arboleda, su historia partida en dos. La Patria. Obtenido: https://archivo.lapatria.com/caldas/arboleda-su-historia-partida-en-dos-208339
Rutas del Conflicto (2019). Masacre Arboleda 2000. Obtenido de: https://rutasdelconflicto.com/masacres/arboleda-2000 Recuperado el 19 de mayo de 2024.
Villegas González, M. C., & Therrien Johannesson, M. I. (2020). Interpretación espacial del conflicto armado: Metodología de análisis de las valoraciones culturales en poblaciones afectadas por la violencia [Pontificia Universidad Javeriana]. https://doi.org/10.11144/Javeriana.10554.13998
1 El presente texto se enmarca dentro del proceso de investigación doctoral, “Mirar con la piel. Para un acercamiento multisensorial a las fotografías del conflicto armado en el Eje Cafetero”, llevado a cabo en el Doctorado en Diseño y Creación de la Universidad de Caldas.
2 Magíster en Historia y Teoría del Arte. Estudiante Doctorado en Diseño y Creación
julian.mejia39620@ucaldas.edu.co
https://scienti.minciencias.gov.co/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0001643014
3 Referencia al cuento “La pulga de acero” de Nikolai Leskov.
4 Exposición realizada en el Campus de la Universidad Nacional de Colombia, en el marco del XV Salón Regional Zona Centro. Bogotá, Agosto-Septiembre de 2015 curada por María Soledad García Maidana.
5 Tomado del artículo sobre la Masacre de Arboleda publicado por el equipo de trabajo de Rutas del Conflicto: https://rutasdelconflicto.com/masacres/arboleda-2000